EN ESTE MOMENTO, comienzo a releer, de nuevo, por siempre, con el estupor y la maravilla del asombro, "Descenso al reino de las sombras", el libro VI de Virgilio. Lee conmigo, silabea en silencio, casi frisando la esencia de la soledad nutricia: "Todo, punto por punto, lo habrían recorrido con los ojos" [...]
domingo, 17 de abril de 2016
viernes, 15 de abril de 2016
Un despertar a lo que somos.
LA PALABRA luminosa es un despertar a lo que
somos.
***
La belleza
es un sendero de verdad construida con mentiras.
***
Todo lo que podamos nombrar
no existe. Sólo lo innombrable es lo esencial.
***
El poema
debe aspirar al silencio que antecede al silencio, eso es todo. El ritmo
en la poesía es una forma de hacer presente el tiempo. Provoca una expectación
incitante, que acumula únicamente la memoria de lo escuchado. Es un ir hacia
algo, un desvanecerse de la realidad hacia no se sabe dónde. El poema grandioso
es el que transforma su ritmo en el ritmo especular del ser del lector.
jueves, 14 de abril de 2016
ESTA LUZ me ha recordado los paseos por las calles de París, por los mediodías cenicientos de la ciudad que me formó en literatura, en la mirada literaria sobre la realidad. Es una luz taimada, que apenas socava la retina del deslumbre. Un centelleo que sugiere, que contorna las figuras en un roce de transparencia; que no llega a excederse en su manifestación, antes al contrario, permite detenerse en la contemplación.
Pensaba esta mañana en la vida misma, en las aristas que doblegan las razones, en las injusticias, en la condición humana, en definitiva, en cómo cada cual observa y entiende el mundo. Por esa razón cada vez me inclino más a la libertad de cada cual, sin más parámetros que los de su entendimiento.
No puede uno estar en la defensa de posiciones ante la realidad más que para adentro, en silencio, en la retaguardia o el cuartel de invierno de la consciencia. Y allí, en ese recoleto estar, sí debe impregnarse todo de calma, de la tranquilidad que principia el estallido de la armonía.
miércoles, 13 de abril de 2016
"ME ESTUDIO más que cualquier otro tema. Es mi metafísica y mi física. [...] Como aquí; escribo mi pensamiento en artículos descosidos, como cosa que no puede decirse de una vez y en bloque", leo en Montaigne estas líneas y caigo en la gracia de su genio, en la moderna consciencia de su palabras.
Qué hondo pensamiento y qué razón otorga a esta escritura deslavazada de todo, -postrada quizás como un piélago invisible-, los textos de Montaigne, un hombre asilado de su tiempo pero viviendo su tiempo como nadie; un escritor huidizo de lo contemporáneo pero más contemporáneo que todos; un autor que descifró, quiso descifrarse, como el enigma mayor de sus letras con sus propias letras, al trazo de un rostro, como el de Borges, que iba edificando el perfil de sus días.
martes, 12 de abril de 2016
domingo, 10 de abril de 2016
UNAMUNIANAS.
EL OTRO día escribí en este diario: "CERVANTES adelantó la teoría literaria de Bécquer como solo él sabía condensar la sentencia con la gracia de la prosa española. Hoy, al releer Novelas ejemplares, me encuentros con esta afirmación: "Lo que se sabe sentir, se saber decir".
El caso es que si existe un autor cervantino, de raigambre hispánica, que supo esculcar los entresijos y la dimensión literaria de Cervantes es Miguel de Unamuno.
En Credo poético escribe mi admirado poeta:
"Piensa el sentimiento, siente el pensamiento"
[...]
"Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido".
El poema al completo propone una teoría de la creación, una apuesta metaliteraria, cómo no, de la creación poética. En ella se transmutan: sentimiento, pensamiento, Idea, decir. Estamos ante el problema que desde el mundo griego no ha dejado de azuzar, por etapas, la consciencia de los creadores. esas épocas están muy delimitadas y a poco que el lector comienza a establecer vínculos cae en la cuenta de el mundo griego estaciona en el Renacimiento-Barroco, Romanticismo hasta la Modernidad. las vanguardias dejaron fuera de sitio algunos de estos elementos que nombramos. la época actual, ni siquiera los considera el asidero primero, la estación última de poesía.
