lunes, 20 de julio de 2009

El acecho a una idea.

Me convertiré en un frenólogo por unas horas. Lo decidí desde esta mañana. A las 15.00, seré un frenólogo y no quiero que nadie se lleve a engaño. Lo hago por decisión propia. Por una necesidad que ahora paso a relatarles.
Como he dicho, solo frenólogo por unas horas. Las horas justas que leo a Kertész por las tardes. Las horas justas que escribo a Kertész, por las tardes. Un frenólogo, ay, ¿qué vestimenta he de escoger?
Me acompañan una serie de utensilios que voy dejando encima de la mesa. Debo ejecutar las incisiones. Lo abro, comienzo a abrirlo, página a página, en busca de sus pliegues, de la morfología que presenta su cerebro. Me hago un observador meditabundo. Encojo los brazos. Me doy un paseo por el cuarto. Intento establecer hipótesis sobre la naturaleza de este caso. Kertész, caso 1, apunto en la libreta.
De todas las bifurcaciones que ofrece su cerebro, sus páginas, extraigo una: “Has de ver lo que escribes. Estilo es ver”. Cojo el trocito de pliegue, -que aún arroja sangre, una sangre violeta y meliflua-, lo pego en el cuaderno, junto a la inscripción anterior, y a continuación anoto lo que veo. O veo lo que escribo.

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El escritor contaba con un privilegio, pero era incapaz de confesarlo. Imaginaba historias, sucesos. Decía con efusión, el acecho a una idea, aunque no termine en forma alguna. Parecía que con solo sentirla, atisbarla, sopesarla para posiblemente dejarla en sazón, en el jugo proteico de la literatura, quedaba satisfecho.
Dejaba las ideas en espera. Nunca las recuperaba de ese estante del yo. Le gustaba deleitarse él sólo, imaginar las horas que estaría dispuesto a utilizar para escribirlas. Era como un corazón apagado que sentía hincharse con el bombeo de sus venas; la sangre, entonces, latía sin existir.
Nunca escribió esos libros. Su obra es otra, la conocida por todos los lectores. Pero sabemos que
,en el fondo, los libros no escritos forman parte de su literatura. Sólo nos toca imaginar de segunda mano.
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Habrá que crear un método para los lectores. Digamos que cada lector crea un cuarto, un espacio reservado; que un lector tiene que construir los hábitos de su vida alrededor de los libros. Un lector no es sólo el que lee libros, sino el que los ordena, los imagina, los subraya, los marca con sus manos, con su sudor, con la tierra de sus retinas.
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Un lector es una postura del alma.
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Un lector que pierde todas las cualidades del lector habitual. Eso es. Cada cual que procure establecer esas medidas de la ambición. ¿Muchos libros? No hay tiempo para la lectura. El que piense en la cronología siendo lector está perdido. El lector escapa de esa sentencia del tiempo, se incardina en la ficción, en la mítica esfera de la literatura. La palabra fue ritmo, sonido, música antes que nada. La música no es de este tiempo o de aquel.
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Si un frenólogo aplicara sus métodos sobre el cerebro de un lector, vería cómo sus pliegues se entienden como metáforas; cómo su curvatura cerebral muestra la precisión de una sinécdoque.