miércoles, 14 de octubre de 2009

Como la luz caída del otoño,
el tiempo otorga esa cadencia
que llamamos vejez y que torna los miembros
antiguos.
He aquí disecadas mis palabras,
las tiernas ramas verdeantes,
las que nutren de infante amanecida
el canto especular de la mañana.
¿Mis ojos, qué verán,
son testigos, acaso, de la vida;
qué pertenecerá a esta consciencia
fugitiva
que tremula impaciente,
un verbo, una mirada,
el sabor de un cuerpo en la noche?

Sólo aquel que no está ligado a nada,
a nada debe reverencia.
La muerte es un olvido de la vida.

lunes, 12 de octubre de 2009

En el mundo de entonces.

La tarde sucede a través de los versos de Sánchez Rosillo. Sus poemas dicen una elegía, una plegaria que cubre las fisuras de la realidad. La poesía demuestra que no es posible decirlo todo de los objetos, decirlo todo de la naturaleza. La poesía es un ejercicio del silencio, una rama de la contemplación que aprende a acunarse y a desgajarse de los sonoro. Uno aprende a oír la luz en esta poesía, a desvincularse de los sentidos, para captar la efímera sentencia de unos versos que, en la mayoría de las veces, son una celebración del canto recuperado de una vida sin certezas.

***
Pienso que los astros están esperando que alguien los convierta en matemáticas. Amén de la tarde, de la luz del amanecer, de la mar, del Tiempo, de la vida al completo: está esperando a ser nombrada. El poeta, como un pensador, contempla en la mudez. En ese territorio espera, hacina los verbos. Se contenta con apreciar los objetos con la luz de la memoria. Atiende a la imposibilidad del ser para siempre. Escribe. Y desemboca en la literatura.

***

En las palabras que prologan el inicio de El mundo de ayer, establece S.Zweig dos tesis fundamentales. La primera es la que demuestra la desaparición de las relaciones entre el mundo de anteayer, el de ayer y el de hoy. Esta afirmación me entristece y me enarbola hasta la desesperación de vivir en un tiempo anulado, instalado en un vacuo suceder desligado de la cultura. La segunda es una apología de la memoria como la acumulación de mecanismos que seleccionan y olvidan con la plena consciencia de la voluntad. Luego, Zweig otorga a estos conceptos, entre otros tantos, un estilo que es un mundo, no sé si de ayer o de hoy, pero un mundo en que la literatura vertebra el disfrute que desprende la lectura de sus páginas.

domingo, 11 de octubre de 2009

La gracia y el ser.

Aquel hombre mayor con bigote estaba leyendo Manual de la oscuridad, de Enrique de Hériz , mientras se comía una tapa de ortiguillas. El título parecía recoger los ecos de aquel ejercicio que, entre el bullicio de los comensales, levantaba la palabra. Sus caninos devoraban las propiedades marinas de aquella mucosa verde, frita, que desprende el sabor del pubis marino como ningún fruto del mar. Puede decirse que, una ortiguila es el verde procedente del virgo de la mar.
No es la primera vez que veo a este señor leyendo, por la noche, en el lugar en que concurre más gente en Sanlúcar, en la Plaza del Cabildo. Ya lo cacé leyendo, el verano pasado, El arte de la fuga, de Sergio Pitol, mientras liaba tabaco con sus manos mortecinas.
Después de estos dos encuentros, he llega a pensar si este señor no es producto de mi imaginación. Si sólo yo lo veo, de vez en cuando, leyendo entre la masificación de turistas. Quiero pensar que, de ser así, es decir, de ser fruto de mis pensamientos, quizás está esperando que lo convierta en un personaje de ficción. Y así recuperarlo para la vida, dotarlo del latido vicario de la literatura. En realidad, el anciano sólo ejecuta aquel arte de la oscuridad o de la transparencia.

