miércoles, 9 de marzo de 2011

En el cuaderno de tapas negra aparecen unos versos que escribí esta mañana. Los urdí porque quería escribir poéticamente sobre el fulgor que descansa en las ramas de las encinas cuando el sol las abate y las abandona. Pretendía cobijar el rescoldo caducifolio que permanece más allá de la noche y la oscuridad a través del calor de los cuerpos y el reflejo de lo opaco. El juego especular que tan hondo se produce, cada día, en el ser humano.

Tan sólo hay un puñado de palabras y un par de oraciones bien encabalgadas. Fíjense que hablo de la poesía en pasado, pero ¿no es la poesía la suspensión de lo eterno en lo finito? ¿Cuándo arranca la creación poética y hasta cuándo perdura?

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Probablemente la creación poética sea el resultado de un ensañamiento de la memoria con dos o tres temas que nos han creado la conciencia. Es una disyunción entre el deseante y lo deseado. Aparece cuando el ser se encuentra ofuscado y resentido en demasía con los otros hombres. Y quiere el poeta, acaso sin saberlo, dejar musicada y rítmica la poesía profunda de un ser pasajero.

Hasta que no se macera la memoria y la conciencia a través del conocimiento, el poeta va acercándose a la poesía superficialmente. Gusta de usar sonidos extravagantes, de utilizar la imagen más original que conozca, de explorar, -como un niño hace con el habla-, las palabras que les resulta más atractivas únicamente por sus hechuras y su sonido en la boca. Le sucedió a Borges, a Vallejo, a Machado, a J.R.J., todos sufrieron una parábola hacia la claridad.

Poco a poco, el poeta comprende que lo verdadero se pronuncia en susurros, silabeando una melodía de prodigios que se acerca, demasiadas veces, al silencio. Luego, cuando se hace portador de ese fábula de fuentes interna comienza a escribir con el sólo lamento de lo lírico: poesía plena. Es entonces cuando llega eso que llamamos la voz del poeta. Y también cuando se decide si algún día lo fue o quedó todo en malabarismo de infante.

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Me comentaba J.S.M. que, últimamente, los textos de este diario le resultaban demasiado cortos. Sin él saberlo, hizo el mayor de los halagos posibles, pues escribo de un tiempo a esta parte, dejando entrever sólo los ecos, las conjeturas, las palabras especulares con toda la intención posible. Es una consecuencia de la pérdida de convicciones reflejada en la sintaxis y la escritura en general. Cuando uno se diluye y atiende aquí o allá, la sintaxis se hace escurridiza y sólo cabe acogerse a lo tenaz, como ese pájaro silencioso en la rama que incita al abismo aritmético del campo o como esa rama que encierra el calor del día en tan solo una reminiscencia.

martes, 8 de marzo de 2011

Desde hace unas semanas, he vuelto a tocar el clarinete casi a diario. Hace años, dedicaba como mínimo dos o tres horas diarias a ensayar y practicar. Con mucho anhelo recuerdo los ensayos del cuarteto de clarinete que montamos por puro entretenimiento, si es que el entretenimiento en la música no es la forma más encrespada de ensimismamiento. Con la misma intensidad, se me vienen a la memoria los ensayos del Réquiem, de Faurè, con unos músicos de Salzburgo que habían sucumbido a las virtudes del vino sanluqueño. El clarinete tiene, en esa partitura, una participación escasa, interviene con dos o tres notas tenidas. Eso es todo. Siempre que vuelvo a tocar el clarinete se agolpan las horas y la dedicación de entonces, porque fueron gozoso tránsito.

Es innegable que la digitación, para un clarinetista, es fundamental. Y ese aspecto sí comienza a perderse después de un gran tiempo de abandono. Un stacatto, el picado en la lengüeta. Sin embargo, he notado que el cuerpo de ébano del instrumento vibraba con placidez y que no parece estar sordo ni destimbrado, antes al contrario, inundó pletórico los rincones de esta nueva casa, como si estuviera reconociéndome por de dentro, emocionado, con los sones olvidados de los días. Fueron muchas las horas con el instrumento y de ello queda la reminiscencia, acaso la diadema del sonido.


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Hoy me siento triste porque la ignorancia es destructiva. Por eso escucho a Antonio de Cabezón, porque sus melodías me resultan apotegmas de la antigua península.


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Suele ocurrir después de leer poesía durante varios días. Dejo de escribir con tanta veleidad. Y lo hago precipitándome hacia dentro, hacia no sé sabe qué pureza.Por ejemplo, he estado revisando el libro de poemas que tenía terminado. Lo he vuelto a leer y me parece que no hay poesía. Lo mandaré al fuego o al agua o la basura.

domingo, 6 de marzo de 2011

Cargado de libros, después del cumplimiento poético, comencé el viaje de regreso a casa. A decir verdad, el viaje de regreso había comenzado en cuanto salí del hogar. En ese entonces, el cielo poseía una grisura inconmensurable que se adjuntó a los ánimos como una música oculta. Antes de emprenderlo, leí un poema de Elías Moro mientras sorbía un café rodeado de nadie. Reconozco la manía esquizofrénica de analizar lo que he dicho en una reunión al detalle y siempre me entristezco por mis pésimas aportaciones. Cada vez más me observo con menos recursos, mustio de verbo. Eso me lleva a estar demasiado callado, a elidir un comentario al respecto de una opinión o a permitir que alguien llegue a defender una información manida y alzarla, incluso, como novedad de tertulia. Decía que, mientras apuraba el sorbo de café, leía unos versos que me dejaron las necesarias conjeturas como para hacer del viaje una vuelta simbólica: “A medio camino de todo/ no es la muerte lo que temo […]/ temo esa edad que multiplica el olvido/ el azar aliado con el tiempo/ que infalible y sin retorno pasa”.

Nunca sabemos cuándo arranca la mitad de nuestra vida y cuándo escribiremos con el arrebato de la nostalgia absoluta. Es por eso por lo que creo que en la poesía no hay cabida a las medias virtudes y que la poesía es el axioma parmenídeo más riguroso: se es o no se es, hay o no hay. La poesía es el pronunciamiento de la última conciencia. Y ella ya no nos pertenece; no conocemos su repercusión.

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Por entonces, venía pensando en los tentáculos de la vanidad y en cómo, con el tiempo, mis certezas han ido desmoronándose hasta reducirse a ninguna convicción. Cada cual se engola en su ego y esparce nombres, obras, datos como quien acaba de despertar de un letargo, aleccionando y escuchándose a sí mismo. No son estas palabras muestras de hosquedad alguna, sino de fijación en los demás que, al fin y al cabo, soy yo mismo.

Cada uno piensa que el mundo que existe y que es posible es el que se resguarda en su mollera y que, por ejemplo, la literatura es esto y no aquello, posee estas cualidades y no otras. La ignorancia es demasiado arrogante y a poco que se incite salta y enviste.

La humildad, ese tópico denostado, se ha evaporado de los diletantes, acaso de los que aspiran a la creación artística. Sin embargo, a poco que uno escarba por la vida de los grandes creadores, confirma que, al principio, todo es rendición, arrodillamiento, imitación, consagración a los otros. Quizás nunca pueda pasarse de esta etapa y no seamos capaces de desarrollar eso que los mediocres creen atisbar en cuanto quedan deslumbrados.con todo, hay que saber rendir pleitesía a lo mudo y al silencio como una opción poética de absoluta dignidad personal.

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Compré el libro de Pietro Citati, La luz de la noche, porque al abrirlo di con unas páginas sobre Leopardi que explicaban, con una fogosidad templada e inusual, cómo fue el infinito para Giacomo: “Cuando Leopardi concibió el poema que tituló `El Infinito´, estaba sentado en el suelo, encogido sobre sí mismo, acurrucado junto a un seto”. Las palabras que prosiguen el capítulo son fascinantes, dignas de una relectura.

Sin embargo, ante estas portentosas interpretaciones, me siento como la mujer de Tintoretto que, envidiosa, le decía a su marido: “los colores apestan, manchan, pringan, destiñen, estropean la ropa. Tu piel huele a laca. El pincel hace que te salgan callos en las manos. Estar horas de pie delante del caballete agarrota la espalda. Te vas a quedar jorobado, renqueante y ciego”. Como el envidioso que lanza improperios sinsentido y que denigra la dedicación del susodicho.

Obviamente, he rescatado de las baldas el volumen de Leopardi. No en vano, en el salón está enmarcado el poema en una copia manuscrita que compramos en Arezzo el verano pasado. Después de leer el poema varias veces, pienso que en nuestra lengua pocos podrían haber escrito esta prodigiosa poesía. Ni F.G.L., ni L.C.desde luego. Sólo se me ocurre J.R.J., el único poeta infinito.


jueves, 3 de marzo de 2011

A veces, la brevedad es certera andanza. Otras tantas, insoportable necedad. Sólo quien imprime a su discurso una conjetura sintáctica engolada en el pensamiento, puede recoger ciertos frutos. El fructífero decir de la paciencia, de las encinas meditabundas.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El cielo cerúleo mostraba su enigma en la mañana. Entre las ramas del árbol, se cobijaba una mancha de luz dispersa y sin contornos. Podría decirse que estaba ante un alumbramiento de las hojas húmedas por el rocío. Los pasos en la tierra eran de cobre, porque no ofrecían más que levedad. Y todo, al unísono, como enjambre de laureles, precipitaba una paz mineral que deseé para siempre.

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Dice Adorno que la música y la pintura comparten la capacidad de cifrar la realidad, de ofrecerla a través del cedazo de una propuesta estética y ética remozada en la inteligencia. Sin embargo, más allá de esa apreciación, y como sucede siempre con los estudios sobre la música, yerra el filósofo en sus presupuestos posteriores. Ante esa incapacidad, me imagino que la música, para los filósofos (incluido San Agustín) ha sido la física cuántica de las artes.


