jueves, 11 de junio de 2009

Reptantes horas.




Tú que habitas los giros reptantes de la noche,
que en el silencio sostienes los enigmas
y las causas primeras.
Aquí te tengo en esta tarde
muerta,
y vives porque hablas por mi boca:
como una talla en crudo
la realidad levantas. Dices: Cielo,
sombra, espacios marítimos,
de la infancia los arquitabes,
boceto del olvido,
aire ensimismado, tormenta
de estos cuerpos que saben a difunto.

Porque puede decirse esta verdad
sin artificios,
se rebela esta luz sobre los campos
como una piedra sometida
a la medida exacta de la tierra.
No quieren ver más mis ojos
porque ya te han visto.
Y eso les basta.

***
Escribir debe ser un ejercicio de vacío que arranque, todos los días, como si nunca antes se hubiera escrito nada.

***
Temo a los que defienden la cultura como una prebenda política. El hombre está falto de conocimiento, esto es, de lo que los griegos tomaron por el conócete a ti mismo. ¿Cuántas horas no derramamos en falsedades, vacuos trasiegos que terminan en nada? Hoy he sentido en el trabajo esa nefasta agonía de la insatisfacción y todo porque alguien dijo que ni el Latín, ni la Lengua, ni la Literatura ni las Matemáticas sirven para nada… Y lo decía con el rostro repleto de ignorancia, con las marcas de la política, -como una peste negra-, sobre su cara.
No debo exasperarme por estas anécdotas, pero en este mundo vivo, en este mezquino mundo vivo rodeado de hombres, de estos hombres.
*Ilustración, La lección de música, de Matisse.