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Al tiempo que leo los poemas de Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz, recupero de la memoria el libro de Antonio Colinas, Desiertos de la luz. Entre la luz, el desierto y la música, la poesía mesiánica de Colinas, trufada de arquetipos y ensoñaciones y, por tra parte, las huellas en el desierto de los versos de Sánchez Rosillo; proclamas transparentes de la llegada de la noche, de la consciencia del suceder de la vida.
Los poemas de Sánchez Rosillo destacan aquella plenitud inencontrada de los hombres en lo cotidiano, en las tardes que pasan y pasan sin más mención ni recato. Justo en esa fisura volátil, encuentra Rosillo la condescendencia de la vida con los hombres. Grata lectura esta, plácida sensación de serenidad en lo contemplado.

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Rescato de los estantes Diario íntimo de Unamuno y leo lo siguiente: “Si la nada me aterra, he de aprender a conocer mi propia nada para aterrarme de mí mismo y ponerme a labrar en mí al hombre nuevo, el de la gracia y el ser”.
Creo que un poeta es aquel que descubre, en un amanecer temprano, la propia nada que lo invade. Desde ese momento, todo él es labranza que construye al hombre nuevo, al que dice en los versos, al que descubre la gracia y el ser.

viernes, 9 de octubre de 2009

Fiction is a pure joy.

Un alumno me dio esta mañana un justificante que acreditaba que había sido atendido por un médico. Leí el empalagoso texto (repleto de tecnicismos inadecuados para la plena comprensión por parte de los pacientes) y fue entonces cuando surgió la filosofía.
No pude más que reírme por unos momentos. Mientras tanto, los alumnos, acostumbrados a estos desvaríos, sostuvieron su atención con la mirada perpleja. Alguno pensó que me estaba mofando del malestar de tripa del alumno, antes al contrario, mi juego era semántico: estaba alegre por la trementina de las palabras.
Cuando terminé de leer el texto, les pedí que buscaran en el diccionario la palabra anamnesis, ya que aparecía como uno de los apartados del parte médico.
Rápidamente, uno de ellos levantó la mano y leyó el significado. Después de esta incursión léxica, comencé a hablarles de un tal Platón y de cómo la palabra había ido tomando distintos significados a lo largo del tiempo.
A través de la dialéctica, intenté que la anamnesis lo inundara todo, que dilatara el tiempo a través de sus bucles pretéritos. Algunos alumnos me miraban con la mirada torva, como si yo hubiera desaparecido de aquel escenario, como si estuviera ejecuntando un truco de magia, como si las cosas estuvieran sucediendo otra vez, de nuevo, como siempre.


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Hay un libro de Muñoz Molina que guarda algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre el fenómeno literario desde todas sus aristas. Recuerdo con nitidez una frase que Muñoz Molina trae a colación en el libro. Son unas palabras del saxofonista que creó Julio Cortázar, Johnny Carter, y que dicen: “Esta música la estoy tocando mañana”. A esta magnífica cifra de qué es la literatura para un escritor, se suman las del propio Muñoz Molina: “El escritor no quiere leer lo que ya ha escrito: quiere leer lo que aún le falta por escribir”.
Efectivamente, si tuviera que definir la literatura como escritor tendría que afirmar que la literatura es aquella novela, aquel poema o aquella obra de teatro que aún no he escrito. En ese proceso de búsqueda y transformación, el escritor es capaz, acaso, de ir tañendo las palabras que lo acercan a la armonía completa de su obra. Como el saxofonista de ficción, uno escribe con la sensación de estar acabando algo que ya pretérito, de estar mencionando acciones o pensamientos de un pasado remoto. Como una anamnesis, digo ahora, el escritor, a la hora de dotar con palabras a sus pensamientos, cae en la evidencia de que la palabra es una vida que se reconoce sólo en la ausencia. Eso sí, la ficción es pura pura alegría.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Del 98 al barroco.

