lunes, 16 de marzo de 2009

Un poema de Julio Aumente.

El poeta Julio Aumente (Córdoba, 1921-Madrid 2006) fue el más joven del grupo de poetas de Cántico. Formó parte del Grupo desde el primer momento junto a Bernier, García Baena, Ricardo Molina, Mario López, Ginés Liébana y Ginés del Moral. En la primera etapa de Cántico, Aumente publicó tres poemas y en la segunda, ocho, entre los que se encuentra un poema titulado "Paseo marítimo".
No terminan de convencerme los prólogos que Luis de Antonio de Villena dedica en Visor a los poetas de Cántico. El de García Baena está, además, repleto de erratas y da la impresión de que fue ejecutado con todas las prisas del mundo, como si ya estuviese cobijado tiempo ha en un cajón, expectante para el momento. Algo parecido le ocurre al prólogo que dedica a la Poesía Completa de Julio Aumente: su visión privilegiada termina en prepotencia erudita.
Claro, luego viene la poesía y toda muda, se trastoca. Después de los sonetos barroquizantes y gongorinos de El Aire que no vuelve (1955), puede leer uno El Silencio (1958). Aunque cambiante, la poesía de Julio Aumente empieza a contener desde este libro los temas que le preocuparán siempre. Me detengo en este libro porque habla de la soledad y la desolación, temas que lo acercan a Cernuda y a Machado. Articula su poesía alrededor de la dicotomía cernudiana de la realidad y el deseo, de los ambages y límites que impiden fecundar la plenitud del deseo. El deseo es el único que permite aspirar a la plenitud.
Quiero destacar un poema titulado "Paseo marítimo", por su métrica, la adopción rítmica de los temas mencionados, por la sensibilidad exquisita y refinada de este poeta cordobés. Estas cuartetas asonantadas de versos heptasílabos, la isometría de sus versos, la independencia sintáctica, la asonancia de los pares, el matiz fónico del primer verso que hace que los acentos recaigan sobre la vocal a ( mar, está, lejano)... :

Un mar está lejano,
acaricia arrecifes.
Pez o rojo coral
en luz clara reviven.

Doras con tu presencia
el tibio, el puro, el cálido
dulce y húmedo viento.
En tu cuerpo descanso.

Tus ojos son el mar,
el mar eres tú mismo
-bronce aún débil-, un cielo
pesa en tus hombros, vivo

cuerpo amado. La arena
-luz que se entrega atodos-
sobre las piedras blancas
reverbera sus oros.

La luna en su menguante
roja se nos ofrece
como fruta lejana
que estrellas paladeen.

Tú estás allí y el mar.
Yo aquí frente a la tierra
con su forma tangible
que nos separa espesa.

Nos desune, gravita
lo sólido. Interpone
su densidad, distancia.
Nos va borrando nombres.

Oh, dulce amor, recuerdo
para siempre. Qué limpios
los que el aire me trae,
memoria sin olvido.

Viento de aquella mar
salado en nuestra sangre,
déjame en el presente.
Calla el alma. No sabe.

domingo, 15 de marzo de 2009

El oscuro fondo de la realidad entera.

Siempre que tengo que decir algo del Renacimiento en las clases –y digo decir, que no explicar- acudo a un par de libros que son inagotables en datos y sugerencias para acercarse, con buen pie, a ese periodo tan vasto y pluridisciplinar. Uno de ellos es Humanismo y Renacimiento en España, de Domingo Ynduráin (Cátedra), pero de este volumen hablaré otro día. El otro es al que quiero referirme hoy, al magistral La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt.
En alguna ocasión, algún compañero me ha avisado de su antigüedad y de su propuesta de tópicos que hoy han sido más o menos desvencijados. Pero a pesar de estas advertencias, creo que algunos libros, algunos manuales de referencia, guardan las líneas maestras por las que debemos encaminarnos para asimilar toda una época de la Historia. Algo parecido ocurre con Erasmo y España, de Marcel Bataillon (Francisco Rico lo considera la cumbre del hispanismo) o con Historia de Roma, de Theodor Mommsem o El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de Fernand Braudel o El otoño de la Edad Media, de Huizinga, entre tantos otros títulos que deben estar en la biblioteca de cualquier lector que se precie.
He leído esta vez el libro de Burckhardt -con el que comencé esta entrada- con la convicción de estar leyendo una novela, una narración intensa y extensa situada en la época de marras y por la que se sucede personajes de todas las esferas sociales. De repente, aparece el florentino Niccolò Niccoli y de él se advierte lo que sigue: “se reunía alrededor del anciano Cosimo Mèdici, agotó su fortuna comprando libros; y, finalmente, cuando no le quedaba nada, los Medici le abrieron sus propias arcas para que de ellas tomara la cantidad necesaria para sus fines. […]Prestaba sus libros con generosa libertad, permitiendo que la gente leyera lo que quisiera en su propia casa y conversando luego sobre lo leído”. En las páginas siguientes diserta Burckhardt sobre las bibliotecas de los Médicis y de Urbino, de bibliófilos como Guarino y Poggio y entonces el relato comienza a emocionarme como si estuviera en la cima de La Montaña Mágica visionando el mundo bajo mis pies, desde la cúspide de la locura. Y los recuerdos de Florencia se agolpan a ritmo de endecasílabos, la piedra inquieta de Florencia, la plaza de Michelangello dotándonos a los esectadores de sublime espectáculo de la caída del sol. ¡cayó el sol de la cultura en Europa?

***
Ayer, en la librería de Sanlúcar en la que compro libros –tengo una librería en cada ciudad a la que llego- me comenta el librero (antiguo compañero del Colegio):
- Acabo de recibir un libro de poesía, una antología.
A continuación, me la deja entre las manos como si fuera un niño pequeño y entonces se queda callado esperando mi sentencia.
- Me siento un juez, pero no puedo decirte nada en firme de este poeta, sólo que he leído a Pessoa en muchas de sus traducciones.
- ¿Entonces es buen poeta, lo puedo recomendar? – insiste.
- Espera que lea un poema del libro.
- …
Y comencé a recitarle un poema en voz alta. Los que allí estaban esperando con el periódico debajo del brazo se quedaron mirándonos aturdidos, sin entender qué escena era aquella en la que un señor llega a una librería, el librero le deja un libro y los dos comienzan a leerlo en voz alta. Un señor, entrado en años, que fumaba con parsimonia, asiente con la cabeza y nos mira con fijeza.
-Yo lo conocí –nos avisa el viejo.
Cuando Miguel y yo quisimos darnos cuenta era José Manuel Caballero Bonald, un amigo desde hace años de los dueños de la librería. Caballero Bonald me arranca el libro de las manos, busca entre los poemas de la antología como un beduino los misterios del desierto y comienza a recitar, con esa cadencia del poeta octogenario:

“Tal vez escribo
para que la belleza quiera un día
responder.
A una de las muchas
preguntas. Bien podría
a la que nunca le hice. Responder
de sí misma:
y ello sería justo.

Pero temo que acaso
se inviertan los papeles. ¿Qué diré,
entonces de mí mismo? ¿Cómo
justificar esta pasión,
tener que decir la verdad:
que lo que yo quería
era obligarla a ser mi paraíso?

*Antología poética (1949-1995), de Ángel Crespo, editada por José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 2009.

sábado, 14 de marzo de 2009

Un desierto político.

Como al santo Job, habría que desposeer a los políticos de este país de todos sus bienes, para que negasen la mayor: que son truhanes. Sí, creo que la justicia debe conseguir que todo lo que han ganado los políticos gracias a sus puestos de preferencia social, quede en su sitio, de donde fue extraído: en el pueblo, la ciudad, el museo pertinente. Por eso, como a Job, hay que llevar al límite la fe de estos politicastros de turno que nos tienen acostumbrados a sus usos y desvíos de lo cabalmente irreprochable, es decir, que han conseguido que en nuestro imaginario ciertas actuaciones de favor sean comunes.
La trama de espionaje que se está urdiendo en torno al PP es un ejemplo de ello, pero no es el único partido que ha sido protagonista de escándalos sociales de este calibre, del tamaño de utilizar fondos públicos en intereses privados. Decía que el PP no había sido el único partido que se ha adiestrado en estos usos; ya el PSOE dejó buena muestra de sus habilidades espiatorias y abusivas en los años de aquel felipismo desbordado. El partido Andalucista ahogó con paños calientes a ciertos pueblos imbuidos en el fervor nacionalista -Jerez, por ejemplo-.
El caso es más grave y no se restringe al hecho económico. Hace unos días, la propuesta de Educación de reforma del Bachillerato quedó rechazada por una sentencia del Tribunal Supremo que venía a poner freno a la locura y que, decía en claro, que ya está bien de tanto regalo a los alumnos que no están acostumbrados a ninguna mecánica del esfuerzo. Por otra parte, el Ministerio de Igualdad –creado ad hoc para Bibiana Aído- está levantando las tapas del debate moral del aborto jaleando una perspectiva, sesgada, que no termina de reflejar la realidad a la que se refiere. Creo que la ministra no sabe qué hay en la mollera de una joven de 16 años, ni siquiera cuáles son las costumbres, los hábitos, los intereses con los que completan sus vidas los jóvenes de esta España de charanga y pandereta, como dijo Antonio Machado.
De cualquier forma, el debate está abierto. Los ciudadanos deben tomar conciencia del poder de su voto a pesar de las rémoras implíctas en la democracia. El País Vasco ha dado un ejemplo de ello, poco a poco, la razón va tomando del cuello a la violencia. No dejemos que aborten nuestras ideas, nuestros juicios, porque nos animen a ello estos títeres de la política. Aprendamos de Job, su fe lo condujo a su verdad.

jueves, 12 de marzo de 2009

El Tiempo en tu boca.

