jueves, 25 de junio de 2009

La lentitud de una retina.


Hay descubrimientos que valen una retina. Ojos que nos abren el espíritu, a pesar de no ser nuestros.

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Philosophia facta est quae philologia fuit. En el prólogo a Aurora (1881), dejó Nietzsche unas notas acerca de las virtudes de la Filología. No en vano, fue profesor en la Universidad de Basilea de lengua y literatura griegas. En ese prólogo ensalza, sobre todo, la lentitud que aplica el filólogo en la lectura. Una lentitud de orfebrería, que contiene la paciencia de un pintor flamenco en todos los recovecos de la palabra. Recuerdo ahora otras palabras del polígrafo mejicano, Alfonso Reyes, en su libro La experiencia literaria. Venía a decir Reyes que la filología es el arte de leer despacio.
Anoto estas impresiones. Me quedo amparado por el disfrute de la Filología como ese terreno que abonó la escritura. Pero también pienso en la distancia que hay entre leer con lentitud y escribir con lentitud. Falta en la literatura la lentitud de la lectura.

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En Lisboa. Sentado en un café
de la Rúa dos Douradores,
soporto la mirada
de Fernando Pessoa.
Acaba de salir de su oficina.
Arranca su zancada de centauro
con el negro macizo de su traje.
En sus páginas ciegas
la claridad es de otro tiempo,
de un estado cercano a las bondades
de lo que quiso ser
entre los hombres que no fueron.
Como una orquesta oculta
sus pasos le conducen
al margen de su vida,
como una orquesta sorda y paramera.
Entre su vida un silbo se proclama:
era el son de los sueños
que lo habitaban
un son que predicó a un solo hombre.