sábado, 15 de enero de 2011

Hemos adecentado el pequeño patio delantero de la casa. Ha sido emocionante preparar la acción natural: un níspero, un pacífico, un laurel, un limonero y una planta de Aloe que comienza a crecer. Los teníamos todos juntos, algunos compartiendo macetón. Al ver que les costaba crecer adecuadamente y con el espacio necesario, hemos decidido transplantarlos en nuevos maceteros y por separado. El patio ha quedado inundado de árboles y de plantas, porque nos regalaron dos buganvillas son el umbral perfecto para la entrada.
Para esta tarea, he tenido que ir al parque a recoger tierra abundante. El abono lo teníamos comprado. Metidos en faena, hemos acompasado el trabajo con las plantas; tierra, abono, agua. La tarde me ha parecido maravillosa, acogida a una lentitud que hacía mucho tiempo que no sentía. Con las manos embarradas y repletas de tierra hemos estado hablando sobre esto y aquello, con agrado, con la virtud de la cercanía a lo natural. Ahora ha llegado la noche y con ella la oscuridad desfigura los contornos de los árboles. Sólo se intuye e aroma del limonero que penetra por la ventana de la cocina. Después de estas menudencias, he querido darles una dimensión más potente. He pensado que los virajes de la vida hay que aceptarlos con el disimulo de la inteligencia, pero con el ánimo de la celebración sentimental y que lo que algún día pareció reflejo, insinuación o relámpago, puede ser, en estos momentos, estancia inexplorada de la vida.
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Leo que Rilke fue en busca de Tolstoi y que llegaron a conocerse en Moscú en la primavera de 1899. De esta visita, la enseñanza que consiguió aprender Rilke, fue que necesitaba leer y estudiar más para entender en plenitud al maestro ruso. Para ello se entregó, durante un año, a tal tarea. Es esa la sensación que me sobrecoge cuando me dispongo a leer a Tolstoi o a Virgilio, que necesito más vida para entenderlos, más vida, claro está, de estudio y entrega a lo literario y de que no todo puede entenderse con el primer juicio que poseemos.