[Diálogo a dos voces. Un Hombre y el Tiempo. Ellos sabrán]

-Tú, Tiempo, eres una evacuación de la existencia, un irse de uno mismo sin estar en uno mismo. - Tú, una mísera recaída en mi transcurso. Una lápida a mis quejas, un sepulcro para mis lágrimas.
-Tú, Tiempo, un mojón para mis recuerdos.
-Tú, una vocal perdida en un alfabeto interminable.
-Tú, Tiempo, eres Tiempo, una tautología.
- Tú, mi figura, mi acueducto, mi teatral manera de desarrollarme.
-Tú, Tiempo… te me acabas.
-Tú, un ilusionista que pensaste en mi existencia.
-Tú Tiempo, ya soy Tú.

***
En el primer Ciclo de los Discursos, en Job, Job maldice el día de su nacimiento. Para ello se encarga de dejar en claro que su vida ya no le pertenece ya que reniega de su nacimiento: “Después de esto, abrió Job la boca y maldijo su día. Tomó Job la palabra y dijo: ¡Perezca el día en que nací!
Y jamás había leído una renuncia a la vida tan bella, tan desposeída de verdad y tan cercana a la medida de los hombres. Borges, tal vez, dijo que Job era el parámetro en que se medían las virtudes y las miserias del ser humano. Después de este pronunciamiento, procura Job maldecir su día enumerando la llegada de las tinieblas y de la oscuridad a todos los elementos naturales de aquella jornada: "¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada la vida, a los que ansían la muerte que no llega?" Un alegato y una proclama existencial rotundos. Job, un hombre cabal. Sus palabras, habitantes del desierto.

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Después de las palabras de Job me levo a la literatura las reflexiones que surgieron de su boca. Maldigo el día en que no escribo, por inerte y vacuo. Maldigo el día en que no leo, por deprimente y nihilista. Maldigo siempre la usurpación de la inteligencia por los poderes fatuos de este mundo y maldigo a los que me recuerdan, diariamente, que mi día debo olvidarlo para siempre.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Una nota sostenida.

Estoy leyendo un réquiem: la música de la cultura europea. Mauricio Wiesenthal, Libro de réquiems. De su mano, arropado por lo trémulos de su prosa, por las conspicuas agarraderas de la razón, me sienta en un café junto a Stefan Zweig. Y desde allí nos eleva a París, San Petersburgo, Estambul, Cádiz. Kirye Eleison, escribe en una nota Joseph Roth con la mirada atenta de Morand y me la pasa en una servilleta doblada junto a una sonrisa. Casanova, con los miemros tristes, mira la tarde con las dentelladas de sus retinas: pudo escapar de lo imposible. Me dice que su fuego es de otra época. Mozart sonríe a lo lejos, se aproxima con cadencia, con la sinuosa presencia de una sostenida por un clarinete ,digamos, en un réquiem. Lacrimosa.


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La ñ, jaguar con un eco altivo.

martes, 10 de marzo de 2009

Bosquejo de letras, montaña de sombras.

Algunas sílabas parecen tener bicarbonato en sus axilas.

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i, cíclope de medio pelo. j, Polifemo barbudo. y, delta de la suma. h, caballito de troya...

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Soy un privilegiado. Estoy leyendo una obra literaria en secreto, que aún no ha sido lanzada al mundo, al resto de la sociedad. Sus letras me pertenecen; ya contemplo sus surcos en la nada. Y entonces agudizo mi sonrisa y la vuelvo a encerrar, como un despojo inútil y perverso. He visto a la criatura, he leído sus entrañas, las he sopesado en las entendederas, me han emocionado sus largos parlamentos. Y todavía me digo, ¿qué resta de ella en mi memoria? ¿Qué retal de nuestras almas acontecen ahora, en este instante en que creemos vivir?

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Ayer dejé escrito que la vida se agotaba en la vida y que entonces todo eso, que llamamos recuerdo y memoria, se convierte en un fruto maduro. Nietzsche, en Humano, demasiado humano: “Por más que el hombre se ensanche cuanto quiera por sus conocimientos y parezca tan objetivo como quiera, al fin no recogerá más que su propia biografía”.

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Para un escritor, la palabra biografía es el étimo de su alma.

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En las páginas finales del libro de Nietzsche, aparece un diálogo entre un viajero y una sombra. La sombra es el testigo de toda la filosfía que ha redactado el alemán en el transcurso del libro. Su único peregrino, acaso el propio pensador. La sombra se rebela a su dueño y el viajero reniega de ella hasta perderla cerca de una montaña.
Cuando Nietzsche deliraba en sus últimos días, dijo el nombre del dios Dioniosos en todas las formas posibles. Los nombre de Dionisos. Y creo ahora que esa sombra era su muerte pidiéndole auxilio. Nunca dejó de llamar al misterio, al báquico entresijo de su miseria, la sombra que nos sigue, las oscuras tragedias que nos acechan. Enviar nuestros oscuros misterios a la montaña es querer recibir, al menos, el eco de la verdad.

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Ya la luz no quiere aproximarse a los hombres.

lunes, 9 de marzo de 2009

El fruto maduro de lo visible. Mnemosyne, de Mario Praz.

Para el escritor, la realidad es un fruto maduro. Un fruto cierto -como adjetiva Alarcos la obra de fray Luis- que se deja tomar con facilidad de su tronco, pero que tiene agotada la vida. La vida agotada de vida. En ese ángulo muerto, del salón, debe surgir la múscia que despierte las palabras y las posicione hasta crear literatura. Entonces el fruto visible se hace invisible, entonces el arte se ha apoderado de tu vida.

***
*Pintura de Salvator Rosa, XVII.
Del libro de Mario Praz sale uno sobrecogido, de tanta erudición, y excitado. Pareciera que se ha terminado un paseo por un extenso museo natural, una exposición de palabras y pinturas, con música al fondo, mientras alguien recupera para nuestro entendimiento los vínculos entre las artes desde la época moderna.
Mnemosyne, de Mario Praz, es un compendio de relaciones y de paralelismos que han mantenido la literatura y las artes visuales. No deja sin referencias al mundo de la música y, en buena medida, Stravinsky, Beethoven, Mozart o Bach hacen acto de presencia entre estas páginas que salpican las virtudes del óleo hecho palabra.
Son muchas la páginas que pueden subrayarse, sin embargo, me voy a limitar a señalar los acertados apuntes que nos ofrece Praz al inicio del libro y al final, cuando hace referencias a la invención del paisaje Romántico.
Se habla de James Thompson como el fundador del paisaje romántico, pero Praz señala que los cuadros de Claude Lorrain (ilustración a continuación) o de Salvador Rosa, en el XVII, fueron las fuentes de inspiración para el escritor.
Toda la pintura del XIX se analiza en referencia a la literatura del XIX; los paralelismos entre las obras de Flaubert, Stendhal o Victor Hugo son estudiados teniendo muy cerca la creación pictórica. Es cierto, por otra parte, que Praz parte de las teorías literarias de Wellek y Warren, Teoría de la Literatura, en las que se afirma que cada una de las diferentes artes posee su propia evolución, caracterizado por un ritmo y una estructura interna que le son propios. De esta manera, la evolución de las artes sería un todo en que cada disciplina es un eslabón, una forma autónoma integrada en un sistema global y artístico que desarrolla el “espíritu de una época”.
Son deliciosas las páginas vertidas sobre la poesía de Eliot, de la narrativa de Joyce o de la pintura de Picasso; los vínculos entre Kafka y Brecht con Stravinsky y Mondrian, etc.
Quiero terminar esta pequeña estampa indicando la vinculación entre Paul Klee y Rainer Maria Rilke. Parece ser que Rilke encontró en la pintura de Klee una solución al problema que lo carcomía en sus adentros, necesitaba relacionar los sentidos y el espíritu, lo externo y lo interno. Las Elegías del Duino poseen la fuerza simbólica de las pinceladas de Klee quien, no en vano, sirvió de ejemplo para que lo simbólico no se estableciera con los elementos de la realidad, sino como un mensaje cifrado, propio, creado ad hoc. Praz pone el ejemplo de las estrellas en la Décima elegía como un paralelismo entre el pintor y el poeta y cita una carta de Rilke, dedicada a Sophy Giauque y escrita en referencia a la poesía japonesa: “Le visible est pris d´une main sûre, il est cueilli comme un fruti mûr, mais il ne pèse point, car à peine posé, il se voit forcé de signifier l´invisible”. [Se toma lo visible con mano firme, se lo coge como un fruto maduro, pero su peso es nulo, porque apenas colocado se lo obliga a significar lo invisible”.]

domingo, 8 de marzo de 2009

De la sed al pozo.

A lo mejor, la persona religiosa siente que su vida sólo recorre el itinerario que se le ha trazado. Así no hay cabida para la aventura, la excitación, lo imprevisto, la búsqueda de las fronteras sentimentales, los equívocos, las contradicciones, las usurpaciones a las lágrimas, la sonrisa maléfica y la conciencia inestable que, por otra parte, conforman la vida.
Si las hay, quedan restringidas a un terreno concertado: fuera de ahí, de ese espacio, todo queda invalidado o es materia de aflicción. Por lo tanto, la vida religiosa, entendida en sentido amplio, es una restricción del espíritu.
Saint-Exupéry dejó escrito: “Si libero a un hombre que no siente nada, ¿qué significa su libertad? Sólo se siente libre quien va a alguna parte. Liberar a un hombre será enseñarle la sed y trazar un camino hacia un pozo”. Se le olvidaba a Saint-Exupéry que en el camino al pozo, a pesar de estar indicado con detalle su lugar, el hombre puede equivocarse y que, en ese equívoco, en ese extravío, en ese desvío del itinerario puede que se encuentre con alguien distinto a él pero que es él mismo.
Los sabios de la antigüedad basaban sus enseñanzas no en circuitos de conocimientos cerrados, sino en la indicación del comienzo del circuito. El tránsito por ese camino, que es la vida, debe hacerse en libertad, sin reprimendas ni artificios vacuos con procesiones del espíritu que se le aparecen a los transeúntes como trampantojos que asustan y atemorizan intencionadamente.
Para Heráclito la vida es una vigilia continua, un estarse despierto: “…para los que están despiertos, el orden del mundo es uno y común, mientras que cada uno de los que duermen se vuelve hacia uno propio…”. Los que duermen son los que creen confirmado su camino, el recorrido que les ha venido dado. Estar en vigilia es el principio de conocimiento del mundo, que es ancho y ajeno, que no conoce trucos ni escarceos, que no posee atajos a la eternidad que sólo viene jalonado por su voluntad y deseo. El verbo querer es la rutina de la ética.

sábado, 7 de marzo de 2009

La primavera del patriarca.

