lunes, 13 de julio de 2009

Conciencia de culpa creativa.

¿Es la inevitable manía de escribir una culpa? ¿Y leer, qué culpa subyace en ese gesto? Si entendemos la escritura y la lectura como una renuncia a la realidad: su tiempo, sus objetos, el triste suceder de sus costumbres…
Si escribir es propalar una realidad fundada en la lengua, el artista debiera tener, al menos, la sensación de sostener una culpa creativa, la carga moral de ser un creador ajeno de este mundo, que busca las espaldas de este tiempo que sucede y que transcribe sus hechuras con las letras de un alfabeto común, pero siempre personal. Los grandes escritores creo que han sido los más conscientes de esta evidencia.


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¿Hay un instinto natural del artista? Kertész contesta a esa pregunta con las siguientes palabras: “El instinto natural del artista ya no es en absoluto natural”. He tomado la respuesta del escritor nacido en Budapest para establecer una pregunta. Hago uso de ese método continuamente, esto es, escribir una pregunta a las respuestas de la realidad.
Este Diario de la galera es una mina de interrogantes, de puntas cilíndricas que indican siempre una indagación profunda del espíritu y de sus costumbres.
Estoy llegando al final de la primera parte, pero antes de cerrarla, he subrayado unas líneas que no puedo dejar al aire. Por eso me transformo, me arropo con las vestimentas de un chamán antiguo. Tomo provisiones de hierbas y piedras y comienzo mi danza alrededor de sus palabras para encontrar el hado que las rodea. Mi danza es tribal y lítica, amenaza con los pies desnudos cualquier atisbo de normalidad. Para llegar a este cola de caballo que se encuentra en las profundas cavernas de los hombres prehistóricos, me adentro bocabajo por las galerías de este texto; de ellas extraigo lo desconocido, lo que nunca llegué a pensar.
Kertész, en la piedra, con tintes animales: “¿Qué es la forma? El resquicio más estrecho por el que hemos de permitir la huida de toda nuestra amplitud”.
Ya están pronunciadas las palabras de iniciación, el abracadabra; ya las velas izadas, zarpando a alta mar al encuentro de la segunda parte, A la deriva (entre acantilados y bancos de arena).


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Esta noche he soñado con el ciego de Catedral, de Raymond Carver. Con ese ciego enigmático y barbudo que aparece en la casa de una amiga y que trastoca el orden del hogar. Ese ciego que parece no estarlo, ese visionario que a través de la imaginación plasmada en un papel quiso adentrarse en las profundas reticencias del marido. Así me he visto en el sueño: dibujando una catedral, a lápiz, con las manos del ciego guiando mi trazo.
Tenía la impresión de estar dentro de nada, de un lugar vacío ocupado por las líneas de aquel lápiz. Sólo la voz del ciego, instándome a que mantuviera los ojos cerrados, invadía el silencio.
Aún recuerdo esos rasguños a las sombras.
Esta mañana, he visto sobre la mesa un papel doblado, que no dejaba ver lo que había en su centro. Por unos momentos, me he visto como el pilar de una catedral abandonada y no he querido levantarlo. Aunque, a decir verdad, el dibujo es verdaderamente extraordinario.

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Acabo de terminar Odisea, de Homero (Gredos). Voy a destacar dos cosas. La traducción en verso de José Manuel Pabón ha hecho de la lectura un ritual mítico y heróico. Inmejorable. Segunda, hay pasajes que han quedado escritos en la memoria del lector que fui.
Cuando Telémaco se encuentra con Néstor, en el canto III, para conseguir información sobre lo que le ha sucedido a su padre, Néstor emprende un exordio inigualable. Hace memoria, y recuerda todo lo que pasaron en Ilión. Al término de sus recuerdos, impreca al joven Telémaco con estas palabras: "¿Quién sería/ de los hombres mortales capaz de contarlas?".
En esta pregunta está una de las más clarividentes definiciones de la literatura. Hombre, capacidad, contar. Por eso, cuando comienzo a escribir cada día, me pregunto, ¿qué hombre sería capaz de contar esta histora, de escribir estas letras? Y sólo cuando veo una sombra que refleja mis manos, comienzo a escribir. Lo que viene es canto antiguo.