martes, 16 de febrero de 2010

Gato, lluvia, París.

Esta mañana, parecía el campo el lago Ligustino, todo apresado por el agua, todo él acumulado. El verde que acompaña mi camino todas las mañanas resultó ahogado; el trigo, las siluetas de las insinuantes viñas que atraviesan el paisaje, habitadas por el agua. Mas los pájaros no dejan de volar nunca, nunca dejan los pájaros de volar.
Las nubes arropaban el nacimiento de la luz en la mañana, lo abrigaban con la caricia paterna de una ira nublada, nublada por la gracia del invierno. Aunque poco a poco se fue despojando del grisáceo cariz que la tomaba hasta dejar en claro su ausencia. Y no dejaron de brillar las palabras que la tomaron, y no dejaron de brillar mis ojos taquidérmicos.

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Me encuentro en mi moleskine con tres palabras: gato, lluvia, París. Inevitablemente, me acuerdo de “Gato bajo la lluvia”, de Hemingway, pero también de las palabras de Vila-Matas sobre ese cuento ambientado en París, un día de lluvia, cuyo centro narrativo es un gato.
Me doy cuenta de que esas tres palabras no tienen nada que ver con el cuento de Hemingway y que las palabras suelen ser pérfidas insinuadoras de realidades ajenas. Pérfidas insinuadoras. Insinuadoras.
Las mismas realidades que pasan a la memoria como verídicas y verosímiles. Observo la fecha en la que escribí las palabras. Desde luego no coinciden con la relectura de Hemingway, sus Cuentos completos (Lumen). Son de la época en que estuve en Italia. Eso me previene, aún más, de la realidad que persigo, de esa ajena mención de las palabras a otras cuestiones que ni siquiera podemos averiguar con certeza.
Esta reflexión me conduce, inevitablemente, a otras, a las que relacionan la realidad y la lengua. Creo que es en ese conflicto en el que me encuentro más cómodo, en el que se deposita la mejor posición para atender al pensamiento. En aquellas obras que suponen un cruzamiento entre verdad y ficción, un maridaje entre las palabras que aspiran a una verdad a través de la belleza.
Acabo de terminar unas páginas en las que Thomas Bernhard, en El sótano, nos azotando por la falta de conciencia que el hombre tiene de su libertad: “El hombre no ama la libertad, todo lo demás es mentira, no sabe qué hacer con la libertad”. Al fulgor de estas líneas, creo que caso contrario es el del escritor, ama tanto la escritura porque en ella siente la voluntad de libertad que no conoce en el mundo.

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No me olvido de las insinuaciones. El abuelo de Thomas, de Bernhard, en sus últimos días de vida, cuando preveía que la muerte estaba cercana, cuando presintió que su cuerpo iba a dejar de acompañar el tiempo de su mollera, dos años después de terminada la guerra, de la evaporación de toda esperanza, dormía y convivía con una pistola. Bernhard cuenta lo que presenció de joven: un pulso constante con la muerte. El abuelo, dice, se encerraba durante horas en una habitación en la que tenía sus libros, sus cuadernos. Lo hacía con la pistola. La abuela, por su parte, se mantenía, durante las mismas horas en las que estaba encerrado su marido, dice, esperando el sonido del disparo. El abuelo había amenazado, dice, con suicidarse, lo había hecho a toda la familia, había ido uno por uno anunciando sus intenciones. Las mismas intenciones que tienen estas palabras que nombran lo ajeno, pero que convierten el mundo nombrado en una amenaza.

lunes, 15 de febrero de 2010

levitaron las ansias.

Esta mañana me levanté animado por unas ganas enormes de escribir, ¿dónde han quedado, qué ha sucedido? Unas ganas que, incluso, me desconcentraban del trabajo y me hacían observarlo todo como esa realidad que sucede y transforma en literatura, como un mar renovado, listo para convertirse en materia de este diario; como un mar, quiero decir, que se renueva a pesar de su permanencia aparente, de su lucha que parece. Garabateé algunos versos, anoté ciertas ideas al hilo de la lectura de un poema de Coleridge. Soñé con las palabras que Borges le dedica al poeta inglés y no dejé de leer cómo su poesía se edificó tras amplios periodos de lecturas filosóficas. Para colmo, había tanto bullicio en la sala, que decidí trasladarme al cuarto de baño para leer con el silencio requerido los versos del poeta. Tras esta acción, me vi como un sujeto que se aísla en un habitáculo para leer poemas al margen de los días, de los hombres. Me vi desde fuera como lo hacía Perec en Vida instrucciones de uso, en una habitación reducida, destinada a los desechos humanos, para poder leer sin que nadie te increpe mientras lees algún poderoso verso. Unas palabras que cambien tu estancia en la mañana.
Pensaba todo esto mientras la realidad se resguardaba de mi observación. Ella mantenía sus hechuras a pesar de mi evasión. Su insistencia percutía con los sones de siempre. Las ganas de escribir iban poco a poco diluyéndose. Hasta que desaparecieron por completo. Hasta que la agrafía se apoderó de mí y de nuevo la rueda comenzó a rodar como lo hace la luz en la mañana, como lo hace la lluvia en los cristales.

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Esta actividad es secreta, por supuesto. Tengo amigos novelistas que, llegado el momento, lanzan al aire sus cualidades y su profesión. Tengo amigos poetas que, de vez en cuando, dicen sin reparos, soy poeta. Sin reparos, dicen. Sin embargo, esta cualidad de escritor que mantiene un diario es de distinto pelaje. El diarista parece concebir la literatura como un continuo que jamás cesa, tal cual la vida. Concibe escribir como la sucesión de sus días y en sus cuadernos vuelca las insatisfacciones, pero también los deseos, las fobias, acaso sus manías. El diarista es consciente de que una obra jamás dirá lo que tiene que decir y que, al igual que la vida, con la misma naturaleza que tienen los hombres, las palabras diezman la concepción de lo vivido. O acaso la concepción de lo vivido no sería nada sin escribirla.

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De un tiempo a esta parte, se ha apoderado de mí una tolerancia extrema a todo que no me satisface en absoluto. Cuando digo una tolerancia extrema, quiero decir una falta de compromiso sobre todo aquello que me importa un bledo, que no me importa nada. A decir verdad, casi todo me importa nada.
No sé a qué se debe. Lo cierto es que no hace poco, me entusiasmaba con algunos proyectos, me ilusionaba con cuestiones del trabajo, elogiaba a los que dedicaban su tiempo a que los otros mejoraran. Todo eso se ha ido perdiendo como una línea en el agua. Todo eso se ha ido desfigurando y, ante tales acontecimientos, sólo soy capaz de encoger los hombros, de sonreír desganado. En otros sitios está mi energía, mis ánimos. Allí donde nada se ha trazado aún y donde no acontece lo predecible. Creo que ése es el problema, me levanté con ánimos de escribir, con demasiados ánimos, y me di cuenta de la dificultad de escribir lo que no es siquiera predecible.

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El libro de poemas está entregado. Dudo de todo, mas no de los que levantaron el huerto.

domingo, 14 de febrero de 2010

L´inifinito viaggiare.

Después de varios días hipnotizado por la prosa de Bernhard, conviene alejarse de ella o, al menos, no escribir su lectura. Más que alejarse, lo que hay que llevar a cabo es un reposo tras la lectura de cualquiera de sus libros, porque su prosa y su estilo resuenan como pocos. Sucede con Cortázar, Proust, Faulkner o Javier Marías; con Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Quevedo o Miguel Hernández. Son autores de una propuesta literaria que, a poco que uno extraiga alguna virtud y la trasvase a sus obras, su influencia se deja notar con demasiada transparencia. Esa imantación irradiada conviertie lo que podía ser una virtud en una chabacana glosa, en una machacona reducción de giros, vocablos, oraciones subordinadas.
Escribo todo esto porque creo que el aprendizaje en literatura (en cualquier disciplina artística) ha dejado de tener la importancia y la supremacía que le son necesarias, que tenía no hace poco tiempo. Es decir, el aprendizaje de los mecanismos de la poesía, de la música o de la pintura ya no forman parte de los nuevos creadores. Se han alejado de él como si los recursos, la imitación o la incorporación de los logros de otros (los grandes, los virtuosos) no fueran necesarios desde el principio. Se han saltado, en su afán como innovadores, los primeros pasos, los principales pasos para discernir, al menos, las capacidades individuales.
En el aprendizaje es cuando uno debe comprender hasta dónde llegan sus palabras, hasta donde su discurso termina incapaz de seguir nombrando. Ante esa exploración, apoyado en los versos o la prosa de otros que han conseguido escribir sobre una realidad, el escritor debe reaccionar o abandonar. Si reacciona, es el momento de ir encontrando su palabra, que no su voz, la palabra dadora, personal, infranqueable. La misma que puede llegar a impregnarse de aquellos sones inimitables que, en la escritura de otro suenen a triquitraque. Si ha decidido abandonar, esto es, a tomar conciencia de su limitación como autor, deberá rendir la misma generosidad a esos escritores que le enseñaron a no garabetear en público sus miserias.


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Qué irremediable dejar de leer a Bernhard, sin embargo. No puedo abandonar El sótano y esta lectura en dirección opuesta, en la dirección opuesta a la sociedad. A pesar de mis propias advertencias, leo, leo, leo a Bernahrd, aunque trato de asimilar esa escritura que parece trazar un dédalo de ficción. Me conformo con leer. En ese verbo se guarda una de las grandes y universales costumbres del hombre: sentirse, por momentos, invisible al tiempo mientras avanza, linealmente, a un fin irrevocable. La muerte no es el final de la novela, sino una prolepsis de lo que fuimos.



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Vivere, viaggiare, scrivere. M.C. está leyendo a Claudio Magris en italiano, L´infinito viaggiare. Sus lecturas se han convertido en un acontecimiento para mí. De las páginas iniciales, de la Prefazione, me lee algunos fragmentos que saben serán de mi agrado: “Fin dall´Odissea, viaggio e letteratura appaiono strettamente legati; un´analoga esplorazione, decostruzione e ricognizione del mondo e dell´io”. Tiene estas palabras palabras subrayadas en el libro. Cuando termina leerlas le digo que Magris no ha advertido una cuestión. ¿Qué sucede cuando la exploración, la deconstrucción y el reconocimiento del mundo y del yo se realizan junto a una persona, la misma persona? ¿No puede hablarse, entonces, de la forma más armónica y tremenda del amor?


A continuación, comenzamos a recordar nuestros paseos por Trieste, aquellas caminatas que parecían estar ofreciendo un resto arqueológico que debiéramos explorar. También nuestros paseos por las calles de París, por los bulevares, por los cafés, mientras leíamos algunas páginas que servían de análoga realidad al momento. Cuando se va, M. C. me deja marcada una página, en ella puede leerse: "Il viaggio-scrittura è un´archelogia del paesaggio; il viaggiatore -lo scritore- secende come un archeologo nei vari strati della realtà, per leggere anche i segni nascosti sotto altri segni...". Y me quedo auscultando los símbolos y las señales que deviene de la realidad y que llevan a otros signos, a otra sucesión análoga e imperecedera, infinita, leer, viajar.

jueves, 11 de febrero de 2010

La música hueca.

