miércoles, 1 de julio de 2009

A diferencia de otros sistemas, la escritura no presupone un efecto concreto sobre el lector. No es una partida de ajedrez en la que el movimiento está condicionado por la presencia del otro. Escribir es edificar un tablero en que las reglas se van configurando a medida que avanzan las palabras, en que el sistema de posibles movimientos es tan variado como los lectores que se precipiten sobre él.
La crítica no es más que una posible fuente de descripción del tablero de juego, en ningún caso debe prejuzgar, sólo en aquellos casos en los que el tablero esté modelado con falsas materias literarias. Y en ese caso el tufo es insoportable y se delata a sí mismo. Por eso un crítico o un lector o un escritor metido a crítico debe denunciar estas invasiones de lo putrefacto en la materia literaria.

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Alguien insinúa que, en un diario o cuaderno de notas o bitácora, no se puede escribir más diez o quince líneas diarias. Hablan de sus propiedades como si la cosa estuviera definida desde hace siglos, como si estuviésemos observando un formato embalsamado. Nada más lejos. Si hay algo claro sobre estas nuevas tendencias en la comunicación (literaria sería demasiado para algunas páginas electrónicas) es que está en evolución. Y, por tanto, hay que dejar que transcurra como sea. ¿Diez o quince líneas? Ni siquiera, al escribir, había caído en la cuenta. ¿Desde cuándo la cantidad es un baremo de la calidad literaria? Cada escritor, si lo es, tendrá que escribir lo que crea necesario para crear su obra.
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Creo que cada uno va caminando con su monólogo interior, que cada cual solapa a sus pasos el ritmo binario de unas reflexiones, aunque sean estas nimias e insignificantes. En muchas ocasiones, describen a Baroja como un huraño paseante por las calles del Barrio de las Letras madrileño, mientras va metido entre su boina y sus pensamientos. El propio Baroja dice que, en alguna ocasión, no quiso saludar a Azorín porque tenía por seguro que Azorín iba tan metido en su monólogo que prefierió dejarlo entreverado en sus asuntos.
Hoy, en la librería, he observado cómo esos monólogos se convirtien en diálogos. Y he visto a Azorín leyendo su libro, con su boina y sus pensamientos recatados de castellano viejo. Como tal situación, me he creído Baroja y la mala leche se me ha subido por la venas así como unas barbas blancas com,enzaron a crecer sin recato por mis morenas mejillas.
Sostenía un libro y leía, con entusiasmo, algunas de sus páginas. Se detuvo en una de ellas como un inspector que acaba de llegar al lugar del crimen. Me acerqué. El señor, al verme de cerca, me dijo, ¿conoce usted a este escritor? No, no lo conozco, le contesté, pensando que eso le hubiera dicho Baroja a Azorín.
Cuando el señor dejó el libro en el estante y me cercioré de que se había marchado, compré el libro. Al llegar a casa y al abrir el libro, aún asomaban los pensamientos de aquel señor entre la celulosa. Un diálogo contemplado en la armonía de un monólogo.