domingo, 28 de junio de 2009

Un cuerpo vale su recuerdo.


Abrí la mano y agarré toda la arena que pude, toda la que cabía al cerrar los dedos para construir un puño. Me quedé mirando el ensanche de mi mano, su nuevo rasgo grueso y abultado. Sus formas desiguales, como si esa invasión bárbara de la arena hubiera modificado la armonía de mi cuerpo. Al pasar unos minutos, solté lentamente la arena sobre la misma arena. Poco a poco, sin prisas, con la notoria sensualidad de un vacío que se apoderaba del espacio.
Me acordé de Alberto Caeiro y de su inexpugnable defensa de los sentidos. Cuando quiero inquietarme, cuando pretendo desasirme de mis convicciones, de mis pocas convicciones, acudo a esos libros demoledores y controvertidos de los que huyo, pero a los que acudo en busca de sabiduría. Uno de ellos es esta quimera a la sombra de Berkeley, de esta simulación de la realidad a través de los sentidos, Poesías completas, de Alberto Caeiro.
Por eso cerré los ojos y seguí imaginando que mi mano expulsaba la arena sin cesar, sin ningún aviso que indicara que la arena se terminaba. La arena brotaba incesante desde mis manos, desde todo mi cuerpo. Y brotaron los granos desde la mínima secuencia terrena hasta la epidermis de mis sentidos. Mi cuerpo de arena y los ojos cerrados y los sentidos apoltronados sin encontrar la dirección exacta. En esa certeza de la nada, en esa conversión granítica, recité con voz queda las palabras de Caeiro: “bastante metafísica hay en no pensar en nada”. Después de todo, mi cuerpo se fundió en la arena y todavía, al escribir estas notas, algunos granos salpican el cuaderno. En ellas está la inmensidad.

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Escuché en la radio unas palabras de Marco Aurelio acompañadas de una música de Corelli. Esta combinación no es extraña para mí, ya que, a menudo, acudo a las barbas del estoico para fajar mis inquietudes. En el Libro IV, 35, de sus Meditaciones, leo lo siguiente: “Todo es efímero: el recuerdo y el objeto recordado”. Evidentemente, en la memoria, la realidad y el objeto del recuerdo alcanzan el mismo estatus de inmisericordia del tiempo. Allí quedaron abandonados por el rítmico fluir del Tiempo. Uno y otro terminan siendo materia secundaria con aspiraciones equivalentes. Si partimos de esta afirmación, deberíamos terminar con otra que iniciase el recorrido de estas palabras. Por ello, siempre he leído a Marco Aurelio como un autor de llegada; que escribió conclusiones, pero que incita a la construcción de un lenguaje inicial por parte del lector.
Con su sentencia, equiparamos la realidad al recuerdo. No hay nada que los distancie en la memoria, que los certifique como auténticos. En ese espacio de incertidumbres se encuentra la literatura y allí funcionan sus tentáculos y allí se asienta su fortaleza.
Es decir, leer a Marco Aurelio es crear a Marco Aurelio. Y por ello escribo lo siguiente:

La realidad es tan efímera como su recuerdo.

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Al único poeta que he leído con la sensación de estar leyendo una obra que traspasa su lengua es Juan Ramón Jiménez. Con ningún otro he tenido esa exuberante apreciación. Me parece el único que puede desasirse de su lengua y situarse en la órbita de los grandes poetas europeos. Desde Diario de un poeta recién casado (o Diario de Poeta y mar) hasta el final de sus libros, no ha habido un poeta en nuestra lengua con tamaña pretensión poética, que haya poseído esa naturaleza poética en su ser con tanta efusión y sensibilidad. Y su palabra…