jueves, 4 de junio de 2009

Lux aeterna


Alguien sacó en la conversación el nombre de Ligeti y no pude más que acordarme de las solitarias noches de Márai. Esa música próxima a la disposición de un color puro sobre un soporte virgen me parece una exacta definición de las soterradas manías de la vida en la muerte del escritor húngaro.
¿Quién podría dibujar, mediante la imaginación, las cincuenta balas descansando sobre la mesa de noche de Márai, mientras éste las mira como se mira la belleza o se contempla el infinito?
Hojeo las páginas que me quedan por leer de su Diario y noto que hay muchísimas menos páginas en 1988 que en el resto. Suena una coda final. En 1989 sólo escribe una línea a principios de enero.
Mañana, este paseo de la mano de Márai, llegará a su fin. Llegará la muerte de este diario con el húngaro que lentamente supuró de la vida, que lentamente definió los abismos del absurdo.
Dice Márai: “No echo de menos nada ni a nadie”. Quizás la muerte es esa anulación en vida de la conciencia.

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La muerte no constituye un problema, el hecho de morir, sí”, 28 de marzo de 1988, Sándor Márai. Un hombre muerto.

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Lo dijo Pessoa y lo escribo sin recelo: no sé escribir por que no sé ser. Cuando llegan los días atolondrados de tareas inútiles y de trabajos inconfesos, uno deja de ser y, por lo tanto, deja de escribir. Y cuando vislumbro que vivo la vida de otro, una vida indeseable, se me viene a la cabeza aquellas páginas de Shopenhauer. Y me siento de repente en un cuadro de Magritte, ¿cómo sería la vida allí, en ese topos de lo indefinido?

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Diga yo y siéntese.

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Cada vez soy más observador, quiero decir, que escucho más a la gente. Y de la realidad que observo extraigo la literatura. Y de la literatura que escribo arrojo a mi mollera algún pensamiento deslavazado y triste, como un bostezo de la vida. No quiero que ninguna palabra interesante se me escape sin haberla pensado, sin haberla sometido al juicio impúdico de la razón, sin haberla acribillado hasta sus límites con todo tipo de interrogantes y desmanes. Hoy dijeron "estado, música, padres, réquiem, grabado, soledad, sorteo...". Y de ninguna pude librarme hasta haberlas calibrado. Luego resopla el olvido y el mundo comienza en ese bucle que lo protege. Sólo de palabras alimentamos lo cotidiano. En ellas vivimos.