jueves, 2 de julio de 2009

Lo libros que han llegado en la mañana.

A veces, en una confesión termina uno por comprender los móviles de la realidad que lo ha llevado a actuar de una manera y no de otra. Queda todo, tras la confesión, más claro y con la predisposición necesaria para aplicar un razonamiento, si lo hay y es necesario y lícito. Por eso me apetece hoy hablarles de los libros que han llegado esta mañana.
Me invade un notable regocijo siempre que voy a recoger un pedido de libros a las oficinas de Correos. Desde hace algunos años, he comprado muchísimos libros a través de Internet. Todavía sostengo la creencia de que no es lo mismo buscar un libro por una librería y por otra, que tenerlo en un momento en una pantalla de ordenador. No diré nada sobre los que sí creen en la igualdad de la lectura, pero tengo claro que la lectura en sí guarda unos mecanismos milenarios que circunscriben la acción de leer.
Estos libros vienen envueltos en retales de cartones y periódicos trasnochados y no es infrecuente encontrarse un recorte de prensa, una reseña del momento o una postal enredados entre las páginas amarillentas de estos libros de lance.
Como los pedidos tardan en llegar un par de semanas, cuando sucede por correo ordinario, casi no recuerdo los libros que compré. Por este motivo, abrir un paquete es un festín, una alegoría, en tiempos modernos, del desflore apasionado. Lo abro y lo primero que leo es el título de un libro de Ramón Pérez de Ayala, Divagaciones literarias, en Biblioteca Nueva, del año 58. Es una primera edición y esas ediciones encierran un alumbramiento que aún se mantiene.
En la pila de libros aparece La vida nueva de Pedrito Andía, de Sánchez-Mazas, Editorial Planeta, 1962. Lo que resulta más curioso es que el librero, -viejo amigo, por lo demás-, ha sufrido una suerte de afasia, ay,... en la factura ha escrito "La vida nueva de Shanti Andía, Pío Baroja". Así que no tengo más que esbozar una sonrisa condescendiente y cómplice.

Justo después me encuentro con una especie en extinción, un libro raro, descatalogado y al que he perseguido por un tiempo. Madrid, Carranza 20, de Julián Zugazagoitia, Editorial Ayuso, Biblioteca silenciada, 1979. Zugazagoitia fue político y escrtior vasco. Ministro de la Gobernación en el primer gabinete de Negrín,; tuvo que exiliarse a París tras la Guerra Civil española. En París fue perseguido por la Gestapo y llevado a Madrid, al cementerio del Este. Allí fue fusilado el 9 de noviembre de 1940. Este libro es una colección de estampas de aquellos años de obuses y crueldades.

Otro libro que asoma despistado es García Lorca, asesinado: toda la verdad, de José Luis Vila-San Juan, Planeta, 1975. Este es un libro que necesitaba como complemento a los de Gibson, quien no deja de citarlo frecuentemente. Obviamente, muchos datos han quedado trasnochados y matizados por trabajos posteriores, pero con mucho es un libro esclarecedor por momentos.

A pesar de la actual reedición, compre El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil, de Gerald Brenan, en la mítica editorial Ruedo Ibérico, 1977. Si hay un análisis que aguanta el paso del tiempo desde la equidad y la imparcialidad sobre la situación previa social y política, es este. Lo he colocado, y aún no lo entiendo, junto a su Historia de la Literatura española, en Crítica, y a su estudio sobre san Juan de la Cruz.

Un libro de Rosa Chacel, desconocido por completo para mí, titulado La confesión, Edhasa, 1971. Leo el prólogo para intentar penetrar en él con cautela, y Chacel explica que el libro es una respuesta a una pregunta de Ortega: ¿Por qué escasean las memorias, y más las confesiones, en la literatura española? El libro es una respuesta que toma como puntos de partida las obra de san Agustín, Rousseau y Kierkegaard y se impulsa con ellos para llegar al análisis de Cervantes, Galdós y Unamuno.

Los tres últimos pertenecen a la literatura hispanoamericana. El primero de ellos no tiene nada de especial. Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, en la excelente edición de la colección Archivos. Y, termino, con dos libros que sí son una delicia y un acontecimiento para esta biblioteca. Dos primeras ediciones, Op Oloop y ¡Estafen!, de mi admirado argentino Juan Filloy, Paidós, 1968. Op Oloop incluye una nota incial sobre Juan Filloy escrita por Bernardo Verbitsky y, en ella, aparecen noticas que hasta ahora no había tenido en cuenta para comprender mejor a este genial argentino de prosa inimitable.