Los escritores hispanoamericanos de la novela de la dictadura demostraron que el tiempo que le corresponde a una dictadura es circular y mítico, un anillo en que se repiten los actos siempre en la misma dirección. En todas estas novelas -Yo, el Supremo, de Roa Bastos, El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes y El otoño del patriarca, de García Márquez, a las que sumamos La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, y otras más recientes- se le a tribuye al dictador, al tiranuelo, la capacidad de destrucción del mundo que le rodea en pos de salvaguardar su propia permanencia en el poder. Es lo que le ocurre a Cara de ángel, en El Señor Presidente, por ejemplo.
En Cuba, la pérdida de las libertades se precipitó allá por los inicios de los años sesenta. Y fue el caso Padilla, el caso de un poeta que tuvo que redimirse de su escritura, el que detonó que la mayoría de los intelectuales que había apoyado a la revolución cubana, dejara de hacerlo a través de un manifiesto. El poeta Padilla fue acusado de antirrevolucionario y por ello tuvo que negarse públicamente y, además, imputar a otros compañeros escritores. En otras palabras, tuvo que cargar con una culpa que no le correspondía para lavarle la cara a la revolución.
Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a Cuba. El viaje fue mágico, bien es verdad. Pero la actuación del totalitarismo se dejaba notar en la miseria flotante que se cría en Cuba. Por esas fechas, había un grupo de nuevos políticos que estaban logrando la simpatía de Fidel Castro y del partido, y sus caras aparecían en la mayoría de los carteles propagandistas que recorren carreteras y caminos, calles y plazas.
Esta semana, esos mismos que habían sido el nuevo aliento de la Revolución y que estaban ocupando cargos muy importantes en el “gobierno” cubano han dejado de pertenecer al mismo, porque ahora son considerados peligrosos. Felipe Pérez Roque, ex ministro de Exteriores del gobierno cubano y Carlos Lage Dávila, exsecretario del Consejo de ministros, han escrito al diario Granma una carta admitiendo sus errores y responsabilidades después de que Raúl Castro los destituyera. El propio tirano moribundo los llamó “indigno” y “ambiciosos”. Una decena de ministros han sido cesados de sus cargos por Raúl Castro en las últimas semanas a favor de militares. La dictadura tiene patas de humo; Padilla sobrevuela en estas actuaciones. Mientras todo esto ocurre, el mundo calla. Yo denuncio y así lo hago saber. La libertad siempre.

viernes, 6 de marzo de 2009

La baraja mojada en La mer.

La nociones con las que nos manejamos son tan toscas como un peñasco encima de una nuez. Esa fuerza que ejercita la gravedad sobre las rocas y las piedras, es la misma que la neblina que se cierne sobre nuestro entendimiento. ¡Qué necios fuimos desde el comienzo! Dovstoievsky dijo en una ocasión, “entre Cristo y la verdad, yo elegiría a Cristo”. En puridad, estaba eligiendo a los hombres por encima de la verdad, a cualquier hombre. Seríamos fanáticos si quisiéramos elevar a verdad las virtudes de la literatura.
Recuerdo otras afirmaciones de Fiodor cuando se refería a los hombres. "Vivir entre los hombres y no desfallecer, ése es el sentido de la vida”.
Mientras, suena La mer, de Claude Debussy. Llevaba años sin escuchar a Debussy con detenimiento. Y ahora me he encontrado, de la mano de un hombre, gracias Claude, con los efectos de la consumación de la verdad y de su muerte.

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Paul Valéry predica de la siguiente manera su noción del Tiempo: “Lo que llamamos Tiempo es una noción tan tosca y confusa como lo era la de fuerza antes de la dinámica”. Cuándo llegará la dinámica a la verdad es tarea imposible. Sólo a medio camino, en el desvelamiento de las intuiciones, se encuentra lo indecible. A todo esto debemos sumar, por lo tanto, que nos encontramos en ese estado en que confundimos la sensibilidad, la emoción y los deseos como un trinitaria conjunción de ungüentos para el alma. Mientras, suena La Mer, de Debussy, y ya el horizonte es acuático y pleno, oh mar, parece que luchas entre mis manos.

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Oh, qué intensa y gozosa emoción debió embargar a Robert Walser en sus paseos o escribiendo: “oh, qué intensa y hermosa emoción debió de embargar a Mozart mientras improvisaba al piano durante su visita a la corte de París".
Escribo estas líneas, las repito con variaciones y caigo en la cuenta de que mi caligrafía se hace cada vez más pequeña; que la palabra escribiendo casi es ilegible, un punto esa o, la aspiración a ser un micrograma.
Mencionaré un jardín y un juego de cartas. Un jardín en que los bancos están dispuestos de forma simétrica, dibujando en la arena que los sostiene pequeños círculos que parecen invitar a una conversación milenaria. Encima de la mesa, una baraja de cartas. Y se viene a mi mollera un verso de Cernuda, en que se identifica con una carta que ha perdido su baraja. Y en esas estoy yo, en ese sitio que no sé dónde se encuentra. Sólo atisbo un jardín concéntrico, repleto de sillas y de flores, jardines bien moldeados. Y una baraja de cartas que me incita a comenzar la partida. Quizás la partida comenzó y la perdí hace tiempo. Será mejor que baraje de nuevo y escoja otro palo. O simplemente nunca levante la que se acaba de caer de la baraja al suelo. La dejaré bocabajo, como un enigma, como un paseo que no conduce a ningún sitio.
Mientras, La Mer, de Debussy, ya ha trazado el infinito, ya cesa la lucha entre mis manos.

jueves, 5 de marzo de 2009

Mundo lento.


¿Qué ocurre si eso no le pertenece sólo a la literatura?

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Escapaste del naufragio para terminar en un museo, Museo de la novela de la eterna. Y, sinceramente, cuando Macedonio escribió “Es indudable que las cosas no comienzan cuando se las inventa”, estaba definiendo la literatura.



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Los escritores jóvenes piensan que por jóvenes son nuevos y (pos) modernos, originales y revulsivos. Por esa regla de tres había que dejar de escribir… ¿a qué edad? ¡Viva Rimbaud!


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Retirarse del mundo y abandonarlo. Darlo por muerto, difunto. Clasificarlo entre las especies disecadas como: “Lugar del hombre que soñó con un dios. El dios no existía. Pura demostración de obcecada literatura”.
Su tratamiento es el del “mundo lento”. Dejarlo reposar junto a un verso para que jamás pueda despertarse. En todo caso, hay que manipularle las manillas de su relojero, el que ordena su tiempo. Retrasarlo hasta otros días más fructíferos. En cualquier caso, no vendría mal dejar un verso debajo del frasco. “Sé que allá corre el mundo asaz ligero”, de Francisco de Medrano. Luego hay que echarse a dormir y habitarlo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Un encuentro en el camino.

La clase en silencio. Un joven levanta la mano. Cargado de timidez, la mirada gacha lo delata. Prefiere acercarse a mi mesa (eso lo percibo en su lentitud y en la mirada que lanza a su alrededor para sacudir su conciencia). Se acerca y me dice con tono preocupado, “¿Por qué el Mochuelo, al final del libro, dice –y empieza a leer en voz alta el subrayado-: “cuando la vida le agarra a uno sobra todo poder de decisión”?

Sé que está ansioso de que le pregunte algo. Por eso no deja de mirarme y casi de incitarme a que levante la mano y realice una pregunta. Esta vez no. La clase lee en silencio y siempre soy yo el que salta con sus interrogantes. Así que esta vez no me parece apropiado que sea yo el que comience el debate, esta vez no. Esperaré a que otro lo haga. Sin embargo, ahora que he terminado de leer el libro, tengo una pregunta de verdad, es decir, no una pregunta para mostrar mi interés en público, sino una pregunta de la que necesito una respuesta.

Hoy piensa demasiado a pesar de que se ha terminado el libro. Lleva un buen rato mascullando unas palabras con mucha lentitud, así lo demuestra el movimiento de sus labios, ¿estará ensayando su pregunta? De todas maneras, todavía queda más de la mitad de la clase y en ese tiempo estoy seguro de que lo volverá a hacer.

Acabo de preguntarle al profesor qué le parecen unas palabras del Mochuelo al final del libro de lectura que estamos trabajando, El Camino, de un tal Miguel Delibes. Esas palabras me han preocupado, ya que la vida jamás me había parecido un lugar de restricciones, más bien siempre quise entenderla como el lugar de la manifestación de la libertad. ¿Por qué el Mochuelo termina concediéndole a la vida su vida? ¿No prefería quedarse en el pueblo, junto a la Uca-uca, su padre, don José, el boñiga, cerca del cuerpo muerto y del tordo que guarda el tiñoso etc.? ¿Por qué debe irse de donde estaba a gusto? No entiendo esa obsesión del padre por querer que su hijo estudie. Yo, al final de la novela, cosa rara, la verdad, he llegado a llorar alguna lagrimilla, sobre todo en la despedida. Pero esto no se lo puedo decir al profesor, pensaría que soy muy blando y que sólo se trata de literatura.

