domingo, 24 de enero de 2010

Un dolor es algo profundamente serio.



Hoy la vida pudo con la escritura. Este dolor en las cervicales me está aproximando al paroxismo. Me ha incapacitado para poder escribir. Ágrafo total. Violín sin cuerdas. Piano mudo.
Cuando no se puede escribir no se debe ni siquiera dejar el rastro de ese fracaso, de esa tentación del fracaso. Pero qué difícil, a veces, resulta no darle a ese trabajo la aspiración repentina de algo digno, emparentado a lo lejos con una escritura concertada, como ese recuerdo que convive con los que jalonan tu memoria que, apesra de su insustancialidad, aperece aledaño a la memoria suficiente.
Se me viene a la cabeza esas pinceladas arrinconadas que reflejaban cómo Velázquez limpiaba los pinceles en las esquinas de las obras de envergadura. Así sean estos textos de hoy, rincones en que se vuelca lo sobrante, en que se limpian los colores que no importan, que debieran haber desaparecido sin haber sido nombrados nunca.
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Hoy, por fin, compré el Álbum de Juan Ramón Jiménez publicado en 2009 por la Residencia de estudiantes. La edición es una delicia en todos los sentidos, sobre todo por las páginas biográficas de Javier Blasco y de, cómo no, Andrés Trapiello. Además, la edición está cargada de fotos inéditas, facsímiles de primeras ediciones o cartas manuscritas hasta el momento nunca publicadas. Toda la tarde enroscado entre estas páginas, en esa “ética estética” que proclamaba el poeta. Y confirmando la grandeza inadvertida del poeta, aún inadvertida para tantos.

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Siempre he comprendido a los que no les agrada la figura y los libros de Francisco Rico. Y lo entiendo a la perfección porque suelo leerlos todos, a no ser que alguno de su bibliografía no esté en las baldas de turno. Llega ahora, como del cielo, una reedición de Figuras con paisaje. Otra obra genial, totalizadora, erudita cercana a la iconografía, pero sobre todo al ejercicio filológico en toda su profundidad y dimensión.
La prosa de Rico es un ejemplo de conocimiento exhaustivo de la lengua: sus giros, sus recursos, el uso adecuado de refranes y clichés que vienen a renovarse en sus páginas. Siempre me sorprendió la capacidad para maridar la soberbia prosa de corte erudito con la presencia del acervo popular del habla. Los capítulos dedicados a Velázquez son de las mejores páginas escritas en un libro con aspiraciones filológicas en su sentido más primitivo.

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Comencemos por la génesis de este día: el maldito dolor punzante, el dolor peliagudo de aliento insufrible, el dolor de torres de marfil, el dolor del infinito instalado en los huesos, este dolor, ay, este dolor de trincheras quemadas. Este dolor de espalda que me atraviesa no parece que vaya a exiliarse voluntariamente. Deberé convivir con sus monólogos de indescifrables metáforas.

viernes, 22 de enero de 2010

Venía pensando, mientras conducía, en el extraño fenómeno que sucede cuando alguien decide escribir un poema o escribir una página más allá de géneros o dictados formales. Son varios los elementos que se ponen en funcionamiento, varias las relaciones que se establecen entre un ser pensante, una realidad pensada, unas palabras nonatas. En realidad es una relación triangular, establecida en tres vértices, pero también es cierto que todo surge del pensante de turno que azota su realidad manida.
Venía pensado que, si la poesía, según la percibo, es una indagación sobre una realidad que todavía no ha sido proclamada ni verbalizada, esa misma realidad se debe sentir invadida. Es decir, la poesía es una invasión de una realidad jamás percibida.
Pues bien, hoy he sido el que se ha sentido invadido, cercado por los bárbaros responsos del verbo.
Esto significa que la realidad existía antes de ser nombrada. Pero no creo que eso ocurra efectivamente, sino que es la percepción de esa realidad (a través de materiales e instrumentos diversos: la memoria, los sentidos, los recuerdos, la naturaleza, las lecturas…) la que opera en la creación literaria. Por tanto, la creación poética es una interpretación de una realidad que está surgiendo a medida que se va pensando; que fue mirada especular.
Si partimos de este punto, entran en conflicto algunas consideraciones que se acercan a la filosofía. Por ejemplo, la realidad que ha sido invadida, ¿existía? ¿o ha ido siendo invadida a medida que la palabra la iba tomando en su seno? Es difícil poder escribir sobre este asunto sin utilizar perífrasis o circunloquios verbales para poder explicar ese acontecer inexistente y fugitivo. Y esa incapacidad de la lengua es un claro síntoma de la ineficaz aprehensión de la realidad tal y como se percibe.
El concepto estarsiendo es de una oscuridad interpretativa que sólo podemos entenderla gracias a los griegos, genios que hicieron la propuesta estratégica de conceptualizar el tiempo con otros parámetros. Sin embargo, cada vez creo que el conflicto que mantenemos con el tiempo reside ahí, en esa estancia fugitiva que las palabras, temblonas y maleables, nos dejan por incapaces.


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Mientras conducía, las lomas cargadas de albariza acompasaban estas incursiones mentales. Las siluetas de estas lomas son como cuerpos de mujeres flotantes. Sus líneas son delicadas fisuras en el horizonte y el sol, la luz, los pájaros ambiciosos se revuelcan en sus tímidas curvas. Como unos labios translúcidos abrazando en la noche la piel, silabeando los trazos del deseo. Como unas parras estrépitas y avarientas he poseído ese paisaje con mis ojos, donde nunca verán mis ojos y he creído en la inmortalidad y eso me ha entristecido por mi condición.

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Ayer compré Vidas minúsculas, de Pierre Michon. Comencé a leerla esta mañana, mientras atendía a unos alumnos despistados. La primera frase del libro es un declaración de principios: “Entremos en la génesis de mis pretensiones”. Con esta oración se puede iniciar cualquier novela, se puede dar pábulo a cualquier nota en un diario: génesis, entremos, pretensiones. No hay más verdad en un diario, en este por supuesto, que las pretensiones de narrar el movimiento genésico que se reconstituye diariamente. Cuando eso no sucede, cuando ese mecanismo de la ficción deje de operar en la mollera del que escribe, se terminará este cuaderno. Y con el el ser de ficción que la escribe. Y acaso su sombra aledaña.

martes, 19 de enero de 2010

Un nacimiento.

Cuando he llegado a casa me han dado la noticia: ha nacido la hija de unos amigos. Me he alegrado en demasía, ya que hemos sido testigos de cómo el embarazo ha ido ocupando los días, las horas y la vida de sus padres incluidas las nuestras.
Aunque ellos no sean lectores de estos diarios, aunque ellos no tengan ni la más remota intuición de que yo estoy aquí refiriéndome al nacimiento de su hija, Ana, me siento como el narrador de una novela que atestigua las intimidades de uno de sus personajes, a pesar de que esas intimidades vengan cargadas de emoción y beneplácito.
Bien pensado, hay en estos ejercicios la distancia más errante que se consigue entre realidad y ficción y que más dificulta la ficción. Una lejanía necesaria y complementaria, ya que la realidad total del acontecimiento debería incluir estas notas de diario.
Su desconocimiento no anula su existencia. Alguien, en algún momento, enseñará a la niña de ahora (ya mujer y con hijos) estas notas del día de su nacimiento. O todo lo contrario, estas palabras (y eso es lo más probable) nunca formarán parte del conocimiento de este mundo de esa niña. Serán sin que ella haya participado ni las haya leído, serán a pesar de ella. Y esa es la ficción. Por este motivo, alguien puede imaginar que esto que relato no es más que una invención más, una de las tantas que han completado estos tres años de dedicación en el trópico. ¿Y qué? si el hecho es cierto una pura invención, ¿qué importa para la literatura tal o cual circunstancia?

Cuánto no se nos queda en la incomprensión y cuánto no se nos hace invisible. Imagino que nuestras vidas están escritas en algunas páginas que jamás conoceremos, en algunos poemas que serán desconocidos para siempre. Incluso puede que estemos registrados en alguna pintura que pervive, a pesar de nuestro desconocimiento, junto a nosotros, más allá de nosotros mismos. Por eso en la vida no deberíamos atestiguarlo todo, más bien, tendríamos que entender, con la suficiencia de la mortalidad, que sólo somos una parte de nuestra vida.
Así entendido, y con esta insuficiencia aceptada, la vida no sería más benévola, pero sí estaría subordinada al dictado de la templanza. La templanza aviva la pasión, porque en ella el deseo se mantiene constante.

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Canto de invierno
la lluvia reverdece
pluma del árbol.

lunes, 18 de enero de 2010

Aprendiz.

Pienso que el aprendizaje del escritor reside, casi exclusivamente, en la forma que elije para sus composiciones. Ese aprendizaje al que me refiero es la consecuencia de los cambios de credo que en muchos poetas, por ejemplo, es tomado como una traición a un estilo, a un compromiso, a una generación inexistente.
Nada más contrario a la individualidad. Lo cambiante, la sed de espacios nuevos es consustancial a un espíritu motivado y necesitado por la creación artística. Por tanto, no hay extrañeza en esos cambios que, de repente, le sorprenden a uno en tal o cual narrador, por ejemplo.
A todo esto, huelga nombrar el estilo, la singularidad o el talento individuales como elementos que aparecen desde las primeras composiciones. Brotan púberes, incompletos, pero dejando su presencia. Se reconocen estas marcas individuales, envueltas en disposiciones sintácticas o léxicas, cuando la obra ha tomado el cuerpo necesario y suficiente. Entonces puede uno valorar, con esa perspectiva, cómo fueron los arranques. Ahora bien, si el artista no consigue abandonar esos balbuceos siempre serán tomados como tales.
Uno aprende a leer en los clásicos que la adecuación a un cauce apropiado es determinante. Ayer, por ejemplo, al leer La Epístola moral a Fabio, de Fernández de Andrada, fue todo tan claro, todo tan claro y de una evidencia… Lo mismo sucede con fary Luis o san Juan, Quevedo o Lope.
Igualmente, al contrario. Hay obras literarias fallidas no por la idea o el pensamiento que maneja el autor; tampoco por la trama que se desarrolla. Hay obras que necesitan de la prosa sin ambajes, del verso sin establecimientos métricos, pero también hay expresiones que, para alcanzar su fin de la forma más perfecta debe acompasarse a la rima, a la métrica o al molde novelístico más encorsetado. Esta compostura es, con mucho, un concierto insólito en los autores clásicos. Hya logros y maravillas en verso regular y en verso desligado de rimas y ritmos constantes. Novelas, como del alma que brotaron de la exprimentación, pero tambi´ne otras cargadas de mesura y claridad, con la escritura limpia y reluciente como un mundo inaugurado.

