sábado, 20 de junio de 2009

Se abrieron los párpados sin alas.

Hoy escribo desde el paracaídas de Altazor, desde su brillo, desde su tremenda bajada a las alturas, desde el viento zumbando en sus telas deshiladas. Parece que mantengo la pose de Gómez de la Serna sobre el elefante que lo elevó al cieno de la literatura. Y desde allí pronuncio este discuro sin cuerda, sin remoto control, sin pausado discurso.
Con Vicente Huidobro encontré una poética que supo situarme frente al mundo. Hoy el agua ha cambiado, es cierto, pero no debo desarraigarme de la proyección que supuso leer sus Manifiestos en un momento en que los poetas me sonaban a sotana de pasillo y a rancio profesor de Universidad. Huidobro ofrecía otra perspectiva que casaba, a la perfección, con mi edad y con mi acercamiento a la poesía. Huidobro me ofreció, como ningún otro, una propuesta clara que seguí sin remiendos: non serviam. Me sabía el manifiesto de memoria.
Siempre he creído que el poeta jóven se convierte en un homo ludens; en ese caso las palabras suponen un juego en que no se saben las reglas. El poeta se deslumbra, explora, sintetiza hasta encontrar el silbo de su leguaje, del suyo propio, que jamás dejará de decirle la realidad. Su lenguaje es único y jamás nadie llegará a inventarlo.
Hoy he vuelto a merodear sobre algunos de sus poemas, quizás los menos discutidos por mi conciencia. Y ya me he sentido alejado, distanciado de esa propuesta. Leer estos poemas de Huidobro ha sido como rememorar un amor pasado: sus besos, sus traiciones, sus lengüetazos soberbios.

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Sin embargo, descubro que con la publicación de Ecuatorial se produce una onda de influencia muy concreta en otros poetas españoles: Juan Larrea y Gerardo Diego. Ayudado por Juan Gris, Huidobro dedica el poema a Picasso y supone el primer intento de ejecutar un cubismo literario. Esa idea me pareció prodigiosa: escribir un poema utilizando los principios de la yuxtaposición, un plan de sucesión agarrado al plano temporal, no del espacio. Es decir, Huidobro quiso llevar a la poesía las formas del espacio temporal del cubismo. El primer verso es excelente: “era el tiempo en que se abrieron mis párpados sin alas”.
Luego, Gerardo Diego quiso hacer una versión del poema en “Gesta”, del libro Imagen. Y Juan Larrea hizo lo propio con “Cosmopolitano”, un poema publicado en la revista Cervantes (noviembre de 1919).

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Amanecí una mañana, una buena mañana en Sevilla, después de una noche de magníficos sueños y de pesadillas ternarias. Al levantarme, dije en voz alta: madre, no te serviré. Yo tendré mis propios árboles, tendré mis propios cielos, tendré mis propios pájaros. Ellos serán míos cuando yo los escriba y seré tu amo y no te quedará más que servirme tú ahora, tú a mí, a tu hijo rebelde, al que quiso decirte con sus palabras, con sus propias sílabas, con esas fracturas en la realidad que son las palabras poéticas.
*Ilustración, Jean Delaunay (18885-1941), Torre Eiffel. Influyó sobre la sensibilidad de Huidobro.