Seguro que lloró que al final, su pregunta lo ha delatado. Ha vuelto con la misma virtud de siempre, de ser un lector virguero, que sabe situar la obra con pocas palabras. Puede usted sentarse, le digo con voz queda. Tiene usted la máxima calificación.

Acaba de decirme que tengo la máxima calificación, pero no me ha dado una respuesta a mi pregunta. Su actitud es insobornable, como el vuelo de un milano. En realidad es un sentimental, seguro que lloró cuando leyó el libro de joven. Pero, ¿qué opina usted sobre esas líneas?

Al recordar el final de El camino, no he querido delatar mi debilidad. Me he guardado la lágrima del Mochuelo en lo más profundo y se la he regalado a este joven para siempre. Ese joven soy yo mismo, ese joven soy yo mismo.

martes, 3 de marzo de 2009

I express my not-self.

Algo parecido ocurre cuando leemos un libro de Ricardo Piglia: nos encontramos con una revelación. Prisión perpetua, estructurada en dos relatos, "Prisión Perpetua" y "Encuentro en Saint-Nazart", consigue, al igual que Formas Breves, Respiración Artificial o El último lector, que la literatura siga consistiendo en el mágico discurrir de lo inesperado. Confirma, además, mi condescendencia con este autor argentino al que considero -al menos de los libros que he leído- uno de los autores que mejor prosigue el avance de la literatura hispanoamericana de los últimos años junto a Pitol, por ejemplo. Perdónenme los detectives salvajes, pero la aglutinación de la mejor literatura europea (novela policíaca, Kakfa, Musil, Joyce, Poe, Borges, Nabokov, etc.) y de la tradición argentina es obra de Piglia.
Las narraciones de Piglia son historias cargadas de deudas, como todas las historias verdaderas. Los personajes que habitan estas ficciones: Steve Ratliff, Morán, Pauline O´Connors pasean de un modo narrativo a otro como presencias fantasmales. Porque en los dos relatos, se utiliza la mezcla de diversos géneros como el diario, la narración pura, la entrada de diccionarios, el ensayo, la autobiografía, el cuento fantástico o el cuento policial. Todo ello sazonado con una prosa aséptica, que predica la teoría del iceberg de Hemingway con toda efectividad.
Para Piglia, la literatura es una forma privada de la utopía. A pesar de esa consigna, que mueve buena parte de las narraciones, esgrime Piglia la idea de que la construcción de la vida está dominada por los hechos y no por las convicciones. Esta consigna es una obsesión para Steve, aprende a vivir en el apartado transitivo de la vida a paesar de saberse perpetuado en la prisión de sus hechos.
Igualmente se desarrolla la crítica literaria bajo afirmaciones de este tipo: “los escritores no deben hablar de literatura para no quitarles el trabajo a los críticos y a los profesores”. El propio protagonista escribe un Diario (trasunto del diario del propio Piglia) desde su juventud en el que trata de escribir su vida para rechazarla. La teoría va más allá en ocasiones y llega a invadir la narratología: “La novela moderna es una novela carcelaria. Narra el fin de la experiencia. Y cuando no hay experiencias el relato avanza hacia la perfección paranoica. El vacío se cubre con el tejido persecutorio de las conexiones perfectas, la estructurada cerrada, la most juste”. O aclaraciones como: “Una historia que el narrador no comprende. Ésa es la lección de Henry James”.
James, que prácticó para la posteridad el juego de narradores y enfoques, hace de padrino para Piglia en su narración. Los intercambios de voces narrativas, el cruce del estilo directo con el indirecto, el cambio de perspectivas son el muestrario jamesiano de la literatura practicada por el argentino. Pero Piglia suma a todos esos efectos narrativos el condimento de lo fantástico y de la extraordinaria capacidad de lo cotidiano para convertirse en absurdo. Piglia quiere confundir el recuerdo con la realidad, otorgarle a la literatura las propiedades de la nitidez que posee el presente para trasvasarlas al pasado. De modo que la lectura de este libro queda al final desdibujada en la memoria: es un pasaje de agua, pero con las ondas calvadas de la ficción.
En Prisión Perpetua asistimos a un juego de espejos en que cada reflejo es independiete por sí mismo: una microficción que se perpetúa en la narración al completo. Por eso la elipsis es fundamental y un recurso muy bien llevado: “Un narrador, dice el Pájaro, debe ser fiel al estado de un tema. Busca sorprender en un espejo los reflejos de una escena que sucede en otro lado”.
Quiero cerrar estas líneas haciendo una referencia a la experiencia y a su trato en esta novela. Piglia conoce la tradición filósofica y lingüística tal y como lo ha demostrado en sus libros. Muchos de ellos reflejan sus lecturas de teoría de la literatura y el conocimiento de los formalistas rusos, Foucault o Roland Barthes. En éste, el término experiencia adquiere un significado y una indagación singulares. Para Piglia la experiencia no supone aprendizaje alguno. En sus palabras: “La experiencia tiene una estructura compleja, opuesta en todo a la posible forma de la verdad. ¿No se aprende nada de la experiencia! Sólo se puede conocer lo que aún nno se ha vivido”. Este axioma, que coinciden con el final del primero de los relatos, es lo que construye Piglia con su literatura, es su convicción dadora de ficción. Su literatura es acercamiento a la verdad literaria porque se aleja de la experiencia narrativa. Por eso comencé afirmando que la literatura de Piglia es revelación, tanta como la perpetua prisión que se expande sin límites a pesar de su finitud y que se llama vida.

lunes, 2 de marzo de 2009

Flamenco Sketches.

Parece que M. se ha mimetizado con la música que escucha desde hace unos días y que ha terminado por sentirse, ella misma, un tema que se repite con variaciones a lo largo de Kind of Blue, de Miles Davis. Escucho a lo lejos la música y entonces me la imagino sonriendo; una sonrisa que percute en la batería y que se introduce entre las bombas de la trompeta del gran Davis, ¡oh!, del sonido. Todo esto me conduce a recordar el estilo de Thomas Bernhard. Sus libros son hipnóticos y toda vez que se adquiere el preciso conocimiento de su lenguaje musical, de su cadencia, asoma la luz del prodigio. Con Thomas cedo la incursión de la imaginación ante abismo que me persigue: Thomas Mann, Javier Marías o Joseph Conrad de la mano de Nabokov. Todos sonríen mientras Flamenco Sketches los va perfilando entre la bruma de sus libros. Cabrera Infante, el mismo Quevedo, Alejo Carpentier, Joyce; se suma vestido de monja, asorjuanado, Octavio Paz, y pasean desvestidos, amparados por sus cueros, mientras trazan con su verbo la música de la literatura en un banquete de cicuta y frutas sagradas. Todos se asemejaban a la imagen de Alcibíades, en El Banquete o del amor, de Platón, en que de repente llega Alcibíades medio borracho, con la cabeza coronada de hiedra y violetas, acompañado de tocadoras de flauta y de un grupo de amigos embriagados. Todos aman lo que es inmortal.
El lenguaje musical comparte con la lengua la disposición espacial, pero su aprehensión es distinta. La lengua necesita del espacio para hacerse comprender, es el idioma de los mortales; la música crea el espacio, un tiempo diseñado por la absoluta certeza de la idea más cercana al grito primitivo. La música es el lenguaje de lo inmortal.
Flamenco Sketches -la prodigiosa pista del Kind of Blue, de Miles Davis-. M. me insiste en que el tema cobija un homenaje al flamenco, escúchalo, me dice susurrando. A todo esto respondo sentándome mansamente y escuchando con parsimonia. Mientras tanto, alternate take, pienso el cielo en verde, Blue in green. Cuando preveo que va a terminar la pista, aparece Julio Cortázar de la mano de Miles. Lleva los Diálogos de Platón en la mano. Se sientan a mi lado, yo ya estoy borracho. Y comienza a leerme lo siguiente: “si alguna cosa da valor a esta vida es la contemplación de la belleza absoluta; y si llegas a contemplarla…”, sus voces, el silencio, sus voces, el silencio, la trompeta renqueante, la vuelta circular a la materia, el sonido que se pierde en la llanura, sus voces, ay, el silencio, ay, el sonido que se muere.

domingo, 1 de marzo de 2009

La contemplación activa. Discursos de tinta y sal.

Hay una anécdota en la vida de Tales de Mileto que siempre la utilizo para explicarles a los alumnos qué es pensar, qué es la filosofía, como si yo tuviera la clarividencia en mis palabras. Iluso profesorzuelo.
Se ha narrado de muchas maneras, dependiendo de la fuente en la que se lea. En este caso, no he encontrado todavía un libro más literario, maravilloso y chascarillero que Vidas de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio. Diógenes Laercio cuenta la anécdota de Tales, entre otras muchas, de la siguiente manera: “Se dice que salía de su casa acompañado por una vieja para contemplar las estrellas y cayó en un pozo. Cuando se lamentaba, la vieja le dijo: “Y tú, Tales, que no puedes ver lo que tienes ante tus pies, ¿crees que vas a conocer las cosas del cielo?”. A partir de este hecho voy trenzando los argumentos pertinentes y las situaciones que mejor vengan al caso. Cuando el diálogo comienza a tomar forma (cosa que casi nunca ocurre) introduzco la otra anécdota que acordona muy bien mis pretensiones. Resulta que a Tales, según Diógenes Laercio -y eso hay que tomarlo con reticencias-, se le atribuye la compra de talleres de aceite, con lo ganó mucho dinero. Evidentemente, Tales observó el comportamiento del sol, de los solsticios, de las estrellas, de las tierras, del agua. Quiso establecer leyes para ese mundo que venía del mito y que aspiraba al logos. Algo parcedio con el horizonte mitológico que me encuentro cada mañana: un universo de entelequias con nombres y apellidos. Es mi tarea construir un abismo desde donde se asomen.