Por la mañana, esta mañana, he sentido una náusea terrible, un atolondramiento que me ha dejado inservible y ágrafo. Una larva. Un vacío que nunca antes me ha había habitado, una vacuidad insostenible, que terminó por atravesarme como un látigo, que terminó por demediarme como una partícula invisible, que terminó por desangelar la luz de la mañana que, hasta entonces, brotaba serena y plácida.
Todo se vino a concentrar en un sótano dentro de mí, en un habitáculo que surgió de mí mismo, un espacio hasta ahora innombrado, que sigue innombrado. Un hastío quimérico. Quizás un síncope. Una muerte meditada y consciente.

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Por la tarde, esta tarde, ha vuelto a sucederme. El hastío. He considerado que, en realidad, es una tentativa fáustica ante tanto absurdo alrededor, ante tanta palabra sucedánea, huera, fugitiva.
He recordado algunos pasajes del Doktor Faustus, de Thomas Mann. En esa prodigiosa novela, Adrian Leverkühn asiste a una conferencia de Kretzschmar. En ella el especialista diserta sobre la música. Después de una larga argumentación, dice: “Quién sabe si el deseo profundo de la música es el de no ser oída, ni siquiera vista o tocada, sino percibida y contemplada, de ser ello posible, en un más allá de los sentidos y del alma misma”. Así me contemplé, en un más allá de los sentidos, como si la vida no quisiera que yo siguiera escuchándola, como si quisiera ser sólo contemplada, como de otro. Aacaso interpretada por otro.

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Por la noche, esta noche, las páginas iniciales de El sótano , de Thomas Bernhard,han conseguido explicármelo todo, con la claridad de Bernhard, con la recurrencia de Bernhard, con la irónica visión de Bernhard: “Tenía la sensación de haber escapado a uno de los amyores absurdos humanos, el instituto”. A todo esto suma el autor una reflexión sobre la utilidad del ser humano en la sociedad, la utilidad individual, quiero decir, la que justifica y argumenta los absurdos, como está claro. Así, después de todo este bucle melancólico, he decidido que debo ser útil, al menos por un tiempo, útil. Un tiempo. Al menos.
Por este motivo, mañana diré las palabras que todos desean escuchar, aquellas que no dicen nada porque nada esencian. Y me comportaré pensando en la utilidad, en esa conducta que desciende del más nefasto de los comportamiento. Sí, de la más soberbia de las mentiras e hipocresía.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Desde el origen, una indicación al comienzo del sótano.

Los días en el origen. No quiero adentrarme en el sótano sin antes escribir algunas notas sobre la lectura que terminé hace poco, pero que sigue resonando, con toda sus variantes, con todo el esfuerzo sintáctico, como un bucle poliédrico. Como un arché, que genera el todo desde el uno, la prosa de Bernhard ha empañado la lectura como empaña la lluvia, esta tarde, los cristales. Quiero decir que, al final de El origen, al final de una indicación sobre el recuerdo que se somete al pensamiento de su ahora, sucede la dispersión magistral de su origen. Quiero decir, el punto de fuga que retorna, el origen de todos los fines, el origen de toda su vida que brota ininterrumpidamente. Al fin y al cabo, el origen no es más, ni es menos, que ese recuerdo instalado en la memoria de una ciudad, un instituto, unos bombardeos, una educación a la sombra del nacionalsocialismo y del posterior catolicismo, las primeras notas que brotaron de un violín, la sombra alargada de su abuelo, de su maestro, de su Montaigne personal, del maestro antiguo, del trastorno provocado por la sociedad, por el malogrado compañero tullido que amaba la soledad, por Pittioni, aquel profesor de geografía cuya fealdad despertaba las punzantes y socarronas risas de la comunidad, por la tara de los días en que su violín mudo esperaba las manos que lo despertara. Su abuelo, a quien amaba y veneraba, con quien paseaba y conoció la Naturaleza, la mejor de las educaciones, su abuelo fue, sin duda, la figura capital de este origen. Su familia, lastrada por el tutor, que ni siquiera padrastro, decidió seguir siendo austríaca a alemana. Cuestión indiferente al propio Thomas, al joven Thomas, que decide abandonar el instituto que un día fue nacionalsocialista y otro católico, es decir, la misma necedad y antinaturalidad volcada sobre los jóvenes que son al fin antinaturales y necios, al joven Thomas que decide abandonar el instituto y comenzar a trabajar, durante tres años, justo cuando cumple los quince, en un comercio de comestible.
La literatura de ese comercio está en las páginas de El sótano (1976), escrita treinta años después de su vivencia. Allí me adentro. Sólo quería asegurarme de que dejaba por escrito estas notas, en el diario, en el único lugar en que puedo entender, sólo con una sintaxis ternaria, esta literatura aplastante, pero tan bella, tan bella…

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Hay, desde luego, una enfermedad del espíritu y esa enfermedad es la más incurable de las torturas a las que nos sometemos como humanos. Durante algunos pasajes de El Origen, me he acordado de algunas páginas de Robert Walser, de Jakob von Gunten, y su concepción de la escuela en la que somete sus días, en la que el tedio lo hilvana todo con la absoluta convicción de su ser. Y también, de cómo los dos autores tienen que ejercer la individualidad para deshacerse de los impuestos sociales, de la comunidad adocenada. Me estudio a mí mismo más que a ninguno otro ser, esa es mi metafísica, dice Montaigne; así lo repite Bernhard en su obra, para entender su infancia y su escritura como conocimiento.

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(No debo olvidarme de de escribir sobre Walser en el diario…. Mirar los subrayados. Libro junto Microgramas.) Escribió Walser: “Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada”. El instituto Benjamenta, al igual que la iniciática Andräschule y el instituo católico, el Johänneum, en que se estuvo estudiando el joven Bernhard.
Los dos autores escriben sobre la influencia como individuos de estas instituciones en sus vidas y los dos llegan a la misma conclusión y a la misma acción: deben liberarse a través de su propia autoafirmación. Los dos escriben sus primeras obras sobre estos cercos de la indolencia en la primera juventud y los dos dejan por escrito el ejercicio de superación que deben realizar.
Ahora que lo pienso, yo me encuentro un proceso de retorno, en una circularidad de la que no participo conscientemente. Fui alumno de una institución, cuando niño, cuando joven, recibí la enseñanza de algunos hombres de provecho, poco más. Ahora, todos los días, abro las puertas de un aula, en una institución idéntica, en unos pasillos idénticos, en los pasillos de Benjamenta, por ejemeplo, para que sea mi voz la que vierta sobre unos jóvenes toda la antinaturalidad de la enseñanza. Mañana, cuando llegue a las clases, me sentaré junto a un alumno. Y dejaré que se pregunten, ellos mismos, qué hago, qué falta, qué ha ocurrido para que yo me siente junto a ellos, entre ellos. Es así como me siento, con toda firmeza, así, un descubridor de mí mismo, del proceso y la metamorfosis que me atraviesa.

martes, 9 de febrero de 2010

Thomas &Tomás.

Notas de lectura. Hay obras que necesito escribirlas a medida que voy leyéndolas. Escribirlas para entenderlas y pensarlas. Escribir la lectura, sístole y diástole.
Es un ejercicio que me ha enseñado a leer y a escribir,-torpemente, todo sea dicho-, con una capacidad distinta. Nunca hubiera leído a Márai sin haberlo escrito, ni a Kertész, ni a Renard, ni a Pessoa, sin haberlos escrito, nunca.
Así ocurre, por ejemplo, con Bernhard, así ocurre cuando termina la primera parte de El origen, titulada Grünkranz. Hay unas frases demoledoras, tanto como las bombas que destruyen el internado y los edificios colindantes. Las palabras, envueltas en una cadencia sintáctica musical, terminan por adherirse a la realidad que está nombrando.
Existe en esta autobiografía del autor de marras una evocación a las relaciones que establecen las palabras y la realidad, el recuerdo y el pensamiento que está siendo.
Dice Bernhard: “De la suerte de Grünkranz y de su mujer no he podido saber nada más, y tampoco he oído hablar nada nunca de mis compañeros de colegio”. Estas palabras de Bernhrad me han conducido a los razonamientos de Platón acerca de la relación entre lenguaje y realidad. “Nada nunca de mis compañeros de colegio…”, quiere decir que toda la realidad referente a sus compañeros de colegio reside en la memoria y, es más, sólo es posible indicarla como sólo le es posible indicar al lenguaje la realidad que nombra. De ahí el subtítulo del volumen: Una indicación
Lo mismo sucede en un pasaje posterior que pertenece a la segunda parte, Tío Franz. En un momento en que el narrador recopila los recuerdos como un ramillete de sensaciones contrarias: zumbas, retumbos, llantos, detonaciones, bombas…, dice: “Y hasta hoy tengo esos sueños”. De nuevo, evidencia el trasiego que conduce por sus palabras a través del recuerdo actual. Todo se hace más evidente cuando Bernahrd escribe: “En este lugar tengo que decir otra vez que anoto o incluso sólo esbozo o indico sólo cómo sentía entonces, no como pienso hoy […] y la dificultad es, en estas notas e indicaciones, convertir el sentimiento de entonces y el pensamiento de ahora en notas e indicaciones que correspondan a los hechos de entonces”. Estas últimas palabras, estas sentencias, dejan en claro la aspiración literaria de este monumento autobiográfico. Esas cursivas no son nuestras, las utiliza el propio autor: sentía y pienso, así conjugados, el pasado, recuperado a través del sentimiento; el presente, sugerido a través del pensamiento, acción que ordena los sentimientos de entonces con las palabras de ahora. Porque, evidentemente, en aquel entonces Bernhard no contaba con las palabras y el uso de la sintaxis necesarios. Ha sido el artificio literario, la indagación lingüística la que ha hecho posible que hoy yo, Tomás, lea, con estas palabras y no otras, con esta sintaxis, y no otra, la autobiografía de Thomas.
Con estas indicaciones de segunda mano, con estas indicaciones de una indicación, me doy cuenta de la profundidad de la obra que tengo por delante. Eso me frena y me rehace. Me conmociona y, al mismo tiempo, me reduce a la incapacidad más absoluta, la de no poder seguir escribiendo.

lunes, 8 de febrero de 2010

18.30. p.m. Cuando algo adquiere una objetividad total, como las ciencias, deja de tener trascendencia definitiva. Quiero decir que, una obra literaria aspira a revolucionar el concepto de humanidad para todos aquellos que intenten aprehenderlo. Para ello, la obra literaria se nutre de los temas que trazan al hombre: los hacina, los desordena para darle nuevos bríos, quizás algunos nunca avisados. Una obra literaria es una lasca que salta, brota y afila la humanidad. Pero, ¿se mejora con ello el espíritu humano?
Cuando hace poco leía que algunos de los hombres que administraron Auswitz estaban preparados para interpretar a Shakespeare con profundidad y a Goethe y que no dejaron nunca de leerlos me quedé pensativo, con una atención alarmante. No es tampoco el único ejemplo de hombres cuya ética no está en consonancia con la formación o las lecturas que realizaba. También es cierto que se trata de excepciones. Ya sabemos de la influencia de las mismas. Entonces, ¿qué hay realmente en la interpretación que un hombre hace de una obra de arte; por qué dos personas con la misma formación viven de forma tan dispar el mismo fenómeno?
Ante estas disyuntivas lanzo una pregunta a la intimidad de este diario. Es la siguiente, ¿hasta qué punto la obra de arte, en este caso la literaria, posee en sí misma tales cualidades; hasta qué punto no es el lector el que embadurna de virtudes una obra literaria; hasta que punto no sucede un fenómeno extraño, de difícil concepción, en que la obra en sí y el lector que desvela participan del mismo fenómeno de conocimiento?