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Escribir un diario es un ejercicio de musculatura que no puede oxidarse ni mantenerse en resaca. Por eso, se asoma uno con miedo y reticencias a este cuaderno en blanco. Blanca impostura. Es una evidencia que el narrador de estos pasajes termina por convertirse en un personaje más, porque la confesión otorga a los otros, a los lectores, los entresijos de una palabra suelta, suelta en la intimidad.
No persigo nada más que desdecir a este hombre que me acompaña y que parece habitarme a diario. Este hombre cansado, que vuelve de su trabajo con la mirada cargada de anhelos, de mañanas perdidas, de tiempo sóloo recuperable por la orden y gracia del amor.
El miedo a que aparezca una circunstancia demoledora es un acicate que cada vez más tienta esta inclinación diaria a que suceda lo que a Sándor Márai con su esposa. Hoy, por ejemplo, Rafael me ha recordado aquel año en que Márai entregó sus días a la muerte de su mujer; que entregó sus días a la fantasmagoría que atenuaba su presencia a la luz del exilio.
Un cataclismo puede proclamar en un diario que, incluso los diaristas, envejecen. Sin embargo, narrar los días al ritmo de la prosa es la mejor manera de cantar sus virtudes. No encuentro un homenaje mejor a esta vida que celebrarla con palabras, con las misma que me hacen y construyen como ser impenitente.

domingo, 17 de enero de 2010

Un cuento en otro.

Las páginas de este diario son un cuento en otro, ideas sobre la misma idea, palabras sobre la misma palabra. Exactamente dispone las aciagas manías de la vida, con los bucles de una especie que sigue pronuciándonos como sueños bastardos.


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Le cosmicomiche (1965), de Italo Calvino, ese es el libro que ha elegido M. para su segunda lectura en italiano y lo hace con un entusiasmo renovado, con las ansias de saberse en manos de una lengua que tantas satisfacciones le otorga. Mi expectación, por otro lado, es más bien admiración, pero, al tiempo, aprendizaje, porque con sus lecturas yo me ofrezco como si asistiera a un concierto polifónico de lenguas emparentadas, aunque con sonoridades distintas.
El sábado, en Sevilla, comenzó a leer una entrevista que sirve de introducción al libro. En esa entrevista, Calvino deja algunas consideraciones sobre sus influencias, entre las que nombra a Borges, y su actitud ante estos relatos que conforman el libro. Me ha parecido necesario escribir en este diario que esas ideas de Calvino hay que pensarlas una y otra vez, por eso las escribo.
Con este libro, Calvino combinó la poética con la creación; hizo con la practica lo que pensaba de la literatura. Esta idea no hace mucho que apareció por estas páginas.
Escribir el mismo relato, la misma página una y otra vez. Incluso imaginé que Vila-Matas había escrito una página secreta, idéntica, que iba introduciendo en todos sus libros sin que ningún lector llegara, con sus sospechas, a encontrarla.
Dice Calvino que cuando un escritor termina una página nunca es el resultado de lo que tenía pensado. Esa incompatibilidad total entre las ideas y el resultado final mediante la palabra, hace posible que un escritor pueda volver sobre el mismo relato, pero con nuevas aportaciones. Escribir la misma página una y otra vez, y pulir. Y volver sobre ella con nuevas palabras, sin eliminar las antiguas, solo las que ofrezcan el sonido de tus pasos nuevos por la obra.
Pasado un tiempo, las interpretaciones pueden situar la creación en otra situación comunicativa, como le ocurre al Quijote de Piere Menard. Es otra la cuestión en este asunto. Calvino atina al describir esa misión incompleta de los escritores porque todos sus textos no son más que bastardos de la inexactitud, herederos de una parte del robo simbólico, fugaz e incompleta sustancia del pensamiento.

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Dos conclusiones me dejan meditabundo y con las manos repletas de soles caídos. Las leí esta mañana, pero todavía no he logrado desgajarlas de su extrañeza y rotundidad: “Los dibujantes puros son filósofos y alquimistas de quintaesencias. Los coloristas son poetas épicos”. Estas palabras las escribió Baudelaire en Críticas de arte, exactamente en un artículo titualdo “Del color”.
No sé cómo trasladar estas apreciaciones a la literatura, si lo necesario es equipar, como hice el otro día, el dibujo a la pintura y el color a la prosa o si aceptar, de una vez por todas, que es indisocibale la relación entre la poesía y el dibujo.
Quizás, para salir de este conficto, puedo escribir, la poesía es dibujo de quintaesencias y el poeta es un filósofo del color, a pesar de los fines distintos que persiguen una y otra disciplina. Pero qué si no fue Antonio Machado, poeta ayer, hoy triste y pobre filosofo trasnochado; qué no se esconde y se enreda entre los versos más imponentes de los hombres.

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A oscuras, con los dedos encendidos como candelabros de aceite, que arden y desafían las aguas de la noche, me detengo ante ti y te pronuncio. Te pronuncio como lo hacen los pájaros que emigran y danzan en los cielos cubiertos, te pronuncio en la lentitud de los recuerdos, de los mundos diversos, en esta rebelación que eres ante el mundo.

viernes, 15 de enero de 2010

Eso otro.

Si quisiera ser música, lo primero sería dejar de existir (acabo de convertirme en una sinécdoque de la propia creación, ya engullido por ella, ya fagocitado por ella). Porque la música no existe en referencia a nada y esa falta de referencialidad, llevada a la poesía, se convierte en simbolismo. Y ese simbolismo es la creación de un mundo ajeno, fundado, que va haciéndose (de no sé qué ropajes, ay), pero que utiliza los mismos sonidos que el mundo utiliza para seguir siendo. Qué difícil decir qué es este mundo que se deja para profundizar en el simbólico (¿se llega a abandonar totalmente o es una estancia compartida?), ¿real, material, presente, acaso?
La nada ya la tengo. No soy más que un vaso que contiene aspiraciones de otras vidas ya fundadas fuera de mí.
El simbolismo, en poesía, es una virtud de la palabra, quizás la mayor virtud, porque refunda sus formas complejas; esparce su semántica más allá de cualquier interpretación. Y hace nuevo un mundo que se nombra, que va tomando matices a medida que va nombrándose, que se fecunda con la sonora claridad. Mundo extraño ese, ínsula variada, edificante defunción.

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Argenteado
el mar parece muerto.
Sangre de luna.

Rumor oculto
una luz nos proclama
sobre el silencio.

miércoles, 13 de enero de 2010

El gran martirio deleitable.

Con cada palabra que cincelo en este cuaderno voy alargando el martirio deleitable de la escritura. Sobran las vanidades que amenazan con extraviar la consigna del escritor, su entrega, su fidelidad a la palabra.
La escritura es un acto de conmoción proteica, es genésica vértebra de la palabra. Por ello, uno debe arrojarse sin mediaciones a sus deberes, al inevitable furor de la escritura. Hace años le preguntaron a José Antonio Marina cómo aprovechaba tanto el tiempo para leer y escribir. Marina aprovechó esta pregunta para sacar a la luz su condición de alumno aventajado y dijo que, su maestro, Gregorio Marañón, afirmaba que le era posible el estudio de la medicina, la escritura, el arte o la filosofía porque era un trapero del tiempo. Hay pocas definiciones más afortunadas que esta. Y desde que la escuché, no he dejado de intentar convertirme en uno de esos traperos, porque he comprobado que, entre la vacua aparición y las obligaciones sociales, siempre hay una grieta, un puñado de minutos que están a la espera.
Igualmente, se confirman mis sospechas: no hay momento idóneo para leer o escribir. No existe el preparativo para poder escribir. No debe exigir uno nada más que lo que resten de los días. En esos restos, debe volcarse el trabajo como un derrumbe apocalíptico, pero de amanecidas virtudes. De no ser así, la lectura y la escritura serían velados frutos sin raíces.
Es cierto que el tiempo no asegura el buen trabajo y que el talento y la genialidad están al resguardo de no se sabe qué capacidad del hombre. Incluso puede pensarse que el talento tiene sus momentos, sus años, y que puede llegar a desaparecer sin más avisos. Le ocurrió, por ejemplo, a Claudio Rodríguez y al mismo Jaime Gil de Biedma, obviamente en mi opinión.
En este sentido, las palabras que dedica J.R.J cuando Ciprinao Rivas Cherif le pregunta qué es el arte, me sugieren todo un mundo cifrado y una enseñanza clara, como claros eran los sones de su lucha: “el gran martirio deleitable”.

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Leopardi lo pregunta en el canto XXIII: Canto notturno di un pastore errante dell´asia: “¿Si la vida es trabajo, por qué la soportamos”.

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Entregarse es renunciar, igualmente. Hay un gesto de improcedente negación, de inconsciente inmadurez cuando uno dedica todo su tiempo a una o dos actividades. ¿Dónde queda el mundo con todos sus sones? Nuestra inquietud es el estado de la ingravidez. No sé, con Leopardi, si se equivoca el pensamiento al ver la suerte ajena y piensa éste, a su vez, que los astros, el viento, la luz, la luna inmensa, los adioses, no tienen asidero en el recuerdo, no tienen conciencia de su ser.
Si la única consciencia que nos queda está relegada a una aspiración en el mundo, no creo en la vida, no creo en sus látigos de fuego. Mas no por ello dejaré de avivar el espíritu y de acercarlo a cuantas manifestaciones lo atraviesen, sean estas del orden que sea. Ninguna certeza ha sido pronunciada al completo, porque las palabras se apagan cuando van transformándola en sonido. Y aparece el silencio. Y ellas las recubre. Y en el silencio toda verdad es del individuo.

martes, 12 de enero de 2010

Anónimo estar.

Dice Berger que en el anonimato se encierra buena parte de la materia de la humanidad y que es en ella, a través de ella, como podemos llegar a conocer al hombre de una manera más fiable y universal. Creo en el anonimato, porque el anonimato es la materia de la ficción: un ente dicho, que dice, que surge sin método y que además desvincula cualquier consideración biográfica o determinista a sus hechos. El anonimato es la creencia en el ser sin espíritu, en el logro sin rastro. Todos los personajes, todas las voces líricas, son anónimas, desconocidas e insurgentes.
Detrás de un hombre quedan, dice Emilio Lledó, o hechos o palabras. Hace poco tiempo, utilicé esta referencia de La memoria del logos para proclamar la fuerza fáctica de la palabra, de los hechos que acontecen en su seno.
Esta mañana me detuve, por un tiempo nimio, a contemplar las actuaciones de los compañeros. Observé que ninguno de los actos que una persona realiza durante su vida queda en la memoria de sus allegados y de los otros; que las miles de palabras que enunciamos no son más que las gotas de lluvia que acamparon temprano por la tierra: olvidadiza actividad esta de estar vivos.
Tan solo los hechos y las palabras son recordadas, pero los hechos que ahuecan, que desfiguran el tránsito manido con que nos arrojamos a la vida.

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ALGUIEN DEBE ROBARME LA CONCIENCIA

Probablemente pertenezco
a otra vida que nunca ha sucedido;
y tengo la certeza
de que escribo los versos al dictado
de otro hombre que imagina estas palabras.
Este poema quiere, por lo tanto,
decir las obviedades de lo ajeno.

Decir
alguien debe robarme la conciencia
todas las tardes
con sus sueños, su vida, sus palabras.
Decir
alguien, acaso un hombre,
viene a tañer por esta boca,
por el sonido lento que la invade:

que sean en mí tus sueños,
que el porvenir fecunde, memoria inconcebible,
la escritura que finge tu existencia
de estancia fugitiva.

lunes, 11 de enero de 2010

Un pintor de hoy. Ayer somos.

