domingo, 5 de julio de 2009

Una pata del escarabajo.

En la literatura la posibilidad de la tragedia es un axioma insoslayable. De ella parte el comportamiento de los personajes, la trayectoria de la trama, el entramado de acciones que depara un universo. Pero ella no significa nada sin un estilo que la conduzca, como una matrona en los diálogos de Platón. El estilo es una desvirtuación de la forma que se ejecuta con plena conciencia y con voluntad. Por eso, cuando un escritor lo encuentra y anida en él con las palabras justas, aparece el milagro trágico de la literatura.
Kértész inició su Diario con una indagación de la falta de humanidad. Esa carencia indica, a su vez, que el destino y la tragedia, tal y como la desnudaron los griegos para el entendimiento, han sido relevadas por la superficie más insignificante que de ningua manera se puede identificar con una época. Porque aceptar eso significa que las épocas nos determinan y el hombre siempre ha tenido la luz del sol.

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Tragicidad, -que debiera incorporarse al diccionario, junto a epicidad, etc.-, es, por tanto, una característica que los escritores debieran incorporar en sus métodos. El estudio del hombre y su destino en la literatura y la dicción silenciosa de la escritura traduciendo al oráculo.

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A finales de mayo, escribe Kertész sobre las formas de defensa ante el determinismo social. Llevo unas semanas reflexionando sobre el asunto, sobre la anulación del sujeto en beneficio de la socialización del individuo y con la posterior pérdida de toda inciativa individual. Quieren hacernos creer que todos hemos nacido para todo. Y esa es la falacia política que nos sobrevuela en la actualidad.
Kertész aplica una descripción de la situación, a saber: “Hay dos formas de defensa: o bien nos transformamos, por voluntad propia como quien dice, en nuestra determinación (el insecto de Kafka) y procuramos asimilar esta determinación con nuestro propio destino, o bien nos rebelamos contra nuestra determinación y nos convertimos en víctimas”.
En una y en otra opción nos aguarda un absurdo que se transforma en realidad. Ninguna de las dos es una solución al determinismo. Pero Kertész se olvida del prodigio de la literatura, una virtud que reside, justamente, en la capacidad de poesis, de creación, con la que nos resbalamos de las garras de la realidad para irnos a otro espacio. Es ese Territorio de la Mancha en que reside la literatura y donde adoptar el determinismo o no es cuestión de método. Sólo la lengua se presta a la doma; y con ella desgarramos todos los oleajes de la realidad, hasta dejarlos al descubierto y encontrarnos con el hombre, allá a lo lejos, en ti mismo, en todos.