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18.31.p.m.Una vez que terminé de leer El Origen, de Bernhard, entiendo la presencia de la música en toda su obra. El autor no pudo salir jamás de aquella sala de los zapatos en que estudiaba violín bajo la supervisión del maestro que destruía sus esperanzas con la repetición de ejercicios. Si tuviera que escoger una imagen para este relato autobiográfico, sería la de una sombra tras una puerta de cristal interpretando, con un violín, las notas de la ininterrumpida secuencia de la muerte. Al fondo, los cristales rotos por el cimbreo de las bombas. A sus pies las cuerdas rotas, el arco cejado hasta la extenuación. Su cuerpo, silueta del suicidio, apocopada. Todo gris y tierra. Una indicación.

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18.32.p.m. Aún sin comenzar Bouvard y Pécuchet, sólo el primer párrafo, el fragmento en que los dos personajes llegan al bar y conocen sus nombres porque ambos lo llevan marcados en el sombrero. Me sorprende la fascinación que, de inmediato, se siente el uno por el otro. Pero yo también he sentido alguna vez esa fascinación.
Mañana haré que borden mi nombre en un sombrero. Lo dejaré encima de la mesa y alguien dirá mi nombre en voz alta, como si estuviera atestiguando una presencia. Entonces yo diré, tal vez sea una suerte para usted, pero a la larga, la soledad es muy triste.

domingo, 7 de febrero de 2010

Se hace necesaria la coexistencia en el límite, para la poesía, con la música, la luz y el silencio. Según George Steiner, en Lenguaje y silencio, estos tres son los límites con los que la poesía más se ha vinculado desde antiguo, desde que se otorgó a la palabra su carácter mágico, para desplegarse hasta los suyos propios. En donde termina su reino donde adquiere su mayor potencia.
Me quedo pensando sobre las inteligentes afirmaciones de Steiner y llego a la conclusión de que, en cualquier caso, lo que le sucede a la palabra es la disolución. Para ser más precisos, la palabra articulada se desarticula frente a la música, frente al silencio para diluirse en la luz: cegadora clarividencia inefable.
Con estas premisas, agarro los libros de san Juan, de fray Luis, de Novalis, de Rilke. Me detengo en los temas que todos ellos otorgan a la luz, el silencio y la música. Y hay una coincidencia universal que atraviesa todos los libros a pesar de sus estéticas y de la época en que fueron escritos.
Esa coicnidencia es lo más parecido al logos poético. Para mí lo guardo, como lector, como el fuego robado a los dioses.

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De la misma manera, me imagino a Bouvard y Pécuchet, obra que todavía no he comenzado a leer, investigando estos asuntos de la poesía. ¿A qué conclusión hubiera llegado Flaubert y qué hubiera escrito en su novela a través de estos dos personajes? ¿Qué anotación hubiera dejado en la segunda parte de la obra?

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En ocasiones no te sucede el cansancio de vivir, el mero cansancio físico que te somete machaconamente a unas actividades más o menos fructíferas, sino que, en ocasiones, repito, ocurre que aparece una profunda amargura, como una bilis negra, como un agriado recuerdo, como un latido podrido de otro hombre muerto, de otro ser inexistente, y es entonces, cuando sucede: ese latido, esa bilis, esa amargura te recorren y diluyen y dejan en claro que nada de lo que fuiste fue cierto, que nada de lo que quisieras haber sido sucedió más que en las pocas palabras que dejas escritas. Justo las palabras de otro hombre.
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Relee el Libro del desasosiego, de Pessoa. Es un libro de cabecera, que continuamente está anotando, subrayando y tomando como ejemplo. Esta tarde, después de la prosa acelerada y punzante de Bernhard, decide volver a Pessoa. Lo hace conmocionado por El Origen, el primer volumen de la autobiografía.
Abre el libro al azar y nada más comenzar a leer, se le curvan las cejas, dando a entender que acaba de extrañarse por un texto que no recordaba o que dio por inexistente. En ese texto, el doscientos, dice Pessoa (lo sé, le he visto el libro abierto y no he podido quedarme quieto. Me he levantado del asiento, he recorrido el vagón y así lo anoté) que de vez en cuando surge un cansancio de vivir que no ambiciona dejar de existir, ya que eso podría ser posible, sino que surge el deseo de siquiera haber existido, acontecimiento extraordinario que no tiene manera que no sea.
Ante estas palabras, se le ocurre, y así lo escribe en su diario, que hay, quizás otro acontecimiento más enigmático y conmovedor: leer lo que fuiste escrito por otro que pensaste ser.
Sin duda, la forma literaria que mejor admite este desequilibrio y que vincula la ficción y la realidad de manera más condensada es el diario, la autobiografía, la confesión o las memorias. Todos aquellos géneros que necesitan de un ejercicio supremo del pensamiento que no es otro que la objetivación del ser, de uno mismo. Cuando alguien es capaz de objetivar su propia vida, puede comenzar a escribir en un diario sobre ese mundo extrapolado. Y acontecer en otro mundo frente al silencio, la música y la luz.

viernes, 5 de febrero de 2010

De un texto en otro. Después de leer el artículo de Borges sobre Flaubert -texto que ensalza la maestría de Bouvard y Pécuchet- decide comenzar a leer algunas referencias filosóficas de la novela de marras ya que, en no pocos lugares, incluida la presentación de Jordi Llovet, comprueba que se hace referencia al gusto de Gustav por la novela filosófica del XVIII y por la obsesiva manía de documentarse para escribir sus ficciones (para este caso, hay testimonios de que Flaubert manejó alrededor de mil quinientas obras de referencia).
Lee páginas, artículos, referencias. Relee los elogios de Borges. Quiere convertirse, en poco tiempo, en un lector preparado para enfrentarse a la novela que ha decidido leer. Sin saber por qué, teme que la obra termine por aplicar sobre su entendimiento el efecto contrario: un mundo repelente, por incomprendido. Ante la temeridad de sus impulsos, arma de lecturas y sustentos los amarres con que va deleitarse.
¿Sería excepcional que comprendiera el libro de Flaubert?, se pregunta con el impulso de un nonato lector. Y añade, ¿sería excepcional llegar a comprender cualquier libro, en su totalidad, con la realidad objetiva que nombra y que conceptualiza, uno solo, en su totalidad?
Se pregunta, a todo esto, para qué necesita de esas referencias si la lectura es un acto libre. Y termina por darse cuenta de que todo acto de conocimiento necesita del adentramiento en unos conceptos, unos significantes que son únicos y propios, ajenos a la subjetividad más poderosa y más poderoso que cualquier subjetividad.

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Esta mañana. Esta mañana comencé a leer Origen. Una indicación, de Thomas Bernhrad. Lo hice mientras los alumnos respondían a las preguntas de un examen.
En cuanto avancé unos párrafos, sentí que estaba ante una de esas obras formidables, ante una de esas creaciones literarias que se presentan con las palabras más ajustadas, con la sintaxis más idónea para el pensamiento que la atraviesa. En cualquier caso, después de haber leído algunas obras de Bernhard, como Maestros antiguos, El malogrado, La calera o Trastorno, no me extraña que la sensación de maestría literaria que se aposenta en las obras de este autor apareciese por el primer tomo de su autobiografía.
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El suicidio. El suicidio. La ininterrumpida presencia del suicidio en el cuarto de los zapatos, en el cuarto de los zapatos en que ensayaba las lecciones de violín, mientras la ininterrumpida presencia, en ideas, en sueños, en amigos que se habían arrojado desde la colina, del suicidio aparecía detrás de cada acorde, en la colina, de los amigos. El suicidio.

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Gracias a Flaubert he descubierto las teorías de Popper sobre el conocimiento. Aún no he comenzado a leer las obras de Flaubert. Estoy leyendo a Popper, Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Toda la tarde pintiparado por una frase de Popper: “La persona que lee un libro comprendiéndolo es una criatura excepcional”.

jueves, 4 de febrero de 2010

8.30.a.m. Hoy, en la carretera, había un buitre postrado ante el cuerpo de un animal muerto. Por el tamaño del despojo, puedo decir que parecía un perro. Un perro cuya carne se confundía con el fango que el asfalto mostraba después del azote de la lluvia por la noche.
El buitre era de un tamaño considerable. Y no tomé conciencia de su envergadura hasta que no abrió sus enormes alas para quitarse de en medio.
Hubo un movimiento, en el vuelo del buitre, enigmático. Tanto, que desapareció del horizonte, sin más ni más, sin quedarse a la espera para volver sobre su carroña. Carne a la que veneraba con religiosa parsimonia. Parecía que el buitre llevaba bastante tiempo sin ejercitar con su pico sus instintos.
He interpretado este pasaje tempranero como un símbolo. He querido ver que esa es la dimensión del diario, de la escritura; y esa es la presencia del escritor en sus escritos. La vida maltrecha, la que fue, el despojo, es la carroña sobre la que volvemos para inventar su conciencia, sus recuerdos, las palabras que trenzaron su mundo. El presente estatuario ante el que nos postramos.
El escritor debe desaparecer, a pesar de su envergadura y de sus torpes alas, para postrarse en la espera, en la espera en la que surgen las palabras que nombran la realidad con más tino. A pesar de que en su boca, apretada por los dientes, aún tiemble la carne seca de las palabras vivas.


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8.50. a.m. Escribir muy temprano me lleva a una conclusión que se enuncia en una pregunta, ¿podré hacerlo más tarde o los límites del diario restringe su aparición a una sola jornada?
Después de escribir esto, caigo en la cuenta de que no sólo vivimos una vida a lo largo del día. Somos uno en lo diverso y eso conlleva que podamos escribir siempre por primera vez del mismo sujeto. En cualquier momento se produce una epifanía del individuo. Siempre. Somos otros. Y esa condición es la indispensable para pensar en el inicio de una narración. Así que, aunque esté escribiendo en un momento en que no suelo hacerlo, en un lugar en que pocas veces lo he hecho, nada me impedirá escribir de nuevo esta tarde. Cuando la metamorfosis se haya proclamado y mis manos sean de otros.