El caso es que si existe un autor cervantino, de raigambre hispánica, que supo esculcar los entresijos y la dimensión literaria de Cervantes es Miguel de Unamuno.
En Credo poético escribe mi admirado poeta:
"Piensa el sentimiento, siente el pensamiento"
[...]
"Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido".
El poema al completo propone una teoría de la creación, una apuesta metaliteraria, cómo no, de la creación poética. En ella se transmutan: sentimiento, pensamiento, Idea, decir. Estamos ante el problema que desde el mundo griego no ha dejado de azuzar, por etapas, la consciencia de los creadores. esas épocas están muy delimitadas y a poco que el lector comienza a establecer vínculos cae en la cuenta de el mundo griego estaciona en el Renacimiento-Barroco, Romanticismo hasta la Modernidad. las vanguardias dejaron fuera de sitio algunos de estos elementos que nombramos. la época actual, ni siquiera los considera el asidero primero, la estación última de poesía.
De este libro que subrayo, Poesías, de 1907, me gusta todo, me fascina la sencillez de su título, el poema que lo principia, el resto de composiciones e, incluso, su modernidad. Un poema como "Cuando yo sea viejo" lo hubiera firmado Gil de Biedma y "Denso, denso" el propio Antonio Machado; qué retranca en "la corte de los poetas" y qué sublime cada verso de "Castilla". En este libro se encierra más poesía, más aprendizaje que en algunas décadas últimas de nuestra lírica y qué olvidado el tono de Unamuno, y qué vilipendiado lo que suena a 98 y a Castilla, y a España y a la música de nuestro idioma en favor de poemas escritos al soniquete de traducciones. Qué provinciano, como Ortega, resulta todo en este mundo que se cree hipermoderno.
sábado, 9 de abril de 2016
Nada es lección de la vida misma.
EN OCASIONES, todo es recogimiento. Y suficiencia. El agua pregona con firmeza lo fugaz de nuestras horas, pero también la permanencia. Con la poesía, el blanco de tu boca es ya blanco por siempre y el rumor de nuestras lenguas asediadas meditan transmutadas la transformación hacia lo incierto.
Noto un hundimiento profundo, pero lo encaro con clemencia. Con la contemplación y la cadencia aprendida en los libros, no en la vida. Nada es lección de la vida misma sino el sesgo de la palabra en ella, de la palabra que nunca renunció a su principio, de una palabra que solo encuentro en escritores de otra época, otra etapa, otros años que ya son míos, tan míos o más que los que vivo y están repletos de invasores y poetastros sin sentido.
Como decía Hofmannsthal: "Y tres son uno: un hombre, una cosa, un sueño". Por la premura y el fulgor del encantamiento poético, como bálsamo, se confunden las tres dimensiones: la condición humana, el nombre mismo de la cosa y la memoria que la trae al punto de tu vida. Platón, ¿verdad? Todo Platón desplegado a los ojos en estos tres afluentes. Tres inciertas realidades, de ninguna de ellas conocemos nada, quizás tan solo su lábil razón para nosotros.
jueves, 7 de abril de 2016
miércoles, 6 de abril de 2016
martes, 5 de abril de 2016
CERVANTES adelantó la teoría literaria de Bécquer como solo él sabía condensar la sentencia con la gracia de la prosa española. Hoy, al releer Novelas ejemplares, me encuentros con esta afirmación: " Lo que se sabe sentir, se saber decir".
Toda un atería romántica y griega del proceso creador: el sentir y el decir en una relación irresoluble. Cervantes plantea además la posición del individuo como una actitud frente a la realidad, esto es, la misma realidad puede ser "sentida" o no por los individuos, pero desde luego debe ser sentida en lo profundo para poder entendida desde la palabra.
La palabra es para Cervantes el haz y el envés de la realidad, de ella deviene y hacia ella se nos antoja sentida desde la consciencia ética.
domingo, 3 de abril de 2016
Lo esencial es quietud.
Leer, vivir, contemplar. Puede que la verdad no se conozca nunca, mas el afán de perpetuarse en su búsqueda es fervor de quietud y de esencia.