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Acabo de leer los casos de algunos autores que, como Virgilio, tuvieron la tentativa de quemar o destruir sus libros. Es el caso de Cioran que, después de escribir más de treinta y cuatro cuadernos de unas mil páginas, escribió una inscripción bien clara y concisa: “Destruir”.
Durante varios días, y después de que I. me estuviera alentando con sus nuevas teorías sobre la relación entre el autor y su obra, no ceso de pensar en la relación de propiedad con la obra creada. Sobre todo, en aquellos escritores o pintores o músicos que considero extraordinarios. Es obvio que la mayoría de las obras han sido aportaciones para la evolución espiritual y artística del hombre y que, por tanto, no les pertenece desde ese instante en que lo público engulle a lo privado. Sin embargo, no siempre está a las claras que la aportación de un artista merezca la difusión pública y mucho menos que su obra sea merecedora de la atención del resto de hombres. Vanidad, prepotencia, inconsciencia de lo creado…En cualquier caso, merece una reflexión el fenómeno que comienza en la más absoluta soledad y que termina en las retinas de millones de hombres, a pesar de lavoluntad póstuma del autor. No sé hasta qué punto y cuándo se produce la desunión entre la obra y el autor, ¿desde el mismo momento en que es ejecutada o desde que se comienza a trabajar en la cabeza?
Lo observo como un problema platónico que se adhiere a lo que el filósofo propuso en sus diálogos. La obra artística es, quizás, un ser que se encuentra entre la estabilidad de la cosa y su estado puntual. No posee la magnanimidad ontológica del ser por ser eventual, aunque hay obras artísticas que se acercan y penetran en lo que siempre es presente y constante. Las obras menores son opiniones que constatan lo efímero, la doxa. Esa es la literatura de ahora, doxa, opinión de lo efímero.

lunes, 28 de febrero de 2011

Estos días, en la sierra onubense, junto a M.J e I. En la sierra, el aire se envuelve en una lozanía poco habitual para los que vivimos en ciudades. Así como la luz se asienta enraizada en las retinas de no sé qué mineral, la geografía tornea para la amistad un recogimiento vertical. Quiero decir que los perfiles de la sierra son las dentelladas de la vida y que cuando uno merodea por las faldas de una montaña o atraviesa un paraje repleto de encinas centenarias, el alma responde con un zumbido especial.
Junto a los amigos, hemos atravesado la frontera con Portugal. Al pasar por Rosal de la Frontera no pude dejar de recordar las hazañas de Miguel Hernández cuando ya todo era en su vida sueños de harapos y de hambruna. Hasta Serpa no cesé de mirar los caminos por los que probablemente el poeta pudo haber atravesado a pie. La soledad en los campos tiene acentos de almendro.
Unido a las risas, las conversaciones y las bromas de antaño, he comprobado cómo la vida sustancia los deseos de los semejantes, las manías con las que van empotrándose nuestros actos en un desván oculto, personal y solitario que solo conoce quien necesita decirse a pesar de todo.

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Ni un solo momento me he olvidado de Tintoretto después de leer las páginas de Mazzucco. Hay varias lecciones en este libro. Por ejemplo, el pintor era un artista de raza, que obtuvo poca ayuda por parte de otros pintores como Tiziano. Un artista prematuro que encontró en las paredes de la tintorería de su padre sus primeros lienzos. Un señor que halló en la pintura la sensación absoluta de vivir: “Me he acostumbrado a mirar a los seres humanos como problemas técnicos”. Esta afirmación del narrador de la novela terminará por transformarse en una búsqueda de la parquedad de recursos, de la naturalidad en la pintura. Y es, en ese punto, en donde más me ha emocionado este extenso relato introspectivo. La búsqueda al natural de la verdad y la belleza.
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“Vivimos en un tiempo en que la condición humana sufre hondas conmociones. El hombre moderno va camino de perder el conocimiento de los valores y el sentido de las relaciones. Este desconocimiento de las realidades esenciales es sumamente grave porque nos conduce de modo infalible a la transgresión de las leyes fundamentales del equilibrio humano”. Asombra leer estas líneas de Stravinski, escritas y pronunciadas en 1939, por la perfección con que disecciona la situación del actual hombre moderno.

domingo, 27 de febrero de 2011

Dice el Tao: “Lo miras y no lo puedes ver. Lo escuchas y no lo puedes oír. Lo usas y no lo puedes agotar”.


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sábado, 26 de febrero de 2011

La poesía es materia fónica en perpetuo movimiento y es actualización con el lector y en la memoria de los lectores. La poesía no necesita en la memoria de la música, pero sin ella es imposible su recuerdo.

viernes, 25 de febrero de 2011

Hace unas horas, comencé a escribir la columna semanal que, desde hace siete años, mantengo en Información Sanlúcar. Es, sin duda, uno de esos ejercicios que se amolda a la necesidad de estar revisando los vericuetos de la infancia desde la atalaya de los días venideros. En esa columna, vierto no pocos recuerdos que aún perduran y se sazonan en la actualidad. Con todo, lo considero un intento de inmiscuirme en el desarrollo moral de los ciudadanos a sabiendas de su corto alcance.
Esta circunstancia ha provocado que esta mañana haya escrito a cuatro manos durante un buen tiempo. Por un lado, la elaboración de la columna fugitiva de prensa; por otro, las líneas que forman la entrada de hoy en el diario...tdo ello sin dejar de atender a mi cuaderno moleskine que posa con las piernas abiertas sobre la mesa.
Este diario, igualmente desde la distancia, se ve como un acontecimiento ajeno que se ha apropiado de unas virtudes y que se ha agarrado a no pocas deficiencias y manías. Se ha producido una merma en sus fundamentos lingüísticos y en la sustancia que lo atravesaba. Antes, invadían estas páginas libros, reseñas, menciones, subrayados y cualquier otra circunstancia de este pelaje. En cualquier caso, estas lecciones son de uno y no necesitan más justificaciones. No por dejar de mencionarse permanecen olvidadas las páginas leídas o los subrayados que garabateo en los libros. Ahora resuenan cifradas, subsumidas, infrascritas como un acuífero al que, a poco de tentarlo, estalla por de dentro.

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Indica Stravinski que al artista le falta la sensación misma de la cosa. Después de leer la sentencia me veo en la incertidumbre de trasladarla a las letras a sabiendas de que la música actúa en otra dimensión de conocimiento y de belleza. Sin embargo, esa falta de sensación misma de la cosa es la falta de conocimiento de la cosa misma. En otras palabras, J.R.J. desarrolló su obra volcando sus esfuerzos en esta finalidad. El resultado, como en otros poetas como Baudelaire, Rilke o, anteriormente, Dante, es una obra artística que ha proclamado una vía de acontecimientos estéticos. Esos acontecimientos estéticos están prensados por una continua reflexión y un muy profundo acercamiento a la filosofía. Es el caso del mismo Stravinski, de quien me subyugan más sus reflexiones que su música. Por ejemplo, dice Stravinski: “melodía es el canto de melos, `trozos de frases´. La capacidad melódica es algo que no podemos desarrollar con estudios". Estas palabras valen más que cualquiera de sus atrofiadas melodías.
Por tanto, todo arte supone un trabajo de selección. Esa selección puede empezar a funcionar antes de la ejecución, pero casi siempre sucede durante la ejecución, esto es, es la ejecución la selección misma.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Imagino que un científico emplea todos sus días en copiar y transcribir los descubrimientos de otros, en repetir incesantemente las teorías ajenas a no ser que comience donde otros lo dejaron, que anden a hombros de gigantes y comiencen a vislumbrar novísimas aportaciones. No por ello puede considerarse un científico que aporta y desarrolla la ciencia, si no un conocedor de la materia que sabe tratarla.
Algo parecido sucede con la poesía, hay quienes manejan bien los elementos, pero no pasan de repetir una y otra vez la fórmula; hay quienes se piensan descubridores porque nunca antes han leído lo suficiente. Por este motivo, cuando un poeta conoce sus deficientes capacidades, lo mejor que hace es renunciar a la escritura. O se escribe a sangre o no se hace nada, o se vuelcan las tripas sobra la mesa o se queda uno mudo y sigue leyendo con virtud, que no es poco. Como dice el Tao: "Los sabios actúan sin acciones".

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La prosa puede armonizar, en trancos extensos, las propiedades del verso. Pero no hay nada más impertinente que un verso prosificado.

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Realmente, en los últimos meses, mi día es la madrugada. La madrugada de canto y de ámbares redimidos. La madrugada de un ébano audible. La tierna espina del planeta, la infinita mirada de una pupila de osario.

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La misma página escrita todos los días. Semejanza de unidad. Imaginación sonora, pues escribo mientras la música azuza mi espíritu. La música es la unión de la sensibilidad y la inteligencia, de la razón y la subjetividad sensitiva. De la materia que se subsume al significado sólo intuitivo. En la música todo conocimiento es omnímodo. Es una estación en su propio ciclo, como en los versos de Eliot: “Midwinter spring is its own season”. Con la música parece que lo cíclico encuentra acomodo en lo finito, lo que Eliot escribió como: “This is the spring time/ but not in time´s covenant”. Es primavera, es tiempo de renovación, pero no del que dicta o rige el tiempo. Así la literatura, no perenece a ls gobiernos del tiempo actual.

martes, 22 de febrero de 2011

¡Vaya una vida! Quiero vivir, vivir, vvir,...quiero ser yo, yo,...ente de ficción, nivolesca sombra, duda perpetua, cuarteto baldío.

lunes, 21 de febrero de 2011

He leído lentamente Four quartets, de T.S.Eliot. En algunos pasajes, se me ha venido a la cabeza Dante; en otros, la Biblia, en otros, la filosofía presocrática. Todo ello mesurado por la cualidad poética de Eliot que, como un Dante moderno, descendió hasta las profundidades del ser: “In the middle, not only in the middle of the way/buta ll the way, in a dark Wood, in a bramble,”. Hay versos de una entereza moral insólita y aspectos del ritmo poético que valen por una teoría. Este libro me resulta más conmovedor que su obra cumbre, The Waste Land, porque en esta hay renuncias irreconciliables y hallazgos que sólo provienen de la búsqueda y la espera: “the only windsom we can hope to acquire7 in the wisdom of humility: humility is endless”.

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Un nudo de fuego en donde la rosa y la luz forman un todo.

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En ocasiones, de tanto pensar en las aguas de Heráclito, palidezco cuando asumo que las aguas provocan ondas y que esas ondas sonoras son la verdad. La música es el más ambicioso proyecto del hombre y aún permanece sin ser entendido. ¿Se encierra en ella, como creía Shopenhauer, el enigma sublime de las artes? ¿Por qué cuando suena Bach se anuncian en mis manos la humedad del océano?

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Leo Tao Te Ching, de Lao Tse. En sus sentencias y aforismos se lamina un acontecer continuo. Mudanza. Estatismo. Palabras vislumbradas desde no sé qué sabiduría profunda: “el sabio realiza su obra sin actuar”. Una horizontalidad, podría escribir en relación a los días anteriores. Pero me resulta algo más grandioso que una mera descripción. Un prodigio y una cumbre, un insuperable reunión de pensamientos. Un lugar para convertirse en una presencia y aparecer por él, como holograma de un sueño. Quizás el sueño es la vida misma y la vida misma el reflejo de unas palabras pensadas por otro que imagina el mar, las ondas, la música.

domingo, 20 de febrero de 2011

Leo una reseña sobre un libro de poesía de uno de los que el mercado tiene por mejor poeta desde hace años. Junto a las palabras del crítico, que me resultan una renuncia inconcebible a sus credenciales y una reseña que pudiera aplicarse a cualquier otro libro del momento, se ofrecen un par de poemas. Los poemas son tremendamente nefastos desde todos los puntos de vista con que pudiésemos leerlos. Después de este ejercicio, me confabulo para mí que la literatura debe irse al garete y que debemos empezar de nuevo, cada cual, desde sus principios. Lástima que el mercado y la política y los medios de comunicación no lo entiendan así y que ellos alcen y eleven a un mediocre a la categoría de vate de la poesía de estas décadas.