Hoy han llegado unos libros que compré en Internet. Entre los títulos de Emilio Carilla, Casalduero o Shepard, destaco uno con tan solo indagar en su índice. Del 98 al Barroco, de Guillermo de Torre. En este volumen dedica el autor unas páginas al análisis de las memorias, los diarios y los epistolarios desde la perspectiva de los géneros literarios. El Diario, como tal, sale mal parado, ya que los juicios que su actitud propende por el artículo en cuestión no son muy benefactores. Ahonda Guillermo de Torre en ese error continuo que se empecina en no leer un Diario como una ficción.
Si hay un género en que la ficción opere con más vehemencia es el Diario. Las páginas de un diario son la soga que ajusta la vida a la muerte. Incluso podemos tomar el diario como el territorio en que fluyen incesantemente la literatura y la vida en concierto. Cuando eso sucede, la ficción es de tal finura y excelencia, que parece oculta. En esa transparencia sucede la literatura.

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André Gide llegó a decir que Francia era un país parco en grandes novelista, pero excelentes en memorialistas y moralistas. No creo que el carácter, entendido como un reflejo de la identidad colectiva, acentúe o no la tendencia a escribir determinados tipos de libros. Lo que sí tengo en alta consideración son las lecturas que realizan los escritores. Un escritor debe encontrar su tradición, aunque sólo domine su lengua materna, en una literatura con un acervo profundo y diverso en lenguas. En muchas ocasiones, escucho o leo en entrevistas que los autores jóvenes siguen a tal o a cual autor español. Incluso algunos citan, como un rosario, a poetas borrachos, novelistas geniales de Norteamérica o a algún que otro escritor de culto por el mero de acontecimiento de nombrar a los autores que todo escritor debe nombrar para que lo tomen en serio.
Es inconfundible el influjo que ejerció Proust en Muñoz Molina, en Beatus Ille, por ejemplo.. O el que aún pervive en Javier Marías, de Lawrence Sterne, o las proclives invitaciones fictivas de Vila-Matas que exhalan el aroma de las páginas de Pérec, Borges o Rilke.
La renovación de una literatura tiene que nutrirse de otras literaturas escritas en otras lenguas. ¿Qué fue el Boom hispanoamericano? La unión de la prodigiosa generación de escritores que leyeron a los autores norteamericanos y clásicos con la frescura y la inteligencia con que nadie antes lo había hecho. ¿Qué fue Cervantes? Un lector prodigioso.
Un escritor debe ser ante todo lector, un lector que vea en las páginas antiguas los mecanismos del futuro, que visione, con la fuerza proléptica de su retina, el hilo insinuado en la literatura, el murmullo que debe tomar forma en las palabras.
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Cuando el caos te vuelva a convocar
y las formas esparzas recobrando la forma
de la vigilia del mortal;
cuando mudes de las certezas,
-un egoísmo, fuego que enmudece-,
con la piedad de un sueño amanecido;
cuando de ti sólo percuta,
impenitente,
una palabra verdadera;
cuando sólo soportes esta vida,
evanescente visitante,
y denuncies los vicios de la tarde
en que te fue negado ver el rostro
de tu memoria,
-de los versos que emanan de tu ausencia-,
contemplarás tu sombra iluminada
por los ocasos agrios de la piedra
en que está inscrita
el manantial sereno de la muerte.

martes, 6 de octubre de 2009

Manos prestadas.

La cosa empezó así. En pocas ocasiones una prolepsis derrochó tanto alarde de estilo literario enroscado en los mimbres de la ficción. Céline, al que menciono como antecedente de Bolaño, descarnó el verbo a favor de las trincheras. En la plaza de Clichy, recuerdo, justo en el lugar en que comienza la narración al fin de la noche, estaba leyendo hace unos años a Vila-Matas. Entonces no recordé el inicio de la novela y la lectura fluía por esa cadencia inacabada de París, la ciudad en la que las almas son puentes.
Ahora que la novela de Céline reaparece en mi memoria porque un compañero anda leyéndola, he recordado la lectura de Vila-Matas,cosa curiosa, argucia del destino, precisamente de El mal de Montano. Suelo convertirme en Walser cuando leo al autor de Extraña forma de vida. En esa metamorfosis, aplico los microgramas en las páginas que hacen de guardas del libro. En ellas apunto los autores, las obras, las constantes que se precipitan en cada página. Sólo espero, al final de la lectura, encontrar una cifra intertextual que clarifique, como un paseo por la nieve, la quimera constante de la ficción.