Afirma el maestro Eckart: "Lo esencial es quietud". Y la quietud es la conformación aparente de un equilibrio, de una armonía. Aparente porque en su confabulación son inevitables los movimientos internos hacia lo que Hölderlin llamaba "lo incierto".
Leo después a Miguel de Molinos, su Guía espiritual: "El camino para llegar a aquel alto estado del ánimo reformado, por donde inmediatamente se llega al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada".
Precisamente, la época contemporánea es contraria a lo esencial y, en consecuencia, a la quietud y la contemplación interna. El conocimiento interno de cada cual se diluye en el rugido permanente de la sociedad. Los escritores no dicen con la advertencia de la palabra dadora de realidad, sino con el convencimiento marchito de la política y otros amaneramientos.
jueves, 31 de marzo de 2016
Al oído profundo de la nada.
ECONTRAR el linaje de lo oculto
a los ojos tan solo en su figura,
ocupar el espacio del silencio
en su estación azul y transparente,
acallar el rumor de lo pasado
eso es el ser del hombre, de la vida;
mas solo existe quieto en la memoria
una sombra de luz, un pasajero
decir de ritmo pleno y transitorio
al oído profundo de la nada.
[...]
a los ojos tan solo en su figura,
ocupar el espacio del silencio
en su estación azul y transparente,
acallar el rumor de lo pasado
eso es el ser del hombre, de la vida;
mas solo existe quieto en la memoria
una sombra de luz, un pasajero
decir de ritmo pleno y transitorio
al oído profundo de la nada.
[...]
lunes, 28 de marzo de 2016
Time remembered
[...]
En Rávena las luciérnagas dormitan catedrales
y el cielo rasura la levedad de tus ojos
débiles remansos en la laguna de la tarde.
Respiro lentamente la respiración de la piedra
y recito en la bóveda de mi pecho
mientras la música de Bill Evans desarrolla
ella sola, en sí misma, haciéndose en mí
una teoría del mundo:
"Esa armonía está en las almas inmortales;
pero mientras estas fangosas vestiduras de decadencia
le encierren groseramente, no podemos oírla",
El mercader de Venecia de Shakespeare
[...]
En Rávena las luciérnagas dormitan catedrales
y el cielo rasura la levedad de tus ojos
débiles remansos en la laguna de la tarde.
Respiro lentamente la respiración de la piedra
y recito en la bóveda de mi pecho
mientras la música de Bill Evans desarrolla
ella sola, en sí misma, haciéndose en mí
una teoría del mundo:
"Esa armonía está en las almas inmortales;
pero mientras estas fangosas vestiduras de decadencia
le encierren groseramente, no podemos oírla",
El mercader de Venecia de Shakespeare
[...]
domingo, 27 de marzo de 2016
Es un surco la palabra del hombre en el tiempo II
[...]
"¿Verdad que no podemos amar algo si no es bello?"
clamaba San Agustín en Confesiones como una encina
en los diálogos platónicos de las hablaban en silencio
en la bóveda informe del espíritu;
¿y qué es amar, entonces?, me pregunto, ¿y qué
es lo bello, la belleza, el principio de lo amado
de la transformación del amado en amada? Ay, San Juan
embriagado en la bodega de los labios que frisan
la eternidad para los mortales en la noche profunda
la noche de aromas a rosas y del fulgor a crisálidas.
No es la belleza en el tiempo, no son las figuras
que prenden los ojos hacia la sombras;
sin embargo, se ama el tiempo, las figuras en los ojos
las sombras mas no podemos ser otra cosa
como hombres, sombras y figuraciones del ser.
Y Boecio discriminaba la realidad en "la modulación armónica"
una suerte de cifra de la unidad, de trazado secreto
hacia lo incierto, como Hölderlin;
y San Isidoro, de tanto intimidar el sentido último
de las palabras llegó a vaticinar "se puede decir
que este mundo está cohesionado
según una cierta armonía".
Y en esto la música irrumpe en el entendimiento
supremo de las cosas, en el decir oculto de la realidad;
el propio San Isidoro decía que la música
se extiende a todas las cosas y que nada existiría
sin ella, sin la matemática abisal que es un don
proviente del cielo.
[...]
