viernes, 12 de junio de 2009

Un quietismo estético.

Un libro chispeante es Cuadernos (1894-1945), de Paul Valéry: “El placer literario no consiste tanto en expresar tu pensamiento como en encontrar lo que no te esperabas de ti mismo”. La creación, tomada así, work in progess, es una meditación dilatada de la originalidad. La obra concluida es al mismo tiempo una discontinuidad. En algún instante, cesa en su ahondamiento. Y al detenerse, se vuelve ensimismada y abierta. Una suerte de recinto amurallado que posee todas las puertas al mundo en que todo es realidad y en el que nada es realidad

***

Así pensado,
cuando todo termina
se abre el infinito.
Si somos sucesión
en lo perecedero,
si la luz nos habita
donde todo vuelve a ser cierto
por pura palabra.
Y como las ciudades
que contienen
el mundo;
como unas efigies
que percuten la piedra,
el amor no es amor
sino sinopsis.
No somos más que otro
desierto, ladera inhabitada,
que busca sus pisadas en el llano
finito de sus días.

***
Deberíamos arriesgarnos a desarrollar lo que Pessoa llama un “quietismo estético” de la vida. Con esta enseñanza conseguiríamos una selección de la realidad que aprehendemos. Porque gran parte de la realidad que nos llega es de forma involuntaria y, en esa tubería en que penetran los insidiosos, deberíamos tener un filtro. Desde hoy coloco el filtro de la quietud estética, de Pessoa, que se puede definir de la siguiente manera, a la manera del Libro del desasosiego, 184: “Un quietismo estético de la vida mediante el cual consigamos que los insultos y las humillaciones que la vida es y los vivientes nos inflingen , no llegue más que a una periferia despreciable de la sensibilidad, al remoto exterior del alma consciente”.
Con estas hilachas desprendidas del libro del portugués, encomiendo a mi vida la irónica y tremebunda actuación de filtrar lo innecesario y, por el contrario, de levantar una defensa acérrima de lo fundamental. Sin beligerancias, sólo con inteligencia y emoción.