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18.24. p.m. Llega a la tarde del jueves cansado, aunque debería decir que el cansancio es un estado del alma. Imagina que pudo escribir esta mañana, bien temprano, en el trabajo, donde nunca pudo decir más allá de las comas. Incluso se ve leyendo y retocando un texto que es de otro, de ese otro que fue. Magnánimo silencio, ¿qué has proclamado en la ausencia que se produjo?
Tiene delante de sí unos libros de Thomas Bernhard que compró ayer. Otros de Flaubert, Perec, Casanova y T.S.Elliot. Por unos instantes, se queda observando, con minucia artimaña, los lomos de los libros, esa compresión de la literatura en la horizontalidad. Mundos diversos que terminan confluyendo en un mismo espacio: él mismo. El lector, lugar en que confluyen los mundos literarios, las vidas contrarias, las palabras que nacen de la ausencia.
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22.12. p.m. Las pruebas del libro te dejan nervioso. Has vuelto sobre ellas, con la punzada del trabajo incumplido, con la sensación de que se desmayaron todas las virtudes. Te vuelves, de vez en cuando, sobre los folios en los que dejaste escrito, hace meses, algunas notas, versos, sentencias... Y de nuevo lees las pruebas, las lees, de nuevo. Cada vez, con más detenimiento, como si sobre el discurso, comenzara a brotar una susurro lejano. Una voz, una advertencia, que te conduce a la ilusión. Quizás a la certeza de viviste durante un tiempo creyendo en la poesía. En esta misma sobre la que escribes.
Ya es de noche, aunque la noche no haya llegado. En los sueños, pronunciarás los versos como si, enfangados, estuvieran en un camino perdido y tú tuvieras la forma de un buitre, de un buitre postrado que se retira con un vuelo torpe, aunque con un pedazo de carne en la boca. La carne del que fuiste.

martes, 2 de febrero de 2010

Como las manillas de un reloj (tic,tac) escribo para otro círculo que me incluye, para otra realidad habitada por otro, más amplia, infinita, intraducible. Como las manillas que percuten en el hueco de una mano que apenas percibe la vibración y su presencia, vibración del movimiento (tic). Escribo, como un minutero, sobre los mismos timbres de la conciencia (tac), sobre los mismos tramos que me subyugan. Así, en esa circularidad, la idea es la expresión máxima de la realidad.
Ser el mismo y otro, permanecer en el movimiento especular que nos enturbia el recuerdo, paraje donde todo termina y donde todo nace, esa es la conciencia de la ficción.


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El futuro penetra en nosotros y acontece en nosotros mucho antes de que tenga lugar. Con unas palabras parecidas, Rilke aleccionaba al destinatario de sus cartas.
He pensado durante algún tiempo en esas palabras. Y también en otras de Julien Gracq: “Escritor. Alguien que cree sentir que algo, por momentos, pide adquirir por mediación suya, la clase de existencia que da el lenguaje”.
El proceso es una mixtura: futuro percibido. Percepción a través del lenguaje, de la lengua, que se conduce a través del escritor. Desdes este punto de vista, el escritor es un médium que anticipa a los hombres una realidad, un conocimiento, una revelación verbal que tiene la medida posible de la lengua, pero que puede tornarse tan grande y tan imprevisible como cualquier espíritu que venga a convocarla a través de la lectura.

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¿Es tan grande un lector de Flaubert o de Cervantes como Flaubert o Cervantes o sólo puede el lector intuir la cifra del escritor? ¿Hasta qué punto un lector no participa de esa mediación? ¿No es, acaso, el que completa o el discurso literario es sin recepción?
Este es el grave problema del escritor. Enquistarse en esta bifurcación de la escritura es una incógnita sin respuesta. Porque escribir es el acto de soledad más humano, pero ¿no empieza justo cuando alguien comienza a leer lo escrito? ¿Es el escritor el primer lector de su obra?
El escritor se transforma en el viaje y en el viaje se transforma en otro.

lunes, 1 de febrero de 2010

Llevo unos días leyendo a Husserl. Me atrae el concepto de la espiritualidad europea. A pesar de que pueda sugerir todo lo contrario, es en esta época cuando lo considero más necesario. Todas estas explicaciones psicológicas, trascendenteales y espirituales... No he dejado de recordar cómo Platón explicaba la configuración de los hombres a través de intervalos musicales y cómo, las últimas líneas de República no son más que una concesión al poder órfico de la música como acción salvífica y dadora de conocimiento y verdad.
Obviamente, la acción de la música sobre los escuchantes, tan bien relatado en el mito de Er, es una demostración de Platón sobre los límites de la filosofía y, en sentido lato, del conocimiento. Sólo el dotado de la virtud sabrá discernir en las esferas la concesión armónica. Esto, llevado a otros planos de la vida, puede hacernos afirmar que sólo los que levantan el velo de lo cíclico, apuran los límites de su propia vida.
No en vano, todas estas disquisiciones de la música, el conocimiento y el hombre me han ido construyendo una idea, más o menos clara, de la poesía. Es a través de estos tres elementos cómo la leo y la escribo.
La dificultad que entraña estas actividades para la mente sobrepasa la capacidad del hombre, incluida su materia. Por eso la música, esta música que suena imparable, que a nada se ata y de nada deviene, contempla en su seno aquello a lo que aspiro, a pesar de no saber ni intuir qué es.
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He comenzado a leer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert. Lo he hecho motivado por las palabras que le dedica Borges en “Vindicación de Bouvard et Pécuchet”. En esa disquisición, ofrece el escritor argentino una interpretación muy atractiva de la obra de Flaubert. Viene a decirnos que la obra está emparentada con la búsqueda misma de la verdad. Esa búsqueda bien puede ejemplificarse de la siguiente manera: el universo es incognoscible. Cuando explicamos un hecho nos referimos a otro más general. Así hasta el infinito. Por ejemplo, la ciencia, según Spencer, es una esfera finita que crece en un espacio infinito. Conoce y explica esa sección, pero lo infinito existe más allá de ella.
Algo parecido le suceden a estos personajes. Bouvard y Pécuchet se han trazado la tarea de explicar el mundo para conocerlo. Ante la imposibilidad, la manía de llegar a una conclusión es una tarea estéril.
Cuando Borges dice, además, que la mayor esfera es sólo un punto en el infinito, está convirtiendo las dos figuras, los dos copistas setentones, en cualesquiera de los filósofos más sesudos. ¿Qué si no un punto en el infinito es la obra de Shopenhauer, qué si no la de Platón?
Esa analogía que plantea Borges desde el texto de Flaubert la tengo para mí como una relación secreta con El Quijote. Flaubert fue un lector atento de la obra de Cervantes y no es de extrañar que las coincidencias surjan de aquí en adelante.

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No debería haber empezado estas notas con las reflexiones del mito de Er. Tendría que haber anotado, sin más ni más, cómo aconteció esta tarde o qué tal han ido las pruebas del libro. Tendría que haber dejado escrito que la literatura moderna tiene el grave problema de querer ser moderna. Y que, de esa ecuación categórica de la modernidad, devienen todas las faltas e inoportunas obras de ocasión.
Copiar, copiar, como hicieron Gouvard y Pécuchet, dejar al menos la lista de los fragmentos que uno ha leído o las tontunas y desmanes que acontecieron en sus días. Quizás alguien llegue, las lea y sea capaz de descifrar el mensaje que nosotros jamás supimos leer ni escribir.

jueves, 28 de enero de 2010

Dúctil nada.

Hoy me he dejado llevar sin miramientos en las clases. Me he olvidado de las leyes, de que soy un trabajador público y he entregado, en carne cruda, al que subyace por de dentro, al cuerpo invisible y paramero que sustancia estas palabras.
Llevaba unos poemas de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez para leerlos con los alumnos, como es práctica común. Comencé con el maravilloso verso que inicia el soneto espiritual “Octubre”. Con el silabeo de memoria, los alumnos comprendieron que la clase iba a ser de esas que, de vez en cuando, desarrollo: sin riendas, ni ataduras. Con los primeros versos, la atención iba creciendo en medio de esos jóvenes sometidos a estos hábitos de antiguas costumbres.
Venía pensando, antes de entrar en el aula, que al cabo de los años manifiesta uno solo las posibilidades que un sistema educativo le permite. Por eso, poseído por la rebeldía, me propuse probar con unos versos. Hacer de la poesía el elemento que detonara otro comportamiento, acaso el más verdadero y claro que se pueda donar a los otros.
Creo que hoy los alumnos han comprendido o al menos intuido que uno disfruta con la lectura porque lo metamorfosea, lo transforma en otro ser que sujeta con sus manos el tiempo. Y hoy el tiempo se arrodilló, por la gracia de las palabras, ante nosotros. Y así lo percibimos. Y así lo escribo en el cuaderno.
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De otro las huellas
dúctiles de la nada
sombras de un hombre

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Sobrevivimos a pesar de nosotros mismos, a pesar de las inexactas rectitudes por las que sometemos a nuestro espíritu. La conciencia es la forma orgánica de la vida. Es la manera de aprehender la naturaleza que nos atraviesa. Y hoy he sido más consciente que nunca.
Lo mismo sucede con la poesía y con el arte, sus formas desmienten las certezas, ya que ellas son versiones de la idea que percute en el poeta. Nunca las certezas fueron fidedignas.
Esas versiones pueden ser renovadas, revisadas por el cambio de entendimiento que nos va poseyendo a lo largo de nuestra vida. Por eso es difícil identificarse con las letras que uno escribió hace unos meses, con los poemas que fueron ejecutados hace años, con las mismas ideas que atormentaron o incitaron desde antiguo. ¿Hay que renunciar o hay que revivir?

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Esta manía ha ido creciendo y apoderándose como lo hacen la tierra y el verde de los campos. Ha ido tomando cuerpo, cuerpo de náyade varada, con cada página, con cada oración de estos cuadernos, como olas pasajeras y confundidas con el salitre. Poco a poco, los pensamientos han ido claudicando a una forma que no encuentra su himno. Y el resto es silencio, como el de los pájaros en el nido de la muerte.

miércoles, 27 de enero de 2010

Uno se entrega a una disciplina y llega a comprender que en ella ha encontrado su forma de estar en el mundo. Con el tiempo, surgen otras posibilidades, otras fisuras por las que uno puede ir volcando la merma de los días, la vida cierta. Puede uno profesar la obsesión por los libros incluso vanagloriándose de ello y aprender que hasta que una cosa no sea dicha no existe.
Pero luego está el mundo, el trabajo, lo cotidiano, el desgaste. Ese despliegue de energías revoca el ingenio, lo adocena hasta derretirlo. Una vez derretido, hay que saber admitir que todas las pretensiones han sido estériles. Como un castillo de arena, quedas desfigurado, tus palabras ya no te pertenecen, no vislumbras ninguna huella de tu persona en nada.
Ante esta situación, en la que todos los elementos se conjuran contra tu presencia, debes imaginar que eres otro. Y volcar en ese otro todos las argucias de la ficción. Cual Prometeo, uncir de barro esa figura, lentamente, hasta irle configurando un rostro. Un rostro que nunca nadie descifre, pero quesea tan enigmático y sobrecogedor que nunca nadie pueda dejar de leerlo.

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Con que rapidez olvidaste aquel poema que arrancó la aurora para entregártela limpia
y quieta. Con qué avidez recuerdas el poema que será escrito, con qué irancundia y sinsentido.


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Hasta ahora, nada. Después nada más.

martes, 26 de enero de 2010

Presencias constantes.