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Por el contario, comienzo a leer una novela prodigiosa de Melania G. Mazzucco, La larga espera del ángel, centrada en los últimos quince días de vida febril de Tintoretto. Con sólo leer las primeras líneas, ya sabe uno que se enfrenta a una ejecución sólida, meditada, ajustada a su propósito. Así mismo releo las páginas de Eugenio Trías sobre Stravinski y la coda filosófica que ofrece en el anterior volumen de sus ensayos titulado El canto de las sirenas. En este libro, podemos leer sentencias de este calibre: “La música no es únicamente un fenómeno estético. Es una forma de gnosis sensorial, una forma de conocimiento”. Palabras que, por otro lado, valen mil veces más que cualquier verso del inmundo poeta reseñado.
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...y siempre Platón, cada vez más, con voz de encina, con voz de estanque macerado en la garganta del mundo.

sábado, 19 de febrero de 2011

Esta mañana, al levantarme, se me ha ocurrido pensar sobre la horizontalidad y la verticalidad. El equilibrio entre dos vectores que configuran un estado de emoción. En ocasiones, las circunstancias externas pueden llevar al predominio de uno de estos trazos esenciales. La mayor de las veces, y por cuestiones forzosas, nos rendimos ante la horizontalidad: nada en ella es cumbre. Cuando esto se produce, cuando los actos que procuramos se encrespan en la dimensión social, no somos más que vanidosas presencias. Hay quien se agarra a su vanidad si saber de sus precarias luces.
Otra cuestión es la verticalidad, la profundización en uno mismo. Este ejercicio debiera ser virtud y constancia, pero no todos están capacitados para ello. Sólo los que buscan la dimensión ética y estética de la vida procuran verticalizarse, por ello se alejan del griterío, de la desmesura, de la tontuna de los que no ven en la vida más que transitorios y vacuos momentos. Por todo esto, cuando me encuentro con la insensata manía de la horizontalidad no puedo más que callar y profundizar, aún más, en los límites del vértigo en silencio. La falta de deseos y la asuencia de voluntades que laminen el quehacer diario son la consecuencia más nefasta de este mundo moderno de mediocres que asumen el mando y que no saben ejercer más allá de la coacción y la amenaza. Nunca la cantidad fue símbolo de ningún evento del intelecto, sino la cualidad y la formación.

viernes, 18 de febrero de 2011

Días de tránsito y desesperación. Menudencias de la vida. Anaclusa interminable que solo en la escritura se redime.


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En la mesa Tao Te Ching, Los libros del Tao, de Lao Tse, de la editorial Trotta; Introducción al vocabulario de Platón, de G.Luri, de la Fundación Ecoem; Los once, de Pierre Michon y Poética musical, de Stravinski. Compás de espera. Mañana abandonaré la vida y leeré hasta el desmayo, hasta la extenuación. No conozco otro método para reavivar al que nos habita y conforma.


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Stravinski, lección en el pentgrama: "Todo arte supone un trabajo de selección".

martes, 15 de febrero de 2011

Entregado, los extremos del cuerpo son los confines de esta lluvia.


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Llueve. La naturaleza se despoja de sus acuíferos.

domingo, 13 de febrero de 2011

Los días, ir desnudándose de artificios, abandonar los trastos de la memoria e ir asiendo lo esencial. Lo esencial para el hombre es lo único que lo mantiene vivo y en vilo ante la muerte. Exactamente lo que nunca formará parte de la conciencia, pero lo que nunca debe dejar de estar presente. Hacerse presente es ir viviendo como en un punto que se es ido. Consiste en entregar su vida a uno o dos axiomas en que desarrolla su espíritu y su razón, eso si no es la razón la altura del espíritu.
Esta idea me sacude, me hace reprimirme de otras tantas ambiciones banales. O se es o no se es nada. Y con el mismo ímpetu con que aparece el sol cada mañana hay que escribir, leer, amar, quizás pensar en el seno mudo que soportamos. Llamamos levedad a lo que nos recorre y nunca percibimos. Nombramos la belleza como un sortilegio que conduce a la verdad. A una verdad a la que aspiramos porque no somos capaces de explicarla; racionalizar el mundo, la síntesis del mundo. Escribir es un infinitivo inamovible. Escribir no es más que un ejercicio de la razón espiritualizada, de la emanación de los imposibles a los que nos vemos sometidos por la precariedad de la palabra.

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Quizás exista una belleza moral. La belleza moral es adecuar el arte al fin. El fin del arte es una aspiración individual, estrictamente individual. Y en la individualidad el artista encuentra lo permanente. Por este motivo, el arte no conoce modas ni artificios pasajeros, sólo lo inmutable en cada individuo.
Como decía Santo Tomás de Aquino en Summa Theologiae, II, 145, 2, en el siglo XIII : “La belleza espiritual consiste en el hecho de que el comportamiento y los actos de una persona estén bien proporcionados según la luz de la razón”.

viernes, 11 de febrero de 2011

En el concierto de piano, me sorprendió una pieza de Schumann, Kreisleriana Fantasien Op.16, interpretada por Rosa Torres Pardo con una soberbia y una personalidad extraordinarias. Fue realmente emocionante. Hacía tiempo que un concierto no me sobrecogía de tal forma. Además, terminó interpretando a Manuel de Falla del que hacía tiempo que no escuchaba de nuevo algunas de mis obras predilectas de su repertorio.
Por lo demás, los acordes de Schumann siguieron resonando en la noche con la ingravidez de un fruto auroral y el día tomó de la música, acaso, una conciencia que no le pertenece.

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El recuerdo sucede en Perugia, mientras leía la obra de Dante. Recogido, en las mañanas mientras esperaba la llegada de M., leía incesantemente la Comedia. Hasta estos momentos, no he percibido que ha sido, sin lugar a dudas, una de las grandes experiencias lectoras. Una lectura de transformación, de incidencia directa sobre mi persona. Trastocadora, vertical, decisiva. Después de leerla, admiré a Cervantes y a Virgilio sin mesura. Y terminé adquiriendo una nueva percepción de la poesía, la que me ha dado más lucidez y claridad y algún sentido de lo poético si es que lo poético posee algún sentido.

jueves, 10 de febrero de 2011

Esta noche iremos al concierto de piano. Abandonaremos la costumbre de no ir a conciertos entre semana lo cual me resultaba injustificable cuando se trata de la música. El piano, en un monográfico mozartiano, saldrá al rescate de nuestros cuerpos de mediodía. Después de varios años, no conozco a nadie que pueda completar mejor la asistencia a un concierto como a M.C. Ella me ha mostrado cómo la sensación ingrávida de la música, de la lectura y del viaje puede ser compartida y cómo, en ese territorio común, encuentra uno frutos ajenos tan míos como yo mismo.

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Qué palabras tan acertadas de Zweig: “[…]el gran arte siempre es más fuerte que las leyes de la razón y más sensato que la lógica; y se afirma en cada una de sus formas, hasta las más apartadas, a través de un misterio, que por serlo no se puede aprender ni transmitir”.
En primer lugar, el arte es amórfico a priori a pesar de todo idea preconcebida ya sea mental o esbozada; y se actualiza en sus formas, sean estas del pelaje que sean. En segundo lugar, están hilvanadas por un misterioso germen que permanece en ellas hasta siempre, lo cual las hace irrepetibles e inexplicables. Evidentemente, cuando esas formas van conformando unas tendencias, comenzamos a hablar de otros vocablos como géneros o convenciones. Y es en este maremágnum cuando nos alejamos del misterio que, con JRJ, es lo más importante de la obra a pesar de que no sepamos qué es.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El primer artículo que escribí en el semanario de mi pueblo tenía, como eje central, la nave de los locos. Esa era, por entonces, la mejor metáfora que encontré para abordar cómo la sociedad me resultaba totalmente descabezada de inteligencia y convicciones. Probablemente, mi cercanía al mar me hizo pensar instintivamente en aquel tópico que tan bien se ajustó a lo que quise expresar.
Con el tiempo, algún familiar me ha ido recordando, de vez en cuando, aquel artículo iniciático de hace ya unos años, en que puse, pienso ahora, buena parte de la visión oracular que me acoge estos días.
Hoy sigo pensando con los mismos términos. Asisto y me hacen participar en una pantomima, vestido de personaje de comedia italiana para que actúe por las mañanas. Entré en cólera ante el hedor a estulticia y a tontuna, a pesar de mis gestos diplomáticos y mesurados. Y no puedo dejar de escribir que, en alguna ocasión, alguien debe decirle a otro que si su vida es similar a la de los locos que se reunían en una nave a la deriva, allá él, pero que no empuje al resto a las profundidades. No seré yo quien los ate al mástil para que no salten.

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M.C. lee emocionada Tutti i racconti y, cuando termina con alguno de los cuentos que más le entusiasman, comienza una diatriba oral sobre los prodigios narrativos de Primo Levi. Al escucharla siento una calurosa envidia, pues los lee en italiano con bastante soltura. Hace referencia a un personaje que va apareciendo en varios cuentos que poco tienen en común excepto al personaje de marras. Es un vendedor de aparatos estrambóticos y peculiares, máquinas, por ejemplo, para versificar, il versificatore. Introduce uno tema, la época, tipo de estrofa, incluso el tono. Cuando me explica todos los detalles del cuento le digo que ya podemos ponerle un membrete a esta época de poesía, i versificatori, el honor al personaje de Levi que ficcionalizó lo que sucede en la actualidad con los versificadores sin poesía. Al término le pregunté si nadie había inventado nunca una máquina para hacer realidad ciertos sueños, como el de la nave de los locos, para poder embarcarme en ellos.

lunes, 7 de febrero de 2011

Este diario, que es búsqueda y armonía, se está convirtiendo en un remanso de plenitud por el que vuelco las inquietudes vitales. Leer, escribir, anotar lo vivido como una raíz de poderosa presencia. Con el tiempo, escribir va consistiendo en una carestía del espíritu, porque nunca nadie dejó dicho lo que el alba pronuncia. Escribir es provocar un amanecer continuo donde todo son sombras y egolatrías; encontrar en lo efímero lo permanente, acaso descifrar la armonía en un tratado cuyo rostro va figurando un vacío incomprensible.


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Sobre la mcesa, unos libros. Cantos, de Leopardi. Wen fu. Prosopoema del arte de la escritura, de Lu Ji y I Ching. El libro de las mutaciones. Como escribir es una indagación del destino, leo en primer lugar el I Ching. En él puedo encontrar algunas páginas que me ayuden a la penetración del espíritu en la naturaleza hasta sus profundidades. Los caminos del espíritu son los de la naturaleza, porque ambos terminan desembocando en el mismo río inalterable y mutante del ser. La templanza moral frente a la indagación natural. Tránsito y quietud. Gerundivo ejercicio del alma.

