domingo, 14 de junio de 2009

En el tren. En los libros, la vida de otro, yo mismo.

Iba en el tren releyendo el libro que siempre agarro para releerlo en los trenes, Una historia de la lectura, de Alberto Manguel. Desde que me lo regalaron -un querido y estimado profesor del que rendiré buena cuenta algún día- ha sido uno de los territorios por los que más he paseado y con los que más he disfrutado aun sin ser una novela, ni un libro de poesía, una obra de teatro, ni un mamotreto de filosofía. Es un libro fascinante, de obligada lectura.
Andaba yo rememorando algunos pasajes mientras el campo mostraba el verde amarillento de los girasoles. Leía aquellas páginas en la que explica Manguel cómo se convirtió en un lector de privilegio, pues se transformó, en pocas horas, en lector de Borges. Este hecho siempre me ha parecido una experiencia literaria, Alfonso Reyes dixit, que jamás tendremos ningún otro lector por mucho que tengamos manías comunes. El lector de Borges puede alzarse como una categoría inusual, extrema, podríamos decir. Porque Borges, normalmente, releía y recitaba los pasajes de memoria haciendo que su voz se encontrara con la voz del lector.
La literatura en la voz que arrasa unos oídos, que arranca de la memoria unos pasajes amarrados al recuerdo. Y luego la creación.

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En este día que se recoge ahora…”, como dijo Dylan Thomas, recojo la chistera y la capa sobre el taburete de los sueños. En ellos me volveré materia de la nada. Y entonces mi palabra no será mía, ni será escrita por mí. Sólo seré, en los sueños, un ínclito atlante inconsciente que, ni siquiera al despertar tendrá, conocimiento de que acaba de nombrar al mundo.

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Mis libros de Vila-Matas son los que más escritos están al margen de las letras. Y eso me ha llevado a tomar algunas determinaciones. Por ejemplo, vuelvo sobre algún subrayado que glosé en su momento. Definitivamente El mal de Montano es el manual que describe el mal que me recorre, el de Montano. Por eso lo escribo, en él descubro los trazos de mi vida y la entiendo como la vida de otro, como un heterónimo que se hace pasar por mí y escribe y lee y escribe la lectura. Precisamente, porque la literatura nos permite comprender la vida nos deja fuera de ella, dice Vila-Matas. Cuando leo sus libros, la percepción es que estoy diseccionando mi vida, no viviendo fuera de ella, no huyendo de la misma, sino lanzando sobre sus arterias la potencia analítica de la palabra literaria. Y en su eco acaso me vislumbro como un sujeto.