Esta mañana me han visitado unos amigos del pueblo. Entre ellos estaba un antiguo compañero con el que compartí vida durante un lustro y pico. D. se tituló en Historia del Arte al tiempo que fantaseábamos con diálogos que desafiaban la noche cubierta de ilusiones. La amistad llegó a fraguar una relación que aún mantiene la misma claridad de entonces y que renueva cada vez que nos vemos, porque sabemos que nuestra educación sentimental brotó de las mismas aguas. Decía que vinieron unos amigos y con ellos los años antiguos; con ellos los tiempos en que uno aspiraba a escribir como quien marca en el agua una línea invisible. Demasiada verdad había en aquellas palabras exaltadas. Estábamos imbuidos por lo que la cultura iba ofreciendo en racimos: un psicólogo, un pintor, un estudiante de Historia del Arte y un filólogo con vagas aspiraciones literarias.
No deben caer en el olvido todas las interpretaciones que perpetrábamos del mundo; no deben convertirse en pasto del olvido. Por eso, con la visita de este amigo, he querido escribir los recuerdos que le acompañan y que me pertenecen tanto como a él. Sin embargo, aquellas vidas que compartimos durante tantas horas ya no nos pertenecen a ninguno de los cuatro. Son recuerdos, imágenes que encrespan la memoria y que ofrecen el dictado rumoroso de otros tiempos. Aquellas vidas han quedado relegadas a lo que recordamos de ellas y es posible que David ni siquiera se haya dado cuenta de que mientras hablaba de su trabajo, de sus últimos logros y de sus manías modernas, yo no le quitaba la mirada de encima, porque pretendía ver a través de sus ojos la luz, la certeza de que fuimos nosotros.

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Un pintor de hoy, de John Berger está cargada de páginas hermosas que reflexionan sobre la creación artística y sobre la figura de un pintor que trabaja incansable y decididamente en su obra. Son varias las virtudes de Janos Lavin, el pintor húngaro que desparace, el escritor del diario que se encuentra un amigo y que vertebra la novela.
Comparto muchas de las sentencias que atraviesan el diario, más allá de proclamas m´´as o menos a favor de tendencias políticas que han quedado resueltas en otros finales.
“El día libre que me tomé ayer terminó fatal. El pintor no debe dejar la pintura nunca”. Hago extensivas esas palabras para los escritores y esa es la sensación que me persigue después de esos llamados días libres, horas sueltas, tiempo libre en que uno se siente cualquier cosa menos eso, libre. A este tipo de declaraciones en referencia al trabajo diario y al compromiso del artista se suman otras de corte más filosófico y teórico, en que se mezclan propiedades del dibujo con el pensamiento en clave metafórica: "Si uno dibuja una serie de líneas paralelas bastante juntas y luego otra serie de líneas en sentido diagonal, cruzando a las primeras, tendrá el ejemplo visual más sencillo del proceso dialéctico. Lo que se suele llamar una retícula. Ahora bien, si observas los diamantes, recordando que cada uno de ellos ha de ser dibujado, te abruma la envergadura y la complejidad de la tarea. Esos diamantes son como el futuro por el que trabajmos. Hay que tener valor. Ya tenemos la primera serie de líneas: sólo nos falta cruzarlas". Este cruce entre la vida y el arte es un tema que me fascina desde antiguo, porque considero que la distancia sobre la vida de uno otorga la virtud del mirar y del escribir, por eso Pesooa ha estado siempre delante de las páginas que he escrito, y Cervantes, y Kafka y Proust.
En algunas páginas se deja ver la maestría y el conocimiento del propio Berger disueltos en boca de Janos Lavin: “El rosa y el ocre, con una pizca de cobalto para envejecerlos, despiden más calor, más temperatura que el cadmio o el cromo puros. El calor es una cuestión de la relación de los azules con el resto. El calor es resonancia, no brillo”. Hay profundidad literaria en pasajes como éste, como de las mismas manos que quedan embadurnadas con pastel u óleo. No deja de sorprenderme otro tipo de advertencias del tipo: “La actividad más profunda de todas es la de dibujar. Y la que más exige”. Detalles concretos, aspectos singulares de la pintura que no frenan en el lector sus ansías de deleite. ¿Cuál sería la actividad literaria más profundad y la que más exige? La poesía es mi respuesta, sin duda.
Sin embargo, las entradas del diario de Janos Lavin que más y mejor he saboreado han sido las que tejen relaciones entre el arte del Renacimiento y el arte moderno. Las relaciones que establece son continuas, del tipo: “¿Cuánta gente cree que en el Renacimiento hubo grandes dibujantes a montones? Pues no hubo tantos. Sólo tres o cuatro artistas renacentistas pueden equipararse con Degas como dibujantes. Lo que tenía el Renacimiento era un método, una forma de dibujar; entonces, una persona podía enseñar a otra a dibujar. Hoy faltos de método y de tradición, una persona sólo puede decirle a otra: observa la naturaleza. Obsérvala y haz lo que puedas con ella sobre el papel”. Me pregunto si es posible trasladar estas reflexiones a la literatura. Considero que en el Renacimiento había un método, un principio, la imitatio, la lectura de Horacio, Petrarca, Virgilio o Dante y que quizás ese era el método con el que un escritor observaba la naturaleza. Ahora..., sí, obsérvala, obsérvala y escribe lo que puedas, a pesar de lo que puedas equivalga a sombra, a humo, a polvo, a nada.

domingo, 10 de enero de 2010

Con la nieve en las manos.

Con la nieve en las manos, sin guantes, cree uno estar en posesión de algún elemento mágico que ansía ser destruido. Por eso, ayer nos lanzamos bolas de nieve como dos niños que exploraban, con la inocencia de los primeros años, cómo se deforma la realidad de un solo golpe. Golpes en la vida, ay, yo no sé…
Cuando paseábamos por la nieve, con los abrigos repletos de agua, con las manos como estalactitas rellenas de sangre, con los ojos entrecerrados por el viento, no tuve más remedio que acordarme de Robert Walser. En este mismo cuaderno, hay una foto del escritor tirado en la nieve, batiendo sus brazos como dos alas de un ser mitológico.
Walser hizo de sus paseos materia literaria. Porque en los paseos se esconde una vereda –para J.R.J, una alameda verde- que sólo puede ser visitada por la reflexión y el disparadero solipsista. Hay en el paseo una virtud escondida que se llega a contemplar sólo cuando terminas siendo parte del paisaje o de la geografía que acompaña tus pasos. Le sucede a Trapiello, en el Rastro: él es ya un personaje de aquellas callejuelas repletas de cachivaches. Le ocurre a Vila-Matas, en París y, ahora, en Dublín; le sucedió a
J. Marías, en Oxford; lo mismo pasó con García Márquez, en el Caribe, o a Kafka, en Praga, o a Casanova, en Venecia.
Todos estos escritores fueron paisaje de pensamiento, paisaje de creación literaria, figuración activa y procreadora, insatisfecha y analítica.
Me quedo sorprendido por la prosa pausada y metódica de Casanova en sus memorias. Dice que el exceso no es conveniente. Y lo dice después de haber dejado para los hombres venideros un volumen en que lo que no falta es, precisamente, el exceso. Creo que Casanova, y algunos de los escritores mencionados, escriben estas manifestaciones justamente para deshacerse como paisaje, como pieza del territorio que están escribiendo. A lo mejor es un ejercicio de objetivación, un ejercicio filosófico o ético, en cualquier caso, un desprendimiento del yo que, aposentado en sus costumbres, exige que se les escriba.
Todo esto lo pensaba mientras cogía, de una roca tan gris como un cielo, un puñado de nieve para lanzárselo a M. Ella reía y me miraba como si no fuera yo quien le estuviera lanzando ese montón de agua a sus espaldas, al abrigo morado que la cubría del frío. Entonces comprendí que, al llegar a casa, no tendría más remedio que escribir de ese personaje que deambuló por unas horas por la nieve, que lanzó nieve a la cabeza con la gracia como si las gotitas fueran ángeles que repelen una maldición. Y recordé a Antonio Machado sometido al frío de Soria y al frío de Baeza. Acurrucado en la copa de cisco y escribiendo aquellos versos que desgranaba después de pasear por las calles pétreas y los paisajes olivareros. Eran una cosecha esos paseos, una cosecha que tenía que ser sometida a la reflexión, cuando los pasos quedaban sólo como ecos, espectros de un hombre soñado. Poco a poco, fui atendiendo al sendero que teníamos por delante.
Sin embargo, no pude esperar más tiempo y como llevaba mi moleskine en el bolsillo, a pesar de que mis manos estuvieran anestesiadas, agarré el bolígrafo y comencé a escribir mientras M. recogía algunas piñas del suelo.

jueves, 7 de enero de 2010

Hilación.


La tradición es, en las artes, la rueca del trabajo moderno.


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Llevaba toda la tarde observando los trazos de Piero della Francesca. De su simpleza aparente, me detengo en algunos matices del color, las alegorías y, sobre todo, imagino los estudios matemáticos que tuvo que realizar el pintor para ejecutarlo. Esta tabla siempre ha sido un enigma, una obra llena de una panoplia de simbolismos que se esconde, fugan y que se alejan de mi mollera. A pesar de todo, vuelvo la página de vez en cuando para cambiar el modo de ver, el modo de revivir esa insatisfacción gozosa de saberme aturdido por la obra de otro hombre.

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Esto viene a ser, definitivamente, escritura en libertad. Como ocurre en El Quijote, la poesía, el diario, la confesión, la pura narración, los tramos ensayísticos e incluso metalitetarios tienen razón de ser en un cuaderno como este. Si estos textos se van armando mediante la confluencia entre la vida y la literatura, decidme, al menos una, decidme, qué vida ha sido figurada y descrita, ajustada y proclamada antes de suceder. El arte sucede en el presente, es presente acumulado para cada lector. La creación es templanza de lo ido. El artista un rueco que somete la sensación y la razón a los raíles de la palabra o de la pintura o de la música…
Todo se va haciendo, así que el presente (que con Jorge Manrique, en un punto se es ido), en una lengua como la española, es un estarse fugitivo. Nuestra lengua determina la percepción del tiempo, su descender en nuestra conciencia.
Por estos motivos, una pintura, -la quietud del instante-, produce estos efectos turbadores sobre mi conciencia. La vida pasada es un caos irreparable, mas sometido al juicio del arte una pacífica y ordenada (más allá de las técnicas) estancia del presente.

miércoles, 6 de enero de 2010

La rebelión de los ojos.

