lunes, 8 de junio de 2009

Yo soy Legión.

In solis sis tibi turba locis, Tibulo IV , XIII, 12. [Sé tú mismo, multitud en soledad].
Son las primeras palabras que leo en el texto que le dedica Montaigne en sus Ensayos a "La Soledad". Precisamente, Montaigne se apartó de la muchedumbre aislándose en su castillo ya cercano a la vejez. Allí se dedicó a leer, escribir y pensar. Los techos de madera estaban cargados de citas clásicas, cincuenta y seis, creo recordar. Poseía una biblioteca envidiable para la época, nada común. Quiso retirarse para encontrar en un hombre los misterios del hombre. Y lo primero que hizo fue decir me busco a mí, yo soy el que busca. Y nació el sujeto moderno en la más absoluta soledad. Sé tú mismo, multitud en soledad… y pienso soñoliento en Márai, en la inmensa muchedumbre que lo habitaba en soledad.

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La última página de los Diarios de Márai, 15 de enero de 1989: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.”.
Márai había escrito todo su Diario a máquina, pero esta última nota la escribe a mano. En la edición de Salamandra, se añade una carta que el propio Márai le envió a su editor, István Vörösvàry, en la que le dice lo siguiente: “Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándor Márai”.
El amigo húngaro dejó de escribir en su diario el 15 de enero, pero se suicidó de un disparo en la cabeza el 21 de febrero. Más de un mes más tarde de que escribiera su última nota, de que su cerebro arrojase el último pensamiento en negro sobre blanco.
¿Qué hizo Márai en esos días, qué pensó, adónde acudió, que recordó?
En cualquier caso, sus cenizas fondean sobre el mar junto a las de su mujer, L.. Eso me alegra y solivianta. Su cuerpo ya es agua, como el viento, ya tierra, como el fuego; ya es aire, tierra, fuego y agua.

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Busco en los Ensayos, de Michel de Montaigne (1533-1592) algún resquicio filosófico por el que embarcar esta profunda soledad. Quien deja un libro deja a un hombre, podríamos decir parodiando a Whitman. Y tras la lectura de Márai he tenido la misma sensación que cuando concluí los diarios de Jules Renard: un vació inmenso, una plenitud literaria.
Últimamente he disfrutado con más ahínco con estos libros preclaros y sinceros que con algunas malas novelas del momento. Como ya dije, he llegado al punto de valorar por libros, nada de novelas, poemas, autores o cualesquiera clasificación al uso. Un libro, este libro, me hizo disfrutar como ninguno, por ejemplo: Diarios, de Renard, El Doctor Pasavento, de Vila-Matas, Las elegías del Duino, de Rilke, El libro del desasosiego, de Pessoa, Metafísica, de Aristóteles, Ser y Tiempo, de Heidegger, Cantos, de Leopardi, El Doctor Faustus, de Thomas Mann, etc. Y, por último, a quienes hablan de la modernidad como el paradigma de los posible, les recomiendo que lean a Montaigne. En sus Ensayos todo es posible y todo cabe. Las citas no son un invento moderno, Montaigne las usó como nadie.