A diferencia de una novela o de una narración larga, en el diario no es necesario echar la vista atrás o releer lo que uno ha ido edificando para poder seguir escribiendo. Es más, la naturaleza propia de estos escritos son el dinamismo, el cambio de entidad, la metamorfosis infinita. No hay principio ni fin, ni autoría ni autoridad.
Esa facultad intrínseca de la confesión o del diario hace que se pueda escribir con un narrador en segunda persona, como hice ayer,escribir en verso, realizar un monólogo o dejarse llevar por la distancia de la tercera persona; olvidarse de un libro nombrado hace poco tiempo o dedicarle un texto al recuerdo más ignominioso que se nos pase por la cabeza.
Es cierto que la novela como tal ha sido capaz de asimilar todas estas variantes de la prosa y que en no pocas novelas el diario es un recurso muy utilizado. A pesar de todo, no tiene el mismo propósito el escritor de diarios que el novelista, y las diferencias son tan amplias como comunes.
En este sentido, tampoco considero que estas cualidades supongan mayor libertad a la hora de escribir. La diferencia estriba en que en el diario, a pesar de su polimórfica secuencia, va atravesándolo una serie de constantes que atraviesan todas las páginas, al igual que en las novelas, es cierto. Pero esas presencias constantes son, en el fondo, los dos o tres temas sobre los que escriben los novelistas, sobre los que pivotan las obras literarias. Ahora bien, el diario es como una fuente incesante, que acaba y termina no se sabe dónde. A diferencia de la novela, cuya emanación termina y concluye en un circuito cerrado.
Como sucede en el microrrelato de Arreola, la amada es el lugar de todas las apariciones del fanstasmogórico narrador que sentencia. Algo parecido sucede en cualquier diario. Hay una presencia, una delicuescente entidad que, al hilo de sus días, va haciendo acto de presencia por el mismo territorio. Ese territorio es la escritura y, a diferencia del fantasma de Arreola, el personaje necesita dejar un mensaje, una creación, una luz especular que lo recuerde para siempre.

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Él pensaba que al escribir en un diario, a diferencia de la novela o de la narración larga, tenía la posibilidad de escribir con los narradores que le viniera en gana; unas veces, en segunda persona, otras tantas, en monólogo y las menos, en tercera persona. Incluso pudo comenzar con un monólogo (ay, vosotros, los miembros de esta lengua de orillas acumuladas…), diálogos, citas, acaso una sentencia. Volcaba sus inquietudes, hacía de la escritura algo más que un ejercicio, lo convertía en novela en marcha, work in progress.
Necesitaba escribir sus autores preferidos, los pasajes que iba subrayando, los anestesiados compases de los ensayos por los que pasaba sus retinas. Hasta que pasó la línea de sombra, de la glosa y la alusión, a la confesión ensimismada. Y así nació su diario.
Así escribió sobre mí mismo, que lo invoco y los conmuevo.

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Después de tantas referencias, alguien dijo, al leer a fray Luis estamos leyendo a Horacio; al leer a Garcilaso, hacemos lo propio con Petrarca.
Entonces comienzo a pensar en los versos de Garcilaso y logro, al menos por unos momentos, al menos cuando silabeo algunos versos, maravillarme. Escritura permeable, escritura de la imitación creativa, escritura del talento y la selección, en pleno diálogo con los mejores logros, en el mayor lugar de las apariciones.
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Estoy seguro de que si Cervantes hubiera escrito unos diarios, estaríamos hablando de la mejor obra del autor de El Quijote. Unos diarios o unas notas sueltas que hubieran recogido las reflexiones del autor como si en ellas invocara una parada y fonda, un lugar de confesiones. Muchas veces lo he imaginado, incluso las anotaciones que hubiera podido hacer en referencia al Quijote: sus personajes, refranes, técnicas narrativas, lecturas. Hubiera sido, sin duda, una de las maravillas de la literatura en crudo, pasada por el cedazo íntimo de un genio.

lunes, 25 de enero de 2010

Si todas estas notas no fueran más que la evidencia de una grafomanía acuciante, entonces dejarías de escribir en estos momentos. No consisten estos ejercicios definitivos en una patología escrituraria, sino más bien en, nada más y nada menos, una cuestión de conocimiento. Escribir es comprender y comprender, un ejercicio de conocimiento.
Así lo entendió Paul Valéry al iniciar sus Chaiers y así lo fue demostrando a cada paso del mismo. Lo aprendió de la disciplina y el afán de Leonardo da Vinci con la vida y el mundo.
Cuando el escritor Óscar Wilde decía: “Esto no es un ensayo, es la vida”, encerraba en sus palabras un alegato al conocimiento. Eso, crees, es lo que falta en la literatura de los últimos años. Creaciones tan rotundas como la fisura de una nueva forma de contemplar el mundo.
Cada día, sin la preocupación de terminar la obra, escribes. Tienes que darle comienzo al discurso en que eres y tu escritura es esa sucesión. No sé lo que te restará de todas estas notas, si la figura de un hombre, el reflejo de un narrador atiborrado de sí mismo o dos o tres frases felices. De cualquier forma, será tu póstuma vindicación de un sueño, la rebeldía por el conocimiento a pesar de saberte finitos.

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Hay algo paradójico en esa conciencia griega de la mortalidad. Es ella, la plena conciencia de ese estado, lo que lleva a los hombres a adoptar las posturas más templadas ante la vida. Pero también es el argumento con que nos vemos incapaces para todo.
Hay que aceptar y comprender que jamás veremos la vida completa de un hijo, jamás seremos testigos de la vida de todos nuestros amigos, nuestros objetos, jamás llegaremos a atestiguar cómo y dónde son leídos los poemas o las páginas que escribimos. Serán más allá de nosotros, serán en el futuro en que nunca habitemos, en que seremos olvido. Sin embargo, el impulso, mientras estemos vivos y conscientes, es amarlos como si se nos fuera la vida en ellos. Tal que así con la escritura o con cualquier disciplina artística.

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Pronunció: la mortalidad es el estado natural de la vigilia. Y con él callaron los silencios.

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Tengo por seguro que los títulos de estas notas han ido desapareciendo por la fuerza de la abstracción. Con una palabra basta; sin palabras es imposible pensar el mundo, sin el silencio, escribirlas.

domingo, 24 de enero de 2010

Lo que fui aun siendo un será.

El dolor persiste. Tiene voz de sochantre. Punzantes son sus pasos sobre mi espalda. Y parece enquistado en este cuerpo sufriente y maltrecho. Pero pocas son sus verdades sobre mis carnes, porque la miseria humana es lástima y dolor acumulados y conciencia de ellas. Sobre todo en España, en la antigua tierra de neguijones y santurrones que perpetraban por las calles las formas complejas de la vida en sociedad. A ellos me entrego, a su memoria y a su poderío, a sus hechizos y retahílas, a sus ungüentos y predicas que clamaban a no sé qué cielo. Porque el dolor nos ha invadido la vida y pretende acabar con ella en estos tiempos modernos, de traca y berrinches, de lábiles cuerpos sometidos a la usura del dinero y los fármacos.
Pienso en Cervantes, en Quevedo y en la vida dolorosa de aquellos tiempos de gañanes y pícaros. ¿A qué viene este dolor? No conseguirá distraerme de este diario, porque el bálsamo que produce de su blancura es único, incierto e imperecedero. ¿Dónde queda el dolor que no es del alma en la literatura? Quedan en las páginas que no se pudieron escribir. Pero contra eso lucho, contra eso, contra la virginidad que el dolor traslada al cuaderno.

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Escribió Diego de Torres Villarroel, en su Vida, que "mi vida, ni en su vida ni en su muerte, merece más honras ni más epitafios que el olvido y el silencio”. Qué fabulosa manera de sacudirse este acompañante que siente nuestros dolores y que piensa, la mayor de las veces, con el ánimo cansado y torpe. En muchas ocasiones he imaginado la narración de mi vida desde la muerte. Sinceramente, no encuentro otro punto de vista que ofrezca mejores posibilidades. Cuando he tratado de hacerlo he llegado a la conclusión de que habría que inventar un nuevo género literario basado en las memorias. Unas memorias de un señor que ha muerto, pero que ha venido al mundo sólo para contarnos su vida. Esas memorias serían, toda ella, una prolepsis formidable y los críticos jamás tendrían que dilucidar si tal o cual dato es real. Ya que si inventamos los recuerdos, ¿por qué no inventar la memoria futura?
En una ocasión le dije a un escritor con más edad que yo que tenía intención de escribir un libro de memorias sobre una vida que jamás había ocurrido, pero que sería la mía. El señor se quedó mirándome con la cara perpelja y me reprochó que para escribir hay que haber tenido una vida. Claro, le dije, lo que ocurre es que el que no tiene una vida, como, el que vivie en una vida que no es la suya, necesita inventársela y escribirla. Mutis en el foro.
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A continuación, nos convence Diego de Torres Villarroel de que se siente ánima del purgatorio y que por eso escribe su vida. Esto es exactamente lo que hay que declararse para poder escribir, además, con las vanaglorias celestiales. Un vida inventada es lo que quiero escribir cada día; inventar sus recuerdos, pero también sus actuaciones futuras, dejar dicho antes de que suceda qué libro, qué imagen, qué amor será el suyo. Cuando eso haya sucedido, a pesar de que sea un trabajo inmemorial y rotundo, podré regresar de las catacumbas y aposentarme en las letras que dijeron lo que fui aun siendo un será.

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Cuando uno despierta ocurre el prodigio que consiste en una aglutinación del tiempo. Lo que fue, lo que dejó de ser siguió siendo y, además, es ahora. Esta evidencia se precipita del sueño, del estado en que somos más nosotros, la pluralidad que nos engulle. Por eso, esta mañana, cuando desperté, comencé a mirar a mi alrededor como un recién nacido, como lo que soy todas las mañanas, un recién llegado al mundo en el que estuve. Por eso la vida es sueño y la muerte verdad, porque con la muerte no volveremos a tener esa sensación estancada y cíclica de que vivimos a pesar de nosotros mismos.

Una curiosidad histórica.

Andaba el otro día leyendo una de las mejores obras literarias escritas en verso, La epístola moral a Fabio, del capitán Andrés Fernández de Andrada. Resulta que, después de soliviantar mi conducta con estos tercetos tan maravillosos, después de convertir la tarde en una cadencia atercetada a ritmo de moralidades, leo en una carta que Fernández de Andrada estuvo en Sanlúcar el 15 de julio de 1596. ¿Por qué motivo estuvo aquí el poeta capitán?
Escribe Andrada una carta familiar y noticiera fechada el 15 de julio de 1596 desde Sanlúcar. La carta está inscrita en relación a la toma y el saqueo que se produjo, en ese año, por parte de los ingleses, de Cádiz. El hecho, sin duda, es de los más estrambóticos de la antiquísima provincia en la que vivimos, así que no vamos a relatar con detalle en qué consistió. Nos quedaremos con que una armada de la flota inglesa entró por Portugal hasta llegar a Cádiz. Los ingleses comenzaron a liberar a todos los ingleses que había en la ciudad y a consumar su posterior saqueo y quema. Ante estas circunstancias, gente de las ciudades vecinas acudió al rescate. Especial importancia tuvo la ciudad de Jerez en esta defensa.
Andrada estaba en Sanlucar. Había llegado de Sevilla. La carta la escribe una vez que llega a Sanlúcar y se entera de la quema de la ciudad de Cádiz. En la carta rinde cuenta de las actuaciones que se realizaron para paliar el enfrentamiento. El poeta hace referencia a una serie de futuros ahorcamientos a desertores en Sanlúcar, práctica que se había ejecutado en Jerez y El Puerto con anterioridad. El arzobispo de Sevilla era opuesto a este tipo de prácticas y pedía que se le solicitaran, a pie de horca, clemencia. Sin embargo, el tema al que más tiempo e interés dedica Fernández de Andrada es al “delito de los clérigos”. ¿Cuál era ese delito que tanto le inquietaba?
Parece ser que hubo un conflicto de jurisdicciones entre la eclesiástica y la castrense, ya que muchos de los desertores se habían refugiado en las iglesias a sabiendas de la posible impunidad que podían alcanzar. En este sentido, en Sanlúcar es posible que algunos clérigos debieron de ejecutar actos que la castrense consideró delitos. Por ese entonces, don Rodrigo Ponce tenía el mando de las fuerzas que estaban en Sanlúcar y prefirió remitirse a la templanza. Desvió el asunto a otras informaciones.
Más allá de la exactitud de los datos aquí expuestos, lo emocionante es que Fernández de Andrada estuvo en Sanlúcar a finales del XVI y que el dato me llegó a las manos cuando disfrutaba de la lectura de sus tercetos. Una relación entre literatura, vida y ciudad que hace de este territorio un lugar más enigmático y profanado por mi conciencia. Sólo resta que, a partir de ahora, comience a indagar los lugares en los que pudo haber estado asentado Andrada. Ya la ciudad ofrece nuevas cadencias.