Llegamos a casa a la una de la madrugada. Habíamos ido al cine. Habíamos elegido la película porque Juan Carlos Palma y Luis Manuel Ruiz habían hablado de ella con elogios superlativos y porque hacía algún tiempo que no íbamos. Además era el día perfecto, el día en que la gente se adocena alrededor de estos ritos que tanto me desagradan, es decir, la circunstancia justa para encontrar el gozo en un retiro. Así que, en la sala, había dos matrimonios de personas que podrían ser nuestros padres y una pareja acompañada por un perro. Prácticamente, la sala del cine estaba a nuestra disposición.
Tanto como la potencia cinematográfica de la película, qué maravilla. Habría que pensar demasiado este texto para que alcanzara uno a decir las virtudes sin desfallecer ni un momento. Porque son tantas las perspectivas por las que pudiéramos entrar en el análisis… el amor en todas sus vertientes (desde el platónico entre los protagonistas hasta el escatológico del asesino, pasando por el que sostiene el marido de la víctima, algo parecido a religio amoris y terminando por la del propio Sandoval, un funcionario que sucumbe a la pasión por el alcohol), la justicia (entendida en la Argentina de los setenta como la desembocadura de la corruptela política), el honor y la dignidad (de personajes que participan en un Juzgado Penal y que terminan por incorporar las historias que tramitan en sus vidas), el compromiso moral (aquella perpetua que atestigua al final de la película el protagonista), la trama detectivesca (bien trenzada y conjuntada con escenas de humor magníficas), la venganza (del compañero Romano, del facha Romano), la reflexión metaliteraria (ya que todo deviene de los recuerdos que trata de novelar Espósito), la conjunción entre recuerdos, vida y literatura o la rebelión de las miradas, los actores protagonistas y secundarios, la banda sonora, la fotografía, el ritmo de la narración, los escenarios, algunos diálogos, la ironía y el humor y, por qué no, la melodiosa cadencia argentina en el habla de los actores.
Hay, por lo demás, escenas, gloriosas, como la regañina del doctor Fortuna a Espósito y a Sandoval. Aunque me quedo con esa escena en que Sandoval está tomando en el bar que frecuenta. Justo en ese momento, Espósito se coloca a su lado y comienza una perorata que bien vale un cuento de Cortázar, por el juego de narradores, por las elipsis, por el enturbiado primer plano.
Decía Javier Marías que no posee un criterio único para calificar una novela de buena o mala, de extraordinaria o pésima. Sin embargo, sentenciaba que son las obras que siguen resonando varios días y varias semanas, resonando a través del recuerdo de sus diálogos, de su tono, las que tiene en su más alta estima. No es de extrañar que Thomas Bernhard esté entre sus favoritos. Algo parecido sucede con esta película (y con otras muchas), aún sigue resonando. Y con esa señal me quedo, y esa señal transmito.


***

La película me ha llevado a otro terreno, al estrictamente literario. Porque un escritor argentino de mi admiración, Juan Filloy también trabajó como magistrado. En algunas de sus entrevistas, declaró que no pocas veces había utilizado historias verídicas para elaborar sus novelas o sus cuentos. Ese dato, que puede parecer nimio, siempre lo he mantenido reluciente en la memoria, sin saber con qué propósito.
Los recuerdos deambulan sin una justificación práctica. Reposan ahí, quietos, hasta que algo los despabila. Y entonces sucede una conmoción que puede terminar en un furor momentáneo, una sonrisa, una lágrima, un abrazo; o bien en una obra literaria.
Los recuerdos encienden la acción. Cuando García Márquez iba conduciendo su Opel paró el vehículo porque había recordado el inicio de su novela, Cien años de soledad. Y Cortázar, cuando viajaba en el metro, pretendía hacer de esos viajes una confusión de los espacios, del tiempo, de los sueños. Y terminaba reflejado, como dijo mi amigo Iván en París, en los cristales de los vagones. Y ese recuerdo de la lectura de Cortázar, ese recuerdo de Iván, aún permanece en los míos. De un sueño en otro, de un recuerdo al instante.


***

He hablado, al principio de este texto, que estábamos acompañados en la sala, o al menos eso recuerdo, por dos parejas de personas que pudieran ser nuestros padres. Pero también había otra pareja, al lado derecho y un perro. La mujer era ciega. Había presenciado la película. No sé si era el marido el que le relataba los acontecimientos repletos de vacíos. Pero una mujer ciega indagando en el secreto de sus ojos, en el secreto del silencio de sus ojos.

martes, 5 de enero de 2010

Ambidiestro.

He decidido (esta semana viene cargada de decisiones: diario, novela, obra en marcha; lecturas, nuevas perspectivas ante la vida, estrofas tradicionales) que sólo voy a dejar aquí, en este trópico, la punta del iceberg. Seguiré los consejos de Hemingway y todos los días dejaré al lector (al lector descalzo, ese yo que dice leerme y que es el colmo) con las expectativas crecientes: ¿y qué más?
No me conformaré ni restringiré el trabajo a las quinientas palabras con que Hemingway batía a los leones que quedaban muertos en las barras de los bares franceses. Será una obra de misterio, basada no en lo que se encuentra en ella, sino en lo que se dejó de escribir. Será una sugerencia que detone en el lector sus propias manías y recuerdos. Como unas galeras, serán estos días, como una galeras que dosifican el remo, duro y nauseabundo, de los días.

***
He vuelto a leer los textos que dejé ayer sueltos en el diario. Me reconforta no reconocerme en ninguna de sus palabras, en ninguno de sus argumentos. Es materia delicuescente el pasado y escribir es airear los renuncios. Escribir es liberar del olvido la realidad que azuza. Escribir es el cedazo de la memoria, ¿o es al contrario?
Llevo un tiempo de indecisas acometidas en la vida. Ahora sí, pasado un tiempo, no. A pesar de estar leyendo un libro que afronta limpiamente los contratiempos (hasta ahora no he mencionado, El Quijote, ni tengo pensado hacerlo en público, retrasaré su mención hasta que haya terminado la primera parte, al menos…), no dejo de asentarme en las relativas certezas que se oponen a la mortalidad. Como J.R.J vino a decirnos, excava, golpea y busca uno en la mina oscura el relámpago aminorado de una piedra preciosa, acaso de una luz invasora de la oscuridad. Esa luz, la poesía, es una antorcha inflamada por los contornos de la palabra. A su alrededor, como una tribu, danzan los significados. Y se hace el milagro de la poesía, y se hace el milagro del nombrar nuevo, que es el todo para esta nada.

***

He vuelto sobre la carta que Francisco Rico le escribió a Javier Marías para intentar aclarar algunas de las palabras que el bueno de Marías le atribuye en Negra espalda del tiempo. El encuentro entre el crítico y el creador. El encuentro entre la creación literaria y el análisis de la obra literaria.
Este debate antiguo entre ambas perspectivas, me parece equívoco. No son dos perspectivas, sino una. La única perspectiva posible para analizar una obra literaria con garantías de alcanzar la altura de la creación, y lo digo con George Steiner, es la creación misma. No hay mejor crítica literaria, mejor análisis que la que se produce en el seno de las obras literarias. Ante ella, nada se iguala, ni las más ilustres de las aportaciones de los críticos, ni las más brillantes páginas eruditas.
La creación no es una forma de afrontar el estudio de la literatura, es la literatura. Y el análisis, la crítica, a lo máximo que puede aspirar es a alcanzar, al menos, los ecos de la obra en cuestión; ser digna sombra, digna hierba floreciente del jardín abierto que la abarca.

lunes, 4 de enero de 2010

Como este cuaderno, un lector descalzo.

Como este cuaderno se ha convertido en un diario, puede hacer uno lo que quiera, es decir, tengo la libertad para escribir cualquier cosa, sobre cualquier tema, porque los diarios registran estas y aquellas sugerencias, tales o cuales indignas sensaciones. Incluso puede uno permitirse el lujo de trufar sus páginas con anacolutos y silepsis y elipsis monumentales que despisten y alteren al inadvertido lector; o pensándolo en serio, debería escribir sólo para mí, atendiéndome a mí mismo como el único lector, el lector descalzo, podríamos decir. Viene a ser. estas páginas, calro, como esas obras inacabadas de Miguel Ángel, como esas piedras que van tomando forma, rostros, pero que pertenecen aún a la piedra o a no se sabe qué impulso. ¿Es posible un diario abierto al público, leído como del alma?
Creo que, en buena medida, este tipo de escritura extravía la sustancia del diario. Me gustan los escritores que han mantenido un diario y los he leído con fervor (ahí están Valéry, Renard, Tolstoi, Trapiello, Márai, Vila-Matas, Pla o Cheever, entre otros) y en todos ellos hay una particularidad en sus escritos: no reivindican la libertad del género, sino que la practican. Por este motivo, me parece que celebrar este diario por sus posibilidades es una señal de mal agüero. Ya vuela la corneja por la siniestra.

***
En algunas ocasiones, la reflexión abierta, la cita o la glosa que proferimos tras una lectura me resultan un ejercicio de segunda mano, un eclipse a la luz de la genialidad. Bien es cierto que uno comenzó a escribir porque se hizo lector, no otra tesis muestra Cervantes (al que leo en estos últimos días, su Quijote, obra que había ignorado, descuidado, a pesar de haberla completado en dos ocasiones). Por ejemplo, no he dicho todavía que (re)leo El Quijote y que voy apuntando aquellas frases, aquellas sentencias que surgen de la boca del Hidalgo o de Sancho Panza con la intención de hacerlas mías y embadurnarlas con los mimbres de mis pensamientos. Pero he decidido que no voy a nombrarlo siquiera, a pesar de la fuerza ciclópea de esas palabras…, que no voy a decirle a nadie -esto es lo que uno debería escribir en un diario privado- que ando leyendo El Quijote. No lo nombraré, esa es la decisión, porque nombrar es otorgar realidad auqnue sea en un diario. Por ejemplo, ahora diré que alguien llama a la puerta y, auqneu sea cierto y esté sucediendo en estos momentos, alguien podrá pensar legítimamente que una ficción, una metalepsis. Por cierto, alguien llama a la puerta. Debo interrumpir la escritura. Huele a vizcaíno.

***

Dice Heidegger que solo la palabra concede ser a las cosas. ¿Qué materia atraviesa estos testimonios de una vida imaginada sino la palabra misma, la palabra en sí? Fijaos, según este testimonio, y trasladando la máxima a la literatura, interpreto que la ficción es conceder ser a las cosas aún sin llegar a ser nunca. Porque la verdad no es cuestión de la ficción ni de la literatura, sino que la literatura se encarga de hacerlas como verdaderas a pesar del fingimiento. Si equiparamos verdad

con literatura

estamos hablando

de religiones.
(No tengo espacio en el margen, ya lo corregiré)

Acabo de escribir algo sobre Heidegger y la palabra…lo he escrito tras leer algunas páginas de De camino al habla. Me resultan equivocadas mis afirmaciones, torpes, tristemente dispuestas. ¿A qué habré llegado para escribir esto en el libro de mi vida, a qué vienen, qué hacen aquí estos pensamientos, a quién les pertenece? Será mejor que vuelva a El Quijote, a los tres cuartetos que estoy terminando, al poema sobre Venecia y a no decir nada a nadie, nunca más, en público, en estos diarios.

domingo, 3 de enero de 2010

Ni tanta vida cabe.

Ni tanta vida cabe, ni el deseo.
Sólo el recuento de lo ya vivido,
el rumor, hilo mudo que Teseo
dejó en el laberinto de lo ido.
Invocados los ritos de la geo-
grafía del estar comprometido
con la palabra vuelta, sometida
a este antiguo trasiego que es la vida.

viernes, 1 de enero de 2010

O...

¿Qué haces?
Escribo.
¿Para qué?
Aún no entiendo su pregunta…
La cambiaré. Por ejemplo, ¿qué escribes ahora?
Algunas notas que surgen tras horas de lecturas, es inevitable, respiración artificial, ya me entiende.
¿Qué logró hasta el momento?
La escritura no logra, transforma.
¿Acaso cree en el poder de la palabra?
Bien pensado, en el poder de la lectura, porque el lector reconstituye, edifica.
¡Ah!, ¿no cree en los autores?
Sí, pero los autores dejan de serlo cuando mueren, así que esa circunstancia es mera coincidencia; el autor de un libro sólo lo es durante los años que vive, algunas veces ni siquiera sucede eso. Ahora bien, después de sus preguntas caigo en la cuenta de que el lector es hoja pasajera, bóveda del viento, vianda sobrante.

