miércoles, 17 de junio de 2009

El silencio de Virgilio

Compré La muerte de Virgilio, de Hermann Broch. No sé por qué algunos libros aparecen en mi vida con una facilidad que bien merece ser escrita. Para que quede nombrada y ya pueda recordarse y pertenecer, así, a la más sublimes de las realidades.
Por semanas, el libro va tomando existencia en lo que leo: suplementos, libros, algunas bitácoras interesantes. Entre esos textos, diversos todos, comienza a repetirse un título cuya hegemonía final es tan evidente que el fin se produce cuando compro y leo el libro.
Podríamos decir que es un caso de invasión a la realidad a través de la ficción. Porque hasta el momento, la única manera que tuve de su existencia fue a través de la ficción. Me sucedió con Rilke, con Heidegger, con Conrad y con Pessoa, por ejemplo. Hay muchos más, claro está, pero el último caso de libro o autor que se ha ido solapando a los días por medio de las fisuras de la ficción es La muerte de Virgilio.

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Esta tarde me apetece continuar las lecturas de la mano de Cees Noteboom. Miro el índice de poetas y pensadores que indican en qué cementerios estuvo el neerlandés. Y en la página 317 aparece el nombre de Virgilio.
Está enterrado en la Salita della Grotta, en Napolés, desde 1930. El escritor está en Napoles bajo el hechizo del ruido y el desorden napolitanos. La paradoja sucumbe porque el poeta bucólico yace entre obreros modernos, ruidos de coches y trenes y toda la contaminación que desprende esta ciudad italiana.
Noteboom se siente decaído por estas añagazas de los humanos. El antídoto que utiliza es recordar su lectura de la Eneida. A ello se entrega como un homenaje póstumo. Yo me levanto del escritorio y voy a rescatar el libro de las baldas. Quiero comprobar los surcos de mi lectura, quiero comprobar que por unos días fui lector de Virgilio, que el germen de esta virgiliana necesidad viene de antiguo.

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Después del paseo, me detengo en las letras de George Steiner. Lenguaje y silencio es uno de los libros más intensos y demoledores que jamás leí. Y esos son los volúmenes que me llevaría a una tumba, los que dijeron en algún momento qué soy o a qué aspiro mediante el ser.
En Lenguaje y silencio, introduce Steiner la necesidad de abandonar la palabra, de anexionarnos de la palabra para tomar la perspectiva necesaaria para el análisis o la creación o la pura observación. Un alejamiento de la palabra que nos permite desasirnos de la implicaciónn racional de su enunciado. Una huida del reino de la palabra, proclama Steiner.
Algo parecido a leer La muerte de Virgilio de un tirón, sin más mediaciones críticas que nuestra intervención como lectores.
En un momento del libro, recuerda Steiner una de las más famosas enseñanza zen. El koan zen le pregunta al novicio: “Conocemos el sonido de dos manos que dan palmas, ¿cuál es el sonido de una sola?”.
Como un novicio me encargo la tarea de desvincularme de la palabra, de escuchar el sonido de una palma… y lo primero que hago es leer las palabras últimas del Tractatus, de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar hay que callar”. Quizás comprendo que la creación literaria no tiene vocación de soledad. Es una palamda en busca de su sonido. La creación literaria es una sola palmada del lenguaje con aspiraciones sinfónicas.


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La poesía es un eco que aspira al silencio.