Un dolor es algo profundamente serio.



Hoy la vida pudo con la escritura. Este dolor en las cervicales me está aproximando al paroxismo. Me ha incapacitado para poder escribir. Ágrafo total. Violín sin cuerdas. Piano mudo.
Cuando no se puede escribir no se debe ni siquiera dejar el rastro de ese fracaso, de esa tentación del fracaso. Pero qué difícil, a veces, resulta no darle a ese trabajo la aspiración repentina de algo digno, emparentado a lo lejos con una escritura concertada, como ese recuerdo que convive con los que jalonan tu memoria que, apesra de su insustancialidad, aperece aledaño a la memoria suficiente.
Se me viene a la cabeza esas pinceladas arrinconadas que reflejaban cómo Velázquez limpiaba los pinceles en las esquinas de las obras de envergadura. Así sean estos textos de hoy, rincones en que se vuelca lo sobrante, en que se limpian los colores que no importan, que debieran haber desaparecido sin haber sido nombrados nunca.
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Hoy, por fin, compré el Álbum de Juan Ramón Jiménez publicado en 2009 por la Residencia de estudiantes. La edición es una delicia en todos los sentidos, sobre todo por las páginas biográficas de Javier Blasco y de, cómo no, Andrés Trapiello. Además, la edición está cargada de fotos inéditas, facsímiles de primeras ediciones o cartas manuscritas hasta el momento nunca publicadas. Toda la tarde enroscado entre estas páginas, en esa “ética estética” que proclamaba el poeta. Y confirmando la grandeza inadvertida del poeta, aún inadvertida para tantos.

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Siempre he comprendido a los que no les agrada la figura y los libros de Francisco Rico. Y lo entiendo a la perfección porque suelo leerlos todos, a no ser que alguno de su bibliografía no esté en las baldas de turno. Llega ahora, como del cielo, una reedición de Figuras con paisaje. Otra obra genial, totalizadora, erudita cercana a la iconografía, pero sobre todo al ejercicio filológico en toda su profundidad y dimensión.
La prosa de Rico es un ejemplo de conocimiento exhaustivo de la lengua: sus giros, sus recursos, el uso adecuado de refranes y clichés que vienen a renovarse en sus páginas. Siempre me sorprendió la capacidad para maridar la soberbia prosa de corte erudito con la presencia del acervo popular del habla. Los capítulos dedicados a Velázquez son de las mejores páginas escritas en un libro con aspiraciones filológicas en su sentido más primitivo.

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Comencemos por la génesis de este día: el maldito dolor punzante, el dolor peliagudo de aliento insufrible, el dolor de torres de marfil, el dolor del infinito instalado en los huesos, este dolor, ay, este dolor de trincheras quemadas. Este dolor de espalda que me atraviesa no parece que vaya a exiliarse voluntariamente. Deberé convivir con sus monólogos de indescifrables metáforas.

viernes, 22 de enero de 2010

Venía pensando, mientras conducía, en el extraño fenómeno que sucede cuando alguien decide escribir un poema o escribir una página más allá de géneros o dictados formales. Son varios los elementos que se ponen en funcionamiento, varias las relaciones que se establecen entre un ser pensante, una realidad pensada, unas palabras nonatas. En realidad es una relación triangular, establecida en tres vértices, pero también es cierto que todo surge del pensante de turno que azota su realidad manida.
Venía pensado que, si la poesía, según la percibo, es una indagación sobre una realidad que todavía no ha sido proclamada ni verbalizada, esa misma realidad se debe sentir invadida. Es decir, la poesía es una invasión de una realidad jamás percibida.
Pues bien, hoy he sido el que se ha sentido invadido, cercado por los bárbaros responsos del verbo.
Esto significa que la realidad existía antes de ser nombrada. Pero no creo que eso ocurra efectivamente, sino que es la percepción de esa realidad (a través de materiales e instrumentos diversos: la memoria, los sentidos, los recuerdos, la naturaleza, las lecturas…) la que opera en la creación literaria. Por tanto, la creación poética es una interpretación de una realidad que está surgiendo a medida que se va pensando; que fue mirada especular.
Si partimos de este punto, entran en conflicto algunas consideraciones que se acercan a la filosofía. Por ejemplo, la realidad que ha sido invadida, ¿existía? ¿o ha ido siendo invadida a medida que la palabra la iba tomando en su seno? Es difícil poder escribir sobre este asunto sin utilizar perífrasis o circunloquios verbales para poder explicar ese acontecer inexistente y fugitivo. Y esa incapacidad de la lengua es un claro síntoma de la ineficaz aprehensión de la realidad tal y como se percibe.
El concepto estarsiendo es de una oscuridad interpretativa que sólo podemos entenderla gracias a los griegos, genios que hicieron la propuesta estratégica de conceptualizar el tiempo con otros parámetros. Sin embargo, cada vez creo que el conflicto que mantenemos con el tiempo reside ahí, en esa estancia fugitiva que las palabras, temblonas y maleables, nos dejan por incapaces.


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Mientras conducía, las lomas cargadas de albariza acompasaban estas incursiones mentales. Las siluetas de estas lomas son como cuerpos de mujeres flotantes. Sus líneas son delicadas fisuras en el horizonte y el sol, la luz, los pájaros ambiciosos se revuelcan en sus tímidas curvas. Como unos labios translúcidos abrazando en la noche la piel, silabeando los trazos del deseo. Como unas parras estrépitas y avarientas he poseído ese paisaje con mis ojos, donde nunca verán mis ojos y he creído en la inmortalidad y eso me ha entristecido por mi condición.

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Ayer compré Vidas minúsculas, de Pierre Michon. Comencé a leerla esta mañana, mientras atendía a unos alumnos despistados. La primera frase del libro es un declaración de principios: “Entremos en la génesis de mis pretensiones”. Con esta oración se puede iniciar cualquier novela, se puede dar pábulo a cualquier nota en un diario: génesis, entremos, pretensiones. No hay más verdad en un diario, en este por supuesto, que las pretensiones de narrar el movimiento genésico que se reconstituye diariamente. Cuando eso no sucede, cuando ese mecanismo de la ficción deje de operar en la mollera del que escribe, se terminará este cuaderno. Y con el el ser de ficción que la escribe. Y acaso su sombra aledaña.

martes, 19 de enero de 2010

Un nacimiento.

Cuando he llegado a casa me han dado la noticia: ha nacido la hija de unos amigos. Me he alegrado en demasía, ya que hemos sido testigos de cómo el embarazo ha ido ocupando los días, las horas y la vida de sus padres incluidas las nuestras.
Aunque ellos no sean lectores de estos diarios, aunque ellos no tengan ni la más remota intuición de que yo estoy aquí refiriéndome al nacimiento de su hija, Ana, me siento como el narrador de una novela que atestigua las intimidades de uno de sus personajes, a pesar de que esas intimidades vengan cargadas de emoción y beneplácito.
Bien pensado, hay en estos ejercicios la distancia más errante que se consigue entre realidad y ficción y que más dificulta la ficción. Una lejanía necesaria y complementaria, ya que la realidad total del acontecimiento debería incluir estas notas de diario.
Su desconocimiento no anula su existencia. Alguien, en algún momento, enseñará a la niña de ahora (ya mujer y con hijos) estas notas del día de su nacimiento. O todo lo contrario, estas palabras (y eso es lo más probable) nunca formarán parte del conocimiento de este mundo de esa niña. Serán sin que ella haya participado ni las haya leído, serán a pesar de ella. Y esa es la ficción. Por este motivo, alguien puede imaginar que esto que relato no es más que una invención más, una de las tantas que han completado estos tres años de dedicación en el trópico. ¿Y qué? si el hecho es cierto una pura invención, ¿qué importa para la literatura tal o cual circunstancia?

Cuánto no se nos queda en la incomprensión y cuánto no se nos hace invisible. Imagino que nuestras vidas están escritas en algunas páginas que jamás conoceremos, en algunos poemas que serán desconocidos para siempre. Incluso puede que estemos registrados en alguna pintura que pervive, a pesar de nuestro desconocimiento, junto a nosotros, más allá de nosotros mismos. Por eso en la vida no deberíamos atestiguarlo todo, más bien, tendríamos que entender, con la suficiencia de la mortalidad, que sólo somos una parte de nuestra vida.
Así entendido, y con esta insuficiencia aceptada, la vida no sería más benévola, pero sí estaría subordinada al dictado de la templanza. La templanza aviva la pasión, porque en ella el deseo se mantiene constante.

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Canto de invierno
la lluvia reverdece
pluma del árbol.

lunes, 18 de enero de 2010

Aprendiz.

Pienso que el aprendizaje del escritor reside, casi exclusivamente, en la forma que elije para sus composiciones. Ese aprendizaje al que me refiero es la consecuencia de los cambios de credo que en muchos poetas, por ejemplo, es tomado como una traición a un estilo, a un compromiso, a una generación inexistente.
Nada más contrario a la individualidad. Lo cambiante, la sed de espacios nuevos es consustancial a un espíritu motivado y necesitado por la creación artística. Por tanto, no hay extrañeza en esos cambios que, de repente, le sorprenden a uno en tal o cual narrador, por ejemplo.
A todo esto, huelga nombrar el estilo, la singularidad o el talento individuales como elementos que aparecen desde las primeras composiciones. Brotan púberes, incompletos, pero dejando su presencia. Se reconocen estas marcas individuales, envueltas en disposiciones sintácticas o léxicas, cuando la obra ha tomado el cuerpo necesario y suficiente. Entonces puede uno valorar, con esa perspectiva, cómo fueron los arranques. Ahora bien, si el artista no consigue abandonar esos balbuceos siempre serán tomados como tales.
Uno aprende a leer en los clásicos que la adecuación a un cauce apropiado es determinante. Ayer, por ejemplo, al leer La Epístola moral a Fabio, de Fernández de Andrada, fue todo tan claro, todo tan claro y de una evidencia… Lo mismo sucede con fary Luis o san Juan, Quevedo o Lope.
Igualmente, al contrario. Hay obras literarias fallidas no por la idea o el pensamiento que maneja el autor; tampoco por la trama que se desarrolla. Hay obras que necesitan de la prosa sin ambajes, del verso sin establecimientos métricos, pero también hay expresiones que, para alcanzar su fin de la forma más perfecta debe acompasarse a la rima, a la métrica o al molde novelístico más encorsetado. Esta compostura es, con mucho, un concierto insólito en los autores clásicos. Hya logros y maravillas en verso regular y en verso desligado de rimas y ritmos constantes. Novelas, como del alma que brotaron de la exprimentación, pero tambi´ne otras cargadas de mesura y claridad, con la escritura limpia y reluciente como un mundo inaugurado.