***
Ni siquiera una tarde entregada a los arrecifes del canto de un pájaro, ni siquiera las ciudades que han trazado los trayectos secretos de nuestras almas, ni siquiera las aguas, los ríos fugitivos, las encinas corrompiendo el silencio, ni tampoco el verde que se mece en tus palabras cada vez que aíslas de tu verbo la conciencia…Ni siquiera la mujer que restituye tu sombra, ni aquellas piedras que ocultaron tu presencia, ni tus huellas en los países extraños, ni siquiera la mirada que volcaste impaciente sobre el último amanecer en París. Nada de eso es tuyo, aunque todo lo sea, nada te pertenece más allá de tus recuerdos, del fuego con que cubre tus ojos el paso truncado de los días.
***

Este cuaderno, este Trópico, -lo he decidido-, pasará a ser Diario. O a lo mejor novela, ya que la novela todo lo consiente y en su seno se admite todo. O a lo mejor libro de memorias, porque en él escribo como las ascuas del recuerdo. O ,al fin y al cabo, se convierte en una obra en marcha, abierta, edificante, que surge sin rumbo ni brujula, pero que está sujeta a lo que dicten manos ajenas, tiempo nuestro, silencio demediado.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Anunciación.

P. Auster guarda, para el final de la novela, el sonido de la moralidad, de los martillos sobre la piedra de la ética desprendida del hombre. El tono apocalíptico por el que opta en las últimas páginas, en referencia al mundo moderno, me ha parecido oportuno y bien traído. Es más, por momentos, las especulaciones faústicas y endemoniadas que se centran en la figura de Born son de una brillantez notable. Sin duda, me vuelve a ganar como lector Auster a quien, después de Trilogía de Nueva York y de algunas páginas de El libro de las ilusiones me desvió de sus creaciones.
Esta novela es un buen ejemplo de una obra que cierra el ciclo narrativo de este comienzo de siglo. Quiero decir que, en ella descansan, con los mejores resortes, todos los logros y las exploraciones de la narrativa clásica, de la que no se entrega a otras formas por el mero hecho de ser nuevas o modernas o posmodernas. Digo descansan porque no por ello hacen de la obra una genialidad, sino un ejercicio significativo y merecedor de ser señalado entre tanta publicación presentada como la revolución de este siglo que comienza.
En tanto que novela del siglo XXI, rescata Auster las posibilidades que Cervantes otorgó a las letras universales, ya que, como dije hace poco, parece que por momentos el autor está jugando con el lector a pesar de los hechos narrados (asesinatos, incestos, etc.). Por lo tanto, del siglo XXi en concierto con toda la tradición, pero no tomándola sin más, sino desarrollando, incorporando temas y conceptos de estos tiempos.
“Ahora voy a utilizar la segunda persona…luego la tercera y por último voy a introducir el relato de Cécil para que se aclare, con otro punto de vista, las acciones que dejaron de ser narradas”, imagino que dice el autor. A lo mejor sería demasiado pretencioso nombrar aquí a Henry James, pero la sensación que tiene uno tras leer Invisible es la misma que la que me deja el autor de Otra vuelta de tuerca, la facilidad que tiene de presentar hechos aislados como estancos completos de un azar encubierto.
La invisibilidad es un fenómeno de la vida actual. Pensamos que estamos registrados en allí donde dejamos nuestros códigos, números o tarjetas identificativas. Nada más lejos. Somos, todos, seres desconocidos, individualistas que aspiran al solipsismo narrado para ser leído. Ahora, por ejemplo, escribo estas líneas y las dejo en un cuaderno digital al que puede que lleguen lectores que no conocen más que el nombre del mismo. Habrán llegado a él de forma fortuita, tras la búsqueda de una palabra como “solipsismo” o “Auster” o “Trópico” o “James”, para el caso es lo mismo. Darán en leer unas notas que poco tuvo que ver con el origen de su lectura. Después de todo este azaroso recorrido, a lo mejor alguien comienza a leer la novela y a darse cuenta de que, por mucho que mostremos en público, por mucho que uno deje al descubierto su escritura, sus lecturas, su vida imaginada o narrada, nadie sabe de su invisibilidad, de la sustancia misma que lo recorre, que nos atraviesa.

***

¡Ay, deshacerme, y dejar este despojo empozoñado, este silbo distraído de su vida; de una vez ya, en la luz, a tientas con su lucha, con sus deseos descubiertos de inteligencia, de palabras que abriguen la verdad que prodiguen la embriaguez del acanto, de la luna, de las últimas cosas en la tierra; entrar, hecho de oro verde y último, con las que fue hombre, ¿qué elementos nos sustraen de las palabras, si ellas son las dadoras de la infinitud a la que aspiramos; qué demiurgo se atreve a convocar las tribus de los significados, a obsequiarlos con los dones del olvido? en el libre secreto recatado, circunspecto y cauto proceder de los espejos, en ellos los secretos son inefables verdades figuradas; de los afanes imposibles!, de los afanes imposibles.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Yacimiento.

Las letras yacen ahí, quietas como piedras removidas en silencio; ásperas, con la fuerza proteica de un huracán mudo, ellas son las esquinas del discurso de la luz; una lengua de carros encendidos nutre la caligrafía de esa expresión, tiradas van del juicio de los tiempos.
No son discurso, ni siquiera forman un ejercicio estético, pero son ahí a pesar de su incognoscible e inexistente significado. Para que lleguen a elevarse a concepto, han de ser leídas, en silencio, con el amanecer rozando las llagas del verbo. Con esta actuación, la letra se imbrica con el pensamiento. Sobra todo a partir de esta unión. Vivere cogitare est.
Cada lector propone una postura del alma. En esa ejecución el texto se renueva, explora las nuevas regiones, extrañas hasta entonces por todos y por todo. Son luz, acercamiento, extrañeza. Cuando la poesía es clara y sincera, mantiene su estación de lo vivido intacta. Ni el tiempo ni los arrebatos de la sociedad podrán desbrozar su figura. Ella es esbelta y pura, atemporal.
Con todo, si alguna vez estamos tentados de escribir o de leer como un ejercicio dictado por circunstancias externas a nuestra propia voluntad, hemos de analizarlas con detenimiento y cautela. A veces, en los logros efímeros va nuestra defunción creadora.
Quisiera ir amarrado como un marinero de Ulises para no caer en los cantos de sirena, para distinguir la muerte de la vida a pesar de los frutos prohibidos. Ulises está hoy en los libros y de nuestra pericia como lectores depende nuestro salto a las aguas turbias, pero embaucadoras de la actual poesía, de la de hoy, no de la Poesía. Aquí detengo mi discurso enconado, mis palabras tristes y tremebundas, las aspiraciones de esta tarde en que el sol sólo surgió para predecir la noche.

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Se queda ensimismado uno con la prosa de Casanova, sobre todo pensando en el anciano de setenta y dos años recluído en la Biblioteca del Conde de Baldstein haciendo de la memoria un juguete para la escritura y riendo a carcajadas después de citar a Horacio, Virgilio o Cicerón. Su cultura es parodia del homo ludens, del señor que se enmascara en la religiosidad extrema para convocar su vida de santo afectado por las inclemencias del mundo. ¿Qué vida no ha errado en sus deseos?

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Casi al término de Invisible, de Paul Auster, tiene uno la sensación de estar ante una parodia de las técnicas narrativas actuales. Por unos momentos, pensaba en la relación que se narra de dos hermanos torticeramente enamorados. De los matrimonios de Born, de las malversaciones morales de Walker, de las tentativas como malignas sentencias del mundo actual, de la falta de ética y compromiso individual, de todas esas cuestiones que saldrán en las reseñas oficiales del reino. Sin embargo, siempre que aparece el amigo al que están destinados los manuscritos me imagino a Auster sonriendo, como Casanova, como el propio Cervantes en manos de Benengeli.

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Lo mejor que puede pasarme al leer algunos de los textos que he escrito este año es no reconocerme en ninguno de ellos, no atisbar ninguna manía; o asimilar las manías antiguas como olvidadizos dados de una partida antigua, como esos pasadizos ciegos que se vuelkven irrealizables. Ahora que reparo en algunos escritos, no presiento mi escritura por ninguna de ellas, si es así, si alguien me dijera lo contrario, le diría que a pesar de yo mismo, sigo pensando que todo está por escribir, incluida mi vida, la que se dejó sus pasos en unas letras ya pasadas.

martes, 29 de diciembre de 2009

Indecibilidad.

Envuelto en la invisibilidad de la prosa de Auster (a punto de culminar esta delicia narrativa con tramas superpuestas, con personajes bien trabados, con pasajes que por momento nos embauca con sones líricos, con el azar zarandeando la verosimilitud, con una dosificación de los hilos que sostienen el desarrollo de la novela, con el homenaje a Cervantes, a Vila-Matas, etc.) dormitan mis versos.
En el azufre de la tarde he volcado esta condición infausta de rapsoda de los días. Me he ahogado. He querido contemplarme como una figura de El Greco: con las uñas puntiagudas por la desesperación y la sed de espacio. Desde el vientre de la ballena la oscuridad tiene la dimensión de mis manos.

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Alguien sostiene entre sus manos agrícolas una herramienta del campo. Estamos en la taberna, en el Barrio Alto. Estas manos, que valen un poema de Miguel Hernández, son testimonio y apareo. La herramienta parece hecha con los mimbres de la humedad. El hombre parece un personaje mitológico, sacado de algún episodio de Minerva o de la alguna guerra impía. Lástima que sea yo el que ve estas disposiciones de la realidad, lástima, yo, incapaz y ciego, yo envuelto en la invisibilidad.

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Leyendo la vida de Casanova se da cuenta uno de que su vida vale bien poco a pesar de la advertencia de Galdós: en toda vida hay una novela. Si es así, la mía aún no la he encontrado o no he sabido narrarla para que su resultado se avenga como la herramienta a las manos del hombre del campo.
Acaso nada. Sólo lo que uno quisiera contar de ella y de manera totalmente ficticia. Durante mucho tiempo he rehusado de esos estudios decimonónicos en que vida y obra se entrelazaban como el haz y el envés de una misma realidad, pero me doy cuenta de que si bien la genialidad no está determinada por los estragos de una época, también es cierto que una Guerra Civil, por ejemplo, interviene en la concepción del mundo, con una actuación de los hombres que jamás hayamos presentido.

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Esta tarde he dedicado una décima al campo, a sus propiedades. Luego he escrito una octava real, puro ejercicio de tontuna. Luego las he tirado. He vuelto a escribir otra décima, peor aún que la anterior. No pude contenerme y probé, para comprobar, que la octava real que estaba en ciernes jamás debió nacer, como no debiera nacer el odio, las ingratitudes o cualesquiera de las propiedades que nos hacen humanos, demasiado humanos.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Esto y aquello, vides de la sucesión.