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Incluso Lu Ji, que atribuye a la voluntad las virtudes de la creación literaria, hace concesiones a la inspiración: “lo que viene no puede ser interrumpido, lo que se va no puede contenerse. […] Se queda uno entonces tan desnudo como los árboles sin hojas, tan vacío como un arroyo seco.” Estas reflexiones sobre la inspiración, que tanta controversia me producen esta tarde, son, sin embargo, un bálsamo benéfico para la mente. Retorciendo la razón llega uno a considerar los lugares más inhóspitos de su espíritu, quizás donde nunca reinó el yo que nos acoge y donde la naturaleza encuentra su seno en un aleph indescriptible.

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El arte entendido como un puente que cruza todas las edades y que hace posible que el hombre pueda habitar en los espíritus antiguos, que son los más modernos. Expresar, como dice Lu Ji, la razón natural de las cosas, porque ellas nunca perecerán en la mente del hombre, porque es hombre desde el inicio al fin y al cabo, sustancia mutable en la serena y estancada viveza del tiempo. Como dijo Verdi: "Torniamo all´antico, sarà un progresso".

domingo, 6 de febrero de 2011

Como anoche no podía dormir –habitual manía de los fines de semana- decidí escuchar los Nocturnos, de Chopin, mientras me adentraba en la madrugada leyendo las páginas de Marc Fumaroli, París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes. Estuve recordando que, cuando estuve en el cementerio de Pére-Lachaise, en París, visitando la tumba del pianista, no pude dejar de traer a la memoria que Chopin decidió llevar su corazón a la Iglesia de la santa Cruz de Varsovia. Esa fue su última voluntad.
Mientras este recuerdo de un recuerdo sostiene en mi mente las imágenes de aquella caminata junto a I. y M.J, en una fría mañana parisina, intercalo algunos de los párrafos clarividentes de Fumaroli. Pocas veces he estado tan de acuerdo con un ensayista que cuestiona el arte moderno sin remiendos ni concesiones de ningún tipo. Advierte, en esta suerte de diario, a la hora de hablar del arte del Renacimiento: “viajemos por las aguas profundas de la vista que nos hacen entrever de dónde venimos, puesto que no sabemos ya, en la tierra y en la superficie, adónde vamos”. Esa es la cuestión primordial para Fumaroli, la ausencia de sentido en el arte moderno.
Desde luego, esa reivindicación del otium antiguo tamizado hasta nosotros en el otium cristiano o de aquella sentencia de Cicerón, cultura animi, en relación al estado moderno del arte, me parecen páginas muy incisivas y preclaras. Es así como entiendo el mundo moderno del arte, como un alejamiento de uno mismo, una afrenta contra la interioridad y la reflexión que frena el desenfreno de la imaginería y el lenguaje artístico moderno. Debo decir que, esta circunstancia, ha traspasado los límites de lo artístico y que ha llegado con fuerza incluso a los actos más cotidianos. La gente se siente mejor en cuanto expresa una ocurrencia que nadie antes se había planteado, aunque esa ocurrencia no sea, al fin, más que aguachirle o disparate del momento. El que calla, en esta sociedad de los vociferantes, es considerado un vago, un intruso que no aporta nada; el que defiende otros conceptos, quizás estigmatizados ideológicamente, termina aislado, incluso vituperado por los que no consienten un derrotero distinto, personal. Se pretende una democratización de las artes, pero también de las profesiones. Este es el mal moderno, la igualación de los mediocres y el atrevimiento de la ignorancia. El ignorante siempre quiere que el otro haga lo mismo que él, porque no entiende la realidad de otra forma. El mediocre pretende imponer sus criterios como un intransigente con otras propuestas sean estas del pelaje que sean.
Por todo esto, el aislamiento del que ha construido su propio pensamiento y se ha formado de forma individual, sin seguir las tendencias es, precisamente, lo mejor que le puede ocurrir a un artista en estas décadas.

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Es el hombre discreto de la modernidad que entronca con Montaigne el que reivindico y el que me parece necesario para la evolución espiritual de este continente europeo que se encuentra desnortado. Sí, evolución espiritual. No podemos obviar la transición cristiana, entendida esta como un fenómeno que conocemos con poca profundidad y cargados de tergiversaciones.
En la búsqueda de un espacio moral y ético que haya permanecido y ejercido influencia en el hombre, la importancia del cristianismo desde el comienzo de la fragmentación del Imperio Romano y su caída, va tomando más importancia y se va haciendo más determinante. Estamos ante un hecho confinado y que puede rastrearse, los acuerdos o las fidelidades son problemas de otro tipo.

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Obviamente, Fumaroli emparenta sus páginas con los versos de The Waste Land, de T.S.Eliot, en las que se perfilan unas imágenes espasmódicas de la cultura europea, del hombre que lo sustanciaba. Sin embargo, el comienzo de Four quartets sigue percutiendo incesantemente en esta noche de ayer que se ha prolongado con la aurora: “Time present and time past/ are both perhaps present in time future,/ and time future contained in time past”.
Los compases de Chopin se reflejan en la noche como ese tiempo presente que se eterniza y que es irredimible; ese tiempo de los nocturnos es el tiempo de las artes renacentistas, griegos, cristianos, los mismos de siempre que deben ser revividos y reivindicados como los únicos que nos llevaron a cierta perplejidad y convicción.

viernes, 4 de febrero de 2011

Esta mañana tuve entre las manos un libro editado a comienzos del diecinueve, en 1832, en octavo, en Madrid. Su autor fue José del Castillo y Ayensa, un lebrijano humanista y diplomático. Es una singular y preciosa traducción de las Odas, de Anacreonte, que incluía, por lo demás, el texto vertido en griego original y algunas composiciones de Safo y Tirteo. Las notas, incluidas al final del volumen, estaban repletas de aclaraciones acerca de las mayores dificultades que se encontró en cuanto a la traducción. Sin querer indagar quién fue el autor de las partituras que se despliegan en las postrimerías del libro, he dado con el autor, a saber, Ramón Carnicer i Batlle (1789-1855). Este músico compuso unas pequeñas piezas para algunas Odas como "De sí mismo", "A una muchacha" y "Del amor y la abeja".
J., el compañero que posee el libro, me lo trajo como un artefacto secreto o una antigualla que sólo merece la atención de un par de chiflados, como los personajes de Flaubert, Bouvard y Pécuchet, que terminaron por observarlo todo para intentar comprender la nada o como el abuelo de Aureliano Buendía lo llevó a comprobar que era el hielo por esos parajes macondinos y barranquilleros. Decía que el compañero trajo el libro al trabajo porque la biblioteca del Centro lleva el nombre de este ilustre lebrijano que, a partir de ahora, tendré entre mis atenciones preferentes. Pretendo dejar aquí constancia de esos actos que se emboscan al final del día en mera anécdota y que, de repente, sin saber nadie cómo, comienzan a urdir una trama en la vida de un escritor que puede desembocar en novelería, en involucración literaria o simplemente en bagatela de la mañana.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Todo lo que podamos nombrar no existe. Sólo lo innombrable es lo esencial.


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La palabra actualiza burdamente a pesar de los poetas. Y sólo en la música es posible encontrar rescoldos místicos de la experiencia humana más profunda. Renuncio desde hoy a la excesiva vaguedad del verbo, ya sea principio o delectación. Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna; sé de un himno gigante y extraño que anuncia en la noche del alba una aurora. Ser. Total existencia muda. Cambiante terquedad. Unísono movimiento del universo.

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El poema debe aspirar al silencio que antecede al silencio, eso es todo.

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El ritmo en la poesía es una forma de hacer presente el tiempo. Provoca una expectación incitante, que acumula únicamente la memoria de lo escuchado. Es un ir hacia algo, un desvanecerse de la realidad hacia no se sabe dónde. El poema grandioso es el que transforma su ritmo en el ritmo especular del ser del lector.

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Es posible que el ritmo sea anterior a la palabra. Acaso su sustento y su anclaje al mundo.

martes, 1 de febrero de 2011

Desde la frialdad de las letras, bien visto, el escritor lo que anhela es ser parte integrante de la humanidad, del mundo; convertirse en una pieza del engranaje que la sustancia. No se conforma con el paso liviano de los días ni con su efímera epidermis ni con sus miserias de viviente. Sabe de una pertenencia a un estado mayor que lo supera y que le es incomprensible por sus limitaciones: sólo la obra solventa esa carencia total y por eso las grandes obras son edificaciones del espíritu.
Ante ese estado de incomprensión, el ser humano establece dos soluciones: la negación absoluta del mismo o la disolución, aun sin la comprensión total, en el mismo. No son excluyentes, pues hay quien sucumbe con fervor de juventud en la última postura y termina profesando la altura del abismo irresoluto.
Hay tardes en que se suceden emociones tan particulares que nunca antes las había notado, salir sin ser notada…parece como si lo que fuera siempre ha sido un estar que haya permanecido ahí, done nunca sabremos entendernos. Quizás la soledad es la falta de armonía y de dios, el eco solitario en los adentros del alma.

lunes, 31 de enero de 2011

De un tiempo a esta parte, todo se transparenta con más vehemencia en mi vida. Con esta cosmovisión, las cosas nimias han dejado de importarme por completo así como las personas qu las pronuncian. Ya no actúo con decoro cuando alguna situación me resulta ridícula, antes al contrario, me evado con celeridad. Ya no permito que los días perpetren un hastío y una zozobra, prefiero las convicciones sometidas a un juicio continuo. Ni siquiera considero más elevados unos pensamientos que otros a no ser que de partida sean inaceptables. En cuanto a la literatura, cada vez se hace más grande en menos autores.