***
El libro de Unamuno, Cómo se hace una novela, está concentrado en las páginas finales. Al final del mismo, en una nota del jueves 30 de junio de 1927, escribe desde Hendaya: “Contar la vida, ¿no es acaso un modo, y tal vez el más profundo, de vivirla? […] ¿Cuándo se acabará esa contraposición entre acción y contemplación? ¿Cuándo se acabará de comprender que la acción es contemplativa y la contemplación es activa?”. ¡Qué palabras más sabias estas de Unamuno!
La vida en acción, aquí, en estas letras. La tremebunda sencillez de lo vivido a ras de la ficción. Decidme del alma, ¿quiénes han transitado por la ultratumba del ser más que los filósofos, escritores y artistas varios? ¿Quiénes si no? No hay mayor envergadura moral que discernir entre quienes han levantado lo que somos y quienes se obcecan en diluir en nada lo que somos. El sujeto moderno nació en la soledad. Los escritores escriben los libros en soledad y solos quedan hasta siempre. Es indecible el abismo que recorre la creación de un artista y el momento en que un receptor llega a ella.

***
Mi compañero Iván dejó hace poco en su bitácora unas hermosas palabras sobre unos gorriones. Estuvimos comentando de pasada la conexión con algún poeta que nos entusiasma a los dos. Le estuve refiriendo los versos que vinculaban su reflexión con el magno poema de marras. Incluso ahora se me ocurre que su estampa podría pertenecer al libro de Jules Renard, Historias naturales. Sin embargo, hoy he leído un poema de Jorge Guillén, perteneciente al ciclo de Homenaje, que me gustaría dejarlo aquí para que la escritura converse por sí misma.

AL MARGEN DEL GÉNESIS
ANTES DEL ALBA
Y multiplíquense las aves sobre la tierra. I, 22.
Conozco una avecilla que enmudece
Por su fatal costumbre antes del alba.

No se ha insinuado un rayo todavía.
Jamás se encontrarán cantar y luz.

Aquel sonido límpido anuncia
La claridad que irrumpe con júbilo,

Y aislado entre las hojas se mantiene
Sin presentir el acontecimiento.

Pájaros, ignorantes de sus dioses,
Cantan junto a nosotros, ignorantes.

sábado, 28 de febrero de 2009

AICULADNA

Un juego, palabra reversible. La reflexión es la misma siempre que viene al calendario un día de celebración de este jaez. Y escribo “jaez” -vocablo árabe- porque designa un adorno de cintas con que se entrenzan las crines de un caballo. Eso es, un adorno en la trenza de los días, un añadido me resultan estos días de celebraciones nacionalistas. Pero llevo un tiempo intentando regalar mi empatía a todo aquello que no puedo procesar por mi razón o con aquellas personas que no comparten mis posturas. He de darles la palabra, ¡ahí la tenéis, hablad por ella!
Surge una circunstancia que poco a poco va desmoronando mi escepticismo andaluz. El caso es que siempre que se habla de Andalucía o que algún niño quiere hacer un trabajo sobre Andalucía, surgen las voces de los poetas, la poesía, los poetas mismos. Entonces, cuando alguien quiere construir un ideario, y echa mano de la poesía, comienzo a diseccionar en mi mollera eso de la identidad, de las geografías sentimentales y las alabanzas populares.
Andalucía es un recuerdo, porque no es nada sin la palabra de los poetas. Una entelequia árabe que recorre el alambique de los ríos hasta la alhama de las palabras. En ese trazo de la poesía se esconde un misterio, un oscuro misterio que se asemeja a la profundidad de un desierto en la noche. En el desierto uno no encuentra la luz más que en el cielo, la claridad, como dijo Claudio Rodríguez, siempre viene del cielo. Así es Andalucía, una inmensidad negruzca en que se encienden las luces cósmicas de los poetas, de los escritores. Ellos son dadores de identidad.
Luis Cernuda descansa en Méjico, pero nos legó “las playas parameras/ al rubio sol durmiendo/, los oteros las vegas/ en paz a solas lejos,/los conventos, ermitas/ tan tristes al recuerdo…”, ésa es la manera de encontrarme con Andalucía: una playa paramera a la que acudo en busca de su luz, de su carácter, de su ritmo arabizado, de sus callejuelas tentando a los océanos y los mares.
Un niño viene a pedirme consejo para hablar de Andalucía. ¿Tienes campos? Sí. ¿Tienes animales? Sí ¿Un burrito? Sí. Nos vamos los niños y yo al campo. Respiramos, recito un par de poemas y les doy una vuelta a lomos de un burrito. La sonrisa de esos niños fue Andalucía. Si es así, bienvenida.

jueves, 26 de febrero de 2009

Vulcano me fraguó una conjuntiva.

Se me inflamó la conjuntiva y el mundo se hizo impresionista, chagalliano, turneriano. Ya que el cubismo es un desvío de la cornea. Hasta este momento no tenía conciencia del poder que posee esta pequeña parte de nuestro ojo. Un velo corría por la realidad hasta desdibujarlo todo, ahí he aplicado la imaginación. Para la anatomía, la conjuntiva es una membrana mucosa muy fina que tapiza interiormente los párpados de los vertebrados y se extiende a la parte anterior del globo del ojo, reduciéndose al pasar sobre la córnea a una tenue capa epitelial. Para mí, un adjunto de la fantasía.
Poco a poco, voy perdiendo la virtud epitelial de lanzar una mirada que tapice a los vertebrados que me rodean, que reduzca sus figuras y que extienda mi escritura hasta el registro de unos datos que falseen con sus membranas la mucosa de la vida, la anatómica literaria.

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No sé aún si en este fenómeno de las bitácoras soy, en términos de Umberto Eco, un apocalíptico o un integrado. No sé si podría crearse una categoría intermedia, que dejara en interrogantes la creencia, algo parecido al agnosticismo.

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Compré el libro de Stefan Zweig, El mundo de ayer, por el inicio: “Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida”.
¿Quiere decir Zweig que los escritores consideran su vida importante para contarla? No lo creo, antes al contario. Las palabras de Zweig se dirigen al problema fundamental del escritor cuando se convierte en el sujeto de sus letras. Cuando el escritor comienza a escribir su autobiografía ajena. Es un desposeído, un trasunto, un alter ego que reconoce en sus huellas los pies de su creador, nada más. El resto es extrañeza y virtud.
Inmediatamente me acordé de un libro de crítica literaria que leí en los años de la Facultad con un tremendo gozo, La máscara, la transparencia, de Guillermo Sucre. El libro recoge ensayos sobre poesía hispanoamericana, pero siempre llamó mi atención los títulos en los que se dividía, tal que “El universo el verso de su música activa” o “Lezama Lima: el logos de la imaginación”. Aún estoy resolviendo ese enigma, el logos de la imaginación.
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El mundo de ayer es el mundo de hoy pasado por el cedazo de la memoria.

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Ni la máscara ni la transparencia. El lector es un viaje. Él recoge el inicio y la llegada. En él el trayecto es un círculo, descubrimiento. Cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo.

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Todo recuerdo es el presente, dice Novalis. Leo y convierto el verbo en intransitivo. Un sueño se enciende en la fragua. Vulcano golpea el hierro. Construye una conjuntiva. Ahora el presente es el recuerdo y me preparo para contemplar el mundo bajo un velo mucoso y amarillento. Es el sol de la transparencia.

martes, 24 de febrero de 2009

Punto y Aparte. Italo Calvino, lector e insecto.

¿Para quién escribimos? Cuando se piensa en la escritura de un libro tendríamos que imaginar una estantería en la que colocarlo y un lector que lo coloca allí, y que se propone leerlo, imaginarios. Ese lector y esa estantería suponen dos elementos contrapuestos: la estantería es la estática relación del libro con otros libros; el lector, el activo enlace que teje en su casa la tela de araña que une un libro con otro, un libro con otro.Ergon y energeia. De esta forma, el lector es un insecto que teje y cruza las páginas de los libros que ha leído. Un insecto, el lector. Gregorio, la familia Samsa en manos de Kafka.
Esa estantería, inventada por Italo Calvino en Punto y Aparte, está vertebrada por la siguiente afirmación:
“La labor de un escritor es tanto más importante cuanto más improbable sea aún
la estantería ideal en que quisiera situarse, con libros que todavía no están
acostumbrados a estar colocados juntos a otros y cuya proximidad podría producir
descargas eléctricas […]”.
Decía Valle-Inclán que su máxima ambición era escribir dos palabras desconocidas entre sí, unir dos palabras que jamás se hubieran relacionado para conseguir un significado nuevo. Por eso considero que la literatura debe ser siempre un misterio que hay que resolver; la literatura no puede dejarse acariciar por la facilidad del mercado, por las trampas y moldes de lo vacuo. Dejaría, en este punto, de proyectar la biblioteca imaginaria y sólo sería un producto disecado, insípido, vegetativo.
Punto y aparte, ese es el proceso de la lectura. No dejar nunca de inventariar una estantería sin límites cuyas baldas, macizas y repletas, nos digan que nuestra miseria descansa, al menos, en negro sobre blanco. Un testamento es una biblioteca, el legado de un insecto que fecunda la nada.

lunes, 23 de febrero de 2009

TU ACORDE PURO EN NUESTRO CANTO SUENA. A. Machado, Juan Rejano y la poesía.

*A. Machado, camino del exilio, en la casa Santa María, en Raset, aldea próxima a Cerviá de Ter (Gerona).