¿Qué es, el invierno o la evocación del invierno; las palabras o las ideas abrigadas, aun mudas y sempiternas? Lo mismo sucede con esta vida, ha dejado de ser nuestra para siempre, se ha tornado evocación, reminiscencia. En ella cabe toda palabra, incluso la que nunca existio.
Decía J.R.J que el arte es tan natural como la naturaleza. Y de esas palabras extraigo que los pocos poemas que uno ha escrito, los artículos de prensa, las escasas páginas y las menos reflexiones, han dejado de pertenecerme. En este desamarre de la obra consiste la evolución que Luis Cernuda advertía en Historia de un libro: el momento exacto de establecer el silencio.
La conquista del eso, la derrota del aquello. Con esa inexacta procedencia, la conquista del mundo es el vuelo del pájaro sin alas. Así, la poesía precipita la búsqueda en la realidad que no se muestra.
Cuando suenen sus íntimas trayectorias, algo habrá sucedido aun sin conocerlo el mundo; sólo el espíritu que acaba de nombrar y establecer su estancia. Acaso pasen décadas, siglos, sin haberse leído ese fragmento. En ningún caso habrá de dejado de ser único, infinito, eterno. Se habrá dado una coincidencia que surge más allá de cualquier aplauso colectivo, la coincidencia de lo bello y de lo exacto,- con J.R.R.-. Es la poesía.


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Hay costumbres que con el tiempo se vuelven ripiosas, amaneramientos de la sociedad en relación a la literatura. Con tan solo echar un vistazo a algunos de los autores que uno venera, puede comprobarse que las ediciones de sus obras fueron escasas, autofinanciadas o, en el mejor de los casos, pequeñas ediciones destinadas a una minoría. En pocos casos (hablo de los que degusto, admiro, releo) la publicación de una obra era un acicate para cambiar de estilo, vanagloriarse de sus dos o tres virtudes o completar una biografía escasa en títulos. Era cosa distanciada la publicación de la escritura, algo accidental, a veces, aneja, promocionada por tal o cual amistad que casi obligaba a dejar el libro en la estampa. También hubo méritos para algún caso, es cierto, pero abundan más las decepciones y los olvidos.
Ahora sucede todo lo contrario, es más, hay una intensificación de ese mercantilismo de las obras literarias. Si eres joven y no has publicado o ganado o participado en algún premio no existes para nadie, sólo para el que se entrega a diario en el compromiso. Vienes a ser melodía sin pentagrama.
Habrá que huir de estos premios, de estas dádivas en que siempre nacen vencedores los elegidos, no los entregados. Por eso, será virtud con el tiempo no haber ganado ningún premio, sólo haber resistido con tu obra, con tu talento fugitivo, en el monte de los poetas verdaderos, en la alameda verde la poesía.


***

Lo primero que leí de la biografía de Unamuno (Taurus, 2009) es el episodio en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Conocido es el pasaje, pero no por ellomenos emocionante y aleccionador. En esta biografía, de Colette y Jean-Claude Rabaté, se añade parte del discurso con el que revocó y matizó Unamuno a Pemán y a Francisco Maldonado de Guevara. Recojo uno de los pasajes que, teniendo en cuenta las circunstancias del acto, son un ejemplo cristalino de moralidad: “Bolchevismo y fascismo son las dos formas –cóncava y convexa- de una misma y sola enfermedad mental colectiva”. Ante estas palabras, dictadas con nerviosismo pero con convencimiento, Millán Astray montó en cólera y gritó: “¡Abajo los intelectuales! ¡Viva la muerte!”.
Sin embargo, hay un episodio en estas fechas de la vida de Unamuno que, a pesar de ser menos heroico, a mi juicio, es más indicativo para comprender la España de entonces.
Unamuno tenía una tertulia en el Casino. Era lunes por la tarde, el día después del acontecimiento. En cuanto entró Unamuno, una serie de socios se le vino encima con abucheos, broncas, palabras malsonantes: “¡rojo!, ¡traidor!”, pudo escuchar el hombre anciano, estoico, desengañado de todas sus palabras. ¿Cómo se sintió el Rector de la Universidad de Salamanca, el alcalde honorario de la República con aquella España esperpéctica, entregada a un lado y a otro, a las ideas criminales que llevaron a la guerra?

domingo, 27 de diciembre de 2009

Sin luces, con memoria de océanos.

Ayer se fue, con la luz, un par de páginas que uno había escrito sobre Vila-Matas, Venecia, Troppo Vero y algún verso de J.R.J de la edición de Guerra en España (Ponit de Lunettes, 2009). He intentado recuperar el canto de los gorriones, el manuscrito olvidado en un taxi de Onetti, los versos engullidos de san Juan. He intentado recordar lo escrito y me he visto incapacitado. No para recordar la idea, acaso la sustancia de las páginas, sino la forma de las palabras que desfilaban hasta convertirse en texto. Como esa inundación de la ciudad italiana, mis calles, los canales internos, los pasajes interiores han caído en la defunción. Recordar es vivir, la incapacidad de recordar es la muerte con sordina.
¿Qué es la lectura?, me he dicho con el signo de la tristeza. Como un sueño o una realidad escurridiza, la lectura es la suma de las sustancias, de los conceptos, las acciones o las imágenes que vertebran un libro, que lo edifican. De todas las páginas que llevamos leídas, sólo somos capaces de traer a la memoria, sin la mácula del olvido, algunos poemas, párrafos, frases sueltas de todo un tratado. Estas citas de memoria son extrañas presas en nuestro acervo lecturario, trofeos que devienen de la repetición; palabras que se convierten en acciones, porque cuando sospechamos que nuestra vida se acerca a esas palabras las usamos sin remiendos, las pronunciamos como un abracadabra que nos resucita de la ambivalente realidad.
Siempre he escrito aquellos autores a los que necesitaba comprender; no de otra forma soy capaz de leer con efusión las páginas de una novela o un diario o un libro de poemas. Incluso la filosofía ha sido víctima de este escribir la lectura, ejercicio capital de estos cuadernos que amontonan el diario de alguien que habita en el Trópico de la mancha.
Porque ayer, cuando la luz nos dejó en la oscuridad de nosotros mismos, se llevó las páginas sobre las que había trabajado varias horas, páginas que ya pertenecen a la nada, pero que recupero aquí con tan sólo nombrarlas. Ese es el poder de la palabra y de la ficción, hacer del recuerdo la virtud de la verdad.
A lo mejor esa es la clave para escribir una novela, esa es la sensación inicial, el fogonazo, como dcien algunos. Perder un manuscrito o soñar que se ha perdido el manuscrito o desfallecer porque se ha perdido un manuscrito y dejarse la vida en escribirlas de nuevo, con las tripas encima de la mesa.

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Después de leer al completo Troppo vero, de A.T., se queda uno desmayado y con el síndrome del lector obseso. Tanta dosis de este salón de pasos perdidos me hace capaz de leer –no sé hasta cuándo ni cómo- los diarios que nunca leí, que son la mayoría, a decir verdad. Me hacen capaz de sentarme durante horas a escuchar el sonsonete de esas páginas balsámicas y embaucadoras que aparecen cada año.
Ya tengo sobre la mesa, por el contrario, las páginas que me restan de Auster y la biografía de Unamuno y las últimas secuencias de Los papeles de Aspern, de Henry James. Sin embargo, llevo toda la mañana con J.R.J. ¿Quién marca estos itinerarios: el azar, la voluntad, la ignorancia?

viernes, 25 de diciembre de 2009

Esta tarde.

Insiste la lluvia con su discurso de búcaro menguante. La lluvia, golpeando los cristales, es una declaración del cielo y una imagen que uno leyó en Machado y de la que nunca más volverá a olvidarse. Parecen los cristales los páramos transparentes de la verdad que trae la tarde, una verdad condescendiente y húmeda que arranca de la tierra sus aromas.
Un gris azota la mirada que lanzo detrás de una ventana en lo alto de la casa. Ese gris me sustrae y me cercena el horizonte como si en él estuviera concentrado el misterio de los días. El paisaje ha dejado de ofrecer sus aristas con la embriaguez de la claridad. Su presencia es delicuescente, traída por las nubes que aterrizan sobre el horizonte; el horizonte adocenado de grises, negros y blancos que apenas dicen nada; la nada que contiene la gota que soporto en la cara. Transfigurado el otoño, sólo nos resta estas sentencias y su música de agua.

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En Troppo vero nada es tan irresistible como esas narraciones de las visitas al Rastro y los encuentros de A.T. con la galería de X., Y. y Z. con los que completa su novela en marcha. Sin embargo, algunas páginas brotan verdaderas, como lo son algunas de Galdós y casi todas de Cervantes; las menos de Azorín y las más destacadas de Unamuno, aún cuando el narrador repara en alguna que otra minucia que poco importa y que nada suma a la vida narrada. ¿Cómo serían las pinturas que emanan de estas letras? No sé si parecdias a las de Sola o R.G., desde luego encarnaduras del trasiego de la vida.
Cuando uno atisba que se acerca el final de la lectura, le asoma una angustia parecida a la lectura de la muerte de tal o cual personaje que, de repente, deja de tener vida para nosotros. Una tristeza que siempre completo con una visita a Madrid, porque ver a Trapiello por las calles del Rastro es una continuación verosímil de estas páginas.
Noto, además, que en este volumen está muy presente la reflexión sobre la literatura. No sólo se ofrecen opiniones sobre Tolstoi o algunos escritores camuflados en esas letras enigmáticas, sino que, en más de una ocasión, le viene como de molde alguna consideración sobre la literatura en sí.
Me asomo de nuevo a la ventana, ahora con el libro abierto, y sigo leyendo a pesar de la fuerza y del estruendo de las tormentas. Pienso, en solitario, y a pesar de que M. me pregunta sobre qué estoy haciendo, que esto es ser escritor: sentirse mojado y arrecido por la vida con toda la pasión de la verosimilitud.

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Qué desconocimiento tiene uno de casi todo. Los años van confirmando que la ignorancia es la única faceta que define la vida. La ignorancia entendida como la circunstancia que constata que, por muchos años que estemos vivos, el mundo es demasiado ancho y ajeno.
Hoy me ha ocurrido con J.R.J. He leído un par de pasajes que aborda sus primeros libros, algunos estudios sobre las tendencias en su poesía. Los he leído como si nunca hubiera sabido nada de este poeta, como si estuviera, por primera vez, enterándome de la existencia de un poeta extenso, demasiado ajeno a mi vida. Eso me ha entristecido demasiado y me ha vuelto a la mesa como un gato encerrado. Incluso he escrito una lista, una hoja de ruta para enderezar las carencias de mis lecturas. He anotado el nombre de varios poetas, de algunos ensayistas, de ciertos filósofos, de novelistas ilustres de todas las lenguas. ¿Por dónde empezar con este laberinto?
Acaso lo leído es un solo una sombra tempranera, intuición de la memoria, soslayada tentación del olvido.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Elogio del desierto.


