domingo, 12 de julio de 2009

Una mirada al cielo, un paseo de mármol.

Tuve que decirle: “Te ha ocurrido lo mismo que a Tales”. El compañero se tropezó con un escalón cuando buscaba en las estrellas un endecasílabo melódico o un figura astral que fuera su propio rostro reencontrado, o no se sabe qué luz enigmática e incandescente que alumbrara de lleno sus ideas. El caso es que tropezó y sólo su equilibrio y musculatura pudieron contener su cuerpo, ya en picado hacia la piedra de la hacienda, ya devanado entre las plantas del jardín.
Veníamos hablando de literatura. Entre tanto, los jardines del recinto y su gran colección de plantas aromáticas habían turbado los sentidos con la fuerte anestesia de su verdura. El compañero fue a caer en el cobijo de la noche y Tales cayó en un pozo cuando contemplaba atónito el mismo cielo, el mismo oscuro silencio de los astros.
Recordé el episodio, que relata Diógenes Laercio, en el que se cuenta cómo la señora que acompañaba a Tales le dijo: “Y tú, Tales, que no puedes ver lo que tienes ante tus pies, ¿crees que vas a conocer las cosas del cielo?”.
Así que lo hubiera dejado caer como un movimiento natural de los hombres: la caída, la caída profunda y trágica hasta el lago que nos pertenece y en el que nos mojamos cada vez que nuestra finitud nos reclama.
El cielo era el mismo que entonces, que hace siglos, el mismo hombre reflejando en sus retinas la parca melancolía del infinito.

***
Noviembre de 1978. Kertész anda leyendo a Camus, a Kafka y a Kierkeegard. Todas sus anotaciones son variaciones de la misma idea. Excepto una. Unas líneas que terminan el mes de noviembre de 1978 y en la que percibo otra expresión alejada de la fatalidad y del totalitarismo imperantes. Kertész: “En mi vida nada es mío, por así decirlo: a lo sumo poseo unos recuerdos definidos y unos proyectos confusos”.
En definitiva, las dos líneas que cruzan su discurso se resumen en pasado y futuro: recuerdo y proyecto. Entre ambas categorías, el hombre no posee nada, sólo un embargo que se estira desde el pasado y que se proyecta al futuro. En esa edificación, surgen las señas de una personalidad (o, deconstruida la palabra, (p) no ser adalid) que se sabe impersonal.
El producto técnico de un individuo, llámese novela, edificio o pintura es una categoría secundaria de nuestro ser, una adenda que arroja sombra en el fuerte sol del absurdo.
Nada más lejos, la obra literaria es un oasis pasajero en la inmensa llanura de un hombre. Esa llanura ya tiene marcadas nuestras huellas. Nosotros sólo vamos confirmándolas sobre la arena. Luego vendrá el viento y las borrará y serán de otros. Quizás nunca nos pertenecieron.

***
Uno debe alejarse de quien es. Apartarse de sus costumbres, evitar las palabras que usa a diario, escribir como un escritor decrépito y arrinconado a quien no le importa un punto lo que lean los demás, lo que escriban los demás.
Uno debe desaparecer todos los días; si puede, siempre, en todo momento; desaparecer en el sentido amplio y compungido del término: no tener aparición pública. Un escritor sólo quiere aparecer mediante las palabras de otros, en boca de personajes que expulsan por sus dientes la pócima de sus entrañas. Y decirlo de esa manera y no de otra, con ese estilo y no con otro, con esas aspiraciones sin merma, sin reticencias sociales o de comunidad.
El escritor no pertenece a la tribu, sólo la observa, la transmuta, la describe, aspira a esculpirla mediante el arte. El lenguaje artístico acabará con el mundo, pero se mantendrá más allá de los días de su creador. Y eso es una manera de precipitar sobre la vida un hachazo, de cortarle el cuello a la muerte, de dejar fuera de la vida a la mortal sucesión de tiempo que nos acompaña.