"¿Verdad que no podemos amar algo si no es bello?"
clamaba San Agustín en Confesiones como una encina
en los diálogos platónicos de las hablaban en silencio
en la bóveda informe del espíritu;
¿y qué es amar, entonces?, me pregunto, ¿y qué
es lo bello, la belleza, el principio de lo amado
de la transformación del amado en amada? Ay, San Juan
embriagado en la bodega de los labios que frisan
la eternidad para los mortales en la noche profunda
la noche de aromas a rosas y del fulgor a crisálidas.
No es la belleza en el tiempo, no son las figuras
que prenden los ojos hacia la sombras;
sin embargo, se ama el tiempo, las figuras en los ojos
las sombras mas no podemos ser otra cosa
como hombres, sombras y figuraciones del ser.
Y Boecio discriminaba la realidad en "la modulación armónica"
una suerte de cifra de la unidad, de trazado secreto
hacia lo incierto, como Hölderlin;
y San Isidoro, de tanto intimidar el sentido último
de las palabras llegó a vaticinar "se puede decir
que este mundo está cohesionado
según una cierta armonía".
Y en esto la música irrumpe en el entendimiento
supremo de las cosas, en el decir oculto de la realidad;
el propio San Isidoro decía que la música
se extiende a todas las cosas y que nada existiría
sin ella, sin la matemática abisal que es un don
proviente del cielo.
[...]
viernes, 25 de marzo de 2016
El lector: lugar de apariciones.
ENCIMA de la mesa se apilan los libros sin más concierto que el de la lectura. El ritmo y el perfil los establecer el lector: el lugar de apariciones de la literatura. El lector traza un hilo secreto entre libros de distintas épocas, autores dispares que, en un proceder extraordinario, comienzan a entablar un diálogo fastuoso, el diálogo de un tiempo sin tiempo, de una polifonía de voces avenida y concitada tan solo por el deseo y la intuición de un individuo. Por ejemplo, hoy están Quevedo, Joseph Conrad, T.S. Eliot, Diego de Torres Villarroel; también asoman los de Godwin y Miguel de Molinos, así como los poemas de San Juan de la Cruz, -perladas auroras en la mañana-, y algunos volúmenes de Marcel Proust que anoche estuve leyendo sin más concierto que la ansiedad por la prosa y la epifanía del verbo.
Como afirma Quevedo en "El mundo por de dentro" la lectura, el conocimiento "al cabo solo les sirve el estudio de conocer cómo toda la verdad le quedan ignorando". Ese abismo que nos achica ante la inmensidad de la lectura es, al tiempo, la que nos aviva para proseguir leyendo sin descanso.
Hay comienzos de libros que reverberan en la memoria una vez que los hemos leídos para siempre. Es el caso del comienzo de Línea de sombra de Conrad. Estamos ante el resplandor de la infancia, epítome del tiempo perdido que solo recuperamos con el conducto memorístico del recuerdo, como si entráramos en un jardín encantado, con las seducciones de lo desconocido aun habiendo sido vivido llenos de ardor y alegría. Escribe Conrad: " Cierra uno tras sí la puerta de la infancia y penetra en un jardín encantado. hasta sus mismas sombras tiene un resplandor de promesas. Cada recodo del sendero posee su seducción. Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera. Es el encanto de una experiencia universal, de la que esperamos una sensación extraordinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo".
Y la prodigiosa e incisiva palabra de Diego de Torres Villarroel, así como su enigmática vida me provocan una fascinación lectora. Su Vida es un libro prodigioso, único en nuestra literatura, pero fue igualmente un excelente escritor de aforismos y sentencias con los que, las más de las veces, estoy de acuerdo: " Anda tan perdido el idioma castellano, que ni en la pluma ni en los labios se encuentra".
Quizás todos estos escritos podrían quedar sintetizados en unos versos de T.S. Eliot de Four Quartets:
"El pasado y el futuro
permiten tan solo un poco de consciencia.
Ser conscientes es no estar en el tiempo."