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Sólo en la música es donde el ser encuentra el haber sido perpetuo.
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La renovación del espíritu es el movimiento natural del hombre con inquietudes. Cuando uno comprende que la mutación es lo constante, comienza a alborear sobre el raciocinio una evanescente presencia de claroscuros, sobre todo, una necesidad de cuestionar las verdades que se demuestran con ecuaciones y algoritmos.
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Cuando Unamuno sentencia que no cabe amar sin conocer y que es imposible conocer sin amar, me acuerdo de los versos de san Juan de la Cruz. En latines de Unamuno, Nihil cognitum quin praevolitum. Estas palabras las escribe Unamuno cuando afirma que necesita explicar lo que explica el mundo en Tratado del amor de Dios: “Con la razón no se llega a Dios, se llega a la idea de Dios”, reza uno de los pasajes más enfervorecidos. Aquí cierro el libro y me quedo palpitante, meditabundo, intentando proyectar las ideas hacia sus esencias y comprobando que vivo en un mundo fingido, apenas comprendido, sobre el que soporto las proyecciones del yo que me invade, pero del que dudo que conozca sus sustancia.

domingo, 30 de enero de 2011

Hay que levantar las miras para hacer algo grandioso, hay que atender a las convicciones y no a las sucedáneas disposiciones. La literatura no puede, como la ciencia, andar a hombros de gigante, es decir, comenzar donde otros lo dejaron, pero sí puede surgir desde donde todos comenzaron, desde donde el hombre es uno, en plenitud, completo, con todas las virtudes que lo atraviesan y todas las manías que lo conforman. En ese espacio comunitario de la especie es de donde la literatura, y en especial, la poesía, comienza a urdir una obra trastocadora, porque cuando las palabras que nos hacen desde lo profundo son reformuladas, nos estamos rehaciendo a nosotros mismos al completo. Decir de allí, en ese espacio, es decir lo que fuimos siendo en el será.
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Le envío un libro a un poeta admirado. Por unos momentos, todo se envuelve en una ajenidad que no me pertenece, no sé si rubor o derrota. No soy poseedor de esas palabras aunque las envíe como si fuese su mentor. Fue otro que habitó en mis pupilas, que desgranó sus inquietudes con el dígito permanente de la transformación. Ahora entiende la sucesión que fuimos y que nos hace.
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Exactamente lo que preconiza El libro de las mutaciones, el milenario volumen que tantas enigmas espirituales plantean desde comienzo: “El curso de lo creativo modifica y forma a los seres hasta que cada uno alcanza la correcta naturaleza que le está destinada y luego los mantiene en concordancia con el gran equilibrio”. Estas palabras, referidas al primer signo, Lo creativo, sostienen algunas de las cuestiones sobre las que escribo hoy. La creación como un inicio de lo correcto a través de la perseverancia. En esa perseverancia, el creador alcanzará, si su virtuosismo lo hace posible, un equilibrio perpetuo, una armonía con el mundo. Estamos ante una de las definiciones de qué es la poesía más prodigiosa.
Por otro lado, el efecto de ordenar el espíritu y el mundo que sucede en el exterior debe obtener su resultado en el mundo interior del escritor. Asimilado el orden del mundo, es posible hacerlo de uno mismo, pues tendremos conciencia de que pertenecemos a una esfera superior, a un orden extraordinario que nos acoge. Somos una nota en el pentagrama, un sonido que encuentra su armonía, una estrella que pertenece a una galaxia. Desde la conciencia de la mortalidad y de la finitud, podremos alcanzar con la literatura la grandeza de las palabras que nunca deberán pronunciarse.

sábado, 29 de enero de 2011

Esta tentativa infinita de escribir que se despliega en el blanco ha sido una metáfora constante de la sombría presencia de las palabras. Negro sobre blanco, sombra sobre luz, a pesar de que la filosofía oriental traslade los símbolos de forma distinta a occidente y prefiera fijarse en las sombras y no en la luz. A pesar de todo, prefiero atender a la mezcolanza de ambas fuerzas, a la doble dimensión de la propia lengua, pensamiento y realidad, fenómeno y noúmeno. Creo que, en esa lucha interna que es connatural a la propia lengua, el ritmo y la armonía de los contrarios es la cúspide de la belleza. Cuando alguien logra armonizar su lengua, repleta de magmas internos que expulsan incontrolables significados, está alcanzando la belleza y acaso la verdad. Porque la verdad sólo puede ser dicha a través de la belleza.
Hoy la tarde tenía la mirada de caoba pulida. Y en sus vetas, junto al río febril de mi piel, he dictado al unísono los abismos de un espejo.


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Puede ser que morir no sea más que dejar de oír el ritmo del mundo.

jueves, 27 de enero de 2011

Quintaesenciado
el mar es con la lluvia
un solo cielo.


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Frente a la volátil presencia de la legua hablada y la acumulación discriminada de la novela, la lengua adquiere en la poesía una forma definitiva de ser, es decir, en la poesía la lengua sufre una anomalía profunda, totalmente ajena a la esenci de la lengua, a su cambiante forma a su inestable pesencia. En esa forma inamovible, en que las palabras han quedado definitivamente expuestas y ordenadas en lo sintáctico y en lo semántico, se produce un movimiento especular, ya que en ella, en la poesía, la metáfora termina por esconder la verdad, por impedir conocerla.
La poesía no debe rodear ni merodear en lo importante, debe ser lo esencial: pronunciación silábica de lo bello. Todos los dobleces de la lengua poética, que resultan bellos ejercicios de la lengua, se apartan de lo que realmente las compone y las convoca. Mas no es este un impedimento para el deleite que propone. Sin embargo, sólo cuando el poeta es consciente de la uniformidad de su lengua poética y de la capacidad inalterable de la misma, podrá convocar los días y la realidad más allá de su vida. Mientras tanto, mientras persiga decir con lo que oye, no será más que ceniza mojada, sal en el agua, moribunda cháchara de celulosa.
Así se entiende al poeta en busca de la plabra exacta, de la sintaxis inalterbale, porque sabe que su discurso poético dejará por escrito la quietud enrabietada de su especie.

miércoles, 26 de enero de 2011

Es la primera vez que escribo en el diario sin tener conciencia de ello. Ha sido una actuación mecánica, sin más miramientos. Sólo cuando he terminado de elaborar estas líneas, he concebido que, a veces, estos actos son necesarios para continuar en la tarea de escribir.
Lo mismo sucede con la vida. No cabe la contemplación del estado en todo momento, la mayoría de las veces actúa uno sin más criterio que el de lo inevitable. Ese sometimiento del hombre a la inconsciencia es un peligro mayor cuando se trata de las ideas, porque si algún día resultas atrapado y enrevesado en unas ideas sin sentido, habrás sido víctima del mal social del pensamiento. Así que cuando uno contempla, pausadamente, el estado que profesa, comienza la literatura a brotar, como la primavera y la edad, sin ser notadas, sólo concebidas.
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Hoy le decía al cura del instituto que había leído unos libros sobre la cuestión religiosa. Perplejo, quiso saber de qué se trataba. Cuando comenzamos la charla, un grupo de compañeros que pululaban por allí, dejó de hacer su tarea para poner atención al diálogo. Le hablé de Chesterton, H. Belloc y Tolstoi, sobre todo de Tolstoi, de El reino de dios está en vosotros, concretamente. De todos los autores que le comenté, sin duda Belloc fue el que prendió sus más emocionados comentarios, no así tanto Chesterton ni por supuesto Tolstoi. Sin embargo, quise desplegar una defensa de Tolstoi y del sentido primitivo y unitario de sus propuestas religiosas tan alejadas de las jerarquías eclesiásticas y de las instituciones sociales. Un hombre solo, le dije, solo aspira a ser hombre, glosando a Machado, así que un creyente deberá aspirará a ser creyente él mismo, en soledad, sin más comunidades, al menos de principio, por convicción. Después de varios minutos de encendida dialéctica (encendida por luminosa, claro está), cada uno prosiguió su vida con el alma sobrecogida y con las credenciales quizás más animosas que entonces, sin duda, con la luz sobrevenida al alma.

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Debería apartarme de la vida, retirarme de ella, de su ejercicio. Me cansa, como Neruda, ser hombre, pero sobre todo, los hombres. Cada vez menos, lo confieso, no soporto sus manías, sus intransigencias y, sobre todo, la falta de objetivación. El mundo es lo que yo soy, deberían llevar escritos un buen puñado de súbditos de su ego. El mundo es así porque lo entiendo así y no cabe otras interpretaciones ni otras explicaciones. Bla,bla,bla.
Debería jubilarme de la vida para poder seguir en ella, poder desgajarme de sus tentáculos, de sus odiosos ritos sociales y de sus vacuas manifestaciones de modernidad. Debería haber nacido pastor en otra época y dedicarme únicamente a ello; o debería haber nacido golondrina y morir de un infarto en el cielo mientras el aire inundaba mi pecho.

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Descansa una pila de libros sobre la mesa y no me siento con fuerzas para leerlos como en otras ocasiones. Algún volumen de S. Zweig, Unamuno, J.R.J., Thomas Mann, libros de poesía, Samuel Johnson y Tao te ching. Todos en silencio, en un silenco pasucal y reflexivo, que me provoca ansiedad y delite. Una mixtura ingobernable para los sentimientos y que sólo puedo remediar, una vez más, leyendo carnívoramente.

domingo, 23 de enero de 2011

Toda la tarde leyendo a Unamuno, ¡qué deleite y qué bravura de estilo! Este escritor se está haciendo, cada vez, más grande y fortificado. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos es una delicia, pero es superada por el exquisito y enjundioso Tratado del amor de Dios.
En buena medida, Unamuno hace, al final de libro, un ejercicio (desordenado, pero brillante) sobre los confines de las palabras. Viene a decirnos: “El pensamiento reposa sobre prejuicios y los prejuicios están en las palabras”. Estamos ante un complemento justo de lo que Wittgenstein dejó en su Tractatus. Sin embargo, la pregunta demoledora que principia el Tratado del amor de Dios se ha enquistado en mi juicio: “¿A Dios por el amor o por el conocimiento?”

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No seas y serás más que todo lo que es.
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No pienses y vendrás a ser todo.
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Muda tu verbo y dirás el infinito.
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Ama de alma, contemplarás la existencia.
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Entrega tus dones a la religión de la belleza y vendrá a tu ser el espejo de la verdad.
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La belleza es un sendero de verdad construida con mentiras.
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Vivir entre el ahora y el ocaso eso es la literatura.
Anoche, en la ópera, asistimos a un magnífico concierto. Por unos minutos, estuve pensando en este rito que parece de otro siglo, la ópera. Éramos los más jóvenes de los asistentes, pues estuve atento a la edad de los que fueron al concierto. De la misma forma, puse atención en las formas y los ritos que pertenecen a estas actividades. Pensé en las páginas iniciales que escribió Stefan Zweig en El mundo de ayer, exactamente cuando se refiere al microcosmos cultural de la Viena de principios de siglo. Por unos momentos, me emocioné evidenciando esta decadencia.



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Cielo gris y lluvia chispeante. El níspero, el laurel, el pacífico han aguantado con entereza el transplante y estas lluvias tímidas le han caído como del cielo; sus raíces se han hundido en la tierra y sus ramajes se levantan enfervorecidos. Quisiera parecerme a ellos y enraizarme en la tierra natural y en la humedad de la noche, sentir la lluvia como el crecimiento del espíritu y dejar mi cuerpo al sol, a la luz, para que lo bañe el dulce son de la claridad inventada.