Varios días llevó su maletín como un encabalgamiento dilatado hasta el caminar de sus versos. Hoy lo tengo entre mis manos. He intentado soñar sus papeles, he decidido escribirlos sólo para mí, para que el fango y las aguas por las que anduvo, sólo sean los surcos de mi mano. Una maleta con los papeles del alma, con el sol revocado de la muerte, con el azul como tinto en el gañote.
Escribe Ian Gibson que Antonio Machado llevaba, ya en la escapada desde Madrid, una maleta. Piensa el hispanista que en esa maleta se acumulaban papeles personales: poemas, borradores y cartas de amor a Pilar Valderrama. En casa Santa María pasan cuatro largas jornadas después de haber atravesado con una furgoneta carreteras comarcales. Llúcia Teixidó recuerda, como administrativa de la finca, que Machado le pidió con encarecimiento que le guadara el maletín que traía consigo.
No se sabe hasta dónde los dejó, a los Machado y a otros acompañantes, el vehículo que los llevaba. De cualquier forma, cerca de la frontera, al menos, así lo asegura, Joaquín Xirau. El frío era tremendo, los dejaron sin dinero, en medio de la carretera y con una lluvia desconcertante. Cuarenta personas en total era el número de expedicionarios del exilio.
Probablemente después de abandonar Portbou, afirma Gibson, después de atravesar una empinadísima loma en Els Balitres, llegan al paso de la frontera. Una pendiente atroz para terminar la vida, una silva interminable de ritmos empedrados de ripios y zafiedades.
El maletín nunca volvió a las manos de Machado, se quedó con el resto de equipaje en la camioneta. Como si las palabras valieran lo que vale un pingajo. En ese maletín se quedó la vida de Antonio Machado, en él, desaparecido y oculto, estaba el rumor de la inocencia que lo invadía, el del amor en carne cruda, el del auspicio de la verdad trémula y cercenada. El odio por los hombres quedó en ese maletín, sólo un hombre bueno levantó las piernas hasta desfondárselas, las piernas del alma, evidentemente.

***
Se publicó hace poco un libro que recoge buena parte de la producción poética de Juan Rejano, La tarde y otros poemas, 2008, en la editorial Cátedra. La edición, a cargo de una especialista en el autor, Teresa Hernández, conjuga de buena manera la selección de textos y la edición anotada.
No había leído nada de Juan Rejano, su nombre lo tenía tabulado en esa lista de poetas exiliados al rebufo de León Felipe, Emilio Prados o Cernuda, de hecho, descansan sus restos en el Cementerio de los Españoles en la capital de Méjico.
La tarde, libro que se recoge íntegro, es la mejor muestra del quehacer poético de este autor cordobés. El resto de libros muestran la diversidad versificadora que poseía el poeta y la profunda sensación de exilio que padeció.
Hay un poema elegíaco dedicado a Antonio Machado, que pertenece a Canciones de la paz, titulado La respuesta. En Memoria de Antonio Machado (1956). De él rescato los primeros versos:
“Me nutrió tu palabra, desnuda y verdadera,
y he crecido a tu lado como un árbol sonoro
al pie de una montaña.
Desde la infancia tengo
Los labios rezumando tu savia humilde y buena.
No te siento: te llevo dentro de mí, lo mismo
Que el rumor enclaustrado de un caracol marino.
Solitario viajero de los ríos
Patriarcales
Y los páramos tristes de Castilla,
Quisiera
Rodear tu memoria de sonidos
Esbelto
Responder a tu augurio y a tu amor
A los hombres
Con el acto tranquilo de mi fe
En la mañana. […]

sábado, 21 de febrero de 2009

PROVERBIOS HUMANOS

Venía alicaído. La mirada rastreaba por el suelo sus pisadas. En la mano un libro y era costumbre que, tras leer algún volumen, se llevara toda la tarde hablándome de esas páginas que tanto le habían gustado o que tanto le habían decepcionado. En esta ocasión, el libro era de poesía, y me extrañó que el Licenciado hubiera escogido un libro de Antonio Machado. Sorpresa, porque se conoce de memoria casi libros enteros. En esas tuve la primera lección.
-Viene usted con la poesía en las manos, ¿tan mal está como para releer a Machado?
-Ay, ay,…la juventud ciega las evidencias, joven. Debe usted medir sus palabras, no las deje tan sueltas y tan llanas.
- Voy a pedirle un vaso de manzanilla, verá como las silvas asonantadas de don Antonio se convierten en seguidillas y alegrías.
- No me pida nada, hoy no me apetece el mundo. El mundo ha dejado de ser un proverbio humano.
-Pero, ¿cómo es posible que usted me diga que no le apetece nada, ni siquiera un caldo fresco? Usted, Licenciado, me regaña cuando me dejo llevar por las cosas insignificantes y me dice, vamos, ¡y me riñe!, con esas palabras tan suyas y que tan bien recuerdo: “Usted en su vida no es nadie para contradecirla. Así que no se deje apenar por ella”.
-Lo sé, ¡y lo mantengo, pardiez!, pero llevo unos días atravesando un desierto. En esas arenas he visto que los hombres han abandonado el conocimiento y la cultura, los valores y la ética a favor de las maldades. Fíjese, ese joven que ha asesinado…esos amigos que lo han ayudado… ¡Esa conducta es una muestra!
- ¿Piensa usted que conviene la antigua moral, la que reprochaba las conductas inadecuadas con fuerza y determinación?
-Admitirle eso es dejar de creer en la libertad de crecimiento y, por lo tanto, en la especie. A lo mejor ya no creo en la especie.
- Parece Shopenhauer, Licenciado, defenestrando la especie humana. A lo mjeor lo que debe es cambiar su voluntad para cambiar la representación.
-Ay, joven, báñese en esa agua, ya no volverá a sentirla.
Mientras tanto, me he levantado y he ido a la barra en busca de dos gorriones de manzanilla. El Licenciado se lo ha embuchado de un solo movimiento. La sonrisa ha vuelto a sus labios. Abre el libro y me recita, casi en silencio. Luego, me dice que le lea Campos de Castilla. Siga, joven, siga.

jueves, 19 de febrero de 2009

ESCRIBIR DESDE LA NADA.

Suele ocurrirme en las conferencias, seminarios o encuentros en los que todo de lo que ocurre no merece mi atención, siquiera oírlo. En español decimos nada de lo que ocurre levanta mi interés. nada cuando decimos todo, ay, José Hierro. Cuando detecto, con unos síntomas claros y evidentes, que la nada pretende que la inocule, me pongo a escribir como un poseso.
Escribo para luchar contra la insidia y para acorralarme entre tanta vacuidad. Difícil trabajo, colosal tarea esta de escapar de las tripas de la nada. Ahora, en este momento, una señora lee unas cuartillas sobre la obra de un autor que está a su lado. Jerez de la Frontera, Cádiz. El escritor calla y asiente con lentitud. La sala se inunda de tos. Ella no cesa de leer, de hacer una referencia y otra, una y otra. Escribo, escribo.

***
No estaría de más hacer un registro, una topografía de aquellos lugares en que concurren unas circunstancias benefactoras para enfrentarse a la nada. En las que no queda otro remedio que escribir. Es decir, en las que no me queda más remedio que atacar el papel con el lápiz. Cómo se hace una nota puede ser un buen título para ese catálogo. Posible lista:
1. Seminario, encuentro, simposio o congreso de literatura en los que los participantes hacen todo lo posible por exhibir sus naderías.
2. Una clase de la facultad (preferentemente de Filología).
3. Un viaje en tren, autobús, avión o barca por el mar.
4. la plaza de una ciudad.
5. la playa, la desembocadura del Guadalquivir.
6. París.
7. Un claustro de profesores, una sala de profesores.
8. Una biblioteca.
9. St. Sulpice, St. Germain-des-Prés.
10. La consulta de un médico.
11. Un café.
12. La plaza de San Marcos, en Venecia.
En estos sitios se vislumbra la candidez de una sintaxis descarnada, el usufructo fonético de lo cotidiano, la semántica altiva de la ficción, las vocales desmayadas de faringe.

lunes, 16 de febrero de 2009

En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano.

Louki, Jacqueline Delanque, la obsesiva protagonista de En el café de la juventud perdida, me espera sentada en el Le Condé. En ese bar, donde los parroquianos suceden como rimas sueltas, hay dos puertas. La más estrecha es la que llaman la puerta de la sombra. Es la puerta por la que acostumbra entrar Louki y es un acto perfectamente establecido para la naturaleza de esta criatura de Patrick Modiano, su umbral de paso: Louki es una suerte de entelequia fonológica, un eco en busca de su sonido.
En el café de la juventud perdida, Modiano escribe utilizando varios puntos de vista (tercera y primera persona) para ofrecer una perspectiva caleidoscopica de la trama. Pero este libro, que no tiene trama más que el deambular de Louki por el París de los 60, se convierte en una factoría de la sintaxis escueta, del estilo recortado y aséptico, de la palabra misteriosa que insinúa, indica, sugiere y nunca maldice.
Un juego de espejismos cuyo corte convexo lo otorga Louki, ella vertbera la imagen: su vida y sus recuerdos son los dos extremos de dicha mirada cristalina. Existe, además, un personaje que puede emparentarse con Perec (últimamente todo lo veo con la mirada de Perec). Bowing, uno de los cafeteros de Le Condé, se empeña en registrar todo lo que ocurre en el bar: quién entra, sale, cuántas veces, qué bebe, etc. Apuntes y notas que completan eso que él llama su Libro de Oro.
¿Quiénes son los habitantes del café perdido? Louki, Babileé, Adamov, el doctor Vala, Tarzau, Jean-Michel, Fred, Houpa, Boeing, Casley, Maurice Rápale, don Carlos, Bob Storms, Mireille y Annet. Bohemios. Lectores, alcohólicos, editores, escritores. Un corifeo alrededor de Louki que viene a decirnos “si toda aquella época sigue aún viva en mi recuerdo se debe a las preguntas que se quedaron sin respuestas”. Todos hablan, opinan, consideran la palabra un artilugio de conocimiento. Porque “Vivimos a merced de ciertos silencios”.
La búsqueda de Louki, una joven que se sitúa entre los límites de la vida presente y los recuerdos, hace que su búsqueda se convierta en un tránsito por los deseos perdidos. Ella estuvo casada con un hombre que nunca amó, su madre era trabajadora del Moulin- Rouge y sus pasos estaban marcados por el barrio y las calles en las que se desarrolló su infancia. De esta forma, este mapa sentimental es un verter de confusiones a la memoria en el presente. Su único refugio es el bar, sus verdaderos inquilinos, los residentes de sus sentimientos, digo, son los cafeteros del Le Condé.
La idea del Eterno Retorno toma desde el principio a un protagonista como vocero. Roland, el personaje que emprende la búsqueda por los parajes con los que anduvo repleto de ilusiones junto a Louki, espera el Retorno y está convencido, al mismo tiempo, de que esa vida que vivió le vale para justificar todas las vidas posibles. Louki y, en parte, Roland, vivieron una vida que se les antojaba ajena, pero que asumieron como propia. En esa dicotomía en que se baten el pasado y el presente está la escritura de Modiano.
Le Condé termina por desaparecer. Los personajes del café pertenecen a la galería de los estantes perdidos. Y Roland, cuando pasea por L´Odéon en busca del café, se encuentra con un palimpsesto y con una evidencia: los recuerdos tienen la vigencia de la fugacidad.
Y ése es el mayor logro del libro de Patrick Modiano, ofrecer en un mapa mudo la presencia insustancial de un personaje que se busca a sí mismo a través de la mirada de los demás. Porque el recuerdo es un filamento de la utopía.

domingo, 15 de febrero de 2009

Kind of Blue at 50, de Miles Davis. El sonido.