[...]
miércoles, 23 de marzo de 2016
Es un surco la palabra del hombre en el tiempo
ES un surco la palabra de un hombre en el tiempo,
un suceder de la memoria combinada en intervalos
de un sendero ya trazado, de unos pasos
que son tus pasos, de la música concorde
que es tu música en cada latido informe de tu ser:
"illi autem octo cursusn, quibus, eadem vis est Modorum",
el canto II de Homero a Mercurio;
"Oh, Calíope, os lo suplico, sed favorable a mi canto"
de Publio Virgilio Marón con Borges recitando de la mano de Pound;
el libro X de República de Platón con la arquitectura
de las esferas y las sirenas, movimiento y sonido, vida y renovación;
Calíope con Hesíodo, la musa de las musas;
Cicerón en el libro VI de De Republica
"este siete es el quid de la cuestión".
[...]
un suceder de la memoria combinada en intervalos
de un sendero ya trazado, de unos pasos
que son tus pasos, de la música concorde
que es tu música en cada latido informe de tu ser:
"illi autem octo cursusn, quibus, eadem vis est Modorum",
el canto II de Homero a Mercurio;
"Oh, Calíope, os lo suplico, sed favorable a mi canto"
de Publio Virgilio Marón con Borges recitando de la mano de Pound;
el libro X de República de Platón con la arquitectura
de las esferas y las sirenas, movimiento y sonido, vida y renovación;
Calíope con Hesíodo, la musa de las musas;
Cicerón en el libro VI de De Republica
"este siete es el quid de la cuestión".
[...]
lunes, 21 de marzo de 2016
Silabeo y desvelo de la mortalidad.
JACOBO DE LIEJA (Jacobus Leodiensis) fue un lector culto y admirador de Boecio. En este diario no pocas veces he mostrado mi fascinación por Boecio, tanto por su obra poética como por su prosa; antepongo su propuesta ética y su respuesta como autor a todo lo demás.
La música mundana es la confabulación de todas las cosas del cosmos en su materia en contacto con nosotros.
La lección es suprema, diáfana, pero estéril e insonora para este mundo de sombras y posturas yermas ante la antigüedad. Decía que Jacobo de Lieja leyó la obra de Boecio como el doctor Samuel Jhonson gustaba de afirmar , caninamente. Se interesó por todos los temas de la filosofía medieval, pero sin duda legó al corpus de obras capitales su Speculum Musicae, un magno tratado de música que, si no me equivoco, sigue sin ser traducido, o al menos eso indicaba Godwin.
Este autor, Jacobo de Lieja, parte de los tres tipos de música que establecía Boecio, a saber: mundana (de los mundos), humana (del ser humano) e instrumentalis (de los instrumentos incluida la voz). De todas ellas, me interesa para esta mañana, la música mundana.
No hace mucho, cuando pergeñaba versos y El huerto deseado iba configurándose como una primera estación, -que Boecio me enseñó junto a Dante y Shopenhauer y Heidegger,- que existe una "música de la palabra", del idioma y, por otro lado, "una música del ser". Así, con esta dicotomía, trataba de establecer los dos parámetros con que considero que un poeta comienza a trabajar toda vez que ha vislumbrado la consciencia (cósmica, celeste, terrenal, indolente). Su lucha de mortal ,que edifica una palabra desde su condición, recorre continuamente ese circuito que se principia desde el idioma adquirido a su condición. Con el tiempo, cae en la cuenta de que debe sumar no su propia experiencia sino la experiencia de su condición; que su discurso debe evitar el lastre de sus condicionantes (que existen, son muchos, continuos, inevitables) pero que ajustician y empobrecen su discurso. En cualquier caso, apartarse de esta dos condiciones mínimas hace emerger el discurso vano, huero, superficial.
Estamos, en efecto, entre el encuentro entre la lectura (la música del idioma) y de la vida (la música del ser). Dos circunstancias que deben ser trascendidas desde la limpieza y la pulcritud, en la que no caben concesiones, -ni siquiera temporales-, ni justificantes pasajeros. Ante ellas, el silencio fortuito es la solución redonda.
En este sentido, las apreciaciones de Boecio y, por ende, de Jacobo de Lieja, no vienen sino a fortalecer la comprensión de estos hechos: la música mundana no solo es música de las esferas, sino la armonía de la materia propia, de los cuatro elementos y del tiempo.
