jueves, 18 de junio de 2009

Poéticas.

Como escribió Octavio Paz, la poesía es el arco y la lira. En ella, forma y sustancia es lo mismo. Ella se dice y se limita. De esta forma, la poesía es un desarraigo de la lengua común. Por eso creo que la poesía no puede darse al pueblo, porque ya no hay pueblo, hay masas organizadas. Y darse al pueblo, más bien, es darse a los organizadores de ese pueblo y, por tanto, convertir al poeta en un funcionario.
Nada más lejos del ser del poeta, por mucho que reivindiquen su cercanía. Se olvidan de que el poeta revuelve con la lengua los mitos, los sueños, las tradiciones y los temas más profundos, los que se ocultan en los senos de la vida. Y hasta ellos escarba el poeta con la lengua y hasta ellos llega con el fuego de la palabra robada. Entonces, en ese encuentro, se la devuelve a la tribu: limpias, cristalinas, puras para siempre.

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No sé que conexión neurológica hace que al leer el poema de Leopardi, El Infinito, me acuerde de unas lomas yermas con un cielo amarillo. Me siento, además, un extraño prisionero en la sombra. Una sombra levantada a lengüetazos de su asombro, del asombro de estar vivo. Tal vez, pienso, es el cuerpo el equivalente de esas lomas, esa maleza, esos ramajes del poema. El infinito consiste es la lentitud del silencio inhumano. Y ello provoca un naufragar inmenso, que inunda los sentidos y los trastoca hacia no se sabe dónde.

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Porque el tiempo es ese lugar que contiene nuestras huellas.