sábado, 29 de enero de 2011

Esta tentativa infinita de escribir que se despliega en el blanco ha sido una metáfora constante de la sombría presencia de las palabras. Negro sobre blanco, sombra sobre luz, a pesar de que la filosofía oriental traslade los símbolos de forma distinta a occidente y prefiera fijarse en las sombras y no en la luz. A pesar de todo, prefiero atender a la mezcolanza de ambas fuerzas, a la doble dimensión de la propia lengua, pensamiento y realidad, fenómeno y noúmeno. Creo que, en esa lucha interna que es connatural a la propia lengua, el ritmo y la armonía de los contrarios es la cúspide de la belleza. Cuando alguien logra armonizar su lengua, repleta de magmas internos que expulsan incontrolables significados, está alcanzando la belleza y acaso la verdad. Porque la verdad sólo puede ser dicha a través de la belleza.