lunes, 29 de junio de 2009

Lugares de trance.

Este verano viajaré a Trieste. Allí visitaré el Café San Marcos, el lugar en que comienza Microcosmos, de Caludio Magris. Comprobaré que aquel café sigue manteniendo las virtudes de los cafés antiguos: su pluralidad, su apertura a la sociedad y su rebeldía ante los parroquianos selectos, su aritmética aglutinación de las palabras. Puede decirse que con las palabras pronunciadas en un café, puede constituirse al hombre.
Un café es un lugar de ida y vuelta, como un cante flamenco. Dice Magris que estar en Trieste consiste en tener la sensación de no estar en ningún lado. Y eso me alivia y me atrae, me imanta hacia ese lugar que aún no he visitado, pero que ya me cuenta entre sus asiduos viajeros.
Hablar de las ciudades a las que viajaré es una manía que me fascina. Me parece uno de los estados de ficción más puros, un estado totalmente manejado por la imaginación y los mecanismos de la literatura. Por eso pienso en Roma, en la tumba de Keats, en los versos que flagelaron su juventud.

En estos momentos, escribo desde el Cimitero Acattolico, ante la tumba de John Keats (1795-1821). Antes he estado con los versos de Leopardi (1798-1837), en Napolés, en la Salita della Grotta. En Napolés, en el Café de Italia, pretendo encontrarme con Leopardi. Dicen que es asiduo a este bar y que siempre está sentado en una mesa al fondo, como un espectador inadvertido que lo ha contemplado todo. Con veintiún años había padecido la enfermedad, el desprecio, las penurias, el amor imposible. Había leído a los clásicos y aprendido latín, griego y hebreo por su cuenta. Sus días transcurrieron detrás de los cristales de la casa de sus padres, de sus paupérrimos padres. Allí, en la transparencia, se enamoró de la joven Silvia.



Le cuento todo esto a un individuo con achaques, cuyos ojos enrojecidos me llevan pensar en una reencarnación. Lo llamaban el ranavuotolo, salta una voz en este sueño. Es su amigo Ranieri, a quien le pongo el rostro de las sombras.
Este confidente, a quien Leopardi dictó sus últimos versos, se encargó de que su cuerpo no fuera enterrado con los que habían muerto por el cólera. Logro embalsamarlo, qué ironía. Leopardi descansa junto a Virgilio. Entre ambas tumbas, uno puede contemplar la belleza silenciosa de la poesía.







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Terminé la lectura de Anatomía de un instante (Mondadori, 2009), de Javier Cercas y me veo en la obligación de escribir algunas palabras, aunque se sucedan telegráficamente y salpicadas de tópicos.
Es un libro muy bien trenzado, escrito por un novelista que maneja a la perfección el ritmo de la narración y la administración de la trama. Me parece que es de obligada lectura para los interesados en el golpe del 23 de febrero de 1981, ya que pone en claro muchos de los elementos hasta ahora ensombrecidos. Sus páginas finales toman el aliento de una novela que es un ajuste de cuentas personal y que demuestra que el planteamiento inicial fue tomando un cuerpo distinto al que estaba pensado. Es un libro que, además, abre los límites en la narrativa española, entre la documentación periodística y la fabulación novelística, por lo que la proporción de ambos condimentos la hacen un libro que explora y acierta, en mi juicio, con su forma. El mismo libro es una lección de anatomía narrativa en que se alternan las descripciones de las imágenes del golpe con la estructura de la consecución del mismo.
Es cierto que el repaso de un corrector de estilo le hubiera venido bien, sobre todo por la ausencia notable de puntuación donde es debido y obligatorio (la falta de comas es insospechadamente asombrosa). Por lo tanto, si les interesa leer un libro que versa sobre este cuestión política tan importante y tan desconocida, creo que el de Javier Cercas no os defraudará.