Cuando J.S.M me puso el libro de Julio Martínez Mesanza y José del Río Mons, Elogio del desierto (Anejos de Siltolá, 2009), entre las manos, rápidamente me acordé de una novela de Pablo D´ors que se titula El amigo del desierto (Anagrama, 2009).
Cuando me puso el libro entre las manos, decía, recordó uno aquellas delicias que las monjas de Madre de Dios, en Sanlúcar, fabrican cada navidad. Era mi abuelo Cristóbal quien me ponía, cuidadosamente, entre mis manos menudas, aquellos exquisitos y singulares manjares con que cada año volvía sonriendo para dárselos a mi madre.
Esa sensación de libro horneado, hacinado con esmero, con páginas que requieren de la atención no sólo en la calidad de los poemas y fotografías (excelentes ambos) sino en el trabajo artesanal de la edición, hacía tiempo que no me producía tanto placer.
Elogio del desierto es un libro que combina la fotografía de José del Río Mons y los versos de Julio Martínez Mesanza en un pacto de idolatría. Es un libro recoleto, que contiene doce poemas y doce fotografías, pero que condensa las sensaciones con templanza y compostura (con mensanza y monspostura). Tanto una labor como otra tienen al desierto como tema nuclear. A partir de él, de su fisonomía, de la displicencia ante el espíritu, de su anchurosa disposición inabarcable, los dos artistas han combinado sus creaciones para que establezcan un diálogo al amparo de las tierras inexploradas. La poesía pertenece a aquellos ángulos del desierto en que nunca nadie ha visto nada, en que sólo cabe explorar el siencio de la imagen.
Ello ha desembocado en un Elogio del desierto que, unido a la sobresaliente edición en Siltolá, hace posible la catarsis arenosa de esta tierra africana.
Hace más de un año tuve la ocasión de estar en el pre-desierto, en un pueblo marroquí llamado Kenifra. Estaba por motivos familiares, pero no desaproveché la circunstancia para atar las sensaciones y las vivencias a esta manía escrituraria; de esta forma, dejé algunas pa´ginas en mi moleskine que acabo de leer igualmente. Recuerdo que la nebulosa que provocan las tormentas recordaban las ruinas de una torre inhabitada, de esas torres que Martínez Mesanza edifica allí donde la tierra es el olvido. Por otro lado, los colores, la disposición movible y candescente de las arenas venían a ser fogonazos e ilustraciones de la invisibilidad. Porque en el desierto lo invisible es la vida.
Así que, esta mañana, terminé de leer Elogio del desierto con la grata sensación con la que acababa aquellos dulces de convento, con las manos llenas y repletas de aromas y sabores. Con la portada del libro colocada en vertical, releí algunas páginas que tenía subrayadas de El amigo del desierto, de Pablo D´ors. Al terminarlas, vi los libros complementarios, porque el elogio se vuelve amistad, la reflexión poesía y el cielo protector la luz de las fotos que embriagan. Y, sobre todo, entendí que es allí, en aquella tierra paramera, donde quisiera habitar en estos días de encrespada euforia colectiva.


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Para colmo aparece citado Jules Renard en Troppo vero. Después del capítulo en que se encuentra con un chamarilero que posee primeras ediciones de Alberti o de Borges, A.T. se vuelve hacia Pedro Luis de Gálvez y a Jules Renard. Y los equipara en la mezquindad de sus vidas. En los comportamientos tántricos y egoístas, desprovistos de cualquier afecto social. Recuerda el episodio en que Gálvez iba por las tabernas con el cuerpo muerto de su hijo, metido en un ataúd. Pedía dinero para su entierro.
Luego cita unas palabras de Renard y lo equipara a un majareta de medio pelo que hizo todo lo posible por negar la vida para afirmarse a sí mismo. Creo que Trapiello ha leído poco a Renard, a pesar de que cite a Pla (uno de sus escritores preferidos) y de que deje algunas reflexiones. Sigo pensando que lo ha leído poco, acaso un par de ocurrencias que dejó en sus Diarios, poco más. A Trapiello se le nota demasiado cuando habla con total conocimiento sobre un libro o un autor de la misma manera que se obceca en algunas interpretaciones vituperadas, digámoslo, por la falta de profundidad y de conocimiento. Suele ocurrirles a algunos magníficos escritores, a todos en realidad. Cuando hablan con la brillantez de su verbo no hay nadie que lo haga a su altura, pero cuando entran en equívocos o en afirmaciones que pueden matizarse, y mucho, se les nota a la legua que la escritura no brota con tanta lucidez. Me sucede con Neruda, por ejemplo.
Y es que no se puede haber leído todo con tanto tino. Sin embargo, estos pasajes me parecen más verdaderos que ninguno, ya que se muestra la vida en crudo, la vida con sus equívocos, sus contradicciones y sus manías, con sus verosímiles desencuentros y sus astilladas falatas.
Dice Jules Renard que un hombre verdaderamente libre es sólo el que sabe rechazar una invitación a una cena sin dar explicaciones. Así que no sé cómo nombrar al que las pide de antemano. ¿Un pájaro sin nido, una torre en el desierto?


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La poesía dijo, al comienzo, las cualidades del pensamiento. Y ahora…

lunes, 21 de diciembre de 2009

Pido explicaciones.

No tengo más remedio que dedicar todos los años un artículo a esa manía anual de reunirse alrededor del jamón y de las gambas, del vino y el champán. Como sabrán los lectores de estos trópicos, odio y detesto esa obligación social que conmina a participar de una euforia colectiva que nada tiene que ver con la felicidad. El caso es que, cuando se acercan estas fechas, (y otras, como la feria, la semana santa, y todas las calendas festivas) proliferan las caras felices, las invitaciones y los encuentros entre trabajadores de la cosa pública y privada. El problema es que, ante toda esa manifestación evangélica de la feliz vida, de la celebración religiosa camuflada de laicos langostinos y pucheros ateos, salto, como una zambomba, de la irreverencia y la rebeldía.
Como una zambomba ruidosa y vieja. No soporto esta costumbre social por excluyente. Cuando uno no participa de todas estas celebraciones, cuando no hace lo que se espera que todo buen hijo de familia haga, aparecen las garras de la imposición y la hipocresía. Quiero decir que, mi respeto va por delante para todo tipo de fiestas, a pesar de que desde los celebrantes obliguen y pidan explicaciones de por qué no va uno a tal cena o cual almuerzo de empresa. Estoy, realmente, un poco cansado de tener que dar explicaciones diplomáticas de lo más ridículas si tenemos en cuenta que, en el fondo, no me apetece pasar un mal rato, tanto como ellos ansían el encuentro para desarrollar su feliz comunión de hombres sociales. Lo más molesto de todo son las increpaciones, repito, la repetitiva pregunta que bombardea tu estancia tranquila y solitaria, ¿por qué no?
Y ¿por qué sí?, me digo por de dentro, encabronado, con la mirada perdida porque mis respuestas cada vez son más peregrinas y absurdas. “No me viene bien”, “no puedo ir”, digo con la cara complaciente, aguantando la furia del acoso a la intimidad, como si en ese “puedo” no se escondiera, en realidad, un “No me da la gana aguantar tus comentarios, tus gracias sin gracia, tus miserables bailes, tu borrachera con aliento de hombruna perdida”. Pero uno, como ha aprendido a ser un diplomático en asuntos de evasión festiva intenta, a través del cliché evadirse. Nunca mejor me vino la frase hecha que para estos escarceos.
Tengo decidido preguntar yo este año antes de que me avasallen. Diré, ¿por qué vas al almuerzo, anda, explícamelo? Creo que sus respuestas serán todavía más absurdas y vacuas que las mías, porque mi comportamiento responde a un impulso individual madurado y pensado, que deviene de una actitud ante los hábitos sociales como otra cualquiera. Así que estoy esperando ya la respuesta de todos aquellos que van sin remiendos ni asperezas a los almuerzos, cenas y comilonas varias. Sería triste escuchar aquel “es lo que toca” o “¿qué vamos a hacer?” o “tendremos que ir”. Aquí espero, sentado en mi festín de palabras usadas, con los brazos en cruz como un buda navideño, esperando al primero que se presente con la pregunta de turno.

Dimezzato.

Cuando M. me relata sus lecturas en italiano de El vizconde demediado, de Calvino, soy consciente de que, en cuanto termine con su exposición entusiasta, me quedaré pensativo y preparado para escribir al hilo de lo narrado, porque ella no sabe que me considero un demediado a todas luces y que ninguna condición es mejor y más provechosa para escribir que la demediada.
Esa condición humana demediada es una metáfora de la realidad que deviene de nuestra propia naturaleza; una realidad que soporta una interpretación al amparo de una vida medianera, como esos pozos en las casas de vecinos que se situaban justo en la medianía de las fincas. En esa condición encuentra uno las argucias de la vida, las ve con privilegio, porque se contempla uno mismo como un espíritu dual. Con más claridad, como una mañana serena y rutinaria con el cielo desahogado y diáfano.
Como una flor que comienza su consciencia desde el tallo sin tener en cuenta sus frutos, como esa rama que asoma entre las extremidades y los sarmientos del campo, como este día lleno de luz que sucumbe a la noche, como estos días en que uno arroja su maledicencia para no provocar más sarpullidos ni más desavenencias familiares, son las páginas que relata Calvino. Creo que fue Pessoa quien estaba obsesionado con el tema del fingimiento, obsesionado y dotado para dar respuesta con la literatura a esa valoración de la vida, de su vida. El fingimiento es la efectiva renuncia a la realidad y sus verdades, a la vida con todas sus aristas. Porque si uno llega a equiparar lo que nunca sucedió con lo que pudo haber sucedido, está creando arte. Por este motivo, siempre afirmo que quien sea capaz de hacer verosímil el pasado que nunca fue está creando una nueva realidad y, al tiempo, relegando la verdad a una posible secuencia literaria. Por tanto, equiparando la vida a la literatura.

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Continúa uno con las páginas de Trapiello, sin descanso y sin fatiga que lo detengan. No desfallece ni el ritmo, ni la vocación lírica de muchas de sus páginas. Antes al contrario, se alza la escritura con la impronta de la verosimilitud a cada paso de este salón. Unas olas que renuevan su empuje parecen, por momentos, estos textos reunidos. Escritura limpia, repleta de giros antiguos, del tempo adecuado.
Hoy he pensado en esa forma de vida, en esa extraña forma de vida que mantienen los escritores de diarios o novelas en marcha. Será que cuando una palabra o un hecho son vislumbrados para incorporarlos a la ficción, sabe uno de estas previsiones literarias. Porque para dejarlas en la memoria, decía, las visiones, ha de estar uno demasiado acostumbrado a convivir con la literatura. Así que me imagino al señor A.T. demediado, envirotado cada tarde por no escribir marros que lo conduzcan al silencio.
Asiste uno como un testigo a tal o cual rifirrafe, a esta o aquella secuencia en que son narrados los pleitos de su autor. Lo mismo da cuando la literatura emana embebida en las palabras que hacen de ella no un ejercicio ni una exploración, sino limpia savia del árbol talado.

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Hace unos días un amigo me dijo que era esclavo de mis obsesiones. Sin lugar a dudas, su diagnóstico es certero en tanto que mis obsesiones se delatan en cada uno de estos textos. Sin embargo, al principio me quedé confuso y pensé que se estaba refiriendo a la poca versatilidad de las páginas de este cuaderno. Mis obsesiones provienen de las lecturas y mi escritura es el desembarco de las mismas. En este sentido, las contemplo como los coleccionistas de figuras. Una a una forman esos ejércitos que reposan sobre la mesa sin que nunca nadie las retire ni un milímetro. Esas obsesiones que resuenan desde que comencé a escribir en este diario, esta escritura comprometida con alguien que no soy yo. Arrepentirme de ellas sería desprenderme de las pocas páginas que llevo escritas; negarlas, renunciar al trabajo que me es irrevocable.
Repasando la obra de algunos autores que uno admira con tesón, observo que los temas han sido siempre los mismos y que esas obsesiones sólo han ido tomando distintas formas a lo largo de las producciones literarias. Creo que, a lo mejor, lo que debe hacer uno, de vez en cuando, es imprimir una pátina que las transforme y las sitúe en otra forma literaria, para que sólo sean intuidas, para que no se muestren las costuras que las sustentan. Pero las obsesiones son las que son y con ellas he de admitir mi vanagloria o mi fracaso.
No dudo ni un momento en que estas páginas son, con Ribeyro, la tentación de un fracaso, pero un fracaso que he inoculado y que impulsa el encuentro con las palabras que determinan cómo quedará dicha la vida, esa obsesión que nunca nos abandona.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Una y no más.