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Cuanto más entretenido en lo público, peor obra literaria. Cuanto más atención a lo social, peor persona literaria, pero, ¿existe la persona literaria? Sí. Como dice Alberto Manguel, entre la “H”, de Hyde, y la “J”, de Jekyll, está la “I”, de yo.

jueves, 20 de enero de 2011

He sentido una zozobra de finitud que nunca antes había entendido. Me he muerto de conciencia. Ha sido al atravesar las lomas desiertas y arenosas de mi interior. Al perder la noción del tiempo articulado, me desprendí de un lastre que no sabía que me acompañaba. No he sabido cómo entenderlo hasta hoy mismo, hasta que he leído un par de poemas y algunas páginas de Tolstoi. Con un fulgor auroral, he reconocido el ser, momentáneamente, fuera de mí.
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Uno de los problemas más profundos que acontece en la sociedad actual es la incompetencia profesional y el desprecio al conocimiento. Faltos de hombres de letras profundos y serios, entregados a la tarea de turno, los que se erigen como entendidos (ya sean profesores, escritores, historiadores, etc.) hacen alarde de su ignorancia supina en sus propios asuntos. Esto nos lleva a una serie de disparates como la dictadura de la mediocridad que ya sufrimos, porque son los mediocres los que terminan escalando en los puestos de poder y los que dictan, al fin, las insensatas leyes y las insoportables medidas.
Por este motivo, estoy convencido de que hay que situarse muy sesudamente en los credenciales de la cultura y la formación sin titubeos ni entregas a las modas vacuas. Esta posición que es, ni más ni menos que una cosmovisión, me está conduciendo, últimamente, a ciertas trifulcas que en nada me benefician ni agradan, para empezar por lo absurdo de la disputa.
Nunca he sido un polemista que quiera encresparse en uno u otro ideal, ni un tiranuelo de causas sin sentido, antes al contrario, rehúyo los corrillos de salón y los grupúsculos sectarios, pero hay asuntos en los que me enfrento a mi propia vida. Y en ello, sí juego con navaja y, por tanto, con las agallas y las tripas, con la pólvora de la razón y el sentimiento.
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The dream is real, the shadow is a dream.

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Un poeta afirma que la poesía es ante todo palabra e imagen, no idea. Ante esta reflexión me pregunto si el poeta ha caído en la cuenta de varios asuntos tras haber afirmado esta sentencia sin dudas. Entiendo que la poesía es palabra e imagen entre otras virtudes. Y, por supuesto, desprender la idea de la palabra tan livianamente pone las luces (después de todo lo que se ha escrito sobre la palabra y la idea desde Platón) sobre su incomprensión de la palabra. En cualquier caso, no entiendo en qué consiste dejar las ideas fuera de un gran poema, de un poema enorme, como los de J.R.J, T. S. Eliot o Rilke, cuando estos, lo que transmiten de forma perdurable es evidentemente la idea.

miércoles, 19 de enero de 2011

Los días memorables tienen una luminosidad más intensa que los normales, dice Stefan Zweig, aunque sea difícil dlucidarlo mientras sucede. Solo la memoria es el respaldor del olvido.

martes, 18 de enero de 2011

Al entrar en casa, saludo al vecino. Con amabilidad, le hago referencias al frío, al barrio, a ciertas manías de otros vecinos. Cuando termino y sobrepaso la puerta, me quedo, por unos minutos, pensando en el abismo irrecuperable al que acabo de mandar un puñado de palabras y en los millones de ellas que han sido víctima de la sociabildad y la cortesía. Por ello, cada vez que ocurra algo parecido iré al diccionario y anotaré una palabra nunca dicha ni escrita para reavivarla en mi mollera y en este cuaderno. Algo parecido a instaurar una luz allí donde la noche es pesadumbre del espíritu; será sin ser notada, escondida en la senda natural del espíritu.

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En la mesa, un libro de Tolstoi encima de las poesías de Rilke. Los abro alternativamente. Literatura sin más.
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La niebla tiene tomada la calle y le confiere ángulos que antes no pude apreciar. Son como ritmos en el aire que abren nuevas realidades. La carretera estaba absolutamente entregada a la blancura en ascuas de la niebla en el asfalto. El campo escondido y al resguardo del rocío. Atravesaba la espesura con las manos manchadas de óleo.

domingo, 16 de enero de 2011

Esta mañana, al repasar algunas páginas de la biografía de Tolstoi escrita por mi admirado Wiesenthal, El viejo León Tolstoi, un retrato literario, he descubierto que había subrayado varios párrafos con una fuerza desmesurada, como si al leerlos, hubiera encontrado una suerte de bálsamo verbal que dilucidara las inquietudes últimas en relación a la vida y el arte. En pocos autores contemporáneos podemos encontrar reflexiones tan acertadas y con tanto tino. Las más de las veces, los escritores terminan por repetir las tres o cuatro consignas de su estética y las dos o tres frases que alguien les ha hecho creer que son geniales. Sin embargo, hay poca verdad en las palabras de los intelectuales de este tiempo. Percibo, además, que todos están replegados a la moda y a la circunstancia y que, de intentar ser más subversivos, quedarían apartados del circuito literario de turno, del suplemento y del periódico.
Poco me han importado esas migajas que arrojan a los que escriben los medios de comunicación y los grupúsculos pseudoliterarios. Por un lado, los políticos tratan de conseguir alguna firma con un número de ventas importante para sumarlo a las credenciales de su partido; por otro, los medios de comunicación se apropian de ellos a sabiendas de sus ideas condescendientes. ¿Qué tiene que ver eso con los grandes pensadores literatos; nos imaginamos a Nietzsche haciéndo lo propio o al mismo Tolstoi; lo pensaríamos de Rilke o acaso de Kafka? Estos son nombres más menos cercanos en el tiempo como ejemplos de insumisión, pero podríamos hacer una lista que, a fin de cuentas, sería la lista de la literatura en sí.
No quiere decir esto que los escritores y pensadores no puedan poseer ideología política o religiosa alguna, no es ese el caso. Lo que quiero dejar en claro es que son ellos los que eligen o someten su conducta a cierto establecimiento político o religioso. A través de un enjuiciamiento las páginas de una novela pueden terminar por defender una teoría científica o una propuesta religiosa con tanta vehemencia en uno y en otro caso. No hay nada que reprocahr en estos casos que cito porque todos están escritos desde la certidumbre de su necesidad y beneficiencia para la humanidad, no para el bien propio. La diferencia está en el radicalismo de las escrituras recientes y de su vacua y liviana propuesta: son todas iniciativas que aspiran a bienes personales exclusivamente. No me imagino a ni´ngún escritor actual escribiendo para la humanidad, ara su desarrollo moral, para su equilibrio de valores desaparcidos, para el espíritu europeo que desaparece.
La falta de lecturas y de modelos ha provocado un derrumbe de la literatura actual. No hay quien lea un libro de poesía, escrito por un autor medianamente joven, sin notar la influencia directa de un autor que todavía está vivo y que además lo ayuda a ascender en la presencia social. No hay quien lea una novela con fundamento, con aspiraciones más allá de este mundo tecnológico o, mucho menos, reivindicando con entereza la necesaria reaparición de los valores, como decía antes, propuestas científicas o de la moral cristiana antigua. Son pocas las obras literarias que serán recordadas y es conveniente darse cuenta de ello ahora, cuando es posible no caer en sus redes. Por estos motivos, escritos un tanto a la ligera y sobrevenidos por la lectura de Wiesenthal, dejo transcrito el párrafo de marras:
Creo que los jóvenes del siglo XXI ya han tenido tiempo suficiente para descubrir la falacia de aquellos vendedores de plástico que querían sustituir la literatura por juegos de palabras y pretendían transmutar los valores a base de devaluaciones.[…]En ese juego de supresión de valores y rupturas, que ocupó a muchos intelectuales del siglo XX se fueron acumulando en la cabeza de los jóvenes muchos nombres comerciales, hasta hacerles perder de vista cuales eran los verdaderos valores que desaparecían enterrados entre tantas marcas y tan repetitiva propaganda. A nuestros jóvenes les han arrinconado en un horizonte remoto y oscuro los nombres de Pasternak, Benedetto Croce, Lou Salomé, Máximo Gorki, Stefan Zweig, Ortgea y Gasset, Wanda Landowska, Clara Rilke, Thomas Mann, Georg Friedrich Nicolai o el mismo Tolstoi”.

sábado, 15 de enero de 2011

Hemos adecentado el pequeño patio delantero de la casa. Ha sido emocionante preparar la acción natural: un níspero, un pacífico, un laurel, un limonero y una planta de Aloe que comienza a crecer. Los teníamos todos juntos, algunos compartiendo macetón. Al ver que les costaba crecer adecuadamente y con el espacio necesario, hemos decidido transplantarlos en nuevos maceteros y por separado. El patio ha quedado inundado de árboles y de plantas, porque nos regalaron dos buganvillas son el umbral perfecto para la entrada.
Para esta tarea, he tenido que ir al parque a recoger tierra abundante. El abono lo teníamos comprado. Metidos en faena, hemos acompasado el trabajo con las plantas; tierra, abono, agua. La tarde me ha parecido maravillosa, acogida a una lentitud que hacía mucho tiempo que no sentía. Con las manos embarradas y repletas de tierra hemos estado hablando sobre esto y aquello, con agrado, con la virtud de la cercanía a lo natural. Ahora ha llegado la noche y con ella la oscuridad desfigura los contornos de los árboles. Sólo se intuye e aroma del limonero que penetra por la ventana de la cocina. Después de estas menudencias, he querido darles una dimensión más potente. He pensado que los virajes de la vida hay que aceptarlos con el disimulo de la inteligencia, pero con el ánimo de la celebración sentimental y que lo que algún día pareció reflejo, insinuación o relámpago, puede ser, en estos momentos, estancia inexplorada de la vida.
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Leo que Rilke fue en busca de Tolstoi y que llegaron a conocerse en Moscú en la primavera de 1899. De esta visita, la enseñanza que consiguió aprender Rilke, fue que necesitaba leer y estudiar más para entender en plenitud al maestro ruso. Para ello se entregó, durante un año, a tal tarea. Es esa la sensación que me sobrecoge cuando me dispongo a leer a Tolstoi o a Virgilio, que necesito más vida para entenderlos, más vida, claro está, de estudio y entrega a lo literario y de que no todo puede entenderse con el primer juicio que poseemos.

viernes, 14 de enero de 2011

El vihuelo muestra su esqueleto arropado hasta la cintura por las hierbas y las lomas. Diríase que el entorno lo circunda como una danza de verdes trinos. Al final de sus ramas se vislumbra unas montañas medianeras. Al fondo, la luz perece de anhelo. Desde aquí, el mundo parece recién levantado de una somnolencia, acaso la del hombre contemplado.
Quizás como ese árbol a la intemperie o como esos molinos abandonados por la humanidad debiéramos comprendernos. Como una pincelada desatendida, como un verso suelto o como un naipe, con Cernuda, apartado de su baraja.

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Algunas personas, tan huecas como un quejigo en lo personal, están faltas de instintos, llamémoslo instinto por no ser malhablado. Más bien faltas de quienes le colmen el instinto. Desde luego, esa lección la aprendí cuando convivía con unos compañeros en los años de Universidad. Algo así como la punta seca. Esa es la metáfora.

