martes, 9 de junio de 2009

Breve sombra.


Breve sombra soy:
vestigio inútil de los días,
simulacro latente, leve sonido,
acuífero lamento, porción de lo pasado,
insistente mirada, ciega retina,
tierra invisible que aspira a la tierra,
aire de gris enrabietado,
maníaca disputa,
sustento imaginario de las letras,
un sueño en otro sueño que camina
hacia la nada.



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Extrañeza sin Márai. Comunión con el olvido.


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Comencé a escribir con la música de Beethoven. Tengo guardada la imagen en una galería suntuosa y prístina de la memoria que aún posee todas las ilusas ensoñaciones de entonces. Todo lo que escribo y lo que pienso está necesariamente adherido a una música, una música que es la atmósfera preparada donde oxigeno, tramito y hacino los engranajes de mi actuación. No hay nada importante que haya ocurrido en mi vida que no haya surgido de la música, porque creo que de ella nacen los más sublimes pensamientos, los más infantes retales literarios.
Hoy escucho Las criaturas de Prometeo, una obra de juventud de Beethoven. Propone el genio alemán un destino distinto a Prometeo. Éste, apoyado en la confianza de los dioses olímpicos, comienza a crear sus criaturas con la ayuda de Pan y Apolo. Con la llama divina o el fuego divino crea a un hombre y a una mujer, pero solo los dota de vida, ni sentimientos, ni razonamientos. Les falta el Alma. Son criaturas memas, endebles de razón, manejadas por la realidad que los sobrepasa. Se llaman Euterpe y Anfión.


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Prometeto decide destruirlas porque, sin Alma, no valen nada las criaturas. Sin embargo, antes de ejecutar esta destrucción, decide llevarlos ante Apolo para que los instruya en las Artes y las Ciencias. Y es aquí, con todo el idealismo romántico de Beethoven, cuando las criaturas comienzan a tomar conciencia de que tienen vida y de que son un hombre y una mujer. Euterpe es la musa de la música y Anfión ha quedado como el hermano gemelo de Zeto y ambos sirven de contrapartida. Anfión, en este caso, sostiene la afición a la Música y las Artes.
Ya termina el Adagio del segundo acto. Y me quedo removido en estas aguas mitológicas como un narciso que contempla su imagen difusa sobre las aguas onduladas.


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Sin duda, la composición de Beethoven es de una modernidad exasperante. ¿Qué es el hombre moderno si no el resultado de una vida sin sustancia, sin alma? ¿Quiso Beethoven advertirnos, en plena ebullición romántica y revolucionaria, de los peligros futuros de la desustanciación? Pienso, sin duda, en la cantidad de jóvenes tal que esas euterpes y esos anfiones, desestimados por la falta de alma. Vivos, colmados de vida, pero sin el desarrollo de la sensibilidad a la que los sometío Apolo. ¿Cómo despertarles la conciencia de la vida si no a través de las Artes? ¡Qué paradoja, las artes, esas ficionales virtudes de la imaginación adiestrando los espíritus antiguos!


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Como una criatura prometéica me debo a la música, en ella fui y en ella estoy siendo.