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La cosa empezó así. Abrí el libro de Pavese, El oficio de vivir, y leí en una de sus entradas: “El acto de escribir es siempre ciego”. De repente, perdí las páginas que había escrito durante varias horas. Se habían convertido en una blanca profecía. Poco después, cuando estaba terminando de narrar esta experiencia, esta ceguera momentánea, descubrí que alguien escribía en el teclado con mis manos. Ese horror de ver mis manos manejadas por la cabeza de otro es la pura ficción. Hoy Pavese escribió por mí este texto. Oficio impenitente, irracional vómito del olvido.

lunes, 5 de octubre de 2009

Mis encuentros con Cioran se razonan como una quimera. He culminado la lectura de El libro de las quimeras. Desde ese momento la realidad es del color de la utopía.
Tengo conciencia de mi participación en una naturaleza mortal, enquistada en la indolencia de la muerte. También aprendí a imaginar (eso lo conseguí al leer en los ojos de Cioran) una idea desbocada, ¿si no fuéramos mortales, qué sustancia tendría la muerte en nosotros?
Desprovisto entonces de todas las quimeras que nos argumentan como seres infelices, entrego mi lectura a la escritura. Rasgar la sentencia del olvido del hombre, es decir, debo escribir sin ser yo, sólo imaginando al que persistirá más allá de mi vida. Ese es el compromiso de la literatura: entrega y desistimiento. Como decía Claudio Rodríguez: “Como si nunca hubiera sido mía, /dad al aire mi voz y que en el aire / sea de todos y la sepan todos…”. En el aire las palabras rayan en su seno primogénito, de él participan. Su vocación oral las transforma en sonidos ineludibles. Cuando una palabra verdadera brota, de ella brota la forma que la define. Y se hace eterna pieza de un pensamiento, mueca de la vida, esfinge de la memoria recobrada.

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Uno de mis libros de cabecera es el de Curtius. En él encuentro la mayoría de soluciones a la literatura actual. Me aferro a él con tanta gratitud que, con el tiempo, debería escribir las memorias de su lectura.
Dice Curtius que Dante proclamaba que dos viajes habían sido auténticos antes que el suyo, a saber: el de Eneas, en el libro VI de la epopeya de Virgilio y el de San Pablo, en Corintios 2, 12:2. Afirma Curtius que de Eneas surgió Roma y de San Pablo, el cristianismo. Lástima que Dante murió a los cincuenta y seis, ya que si hubiera vivido hasta los ochenta y uno, su profecía hubiese sido cumplida; la profecía de un viaje circular, en tres etapas, del que nunca volvió.
No hay páginas más enjundiosas que otras en este libro, todas son de buen provecho. Aunque sí se sostiene una tesis que, con el tiempo, se está instalando con más fuerza en ese argumentario que uno utiliza a menudo. Consiste en el concepto de Europa como cultura que había en la Edad Media y que, en buena medida, se recuperó en siglos posteriores. Incluso en las obras de Zweig o de Wiesenthal asoma estas proclamas que reivindican la grandeza y la unidad de la cultura europea. La escritura moderna, la novela que aspire a situarse en esa órbita, deberá nutrirse del acervo que encontramos en la cultura del viejo continente. Una aspiración demasiado hercúlea para un mundo de hoy que se proclama sordo para el de ayer.

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Leo el Fedón, o de la inmortalidad del alma, de Platón, con la mente compungida. No ya por la belleza de los conceptos sino por las palabras de admiración del propio Fedón sobre el sosiego y la serenidad que invadieron a Sócrates momentos antes de su muerte. Mantiene Sócrates su lenguaje de siempre, apegado a la serenidad y la inteligencia. A pesar de saberse muerto, de que la muerte diluyera su aliento por los muros de la prisión, Sócrates todavía entiendía que debía mantener el rostro de un humano sobre la tierra. Esa lección es un deseo proclamado, el deseo de la muerte bienaventurada. Y eso me acongoja, por mi príncipe entendimiento de la vida.

sábado, 3 de octubre de 2009

Son de destierro.