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Escribir un diario es un ejercicio de musculatura que no puede oxidarse ni mantenerse en resaca. Por eso, se asoma uno con miedo y reticencias a este cuaderno en blanco. Blanca impostura. Es una evidencia que el narrador de estos pasajes termina por convertirse en un personaje más, porque la confesión otorga a los otros, a los lectores, los entresijos de una palabra suelta, suelta en la intimidad.
No persigo nada más que desdecir a este hombre que me acompaña y que parece habitarme a diario. Este hombre cansado, que vuelve de su trabajo con la mirada cargada de anhelos, de mañanas perdidas, de tiempo sóloo recuperable por la orden y gracia del amor.
El miedo a que aparezca una circunstancia demoledora es un acicate que cada vez más tienta esta inclinación diaria a que suceda lo que a Sándor Márai con su esposa. Hoy, por ejemplo, Rafael me ha recordado aquel año en que Márai entregó sus días a la muerte de su mujer; que entregó sus días a la fantasmagoría que atenuaba su presencia a la luz del exilio.
Un cataclismo puede proclamar en un diario que, incluso los diaristas, envejecen. Sin embargo, narrar los días al ritmo de la prosa es la mejor manera de cantar sus virtudes. No encuentro un homenaje mejor a esta vida que celebrarla con palabras, con las misma que me hacen y construyen como ser impenitente.

domingo, 17 de enero de 2010

Un cuento en otro.

Las páginas de este diario son un cuento en otro, ideas sobre la misma idea, palabras sobre la misma palabra. Exactamente dispone las aciagas manías de la vida, con los bucles de una especie que sigue pronuciándonos como sueños bastardos.


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Le cosmicomiche (1965), de Italo Calvino, ese es el libro que ha elegido M. para su segunda lectura en italiano y lo hace con un entusiasmo renovado, con las ansias de saberse en manos de una lengua que tantas satisfacciones le otorga. Mi expectación, por otro lado, es más bien admiración, pero, al tiempo, aprendizaje, porque con sus lecturas yo me ofrezco como si asistiera a un concierto polifónico de lenguas emparentadas, aunque con sonoridades distintas.
El sábado, en Sevilla, comenzó a leer una entrevista que sirve de introducción al libro. En esa entrevista, Calvino deja algunas consideraciones sobre sus influencias, entre las que nombra a Borges, y su actitud ante estos relatos que conforman el libro. Me ha parecido necesario escribir en este diario que esas ideas de Calvino hay que pensarlas una y otra vez, por eso las escribo.
Con este libro, Calvino combinó la poética con la creación; hizo con la practica lo que pensaba de la literatura. Esta idea no hace mucho que apareció por estas páginas.
Escribir el mismo relato, la misma página una y otra vez. Incluso imaginé que Vila-Matas había escrito una página secreta, idéntica, que iba introduciendo en todos sus libros sin que ningún lector llegara, con sus sospechas, a encontrarla.
Dice Calvino que cuando un escritor termina una página nunca es el resultado de lo que tenía pensado. Esa incompatibilidad total entre las ideas y el resultado final mediante la palabra, hace posible que un escritor pueda volver sobre el mismo relato, pero con nuevas aportaciones. Escribir la misma página una y otra vez, y pulir. Y volver sobre ella con nuevas palabras, sin eliminar las antiguas, solo las que ofrezcan el sonido de tus pasos nuevos por la obra.
Pasado un tiempo, las interpretaciones pueden situar la creación en otra situación comunicativa, como le ocurre al Quijote de Piere Menard. Es otra la cuestión en este asunto. Calvino atina al describir esa misión incompleta de los escritores porque todos sus textos no son más que bastardos de la inexactitud, herederos de una parte del robo simbólico, fugaz e incompleta sustancia del pensamiento.

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Dos conclusiones me dejan meditabundo y con las manos repletas de soles caídos. Las leí esta mañana, pero todavía no he logrado desgajarlas de su extrañeza y rotundidad: “Los dibujantes puros son filósofos y alquimistas de quintaesencias. Los coloristas son poetas épicos”. Estas palabras las escribió Baudelaire en Críticas de arte, exactamente en un artículo titualdo “Del color”.
No sé cómo trasladar estas apreciaciones a la literatura, si lo necesario es equipar, como hice el otro día, el dibujo a la pintura y el color a la prosa o si aceptar, de una vez por todas, que es indisocibale la relación entre la poesía y el dibujo.
Quizás, para salir de este conficto, puedo escribir, la poesía es dibujo de quintaesencias y el poeta es un filósofo del color, a pesar de los fines distintos que persiguen una y otra disciplina. Pero qué si no fue Antonio Machado, poeta ayer, hoy triste y pobre filosofo trasnochado; qué no se esconde y se enreda entre los versos más imponentes de los hombres.

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A oscuras, con los dedos encendidos como candelabros de aceite, que arden y desafían las aguas de la noche, me detengo ante ti y te pronuncio. Te pronuncio como lo hacen los pájaros que emigran y danzan en los cielos cubiertos, te pronuncio en la lentitud de los recuerdos, de los mundos diversos, en esta rebelación que eres ante el mundo.

viernes, 15 de enero de 2010

Eso otro.

Si quisiera ser música, lo primero sería dejar de existir (acabo de convertirme en una sinécdoque de la propia creación, ya engullido por ella, ya fagocitado por ella). Porque la música no existe en referencia a nada y esa falta de referencialidad, llevada a la poesía, se convierte en simbolismo. Y ese simbolismo es la creación de un mundo ajeno, fundado, que va haciéndose (de no sé qué ropajes, ay), pero que utiliza los mismos sonidos que el mundo utiliza para seguir siendo. Qué difícil decir qué es este mundo que se deja para profundizar en el simbólico (¿se llega a abandonar totalmente o es una estancia compartida?), ¿real, material, presente, acaso?
La nada ya la tengo. No soy más que un vaso que contiene aspiraciones de otras vidas ya fundadas fuera de mí.
El simbolismo, en poesía, es una virtud de la palabra, quizás la mayor virtud, porque refunda sus formas complejas; esparce su semántica más allá de cualquier interpretación. Y hace nuevo un mundo que se nombra, que va tomando matices a medida que va nombrándose, que se fecunda con la sonora claridad. Mundo extraño ese, ínsula variada, edificante defunción.

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Argenteado
el mar parece muerto.
Sangre de luna.

Rumor oculto
una luz nos proclama
sobre el silencio.

miércoles, 13 de enero de 2010

El gran martirio deleitable.

Con cada palabra que cincelo en este cuaderno voy alargando el martirio deleitable de la escritura. Sobran las vanidades que amenazan con extraviar la consigna del escritor, su entrega, su fidelidad a la palabra.
La escritura es un acto de conmoción proteica, es genésica vértebra de la palabra. Por ello, uno debe arrojarse sin mediaciones a sus deberes, al inevitable furor de la escritura. Hace años le preguntaron a José Antonio Marina cómo aprovechaba tanto el tiempo para leer y escribir. Marina aprovechó esta pregunta para sacar a la luz su condición de alumno aventajado y dijo que, su maestro, Gregorio Marañón, afirmaba que le era posible el estudio de la medicina, la escritura, el arte o la filosofía porque era un trapero del tiempo. Hay pocas definiciones más afortunadas que esta. Y desde que la escuché, no he dejado de intentar convertirme en uno de esos traperos, porque he comprobado que, entre la vacua aparición y las obligaciones sociales, siempre hay una grieta, un puñado de minutos que están a la espera.
Igualmente, se confirman mis sospechas: no hay momento idóneo para leer o escribir. No existe el preparativo para poder escribir. No debe exigir uno nada más que lo que resten de los días. En esos restos, debe volcarse el trabajo como un derrumbe apocalíptico, pero de amanecidas virtudes. De no ser así, la lectura y la escritura serían velados frutos sin raíces.
Es cierto que el tiempo no asegura el buen trabajo y que el talento y la genialidad están al resguardo de no se sabe qué capacidad del hombre. Incluso puede pensarse que el talento tiene sus momentos, sus años, y que puede llegar a desaparecer sin más avisos. Le ocurrió, por ejemplo, a Claudio Rodríguez y al mismo Jaime Gil de Biedma, obviamente en mi opinión.
En este sentido, las palabras que dedica J.R.J cuando Ciprinao Rivas Cherif le pregunta qué es el arte, me sugieren todo un mundo cifrado y una enseñanza clara, como claros eran los sones de su lucha: “el gran martirio deleitable”.

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Leopardi lo pregunta en el canto XXIII: Canto notturno di un pastore errante dell´asia: “¿Si la vida es trabajo, por qué la soportamos”.

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Entregarse es renunciar, igualmente. Hay un gesto de improcedente negación, de inconsciente inmadurez cuando uno dedica todo su tiempo a una o dos actividades. ¿Dónde queda el mundo con todos sus sones? Nuestra inquietud es el estado de la ingravidez. No sé, con Leopardi, si se equivoca el pensamiento al ver la suerte ajena y piensa éste, a su vez, que los astros, el viento, la luz, la luna inmensa, los adioses, no tienen asidero en el recuerdo, no tienen conciencia de su ser.
Si la única consciencia que nos queda está relegada a una aspiración en el mundo, no creo en la vida, no creo en sus látigos de fuego. Mas no por ello dejaré de avivar el espíritu y de acercarlo a cuantas manifestaciones lo atraviesen, sean estas del orden que sea. Ninguna certeza ha sido pronunciada al completo, porque las palabras se apagan cuando van transformándola en sonido. Y aparece el silencio. Y ellas las recubre. Y en el silencio toda verdad es del individuo.

martes, 12 de enero de 2010

Anónimo estar.

Dice Berger que en el anonimato se encierra buena parte de la materia de la humanidad y que es en ella, a través de ella, como podemos llegar a conocer al hombre de una manera más fiable y universal. Creo en el anonimato, porque el anonimato es la materia de la ficción: un ente dicho, que dice, que surge sin método y que además desvincula cualquier consideración biográfica o determinista a sus hechos. El anonimato es la creencia en el ser sin espíritu, en el logro sin rastro. Todos los personajes, todas las voces líricas, son anónimas, desconocidas e insurgentes.
Detrás de un hombre quedan, dice Emilio Lledó, o hechos o palabras. Hace poco tiempo, utilicé esta referencia de La memoria del logos para proclamar la fuerza fáctica de la palabra, de los hechos que acontecen en su seno.
Esta mañana me detuve, por un tiempo nimio, a contemplar las actuaciones de los compañeros. Observé que ninguno de los actos que una persona realiza durante su vida queda en la memoria de sus allegados y de los otros; que las miles de palabras que enunciamos no son más que las gotas de lluvia que acamparon temprano por la tierra: olvidadiza actividad esta de estar vivos.
Tan solo los hechos y las palabras son recordadas, pero los hechos que ahuecan, que desfiguran el tránsito manido con que nos arrojamos a la vida.

