domingo, 16 de enero de 2011

Esta mañana, al repasar algunas páginas de la biografía de Tolstoi escrita por mi admirado Wiesenthal, El viejo León Tolstoi, un retrato literario, he descubierto que había subrayado varios párrafos con una fuerza desmesurada, como si al leerlos, hubiera encontrado una suerte de bálsamo verbal que dilucidara las inquietudes últimas en relación a la vida y el arte. En pocos autores contemporáneos podemos encontrar reflexiones tan acertadas y con tanto tino. Las más de las veces, los escritores terminan por repetir las tres o cuatro consignas de su estética y las dos o tres frases que alguien les ha hecho creer que son geniales. Sin embargo, hay poca verdad en las palabras de los intelectuales de este tiempo. Percibo, además, que todos están replegados a la moda y a la circunstancia y que, de intentar ser más subversivos, quedarían apartados del circuito literario de turno, del suplemento y del periódico.
Poco me han importado esas migajas que arrojan a los que escriben los medios de comunicación y los grupúsculos pseudoliterarios. Por un lado, los políticos tratan de conseguir alguna firma con un número de ventas importante para sumarlo a las credenciales de su partido; por otro, los medios de comunicación se apropian de ellos a sabiendas de sus ideas condescendientes. ¿Qué tiene que ver eso con los grandes pensadores literatos; nos imaginamos a Nietzsche haciéndo lo propio o al mismo Tolstoi; lo pensaríamos de Rilke o acaso de Kafka? Estos son nombres más menos cercanos en el tiempo como ejemplos de insumisión, pero podríamos hacer una lista que, a fin de cuentas, sería la lista de la literatura en sí.
No quiere decir esto que los escritores y pensadores no puedan poseer ideología política o religiosa alguna, no es ese el caso. Lo que quiero dejar en claro es que son ellos los que eligen o someten su conducta a cierto establecimiento político o religioso. A través de un enjuiciamiento las páginas de una novela pueden terminar por defender una teoría científica o una propuesta religiosa con tanta vehemencia en uno y en otro caso. No hay nada que reprocahr en estos casos que cito porque todos están escritos desde la certidumbre de su necesidad y beneficiencia para la humanidad, no para el bien propio. La diferencia está en el radicalismo de las escrituras recientes y de su vacua y liviana propuesta: son todas iniciativas que aspiran a bienes personales exclusivamente. No me imagino a ni´ngún escritor actual escribiendo para la humanidad, ara su desarrollo moral, para su equilibrio de valores desaparcidos, para el espíritu europeo que desaparece.
La falta de lecturas y de modelos ha provocado un derrumbe de la literatura actual. No hay quien lea un libro de poesía, escrito por un autor medianamente joven, sin notar la influencia directa de un autor que todavía está vivo y que además lo ayuda a ascender en la presencia social. No hay quien lea una novela con fundamento, con aspiraciones más allá de este mundo tecnológico o, mucho menos, reivindicando con entereza la necesaria reaparición de los valores, como decía antes, propuestas científicas o de la moral cristiana antigua. Son pocas las obras literarias que serán recordadas y es conveniente darse cuenta de ello ahora, cuando es posible no caer en sus redes. Por estos motivos, escritos un tanto a la ligera y sobrevenidos por la lectura de Wiesenthal, dejo transcrito el párrafo de marras:
Creo que los jóvenes del siglo XXI ya han tenido tiempo suficiente para descubrir la falacia de aquellos vendedores de plástico que querían sustituir la literatura por juegos de palabras y pretendían transmutar los valores a base de devaluaciones.[…]En ese juego de supresión de valores y rupturas, que ocupó a muchos intelectuales del siglo XX se fueron acumulando en la cabeza de los jóvenes muchos nombres comerciales, hasta hacerles perder de vista cuales eran los verdaderos valores que desaparecían enterrados entre tantas marcas y tan repetitiva propaganda. A nuestros jóvenes les han arrinconado en un horizonte remoto y oscuro los nombres de Pasternak, Benedetto Croce, Lou Salomé, Máximo Gorki, Stefan Zweig, Ortgea y Gasset, Wanda Landowska, Clara Rilke, Thomas Mann, Georg Friedrich Nicolai o el mismo Tolstoi”.