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Hoy lloré por un pájaro. Era un querubín del parque. Noté la metempsícosis de algo mágico en sus pequeñas alas. Era un cuerpo demasiado pequeño e incapaz para lo que poseía dentro.
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Escucho a un pequeño pájaro que se acerca a la ventana. Lo hace sigiloso, tanteando con sus patitas la distancia necesaria para salir en huida si se encuentra con algún cazador furtivo.
Se detiene durante demasiado tiempo en la ventana y me extraña su pasiva estancia y detenimiento. Pareciera que quiere hablarme y contarme cómo han sido sus disputas con los compañeros del parque o cómo le ha ido con las lluvias de los días pasados. Impasible y realizando escasos movimientos, continúa acercándose. Comienzo entonces a pensar que la situación es, cuando menos, extraña. Nunca antes había estado en silencio tanto tiempo con un pajarillo enfrente, dentro de mi casa. Decido acercarme a la ventana. La abro…y el pájaro se desvanece en el gris de la tarde. Vuelvo mis pasos hacia donde estaba sentado totalmente conmovido. Cuando llega M.C., me anuncia que hay un pájaro muerto en el patio y que se lo están comiendo las hormigas.

jueves, 13 de enero de 2011

Tarde de frío y manos agarrotadas. El cansancio de esta semana hace que sólo pueda leer algunas páginas seguidas, casi todas ellas de libros de ensayo. Agarro el volumen de Meditaciones, de Marco Aurelio, escritas en los últimos años de su vida. Las palabras de este enigmático personaje, guerrero y pensador, siempre me produjeron una bella extrañeza. Leo lo siguiente: “Esclavo has nacido, no te pertenece la razón”.
La razón como un elemento ajeno e inmarcesible para los hombres cuando, en estos tiempos, es ella la que guía al parecer la evolución de la especie. ¿Qué querría decir ese adjetivo, esclavo?
No paro de darle vueltas al término y de desvincularlo de ciertas teorías deterministas que tan poco me agradan. Dice el editor del libro, Ramón Bach Pellicer, que estas palabras pertenecen a un poeta trágico griego desconocido. Poco importa el dato, fueron del poeta, luego de Marco Aurelio, las hice mías y ahora las dejo en el diario. ¿Querría decir que para el ser inteligente hay que entender que el mismo acto pertenece a la naturaleza y a la razón al unísono? Vivir en sí, esclavitud de qué. creo que la esclavitud moderna es la vida en sociedad.

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Quiero mantener esta costumbre en el sótano para hacer del lugar una extensión de la vida y un monástico alojamiento. Lo quiero hacer para que emule, en este rotundo silencio, las más amplias melodías y los contrapuntos más exigentes. Un lugar subyugado, subterráneo, por debajo de todas las cotidianas acciones. Silencio, ecos, mitología de la tarde.

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El origen de la vida, de lo que llamamos el estado fetal, se realiza en agua. Al agua, el primer órgano que desarrollamos es el oído. Música y agua en el origen. heráclito y orfeo, Pitágoras de comadrona.

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Releo el libro de prosas y llego a la misma conclusión, no hay más que añadir. Si hubiera que rehacer habría que escribirlo de nuevo. Me ocurre con la poesía, la corrección me agota y hace que lo que pretendió ser literario sea, para mí, manido lugar de repeticiones. si no lo fue, ¿porqué rescatarlo ahora con aderezos? Corregir siendo otro, con nuevas presencias, como si acabaran de escribirlo y tuvieras que dictar su ejecución. Nunca debe tenerse piedad en las correcciones ni siquiera con quien una vez fuimos.

miércoles, 12 de enero de 2011

A veces el fracaso es una tentación a la que debemos acudir necesariamente para asegurarnos de que es en él donde mejor nos entendemos.


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Hoy he recordado una frase de Jules Renard que dice: “Cuando tengo ganas de aburrirme hago vida social”. Nada más aburrido que la vida social, la que se entrega sin más ni más a esta horda de humanos sin centro, a esta masa cada vez más nauseabunda.
Sólo en el ritmo de las encinas se encuentra la vida.

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En la imagen del círculo encontró Goethe la perfección. Una línea que se persigue a sí misma y que renace en sí misma, que se transforma dados sus elementos propios. Eso es ser humano.

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Corrijo las pruebas de un libro futuro en prosa. Nunca antes me había detenido a realizar tal tarea. Es ardua, mas merece la pena. Realmente, el trabajo está concluido. Sin embargo, una enorme insatisfacción me sobreviene en algunos párrafos que merecieron más atención.
Con estas correcciones me he preguntado si no sucede lo propio en la vida, es decir, si no debemos mantener el cuidado con ella en todo momento. El cuidado en la vida puede estar sujeto a una cuestión de estilo, por ejemplo, o a una solución estética, en muchos casos. Prefiero una estética bien entendida a una ética reprobable y nauseabunda, hueca. La vida al filo de la espada.

martes, 11 de enero de 2011

Desde el sótano pienso en los estertores de este día que declina. Entre la grisura, entre los agrios sucedáneos de la mañana, he dicho lo que nunca pensé decir y lo que fuera olvido. La mayor parte de las palabras que pronunciamos terminan ahuecadas en el espacio del más absoluto abandono de la memoria. La mayoría ni siquiera tienen la fuerza y la presencia para nortear la vida de alguien. Por eso, sólo cabe en la vida de un hombre un puñado de palabras, una ristra de periodos sintácticos que serán fundamentales y que siempre serán lo nunca dicho. Ese ramillete de prodigios verbales, que acaso coincida con los de otro hombre, acaso con toda una obra literaria, sólo valen los días contados y, como un eco, irán desapareciendo lentamente hasta superarnos en el espacio y en el tiempo.

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Le comento a R. algunos aspectos, brevísimos, acerca de las exposiciones que visité en Madrid de Rubens y Renoir. Creo que se me notó demasiado que Rubens me parece infinitamente mejor pintor que Renoir y no lo digo tanto por las técnicas al uso, en las que más bien soy lego y patético, sino en la profundidad de sus ideas. Sólo el retrato de Séneca o la serie dedicada a Aquiles superan al pintor de los retratos de señoritas púberes.

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Con todo, me he mudado al sótano para escribir por las tardes. Esta grafomanía comienza a dejarme inquieto y me crea cierta desmesura y aislamiento social. No puedo pasar una tarde sin escribir al menos una volátil reflexión.
Abiertas las páginas del libro de Trías, del libro de Dante o el de J.R.J. para qué necesito utilizar estos vocablos hueros, para qué. Sólo quien conoce la excelencia de la literatura se atreve a reclinarse y asentir paulinamente en la transparencia de los otros.
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Ventana abierta que acredita la legada de la noche. El viento adormecido reposa sobre el cristal sus tentáculos. Un pájaro se acerca a la nueva buganvila instalada en la entrada de la casa. El limonero, antaño enfermo de cielo, esplndora sus ramas por el horizonte. Poco a poco van durmiéndose los mirlos como encantados de raíces. Cielo negro, azabache. Cientos de estrellas marcando el horizonte.

lunes, 10 de enero de 2011

Días muy parecidos, demasiado semejantes, a los que relata Julio Ramón Ribeyro en La tentación del fracaso. El sol acaba de salir. Hace frío. Sostengo el IChing sin remedio.

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Salí aturdido de la escuela en la mañana, porque nada de lo que sucedió terminó de ocurrirme. Ajeno, absorto, desvaído. Esta secuencia de la vida se me antoja fragmentada, nunca antes había sufrido tal desintegración. Nada de lo que acontece me preocupa más allá de la necesidad práctica. Apatía en sentido griego. Parece la vida desasistida por lo vivo. Solo busco respuestas complejas ante lo que me habita por de dentro como humano. Tampoco entiendo estas ganas incontenibles de llorar. Leo el Evangelio absorto, tanteándome como el discurso de la montaña.

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Dice Ribeyro: “El inconveniente de una moral estoica, a la cual me siento muy inclinado, es que nos condena a una irremisible pasividad frente a los acontecimientos”. Esa es la pasividad que me sobrecoge. Exacta descripción de un estado.

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Más allá de cualquier vida, más allá de cualquier circunstancia, permanece la especie que nos acredita en el mundo. A ella pertenecemos y sus límites asumimos; si somos algo, en ella está contenido; lo deseado y lo hiriente; lo que nos madura y asiste; lo que nos menosprecia con la edad. Todo excepto las directrices de lo inefable, el orden de lo inaudible, que jamás el hombre reconocerá haber lastrado y que tanto bien provoca en su escucha y contemplación.

domingo, 9 de enero de 2011

Con todos los anacronismos sobrevenidos, he descubierto la música de Josquin Des Prés gracias al libro de Eugenio Trías. He de decir que Trías es el pensador español que mejor ha escrito sobre la música y que esta tarea, la de emprender un imposible, la salda con éxito sumo y con la virtud de la inteligencia. Leer sus páginas es una invitación musical, polifónica, que antecede con privilegio a una escucha detenida y que prodiga un umbral razonado para los límites pétreos y cortos del hombre. Ante libros como este, las novelas resultan fallidas ficciones y desmayadas ideas.
Después de estar varias horas escuchando su música, una incipiente fabulación de la música moderna y un presentimiento de lo contemporáneo, sólo puedo manifestarme a través de unas líneas versales, vagidos, suspiros lábiles. Todo ello a pesar de que sus composiciones las realizaba por encargo, jamás por iniciativa estética en sí o por puro deleite. En él se desmoronan todas las teorías del XIX y él, Des Prés, mejor que otro artista, condensa la actuación de un talento ante una disciplina artística.

Sol de vihuela
y límite del alba.
Oracular presencia
de los sonidos.
La piedra rota
por la lluvia y el magma
de tu presencia.
La claridad
deviene toda
de lo inefable.
Sólo en tu música
se desdice la aurora.

sábado, 8 de enero de 2011

Hay quien decide dedicar a la escritura una franja horaria estable como si la escritura fuese un trabajo que pudiera decidirse cuándo se realiza. La primera lección del diario es la disciplina en la escritura, pero a poco que uno va escribiendo, va tomando conciencia de que escribir puede convertirse en una ráfaga pasajera, momentánea, esporádica, imprevisible. En ocasiones, durante horas, intento concentrar alguna idea o amarrar alguna argumentación sin apenas conseguir más que un puñado de vocablos. En otras, por el contrario, con una sola oración o frase o apenas un párrafo ejecuto lo que considero suficiente. Así, el diario es la actividad de la suficiencia, la práctica borgeana de que siempre algo se puede contar con menos palabras de lo que se hace.
Esta creencia diarística que, repito, ha constituido una renovada postura ante lo literario, se acerca demasiado a la poesía. Y es en este punto donde se corre el riesgo de caer en la lírica vacua de algunos escritores que pretenden insuflar en sus líneas alguna evocación lírica. Esa evocación es, apenas, payasada emocional o melosa actitud sentimental.
En un diario uno debe sacarse las tripas y ponerlas encima de las sílabas. Debe contener este cuaderno las más insospechadas anotaciones, aquellas que no tienen cabida en la prosa erecta y que no tienen lugar en la poesía. Todo lo que no ocupa la poesía pertenece al círculo de lo fungible, de lo desechable. Y en esa batalla debe actuar el escritor en su rescate, en el rescate de aquellas líneas condenadas al olvido porque son solo dictados de un ego envirotado.

