domingo, 7 de junio de 2009

La transparencia de los cementerios.

Al acabar de leer el nombre de Père Lachaise, donde están enterrados Apollinaire, Proust, Balzac, Hugo o Wilde, recordé la última vez que estuve en París. Era diciembre de 2008 y alquilamos un apartamento en la Rue Mouffetard. Íbamos en compañía de dos magníficos amigos, M.José e Iván. El viaje fue el fruto de una tarde etílica en la que nos vimos, antes de tiempo, paseando por los bulevares, tomando cafés en Saint-Germain y contemplando la luz derretida y tamizada por el Jardín de Luxemburgo. Era una cita que teníamos pendiente, una coincidiencia forzada que debíamos alimentar con nuestra voluntad. Así ocurrió y ocurrió bien y en la memoria está con toda su melancolía.
En ese viaje teníamos claro que debíamos hacer nuestra peregrinación a dos cementerios, Montparnasse y Père Lachaise. En la tumba de Don Julio, Iván y yo decidimos que la mejor manera -o al menos una de las mejores formas- de brindar con aquel cronopio enfamado o fama encrocnopiado era beber un vaso de vino a su salud y fumar un cigarrillo al tiempo.
Pensábamos que el humo de nuestros gauloises penetraría hasta sus huesos y que en un fuero interno irracional, Cortázar se hubiera sentido a gusto con aquel gesto.
La tarde fue enracimando los recuerdos, las lecturas, con un frío atroz y desmedido que, ahora que lo pienso, es el frío que produce la razón de los sueños.

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Nos trasladamos a Père Lachaise y allí vimos el infinito. En ese cementerio, la luz es oblicua por la gracia de la piedra. Y recorrimos sus callejuelas entre tumbas y restos. Estuvimos con Proust e Iván le juró terminar de leer su obra para que en el futuro encuentro, la conversación sobrepasara los límites de Swam. Noteboom dice que al estar frente a la tumba de Proust “es algo en verdad desconcertante. Una tumba, al tiempo que es un simulacro de presencia, señala, desde luego, la ausencia de una persona: Proust ya no está en ninguna parte, tampoco aquí. Y sin embargo, al vernos frente la concreta tumba negra y marmórea, albergamos la ilusión de que está presente, de que somos junto a él”.

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Las últimas palabras del año de 1988 están dedicadas a L. A su cuerpo, a la nobleza de su piel, a la presencia y compañía que Márai sintió junto a él como una necesidad metafísica. Ya sólo queda una línea en el diario de Márai. Es curioso, pero la transparencia de la página deja notar la presencia de esa línea que es lo único que escribió en 1989. Y ahora sí está aquí el final, aunque no me atreva a pasar la página dedicada a L. Prefiero seguir pensando en la enseñanza de Márai sobre el amor, la soledad, el comportamiento humano. He aprendido mucho sobre el amor en las parejas con Márai, me digo con reticencias. He aprendido que la presencia inhabitada de la mujer que amamos es la encarnadura de la mujer que queremos. Y ella se apoltrona en nuestra existencia como una nube que esconde una luz, como una loma que resguarda los montículos de un campo. Márai muere cuando muere L. y lo hace aturdido por sus palabras, por la lentitud de su muerte. Recuerdo que al tenor Alfredo Kraus le sucedió algo parecido, perdió la voz para siempre cuando su mujer se la llevó a la tumba.
Vuelvo de nuevo a la transparencia de la página que sólo tiene escrita una fecha, 1989. Detrás de ella se reproducen unas líneas manuscritas, advierto. Y, a continuación, las últimas palabras de Márai. Aprieto las páginas y leo: 15 de enero. La trasnparenia, dios, la transparencia…
*La primera foto la tomé en Père Lachaise. La segunda muestra las cabezas de Iván Pérez Caro y el susodicho en la tumba de don Julio.