jueves, 23 de julio de 2009

Un sueño. Invicta melancolía.

Acabó de llegar del Cabo Trafalgar. Había estado toda la mañana en la playa de Zahara de los atunes al ritmo de un viento que percutía sobre su piel como el colmillo de un carroñero. Una vez en el Cabo Trafalgar, paseó por el Tómbolo. Lo observó. Tomó unas notas en su moleskine maltrecho.
Su cuerpo fue tomando el color de la arena, sus ojos ya eran del mar. Arriba, junto al resto de fortaleza, imaginó la batalla: la hilera de barcos defendiendo con hombría los avances británicos. Cuando llegó a su casa, su mente aún permanecía arremolinada entre los acantilados. Los pasados cañonazos, el olor de la madera húmeda de los barcos. Ese olor que acompaña a sus sueños, ahora que duerme y grita.
Junto a la mesita de noche descansa un volumen de Galdós. No me atrevo a abrirlo, cuando deje de soñar volveré a la ficción, sus sueños son mi aire.

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Sobre los sueños podemos decirlo todo. Todo es posible en los sueños, todo lo que ocurra en ellos no es necesario justificarlo. Hay un pacto con el que todos aceptamos que eso sucedió así, que es posible que eso ocurra...en los sueños. Hasta el no-ser pertenece a los sueños.
Hay que escribir, entonces, con la materia de los sueños, aspirar a su terrirtorio. Dejar en claro al lector que, cuando abre un libro o lee un texto como éste, todo es posible, incluso la verosimilitud camuflada, incluso la muerte del que está escribiendo.
Imaginemos, por ejemplo, que ahora escribo lo siguiente: lo que usted está leyendo no lo escribió Tomás. Tomás desapareció de golpe, con aguacero, pero no en París, sino en Sanlúcar. No se lo tomen a mal, pero dijo que cualquiera podía seguir escribiendo aquí, en este cuaderno. Ahora el que escribe es otro, un trasunto que le dice esta verdad. Un pacto, un acuerdo. La verdad de que la escritura pervive a pesar de su autor.

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Intento buscar un fragmento adecuado para mi diario con Kertész. Mi diario con Kertész no es una recreación, como pueda parecer. Es una convivencia literaria, un diálogo a todas luces, un diálogo público. Ah, mientras escribía esto lo he escuchado. Kertész: “A lo mejor es el sueño lo que une al hombre con el mundo, con el ser humano, con el animal, con los minerales”.
Una escritura mineral y proteica es la suma de todas las virtudes. Una desgranada y centelleante verbosidad que detone todos los avisos de que la literatura está presente. Con el sueño sucede. Alguien escribió alguna vez que sobre los sueños podemos decirlo todo.