Hace un momento me he mirado mis manos en un espejo y parecían dos ciudades muertas. Venían de estar toda la tarde en el cambalache de la nada, de manosear las palabras hueras de la rutina, de lo que no toca y embellece, de los pétalos secos que dibujan, con su altura de búhos, la condescendencia social de ser humano.
Serán ruinas para siempre, como lo son los recuerdos y la memoria, manos que acabaran de llegar de la vendimia de las uvas rosadas, esas uvas que son ósculos que las parras regalan a las lomas.
No es ahora el tiempo de narrar las desgracias de estas manos, las tierras que han desempolvado aun sin moverse todo el tiempo del mismo lugar. Sólo de dejarlo por escrito, como una confesión balsámica, purificadora, en la que queden arrojados todos los restos, el polvo, de estas manos que mañana sostendrán el rictus de aquel que soy una mañana más.

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Al inicio de la novela de Auster, Invisible, el joven estudiante realiza una relación literaria entre el nombre de su futuro padrino y el del personaje que aparece en la Divina Comedia, de Dante, ese personaje condenado a deambular agarrando su propia cabeza con las manos. He recordado, cuando he leído este principio, dos elementos. El primero, la importancia para un escritor de la lectura. El segundo, cómo en realidad lo que he soñado siempre es rebanarme la cabeza y entender el mundo desde ella, es decir, cortar mi cabeza, agarrarla de mis ex cabellos y dejar que sus ojos interpreten el mundo, pero sin entrar en mí. A lo mejor, el aspecto de mis manos es una manera de manifestarse la decapitación y es imposible decapitarse sin tener, al menos, las manos repletas de vacuidad.
Decía hace poco que un escritor necesita de la literatura para escribir. Ahí está el ejemplo, de nuevo Dante, siglos después, sigue siendo un personaje al que se recurre cuando, por ejemplo, necesita uno dejar en claro que hubo alguien a quien se le cortó la cabeza y se le obligó a pasear con ella por los infiernos. Voy comprendiendo que, si algo es parecido al lugar del que no te recuperas, es una reunión en que los contertulios no deceleran su ignominiosa manía de hablar por hablar. Una y no más.

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La poesía es una estación del deseo.Peregrinaje, ribera, piedra de cielo.

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La palabra edificante, la palabra que reverbera.

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Las fotografías nos sorprenden porque ordenan lo que para nosotros se asienta en el cedazo de la memoria. Para uno, como decía Borges, la realidad es la última imagen que tenemos de ella. Por este motivo, cuando vemos un puñado de fotografías que pertenecen a otro tiempo, siempre nos embarga la sensación de responsabilidad. Porque la fotos llegan ordenadas de donde nunca hubo un orden, racionalizan el pasado y ese ejercicio intelectual, en manos de la ficción, es un callo demasaido gignate y sofocado como para obviarlo. Más vale dejar las imágenes quietas, como parecen estar cuando alguien las mira.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Con la piel sobre los hombros.

Con el salón de pasos perdidos de Trapiello sucede lo que la mareas. Inundación y vaivén, imantada atracción que se repite y de la que nunca termina el ciclo, por bellas, delitosas y naturales. Al cabo de varios centenares de páginas, termina uno incluyéndose en esa materia de ficción, acaba por asimilarse a una de esas iniciales o de equis que pueblan el territorio con esa profusión de intimidades veladas, de recuerdos pasados por el cedazo de la literatura. Me èrmití escribir en alguna página del libro una inicial, T., marca con la que perteneceré, hasta mis últimos días, en convivencia con toda la galería de personajes que aparecen y de los que se narra algo. Conviviré ficcionalmente, tanto vale para lo que sosmos.
Consigue Trapiello lo que R.G, velar la realidad, aceptarla, pero trascendiéndola con el vuelo de la verosimilitud. Hoy, por ejemplo, en medio de una reunión de lectores que desprenden su conocimiento a la mínima insinuación, ha querido uno comportarse como ese narrador que observa y ausculta, que guarda y se explaya. He anotado algunas frases, ciertas afirmaciones que ,en otro contexto, dejarían de ser geniales ocurrencias, títulos de obras y más de una boutade por añadidura. Las he leído en mi moleskine, una y otra vez, y me he preguntado y ahora qué, qué hay que hacer con todo este material para escribir literatura, cuál es la anatomía de la ficción, qué clave, qué proceso es el adecuado para convertirlo en materia verosímil.
Con estos pensamientos he seguido leyendo las páginas de Troppo vero, entusiasmado por algunos pasajes entrañables, como los que dedica el autor al pintor R.G.
Al cabo de un rato, me he fijado en el álbum en conmemoración a Cernuda del 2002.He fijado mi atención en la foto que destaca A.T. y he comprobado cómo la literatura interfiere no sólo en la sucesión canónica de la realidad, sino en la lectura de un libro, de una foto, acaso de nuestra voluntad sobre la tierra.

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A veces se conforma uno con salir incólume de los días. Sin lesión moral, sin aspavientos por una u otra palabra mal encajada en la cajonera de las horas. Hablar es siempre un trauma, porque la palabra es incapacidad; hablar es siempre una consecuencia, nunca una causa.
Cuando me detengo, varias horas después, a pensar en las palabras que dije por la mañana o en las afirmaciones que uno defendió con la rotundidad del granito, me abandono de inmediato, me despojo, me despatrio, me entrego al silencio, donde la realidad es un seno sin pezón, un arpa sin cuerdas. Eso es, decir al otro es despatriarse.
Antes de que acabara la mañana de aguas como calendas, fui a la librería a comprar Invisible, de Paul Auster (Anagrama, 2009). En ese título se esconde mi máxima aspiración, la consigna indiscutible, el deseo por el que dejaría de escribir y de leer. La invisibilidad es a la belleza lo que el silencio a la literatura.

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Como la fotografía que observo de la escultura de San Bartolomé en el duomo de Milán: esa piel que se entrega muerta, esa piel que reposa por las espaldas y que se lía entre una pierna y un brazo; esa piel que ha dejado de pertenecer a un cuerpo y a una sangre y a un esqueleto; y a todas las secuencias de un rostro vivo. Sin embargo, ella recuerda en sus formas, insinúa, un pasado, acierta a desvelar la extensión del cuerpo. Esa es la literatura, ese es el que escribe todas los días sin más remiendos ni afeites. Ese pellejo que nos cuelga a diario, que soportamos a diario, que nos contiene a diario. Ella es recuerdo y candente acervo de uno mismo, ella nos completa a pesar de su muerte.

martes, 15 de diciembre de 2009

A escondidas, tras las líneas, mojado en óleo.

Hay frases enigmáticas que se leen como una salmodia, sin más miramientos ni agasajos. Sucede algo parecido cuando uno viaja a una ciudad por la que ya ha paseado en varias ocasiones, nada sorprende, todo se transfigura en leve sombra.
La lectura supone un aprendizaje porque toda ella es un enigma y un laberinto por el que aprendemos a transitar a medida que nos perdemos. Decía Alfonso Reyes, el polígrafo mejicano: “la filología es el arte de leer despacio”. Esta consigna, desde que la leí en uno de los tomos de sus Obras completas en el FCE, se convirtió en una premisa indiscutible para convertirme en un lector. Después de unos años, he vuelto a leer la frase del mejicano en aquel papelito de cuadrícula y con la caligrafía de un neonato en esto de las letras. Ha sido como cruzarse con una antigua catedral que ha quedado viciada por estar siempre ahí, delante de nuestra visión, tan cerca de nuestro juicio.
Algo parecido ejecutó Allan Poe cuando escribió La carta robada. Nadie pensó que, en aquel sobre a la vista de todos, estaba la hoja que buscaban con esmero, pero con total desorientación. Poe no sólo nos otorgó con un ejercicio literario magistral, sino con una lección de estética: detrás de los ojos se esconde la realidad.
Basta que uno se detenga un rato a pensarlas con detenimiento, esas frases enigmáticas, digo, para que adquieran la fuerza de un verso o la contundencia de un axioma filosófico. Algo parecido me viene sucediendo con los libros de memorias o ensayos o diarios que últimamente aparecen por mis estanterías con fruición. Hay en ellas frases felices, que valen toda una novela. Ahora bien, esas frases están al resguardo de la entendera y al cobijo del liviano paso de las retinas.
Por ejemplo, Ramón Gaya escribió sobre Velázquez, en Las virtudes del pájaro solitario, las siguientes palabras: “Este será el delicado trabajo de Velázquez, desvirtuar la realidad sin negarla, sin borrarla, pues ha visto que se trata de una superficie perecedera, sí, pero también sagrada, y por consiguiente intocable; contar con ella sin perderse en ella […] sino algo que debemos aceptar y trascender”.

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La lectura de Trapiello siempre me lleva a R.G. Y así lo hago esta tarde que se termina con las espinas del frío. Volvamos al texto anterior. “desvirtuar la realidad sin negarla”, difícil trabajo este de desvencijar la realidad de sus amarres y de dotarla de una nueva manifestación, de un nuevo acontecimiento de sus propiedades. El pintor, el escritor, debe alternar la compositiva presencia de la realidad para aglutinarla en una macrorealidad que la engulla, aun sin negarla; “contar con ella sin perderse en ella”, se suponen dos acciones. La primera, contar es sinónimo de asimilar, aprehender y eso lo hizo Velázquez de forma única. La segunda es transitarla, porque para perderse en la realidad hay que caminarla y explorarla.
Por último, lo más desconcertante, “algo que debemos aceptar y trascender”; como mortales, como productos perecederos nosotros mismos de la realidad debemos aceptar, a la manera griega, la muerte, esa es el primer enigma que tendría que solventar un escritor. Esa es la manifestación más pura de entendimiento de la realidad, acaso la más fructífera para el arte. En esa condición mortal, sin embargo, en esa conciencia de la mortalidad del artista y de la realidad aceptada, se esconde la trascendencia. Aunque, bien pensado, esa trascendencia está velada, muy cerca, cargada de una luz que ciega y que sólo un artista de privilegio es capaz de mostrar al mundo.
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Hoy, con R., en la conversación que se ha convertido en un cabaret de prodigios, que oxigena y vivifica, que diluye la trama de sombra de lo cotidiano, hemos hablado de Javier Marías. Obviamente, a mí se me ha notado el furor por este autor. Ahora que lo pienso, la narrativa de Marías viene a parecerse a esa aceptación y trascendencia. El manjeo que hace Marías del Tiempo asimilando a su vez una sintaxis idónea, es una manera evidente de trascenderla. Un pájaro solitario, su vuelo, el día, llega la noche, la sombra, el veneno y el adiós.