martes, 23 de junio de 2009

Una golondrina, el pacto meditado.

M. se ha convertido en una golondrina. Con todo el esnobismo de las letras de Wiesenthal, todas las tardes sus ojos comienzan a batir las alas. Yo me conformo con ser una de sus plumas.
Ayer revoloteó por Viena. Sus calles, los personajes más destacados, las sensaciones más personales y una prosa viva, apajarada y rítmica, hace de su lectura una plástica lectura de las ciudades. Me explica, entonces, que ya nunca volverá a viajar de la misma forma, ella, que encuentra en los viajes la línea de sombra que soporta su existencia.

***

Abre su vuelo el día
un pájaro amanece.
El mundo inhabitado desespera
porque contiene todas las palabras,
toda la música de los espejos rotos.
Uno despierta y lo contempla
así de quieto como el trigo,
así de claro
como una fábula de fuentes.
Un día comienza en mis palabras
en ellas se levanta.


***

A poco que uno relee lo que escribe, no le queda más que renunciar a ese río fugitivo de las palabras. Este cuaderno no tiene itinerarios, sólo la tentación de lo imposible. Toda tentativa infinita es una respuesta ponderada, una exclamación que brota de la huida. Escribir es querer huir de este mundo que es otro, de este mundo que nos parece un tremendo acuerdo de la imperfección. En las palabras nos dieron el instrumento de la solidaridad. Escribir implica leer. Un lector y un escritor mantienen un pacto secreto, a pesar de la sonora vigencia de la palabra. Un pacto tácito, prístino. En el que todo comienza a tomar sentido.En el que al amanecer las palabras toman el aroma de la mañana.