domingo, 23 de enero de 2011

Toda la tarde leyendo a Unamuno, ¡qué deleite y qué bravura de estilo! Este escritor se está haciendo, cada vez, más grande y fortificado. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos es una delicia, pero es superada por el exquisito y enjundioso Tratado del amor de Dios.
En buena medida, Unamuno hace, al final de libro, un ejercicio (desordenado, pero brillante) sobre los confines de las palabras. Viene a decirnos: “El pensamiento reposa sobre prejuicios y los prejuicios están en las palabras”. Estamos ante un complemento justo de lo que Wittgenstein dejó en su Tractatus. Sin embargo, la pregunta demoledora que principia el Tratado del amor de Dios se ha enquistado en mi juicio: “¿A Dios por el amor o por el conocimiento?”

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No seas y serás más que todo lo que es.
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No pienses y vendrás a ser todo.
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Muda tu verbo y dirás el infinito.
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Ama de alma, contemplarás la existencia.
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Entrega tus dones a la religión de la belleza y vendrá a tu ser el espejo de la verdad.
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La belleza es un sendero de verdad construida con mentiras.
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Vivir entre el ahora y el ocaso eso es la literatura.