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ALGUIEN DEBE ROBARME LA CONCIENCIA

Probablemente pertenezco
a otra vida que nunca ha sucedido;
y tengo la certeza
de que escribo los versos al dictado
de otro hombre que imagina estas palabras.
Este poema quiere, por lo tanto,
decir las obviedades de lo ajeno.

Decir
alguien debe robarme la conciencia
todas las tardes
con sus sueños, su vida, sus palabras.
Decir
alguien, acaso un hombre,
viene a tañer por esta boca,
por el sonido lento que la invade:

que sean en mí tus sueños,
que el porvenir fecunde, memoria inconcebible,
la escritura que finge tu existencia
de estancia fugitiva.

lunes, 11 de enero de 2010

Un pintor de hoy. Ayer somos.

Esta mañana me han visitado unos amigos del pueblo. Entre ellos estaba un antiguo compañero con el que compartí vida durante un lustro y pico. D. se tituló en Historia del Arte al tiempo que fantaseábamos con diálogos que desafiaban la noche cubierta de ilusiones. La amistad llegó a fraguar una relación que aún mantiene la misma claridad de entonces y que renueva cada vez que nos vemos, porque sabemos que nuestra educación sentimental brotó de las mismas aguas. Decía que vinieron unos amigos y con ellos los años antiguos; con ellos los tiempos en que uno aspiraba a escribir como quien marca en el agua una línea invisible. Demasiada verdad había en aquellas palabras exaltadas. Estábamos imbuidos por lo que la cultura iba ofreciendo en racimos: un psicólogo, un pintor, un estudiante de Historia del Arte y un filólogo con vagas aspiraciones literarias.
No deben caer en el olvido todas las interpretaciones que perpetrábamos del mundo; no deben convertirse en pasto del olvido. Por eso, con la visita de este amigo, he querido escribir los recuerdos que le acompañan y que me pertenecen tanto como a él. Sin embargo, aquellas vidas que compartimos durante tantas horas ya no nos pertenecen a ninguno de los cuatro. Son recuerdos, imágenes que encrespan la memoria y que ofrecen el dictado rumoroso de otros tiempos. Aquellas vidas han quedado relegadas a lo que recordamos de ellas y es posible que David ni siquiera se haya dado cuenta de que mientras hablaba de su trabajo, de sus últimos logros y de sus manías modernas, yo no le quitaba la mirada de encima, porque pretendía ver a través de sus ojos la luz, la certeza de que fuimos nosotros.

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Un pintor de hoy, de John Berger está cargada de páginas hermosas que reflexionan sobre la creación artística y sobre la figura de un pintor que trabaja incansable y decididamente en su obra. Son varias las virtudes de Janos Lavin, el pintor húngaro que desparace, el escritor del diario que se encuentra un amigo y que vertebra la novela.
Comparto muchas de las sentencias que atraviesan el diario, más allá de proclamas m´´as o menos a favor de tendencias políticas que han quedado resueltas en otros finales.
“El día libre que me tomé ayer terminó fatal. El pintor no debe dejar la pintura nunca”. Hago extensivas esas palabras para los escritores y esa es la sensación que me persigue después de esos llamados días libres, horas sueltas, tiempo libre en que uno se siente cualquier cosa menos eso, libre. A este tipo de declaraciones en referencia al trabajo diario y al compromiso del artista se suman otras de corte más filosófico y teórico, en que se mezclan propiedades del dibujo con el pensamiento en clave metafórica: "Si uno dibuja una serie de líneas paralelas bastante juntas y luego otra serie de líneas en sentido diagonal, cruzando a las primeras, tendrá el ejemplo visual más sencillo del proceso dialéctico. Lo que se suele llamar una retícula. Ahora bien, si observas los diamantes, recordando que cada uno de ellos ha de ser dibujado, te abruma la envergadura y la complejidad de la tarea. Esos diamantes son como el futuro por el que trabajmos. Hay que tener valor. Ya tenemos la primera serie de líneas: sólo nos falta cruzarlas". Este cruce entre la vida y el arte es un tema que me fascina desde antiguo, porque considero que la distancia sobre la vida de uno otorga la virtud del mirar y del escribir, por eso Pesooa ha estado siempre delante de las páginas que he escrito, y Cervantes, y Kafka y Proust.
En algunas páginas se deja ver la maestría y el conocimiento del propio Berger disueltos en boca de Janos Lavin: “El rosa y el ocre, con una pizca de cobalto para envejecerlos, despiden más calor, más temperatura que el cadmio o el cromo puros. El calor es una cuestión de la relación de los azules con el resto. El calor es resonancia, no brillo”. Hay profundidad literaria en pasajes como éste, como de las mismas manos que quedan embadurnadas con pastel u óleo. No deja de sorprenderme otro tipo de advertencias del tipo: “La actividad más profunda de todas es la de dibujar. Y la que más exige”. Detalles concretos, aspectos singulares de la pintura que no frenan en el lector sus ansías de deleite. ¿Cuál sería la actividad literaria más profundad y la que más exige? La poesía es mi respuesta, sin duda.
Sin embargo, las entradas del diario de Janos Lavin que más y mejor he saboreado han sido las que tejen relaciones entre el arte del Renacimiento y el arte moderno. Las relaciones que establece son continuas, del tipo: “¿Cuánta gente cree que en el Renacimiento hubo grandes dibujantes a montones? Pues no hubo tantos. Sólo tres o cuatro artistas renacentistas pueden equipararse con Degas como dibujantes. Lo que tenía el Renacimiento era un método, una forma de dibujar; entonces, una persona podía enseñar a otra a dibujar. Hoy faltos de método y de tradición, una persona sólo puede decirle a otra: observa la naturaleza. Obsérvala y haz lo que puedas con ella sobre el papel”. Me pregunto si es posible trasladar estas reflexiones a la literatura. Considero que en el Renacimiento había un método, un principio, la imitatio, la lectura de Horacio, Petrarca, Virgilio o Dante y que quizás ese era el método con el que un escritor observaba la naturaleza. Ahora..., sí, obsérvala, obsérvala y escribe lo que puedas, a pesar de lo que puedas equivalga a sombra, a humo, a polvo, a nada.

domingo, 10 de enero de 2010

Con la nieve en las manos.

Con la nieve en las manos, sin guantes, cree uno estar en posesión de algún elemento mágico que ansía ser destruido. Por eso, ayer nos lanzamos bolas de nieve como dos niños que exploraban, con la inocencia de los primeros años, cómo se deforma la realidad de un solo golpe. Golpes en la vida, ay, yo no sé…
Cuando paseábamos por la nieve, con los abrigos repletos de agua, con las manos como estalactitas rellenas de sangre, con los ojos entrecerrados por el viento, no tuve más remedio que acordarme de Robert Walser. En este mismo cuaderno, hay una foto del escritor tirado en la nieve, batiendo sus brazos como dos alas de un ser mitológico.
Walser hizo de sus paseos materia literaria. Porque en los paseos se esconde una vereda –para J.R.J, una alameda verde- que sólo puede ser visitada por la reflexión y el disparadero solipsista. Hay en el paseo una virtud escondida que se llega a contemplar sólo cuando terminas siendo parte del paisaje o de la geografía que acompaña tus pasos. Le sucede a Trapiello, en el Rastro: él es ya un personaje de aquellas callejuelas repletas de cachivaches. Le ocurre a Vila-Matas, en París y, ahora, en Dublín; le sucedió a
J. Marías, en Oxford; lo mismo pasó con García Márquez, en el Caribe, o a Kafka, en Praga, o a Casanova, en Venecia.
Todos estos escritores fueron paisaje de pensamiento, paisaje de creación literaria, figuración activa y procreadora, insatisfecha y analítica.
Me quedo sorprendido por la prosa pausada y metódica de Casanova en sus memorias. Dice que el exceso no es conveniente. Y lo dice después de haber dejado para los hombres venideros un volumen en que lo que no falta es, precisamente, el exceso. Creo que Casanova, y algunos de los escritores mencionados, escriben estas manifestaciones justamente para deshacerse como paisaje, como pieza del territorio que están escribiendo. A lo mejor es un ejercicio de objetivación, un ejercicio filosófico o ético, en cualquier caso, un desprendimiento del yo que, aposentado en sus costumbres, exige que se les escriba.
Todo esto lo pensaba mientras cogía, de una roca tan gris como un cielo, un puñado de nieve para lanzárselo a M. Ella reía y me miraba como si no fuera yo quien le estuviera lanzando ese montón de agua a sus espaldas, al abrigo morado que la cubría del frío. Entonces comprendí que, al llegar a casa, no tendría más remedio que escribir de ese personaje que deambuló por unas horas por la nieve, que lanzó nieve a la cabeza con la gracia como si las gotitas fueran ángeles que repelen una maldición. Y recordé a Antonio Machado sometido al frío de Soria y al frío de Baeza. Acurrucado en la copa de cisco y escribiendo aquellos versos que desgranaba después de pasear por las calles pétreas y los paisajes olivareros. Eran una cosecha esos paseos, una cosecha que tenía que ser sometida a la reflexión, cuando los pasos quedaban sólo como ecos, espectros de un hombre soñado. Poco a poco, fui atendiendo al sendero que teníamos por delante.
Sin embargo, no pude esperar más tiempo y como llevaba mi moleskine en el bolsillo, a pesar de que mis manos estuvieran anestesiadas, agarré el bolígrafo y comencé a escribir mientras M. recogía algunas piñas del suelo.

jueves, 7 de enero de 2010

Hilación.


La tradición es, en las artes, la rueca del trabajo moderno.


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Llevaba toda la tarde observando los trazos de Piero della Francesca. De su simpleza aparente, me detengo en algunos matices del color, las alegorías y, sobre todo, imagino los estudios matemáticos que tuvo que realizar el pintor para ejecutarlo. Esta tabla siempre ha sido un enigma, una obra llena de una panoplia de simbolismos que se esconde, fugan y que se alejan de mi mollera. A pesar de todo, vuelvo la página de vez en cuando para cambiar el modo de ver, el modo de revivir esa insatisfacción gozosa de saberme aturdido por la obra de otro hombre.

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Esto viene a ser, definitivamente, escritura en libertad. Como ocurre en El Quijote, la poesía, el diario, la confesión, la pura narración, los tramos ensayísticos e incluso metalitetarios tienen razón de ser en un cuaderno como este. Si estos textos se van armando mediante la confluencia entre la vida y la literatura, decidme, al menos una, decidme, qué vida ha sido figurada y descrita, ajustada y proclamada antes de suceder. El arte sucede en el presente, es presente acumulado para cada lector. La creación es templanza de lo ido. El artista un rueco que somete la sensación y la razón a los raíles de la palabra o de la pintura o de la música…
Todo se va haciendo, así que el presente (que con Jorge Manrique, en un punto se es ido), en una lengua como la española, es un estarse fugitivo. Nuestra lengua determina la percepción del tiempo, su descender en nuestra conciencia.
Por estos motivos, una pintura, -la quietud del instante-, produce estos efectos turbadores sobre mi conciencia. La vida pasada es un caos irreparable, mas sometido al juicio del arte una pacífica y ordenada (más allá de las técnicas) estancia del presente.