lunes, 31 de enero de 2011

De un tiempo a esta parte, todo se transparenta con más vehemencia en mi vida. Con esta cosmovisión, las cosas nimias han dejado de importarme por completo así como las personas qu las pronuncian. Ya no actúo con decoro cuando alguna situación me resulta ridícula, antes al contrario, me evado con celeridad. Ya no permito que los días perpetren un hastío y una zozobra, prefiero las convicciones sometidas a un juicio continuo. Ni siquiera considero más elevados unos pensamientos que otros a no ser que de partida sean inaceptables. En cuanto a la literatura, cada vez se hace más grande en menos autores.

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Sólo en la música es donde el ser encuentra el haber sido perpetuo.
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La renovación del espíritu es el movimiento natural del hombre con inquietudes. Cuando uno comprende que la mutación es lo constante, comienza a alborear sobre el raciocinio una evanescente presencia de claroscuros, sobre todo, una necesidad de cuestionar las verdades que se demuestran con ecuaciones y algoritmos.
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Cuando Unamuno sentencia que no cabe amar sin conocer y que es imposible conocer sin amar, me acuerdo de los versos de san Juan de la Cruz. En latines de Unamuno, Nihil cognitum quin praevolitum. Estas palabras las escribe Unamuno cuando afirma que necesita explicar lo que explica el mundo en Tratado del amor de Dios: “Con la razón no se llega a Dios, se llega a la idea de Dios”, reza uno de los pasajes más enfervorecidos. Aquí cierro el libro y me quedo palpitante, meditabundo, intentando proyectar las ideas hacia sus esencias y comprobando que vivo en un mundo fingido, apenas comprendido, sobre el que soporto las proyecciones del yo que me invade, pero del que dudo que conozca sus sustancia.