lunes, 22 de junio de 2009

Palabras de agua.

Palabras en el café. El gentío acumula esa predisposición al comentario, a la glosa que acaba de depositar el contertulio. Ruido de voces. Ritmo de cristales que golpean las mesas. Las máquinas exceden su cometido hasta inundar el mármol de la mesa. Aquí, leo.
Esta tarde he querido recordar la lectura de Yo, otro, de Imre Kertész. Quizás porque antes de salir de casa el mundo se me vino a las manos y comprendí que ni dios, ni la sociedad, ni las ideas, ni las convicciones nos llevan a escribir. Sólo la presencia de la muerte es la culpable. Ella, dadora de límites, es la productiva moneda de cambio de nuestra existencia.
Aquí, sentado, con una tónica, releo a Kertész. Recuerdo que compré el libro por casualidad, por la pura casualidad de los títulos. Yo, otro es la manera más inteligente y literaria de escribir sobre ese cuerpo, ese lugar común que es nuestra vida.
La filiación del libro de Kertész con el de Pesooa es evidente, al punto que lo cita en uno de sus pasajes. Por entonces, está traduciendo a Witgenstein y muchos de los aforismos que traduce le sirven para mechar su libro con citas y recreaciones que acrecientan esa sensación de estar leyendo la vida de otro como un meandro que circula finalmente por otro río.


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La muerte es la mar. La mar es el morir. Nuestras vidas, los ríos... Bella enseñanza. Mas que quizás somos un mar antes de la desembocadura, un mar contrariado y heterogéneo. Toda vida ligada al arte es marítima.


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El yo es una creación fugitiva. Nuestra vida es el espacio común por el que atravesamos diariamente. Eso, cuando tomamos distancia y entendemos que no pertenecemos a ese yo, nos lleva a explorar otros abismos: pintura, literatura, música, ciencias… Esa exploración es un ensanchamiento de un yo. Por eso es incomprensible, porque el yo no nos pertenece, deja de sernos. Somos coautores de un yo que posee un nombre con el que nos identificamos. Pero, ¿si a fuerza de repetición quisiéramos tomar otro nombre? Pessoa ralló en la mágica eyaculación de las personalidades. Un heterónimo era una orgía para los sentidos: con los ojos de Caeiro, Campos, Reig…vio al hombre, acaso lo entendió. Ese hombre era él mismo.

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Aquí, en el Florian, la tarde es de tul. Sostengo con la mirada el ritmo pétreo de la luz, el callado baño que el sol aplica sobre la cuadratura de la Plaza de San Marcos. Esa cuadratura esquiva y deforme que no se cierra como nunca termina los atardeceres en sus mares. Arde el mar…. Hay que gente que pasea sin más pretensiones que la de caminar una ciudad que nunca fue una ciudad. Puede decirse que el yo de Venecia nunca fue configurado. En eso pienso mientras paso las páginas de Kertész, de Pessoa, de Broch. ¿Cuál es el ser de Venecia sino sus versiones? ¿Hay una Venecia, o las ciudades son múltiples como las personas que las atraviesan? ¿Por qué, entonces, creemos que nosotros somos uno, si a lo largo de la vida somos muchos los que nos habitamos?
Piedra de Sol, de Octavio Paz: " no soy, no hay yo, siempre somos nosostros".