M. lleva todo el fin de semana escuchando Kind of Blue (at 50) o, lo que es lo mismo, el disco que revolucionó el jazz en el año 59. En ese año, Miles Davis, John Coltrane, Cannonball Adderley, Bill Evans, Wynton Keily, Paul Chambers y Jimmy Cobb (qué pléyade, qué nómina de cítaros geniales) se reunieron para explorar hasta dónde el jazz podía extender los límites del pentagrama. El resultado es una obra maestra, un azul mudo que representa el sonido de un rey que trompetea y establece el abismo de la música.
Los temas: So What, Freddie Freeloader, Blue in green, All Blue junto a dos cedés, uno deuvedé, que incluyen documentales, ensayos y comentarios de otros músicos. Esta grabación remasterizada conmemora estos cincuenta años de jazz porque sí, de jazz en estado visceral.
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M. lleva todo el fin de semana escuchando la melodía de la eternidad. Una nota sostenida entre el alambique de la trompeta. Un alquimista, Miles,el sonido, Miles, en busca del sonido que da cuerda al mundo. Miles, y se repite su nombre, y So what, como un centinela que percute incandescente sobre los tímpanos de dios. Un demiurgo que arranca de un instrumento el fuego de los hombres; que prende, con la melodía, el rayo órfico que nos posee en estos días largos de música. Porque los días en la música son infinitos, carecen de cronología.

***
En la trompeta de Miles suena una música de agua. Como en los Sonetos a Orfeo, de Rilke, “tú les levantaste un templo en el oído”. Lo demás es silencio. Y callo, mudo el entendimiento. Todo comienza a vibrar como un árbol que se levanta, como la trascendencia, que se levanta; música, en Rilke fue verbo, respiración de las estatuas, silencio de los cuadros. Tú, música, lenguaje donde todo termina. Sólo la poesía es capaz de hablarte. Jaime Siles,
“[…] Sólo el nombre
que tu lenguaje escribe
en tu silencio:
un idioma de agua
más allá de los signos”.

sábado, 14 de febrero de 2009

La selva de la caligrafía. El discurso vacío, de Mario Levrero.

Me impongo la abstrusa manía de escribir diariamente. Lo he decidido como una acción -vida en acción, la lucha por la vida- que en ningún momento debe sublevarse a otra actividad. Escribir todos los días, una consigna que he establecido para que alguien como yo, para esa persona que me habita, no deje de tentar la caligrafía de su vida.
Es cierto. No he dejado de escribir, pero tampoco de leer. Estos ejercicios se convierten, en ocasiones, en caminos que se bifurcan, porque cuando se está escribiendo no se considera momento de lectura. ¿ O sí?
Así es que cuando abandono un libro sobre la mesa y considero que deseo y quiero escribir algo, motivado por la voluntad y la conciencia de mi ego, caigo en una depresión inmediata que me recorre de una parte a otra. ¿Leer o escribir? Sístole y diástole de un proceso coronario.
La escritura en un diario es un discurso vacío, que se configura con los años, que se convierte en una mácula imprecisa que destiñe sobre los días la incierta sensación de continuidad. Pero hoy digo que el discurso de un diario no es más que la sucesión de fantasmas que habitan al escritor; la continua procesión de incertidumbres que tientan el abecedario de alguien que parte de la caligrafía para alcanzar la sustancia de un no sé cuál embrión literario. Escribir un diario es testimoniar los días de alguien que desconocemos.

***
Los días de descubrimiento debo anotarlos en algún sitio. Ayer fue uno de ellos. Una tarde, en una librería que frecuento mucho, menos de lo que deseo, ciertamente, leí unas páginas de un autor desconocido para mí, pero que guardaba en su obra algún motivo, alguna estrategia, un resultado próximo a lo que busco en la literatura.
Mario Levrero (Jorge Varlotta) nació en Montevideo en 1940 y falleció en 2004. Después supe que no sólo era escritor, sino guionista, fotógrafo, librero, etcétera. Las páginas a la que me estoy refiriendo forman parte de una trilogía, Trilogía Involuntaria. Luego tuve noticias de su Novela Luminosa, obra póstuma, y de algunas narraciones más. Levrero pertenece a los llamados “raros” por el crítico Ángel Rama, aunque para mí los raros como Felisberto Hernández han formado parte de lecturas prioritarias.
Compré El discurso vacío (Caballo de Troya, 2007) y su lectura es grata y está repleta de hallazgos. Levrero cultivó una literatura en que se mezclan los géneros: el ensayo, la narrativa, el cuento o la reflexión. Abandonó su primera época de narrador puro para adentrarse en los confines kafkianos y musilianos de la literatura como vida.
Me impongo la abstrusa manía de escribir diariamente y comprendo que una obra literaria es un discurso vacío, como una caligrafía ilegible, y comprendo que la claridad viene del cielo y que escribir es la parábola de esa búsqueda. Escribe Levrero: “Cuando se llega a cierta edad uno deja de ser el protagonista de sus aciones: todo se ha transformado en puras consecuencias de acciones anteriores”.
Una respuesta, escarbo como un animal en busca de una respuesta, porque no me hace falta llegar a cierta edad para sentir que he dejado de ser el protagonista de mis acciones. Yo es otro, un sucesor honorable, compuesto de mí mismo.
*Imagen: Mario Levrero.

viernes, 13 de febrero de 2009

ESCALA NATURAL

Para ordenar mi literatura escribo en el moleskine:
1. Disposición natural.
2. Aprendizaje.
3. Vida y lecturas (mudanza sucesiva).
4. Conocimiento.
5. Intento de decirlo todo a través de la verdad intuitiva.
6. Verdad o aspiración de verdad revelada, innombrable.
7. La palabra.

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Si el hombre se ha hecho a sí mismo, entonces es posible explicarlo. A lo mejor la literatura es la tesis principal de ese entendimiento.


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Cuando habita la noche en tus aguas y queda agasajada en el trigo; cuando la mañana, el último otoño, un canto perdido de la tarde reptan hasta los tuétanos...


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Todo realismo utiliza y se vale de una teoría, de un concepto de la realidad. La abstracción es el vacío o la inexistencia de concepto. Así la realidad es incognoscible para el hombre, acaso absurda. La literatura se debate entre el nombramiento de la realidad y la creación de una realidad. La literatura es dadora de verdad.

martes, 10 de febrero de 2009

TEORÍAS DE LA RELATIVIDAD (POÉTICA).


¿Pertenece el silencio a la poesía, o es palabra pura, sin más ni más?

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Para un escritor, ser escritor consiste en cederle el espacio al silencio en el momento oportuno. Visto de esta manera, no es el poeta el que escoge la palabra que nombre la cosa misma, sino que elige el silencio mismo, resguarda a la cosa misma de ser tocada por un nombre que no le corresponde.
En este sentido, cabe preguntarse ¿deja un poeta de serlo por dejar de escribir o la condición de poeta sobreviene a la época silente? Si no es así, entonces el poeta sólo es poeta cuando escribe, por momentos.

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¿No es el poeta el que lucha constantemente entre el silencio y la palabra?
"Contra el silencio
Y el bullicio
Invento la Plabra,
Libertad que se inventa
Y me inventa
Cada día".
Escribe Octavio Paz estos versos para esclarecer tal relación. Pero propongo una nueva lectura de los mismos: “Desde el silencio…”, no contra el silencio. ¿Qué ocurriría si la palabra se edificara desde el silencio, como la vida se empeña en la muerte o la poesía en cantar lo eterno? “En el silencio…invento la palabra”; silencio y palabra entendidas como complementarios cuyo compuesto se expresa en la forma Libertad.

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Hay una parábola entre el sol de la nada y la oscuridad de la palabra. Un arco que une el mundo de ultratumba en que nada puede ser nombrado. Unos pasos atraviesan el páramo, huellas sonoras que han sobrevivido. Un poeta no puede volver la vista atrás y regocijarse en la escritura: su encuentro está en lo no dicho. Lo demás es piedra en las retinas, lágrimas de Orfeo.

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Dice Heidegger que el ser es un don que otorga la palabra. Así lo dice el poeta, Hölderlin: “Ninguna cosa sea donde falta la palabra”. Por lo tanto, es un arqueólogo en la mina del silencio en busca de la sílaba escondida. Nadie como un poeta debiera conocer el silencio, sus límites, sus pasadizos, sus vértebras.

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Las vértebras de la nada tienen que oler a naftalina.

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Para el poeta, todo decir del silencio es poesía.


*Il poeta, de Gian Paolo Dulbecco (La Spezia, 1941).