El ser humano posee una condición extraordinaria que, cuando se adquiere consciencia de la misma, supera nuestro propio entendimiento. Somos quizás los únicos en este planeta que, como la lengua y su función metalingüística, podemos hablar de nosotros mismos. Es más, es lo único que nos importa, definir nuestra condición, tratar de establecer los parámetros que nos han traído hasta este punto y comprenderlo. En esa tarea inexpugnable para nuestra razón el discurso literario es, en la palabra, con la palabra, el único que nos acerca a la ciencia del espíritu, a la ciencia inexacta que detona una conmoción en los individuos cuando leen qué son en los textos literarios.
Esa perplejidad explica, en parte, que nos emocionemos con obras en otros idiomas, de otras culturas, de otras etapas. Siguen tratando de decir lo que nos pertenece como universal, como propio, el silabeo y el desvelo de la mortalidad.
La música humana, como decía Boecio, es la instrumental que revela consonancias musicales sensibles y que unen maravillosamente, en conexión fastuosa, el alma y el cuerpo. En nosotros coexisten las dos condiciones para que esto suceda: el microcosmos de lo corruptible, lo perecedero, con lo incorruptible, lo permanente. Todo discurso allegado a este paradigma y empapado de luz y revelación nos ha mostrado tan solo el comienzo del sendero, del camino al centro del bosque de la mortalidad.
domingo, 20 de marzo de 2016
El invisible idioma de la mortalidad.
No somos más allá de nosotros mismos.
***
LLEVO varios releyendo a Góngora. Estamos ante un poeta excelso de nuestra lengua, magistral, único en su especie. La lectura de algunos versos me han conducido, de nuevo, a ese estadio de relumbrón que todo mortal vive con el ejercicio de la lectura, de la lectura vivida y pulcra de un autor que desprende luz en los versos. Construcciones polifónicas, relaciones semánticas entre vocablos por los que Valle-Inclán hubiera sacado un arma de fuego; neologismos, intertextualidades inauditas...un mundo propio que se despliega, eso sí, desde la palabra y en la palabra dadora.
La crítica ha querido vincular este poeta a la Generación del 27; hoy, después de algunos años sin leer al poeta cordobés con detenimiento, me causa cierta gracia: ningún poeta del 27 se acercó a Góngora en ningún caso. Estamos ante fenómenos distintos, los autores de ese grupo poético son ínsulas individuales, con suerte desigual, que jamás encontraron el hilo portentoso de la palabra gongorina.
El propio poeta lo resuelve con unos hermosos versos:
[...]
"El jüicio, al de todos indeciso,
del consuro ligero"
[...]
T.S. Eliot lo expresó con dominio y contundencia en uno de mis libros de cabecera Four Quartets:
[...]
Porque solo se aprende a dominar las palabras
para decir lo que uno ya no quiere decir
[...]
En efecto, la creación poética es un desvelo de la realidad nombrada que se dirige, precisamente, a su transparencia. La palabra verdadera en poesía no desea decir todo; ser ella latente realidad, sino antes al contrario, el río de la palabra verdadera permite trazar los surcos del invisible idioma de la mortalidad.
El propio Maestro Eckhart, que desarrolló una disciplina ajena y complementaria a la literaria, lo manifestó con mucho tino: "Lo esencial es quietud".
Pero una quietud fructífera, polifónica, dinámica, en espiral y concentración, en infusión, viva, incontenible, como un manantial transparente, un flujo vivificante.
Hoy quizás pensamos que el sujeto creador en la literatura es el elemento vertebral y hemos desustanciado la importancia de la lectura, de una lectura virtuosa y meditada, reelaborada a medida que nosotros mismos somos cambiantes y firmes, dinámicos y perpetuos.
El mismo Plotino manifestaba: "El éxtasis no conviene perseguirlo, sino esperar tranquilamente a que se aparezca, preparándonos a la contemplación como el ojo espera la aparición del Sol".
Claro está que esa espera y equilibrio debe ser abonada por acciones éticas de los individuos: renuncias, decisiones, acciones que no siempre encajan en los hábitos de la vida contemporánea y que merman las capacidades literarias y personales. No tienen cabida la injuria ni la cólera, tampoco convertirse en un francotirador de los poetas o escritores contemporáneos: tan solo el recogimiento, el sendero blanco de Rilke atravesando Duino, Dante, la elegía de Leopardo, el magisterio íntegro de Platón, el acantilado, el corazón latente, el invisible idioma de la mortalidad.
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