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Hay quien habla del compromiso en lo literario aun sin ser literario. Esa es la segunda lección y acaso la más complicada de edificar: el compromiso diario con la escritura. Jamás debe desfallecer el escritor ante la palabra. Ella es siempre tentación, suficiencia, altanera, superior, indefinible, irrevocable, justa, exacta. Es el escritor el que batalla en su búsqueda precisa y el que debe alojarla en el lugar más exacto de su sintaxis y en el lugar más preciso y bello de su semántica.
En esta disputa, no caben los prejuicios y no debe e discurso amoldarse a las circunstancias más banales y más chabacanas que nos suceden en la casa o en el trabajo. Tenemos que elevarlas a categoría y otorgarles la suerte de lo literario. Para ello, solo es posible convocar el compromiso con la palabra dada, con la palabra literaria, con la que no se confunde con el rumor de las modas ni de los conchabeos.
Como una galería selecta, como una ciudad que muestra sus ruinas perennes, como un espíritu que se altera con la música de Bach, como un océano sin desmayo, como un cielo abierto colmado de luz, se debe escribir en un diario. Lo demás es subalterna aspiración sin sentido.

viernes, 7 de enero de 2011

Adquirir, por lo pronto, un tono menos literario, quiero decir, desvincularme de la continua reflexión sobre la sucesión de palabras que persiguen una estética y que llamamos literatura deba ser lo necesario; o a lo mejor, la opción más adecuada reside en realizar un viraje sobre los mismos pasos, pero con respiración nueva, con la casa encendida; o asumir ciertas convicciones hasta desaforarlas o, siemplemente, escribir, escribir, sin más ni más, como viene la vida, como se bambolean las barcas arumbadas en la orilla, como lo hacen los años sin meditación alguna. Escribir como síntoma del ritmo intrínseco que nos sobrecoge más allá de nosostros mismos.

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No hay nada más necesario como la reinvención de uno mismo. Es la señal máxima de la luminosidad y de la certeza de ser humano: lo cambiante todo. En esa transmutación del pensamiento puede uno terminar por enraizarse en lo que estuvo negando normalmente por desentendimiento e incomprensión. Ahora, que brotan claras las aguas de un río manso dentro de mí, asiento ante el vuelo del pájaro, ante la presencia de este cárabo que perfila el horizonte.
Como sus plumajes libertinos en el aire, ansío la luz no usada, como sus plumajes libertinos. He aquí la presencia de un hombre renovado, que ha contemplado, en lo más profundo y único, la vuelta al sosiego que otorgan las ideas calmas. Ningún hombre debe infundir en otro conversión alguna a esta u otra ideología o creencia. Sólo el cambio individual y propio, adquirido por el conocimiento interno, es verdadero. El resto es rumor oculto y evitable.

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Quizás añadir algunas notas de ironía o humor al diario lo haría más ameno, ameno tal y como lo utilizaban fray Luis y San Juan… el ameno huerto deseado.
Tampoco esto garantiza nada, más bien lo que provoca es incertidumbre y esa es una consigna que debo evitar. Las obras de una pieza fueron portadoras de una idea central potente y en la que el autor volcaba todo su furor intelectual. Eso sí es escribir como del alma.
Lo que sucede ahora, lo que hacen esos poetas llamados jóvenes (la poesía no entiende de edad más que la del tiempo único) es seguir sin concesiones el dictado de otro, de alguien que sigue las directrices ideológicas o religiosas de turno.
No le conviene a la literatura los religiosos metidos a poetas, ni los comunistas metidos a poeta, ni los tontos mediocres metidos a poeta, ni los que no tienen oído metidos a poeta, ni los que sueñan con ser poetas sin poder serlo. Todos deben ser expulsados, maltratados por la propia poesía. Esta debe evidenciar la falta de talento y eso se nota desde la primera sílaba.
Por lo tanto, no voy a desdecirme de esto que escribo, pero ya basta de elogios vacuos a los mediocres de siempre, alguien tendrá que decirles otra cosa como, por ejemplo, que no saben escribir, que esa cualidad es tan verdadera y transparente que ellos no pueden poseerla desde fuera de la literatura, ya sea con un millón de libros, con voces panfletarias o con misarios de domingo.

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Ante esta afirmación de H. Belloc siento un extraño asentimiento que no confirmo, que me convoca a otro juicio: “Europa es la Fe y la Fe es Europa”. A pesar de sus argumentos bien trabados y de sus textos redondos, hay cierta desconfianza insobornable que me hace reticente ante tanta convicción.

jueves, 6 de enero de 2011

El año comenzó en Madrid recorriendo las callejuelas que circundan la Plaza de Cascorro, en el Rastro. Era temprano y decidimos comenzar la caminata en busca del algún libro o de algún objeto de esos chamarileros que asedian las calles con cachivaches. No conozco una forma mejor de comenzar un año, rebuscando en lo antiguo para hacerlo nuevo, enraizar en lo obsoleto para reanimarlo y darle un soplo vivífico y renovador.
Como esos detectives meditabundos, comienza uno a ojear un libro de lejos, por ejemplo, el volumen I de la Obras completas de F.G.L recopiladas por Guillermo de Torre para la editorial Losada, en el año de 1938. La edición añade unas palabras de Margarita Xirgu que advierten de que la edición está realizada de acuerdo con los originales que ella poseía del autor y que contienen los últimos retoques del mentor. El lomo está muy trotado, la página de portada está despegada. Poco importan esas cicatrices. El libro está debajo de una mesa enorme con libros de lance que tienen poco valor literario y económico. Sin embargo, el volumen de Lorca descansa alejado de toda esa mansedumbre libresca; lo hace solo, aposentado en los bajos de las modas de paso como huyendo de la fábula de fuentes sonorosas y vacuas. Rescato el libro con cuidado y con movimientos de músico y el gitano comienza a mirarme de soslayo advirtiendo que si he decidido recogerlo del suelo tendré algún motivo importante para ello. Rápidamente se acerca y me dice que el libro es bueno. Ante esta acción, decido contestar escuetamente y dejar el libro donde estaba. Es demasiado temprano y los chamarileros se encrespan con sus mercancías en las horas tempranas. De golpe, medito que volveré al mediodía, cuando el marchante se vea que ha vendido poco o ni siquiera nada y que un puñado de euros sería una buena recompensa por ese libro “bueno” de Lorca que incluye Bodas de sangre, Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín y Retablillo de Don Cristóbal. Así lo hago y así se lo indico a M.C. que, a pesar de todo, ya sostiene en sus manos una edición de Métrica Española. Reseña histórica y descriptiva, de Tomás Navarro Tomás, publicada en Siracusa en 1956.
El libro de T.N. presenta una edición en tapa dura, muy bien mantenida, sin anotaciones ni subrayados. Alguien tuvo que haber alojado el libro en sus estantes y consultarlo poco, a pesar de que el volumen me parece que se ha superado en pocos aspectos, a pesar de su antigüedad y de los logros de la retórica moderna. Junto al libro de Lausberg, lo tengo por un excelente libro de referencia y así se lo hago notar a M.C. que lo suelta siguiendo la estrategia de otras ocasiones pasadas y que tan bien tenemos afinada.

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Definitivamente, diario. Si el año pasado comencé con reflexiones acerca de la naturaleza de estas letras, ahora, lo que me preocupa es cómo remozarlas y darles vida nueva. No sé si los temas cambiarán o si mantendré la misma musculatura diaria de hace más de trescientos días. Como en un umbral, la palabra se difumina en su propio centro y es trabajo atlántico definir a priori qué será este diario.
Hay, sin embargo, una serie de actitudes que me hacen mantenerme firme en este propósito. Por ejemplo, el cambio brusco que he sufrido en relación a la fe, a lo sagrado, a la cultura europea y a la necesidad de rescate que sufrimos en la sociedad actual. No hablo de pasajeras influencias, sino de la aparición de nuevas convicciones meditadas durante horas y lecturas. Si estarán o no en las páginas siguientes, se verá con la evolución de mí mismo, del otro que escribe según sus caprichos.

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…compré, por dos euros, una antología con textos de Ramiro Ledesma Ramos publicada en Ediciones Fe, en concreto, en una serie de "Breviarios del pensamiento español", en 1942. El libro incluye textos muy curiosos que abordan diversas temáticas que van desde "La unidad nacional" hasta la "Historia de las J.O.N.S", pasando por textos que se enfrentan al marxismo y otros que inciden en el "Sentido de lo social". Junto al libro de Ledesma Ramos, compré otro de José Antonio Primo de Rivera, Anthologie, ya que el libro recoge textos en francés. Está editado por Ediciones Prensa del movimiento, en Madrid, en 1950. Los textos están escogidos por Gonzalo Torrente Ballester. Incluye, como curiosidad, un soneto de Dionisio Ridruejo dedicado a José Antonio traducido, igualmente, al francés.
El señor que me vende estos libros me dice que me los vende por un euro los dos ya que son libros de dos falangistas y de dos seguidores de la dictadura. El señor me habla con insidia como si yo estuviese una figuración de esas ideas que tanto le enfurecen. A las palabras del vendedor de libros no les veo ninguna amenaza y le digo que soy filólogo y profesor de Literatura y que sólo los compro por interés bibliográfico. A pesar de mi escueta respuesta, el señor se enfada aún más y me dice que me regala los libros y que me los meta por el culo. Con sorna, le digo que lo haré gustosamente ya que no se merecen más que eso. M.C., que asiste al espectáculo, me agarra del brazo y me dice que no debería entrar al trapo con estos señores, pero a mí me encantan estos episodios de confusión, de prejuicios, ya que identifican las vertientes actuales de la sociedad y me hacen sentirme vivo y reluciente entre tanta mojigatería.

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No me olvido del libro de Lorca y el de T.N. Debido a ello, me vuelvo, rayano el mediodía, de nuevo al chamarilero de marras. M.C. me dice que no vuelva a meterme en una trifulca por culpa de unos libros y que le pague sin más ni más al señor.
El gitano me vio llegar y se arrimó hacia donde yo estaba. Me dijo que si ya estaba decidido, ¿decidido a qué?, le contesté. El gitano me volvió a decir que el libro bueno costaba un dinero y que no pensaba bajarle el precio. Cuando un señor te dice eso en el rastro es que está deseando venderlo. Le dije qe le daría tres euros por el de Lorca, ya que tenía las tapas maltrechas, y cinco por el T.N., ya que era un libro que no iba a vender en varios meses.
Aquí los tengo, en Jerez, acompañando el I Ching, el libro de las mutaciones, que lo inicia un poema de Borges.