Transfuga de la noche.

Antes de que mi cuerpo se entregue al derrumbe del sueño, necesito escribir. Escribo y no sueño. La noche es un arco insondable. No sé que quiero dejar escrito; tampoco si es moral hacerlo ahora: la moral del escritor es una solitaria que sobrevive en los intestinos.
La noche es ahora un huidero insoslayable. Todo es apéndice. El universo un dédalo de luces y algoritmos.
Mihi quaestio factus sum, digo con San Agustín. Sí, estoy hecho un enigma. Un aire distinto me respira. Me siento en las branquias de la noche.

domingo, 8 de febrero de 2009

Cómo se hace una novela, de Unamuno.

Leer a Vila-Matas es no dejar de leer nunca. Como un centón, como un tapiz al que se le ven las costuras y los hilos que lo sostienen, podemos trazar -o escribir en mi caso- todas las obras que aparecen citadas. Tengo la costumbre de anotar los títulos y los autores en las últimas páginas de los volúmenes con la intención de hacer un registro (y esto es una manía de Pérec: registre la realidad, es lo que le queda) de un universo literario. Por lo tanto, leer un libro de Vila-Matas se convierte a posteriori en el intento de registrar un universo. Un universo literario. Cosa extraordinaria que me implica hasta la extenuación, porque cuando tengo la lista escrita, el paso siguiente es leer a todos los que están allí. Sin embargo, me acaba de ocurrir un hecho que trastoca todo este mecanismo que ya daba por consolidado y que resumo como unas instrucciones: 1. Leo a Vila-Matas. 2. Saco el destornillador (véase lápiz) y escribo. 3. A continuación, leo a los escritores citados. 4. El paso último es escribir la lectura, como acontece ahora.
Todo esto se ha trastocado y me ha dejado otra enseñanza, una lección. Aunque debo dejar claro que la sorpresa se ha dado cuando la literatura y la vida han cruzado sus coordenadas.
Lección. En las primeras página de París no se acaba nunca aparece citada Cómo se hace una novela, de Miguel de Unamuno. Obviamente, estaba escrita en mi registro, pero la tuve como una obra que no había marcado en exceso la creación de la obra parisina.
Se acaba de publicar en Cátedra (2009) la edición de Cómo se hace una novela a cargo de Teresa Gómez Trueba. En la magnífica introducción del libro, hay un punto dedicado a la relación de la obra de Unamuno con las novelas que se escriben actualmente y la sitúa como un claro antecedente de la novela degenerada, esto es, aquella que ha invadido las sucursales genéricas de otras formas de escribir.
La conclusión a la que llega la editora, y con la que estoy en acuerdo, es que la obra de Unamuno ha pasado inadvertida hasta ahora en nuestra tradición hispánica. Tanto su ejecución como su poética han lanzado una propuesta que algunos autores han recogido exitosamente. Uno de ellos, claro está, es Vila-Matas. En resumidas cuentas, la nivola de Unamuno ha sido rescatada en la “no-vila” (término acuñado por Jordi LLovet), por lo que la lección ha sido a la inversa. En esta ocasión, voy a leer a un autor de otra época, un precedente, un prototipo de lo que Vila-Matas escribió.
La lección: el escritor es un lector privilegiado que husmea por donde los otros no vieron nada; que recoge lo que otros no intuyeron como materia de la ficción y que, además, lo engulle en forma de escritura.

sábado, 7 de febrero de 2009

Silencio en el foro.

Este artículo no puede ser esta semana más que papel mojado. Papel mojado por muchas circunstancias. La primera, la cantidad de agua con la que nos está regando el ciclo de la lluvia. La segunda, porque todo lo que uno escribe sobre la crisis, sobre los hombres o sobre cualquier materia, por muy sustancial que esta sea, termina en nada. Por eso mismo creo que estamos en un Teatro, asistiendo a la representación en directo de una obra que tercia la comedia con la tragedia –como La Celestina-; un espectáculo en que los actores principales son los banqueros y los políticos, es decir, los dos personajes más zafios y rufianes de la historia de este teatro moderno. Cosa parecida ocurre en otros aspectos: el trabajo, la familia, los amigos. ¿Cuándo estamos fluyendo con sinceridad y cuándo bajo el velo de la estupidez? Porque hay posturas que exaltan la incoherencia y otras que recrean la estupidez misma. “Hola buenos días, vaya usted con dios”, ¿me estará condenando al infierno y por eso me quiere con esa compañía?
El Gran Teatro del Mundo, eso es, una interpretación. Cuando Calderón de la Barca escribió el auto sacramental que utilizaba personajes alegóricos, es decir, personajes que representan más allá de lo que son, símbolos escondidos de lo que el mundo muestra, estaba trazando el futuro. Acertó de lleno. Ése es nuestro sino, enmascararnos en un personaje.
No en vano “personaje” significa “individuo de la especie humana” y proviene del teatro griego -etrusco y latín-. En eso nos ha convertido esta sociedad devoradora de individuos. El individuo ha desaparecido, es una entelequia, sólo queda la alegoría de lo que fue: el trabajador, el esposo, el alcalde, el estudiante, el parado, etc. Una galería de protagonistas descabezados y desprovistos de cualquier efecto personal. Quien anda sólo termina perdido, quien pretende transitar por su decisión se precipita al contragolpe social.
Un Gran Teatro del mundo en que juegan con nuestro dinero hasta desplumarnos. Una pose, en último estado. Una palabra de los políticos;pobres diablos, a los políticos ya sólo les queda las palabras en la mentira, vuelven a sus instintos.
Mientras tanto el mundo se convierte en una aldea global, pero de analfabetos envejecidos. En una pandilla, mejor, juveniles ritos de violencia.
A la postre, poco importa haber leído nada, haber estudiado nada, haber escrito algo, ser un hombre machadianamente bueno. Poco importa haber levantado una vida y defenderla. El Teatro sigue y cambia de función. Los asistentes ya sólo asisten. Dormidos, impávidos. Ni un aplauso en el foro. Más bien el silencio, como en La casa de Bernarda Alba. Silencio.

jueves, 5 de febrero de 2009

Luz no usada.

La lluvia comenzó a tocar mi cuerpo. Con cada gota, mi piel se desnudaba. Alcanzó un trazo de infinito.
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Ocurre con fray Luis lo mismo que con san Juan de la Cruz, se leen los poemas en voz baja, rayano en el silencio. Y eso, a fin de cuentas, me parece lo más cercano a la poesía. La poesía debe rugir en las entrañas, pero decrecer en las palabras. Debe tildar los armónicos que subyacen con su creación, pero con la humildad y la gravidez que produce estar escuchando una fuente en medio de la naturaleza.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Jardinero de la revolución.

Me han divertido mucho dos pasajes del libro sobre la vida de Azaña. El primero detalla las tribulaciones del joven Manuel entre los frailes de El Escorial. Después de un paso mediocre por el antiguo bachillerato, como lo atestigua el aprobado en el examen que realizó en el Instituto del Cardenal Cisneros, su abuela, Concepción, le expetó lo siguiente: “Tú vas a ir con los frailucos, nieto”. Una vez instalado con los agustinos, las asignaturas que tuvo que cursar en el preparatorio a las facultades de Filosofía y Derecho son las siguientes: “Metafísica, Literatura General y Española e Historia Crítica de España”. Tengo para mí que estas asignaturas marcaron, a la postre, la personalidad del político, el escritor y el metafísico.
Uno de los profesores, autor de una voluminosa Historia de la Literatura, Francisco Blanco García, impartía dos de las asignaturas, Literatura e Historia. Un religioso que, como cita Juliá, consideraba a Pereda “príncipe de los novelistas españoles contemporáneos” y a La Regenta “monstruoso feto, verdadera pelota de escarabajo, amasada sin arte alguno con el cieno de inverosímiles concupiscencias”. Lo cierto es que este fraile no dejó indiferente al joven Azaña, como tampoco Azaña pasó inadvertido para el fraile quien, en un alarde de apadrinamiento intelectual, comenzó a recomendar al joven lecturas, títulos, nombres.
Este personaje quedará retratado en una novela que Juliá califica de “folletón”, pero que en mi juicio está tremendamente bien escrita. El jardín de los frailes es un sucedáneo de libro de memorias o novela autobiográfica que recoge, mal que bien, estos años iniciáticos de aprendizajes varios y lecturas cientas.
El segundo pasaje es un episodio irisorio, pero de tremenda tragicidad (hay términos que no existen en el diccionario, pero que debieran: tragicidad, epicidad,…). Pegamos un salto en la vida del personaje de marras, a aquellos años convulsos de 1930 en que se produce la insurrección , “el asalto a la monarquía”.
Finales de los años 30. Los militares a la calle y los obreros en huelga era el panorama que se proyectó para el 15 de diciembre. Azaña compró entradas para la representación de Boris Godunov en el Teatro Calderón. En uno de los entreactos se le acercó Pedro Rico, delegado de Madrid en la junta de Alianza, para decirle que la orden de detención de los miembros del comité revolucionario y firmantes del manifiesto llamando a la revolución ya había sido cursada y que la policía andaba buscándolo. Azaña no tuvo más remedio que desaparecer, huir del teatro. La única manera que tuvo fue a través del foso y por una puerta trasera. Por la noche se hospedó en casa de Martín Luis Guzmán; luego a la casa de Sindulfo; después a un hotelito cercano al hipódromo y, por último, a casa de su suegro en la calle Columela, donde se sabía protegido.
La respuesta de Azaña, movido quizás por su añoranza escolar y por sus afanes literario, fue encerrarse a escribir. Comenzó un proyecto literario, una novela, que se iba a titular Fresdeval, pero la política se lo robo a la literatura, no sé si en un favor o en una desgracia, pero al final la asignatura de Historia lo engulló hasta despojarlo de Metafísica y de Literaturas. Un jardinero de la revolución, Azaña.