Por las callejuelas del Barrio Alto, por las calles arropadas por las paredes vetustas y húmedas de las bodegas, comencé un paseo por Sanlúcar como quien comienza una hipnosis para acabar no se sabe dónde. En más de una ocasión he mencionado esa cualidad de extranjero que tanto me gusta y que tan necesaria se me hace cada vez llego a la ciudad. Me hubiera gustado ser un ultramarino que, al contemplar la caída de la luz sobre las Piletas, sintiese la oblicua necesidad de oler la llegada de la vid. Como un ultramarino pasee por sus calles sin conocer a nadie, sin que nadie sintiera mi presencia.
Sanlúcar es una cualidad literaria para mi vida y como tal la analizo y como tal la contemplo. Un territorio que, a pesar de las fechorías de sus políticos, aún deja perpleja mi memoria. Esa memoria todavía revive con entusiasmo las caminatas por las vías del tren cuando iba a la escuela, la potencia de la uva en septiembre, el canto límpido de la luz sobre su arena, la primitiva disposición de sus días, el calor cosmopolita de sus ciudadanos, la tremenda sensación de antigüedad en las entrañas de su suelo.
No puedo más que escribir de esta forma sobre Sanlúcar, no soy capaz de mantener un discurso de encrucijadas políticas: pan ácimo. Por ese motivo, comprendo que lo único que puedo ofrecer es una visión literaria de esta ciudad, una visión personal que se relaciona con los artificios de la ficción. Esa ciudad, la que aguanta el peso de la Historia, es la que me interesa, la que recupero en la memoria. Cuando algunos atentan contra los vestigios de esa ciudad invisible, entro en cólera y me niego a aceptarlo. Pero algo me dice que, con el tiempo, los recuerdos de Sanlúcar serán sólo eso, todo habrá sido derruido, todo derribado, un despojo de lo que fue. Es el poder moderno de la ignorancia, la demostración de la pérdida de la cultura europea, aquella que se ha desvinculado de sus logros en el arte, la que busca la vacua manía de la hipermodernidad descabezada.
Un paseo por la mañana, al arrecio del sol, imaginando la ciudad invisible que se proclama en mi memoria. Así la entiendo, así será escrita.

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En "El regreso de del desterrado", segunda parte de Cartas de España, con fecha de mayo de 1833, proclamaba Blanco White su condición híbrida y mestiza en referencia a la patria y a la religión. ¿Cómo me presentaré en mi país? Con esta pregunta principia los recuerdos de su regreso en barco a tierras españolas. Blanco White iba cargado con un violin que, en ocasiones, tocaba para el dsifrute de otros pasajeros. Quiero creer que, en la sabiduría de White, la música era, en realidad, el espacio más propicio para dar respuestas a sus inquietudes. En cualquier caso, la música es la tierra de los desterrados, la mística proclamada de su patria.

jueves, 1 de octubre de 2009

Sueño de martín.

Envidio sus caminatas por el campo, su exploración de la tierra como quien busca una imagen desprendida de los sueños. Con la luz bañando los accidentes de la serranía de Cádiz, Manuel Ángel Gallego de Prada acude a la naturaleza en busca de una secuencia que lo traspase. Esa lámina es la fotografía de un pajarillo, acaso de un acontecer de la naturaleza en acción. En muchas ocasiones he querido dotar mis palabras con el halo de humedad y servidumbre que otorga la naturaleza. Vicente Huidobro se levantó en su contra, Nom serviam, escribió el chileno. No te serviré más, me limitaré a crearte. Con la naturaleza no cabe otra cosa más que la creación, ella es dadora de verdad.
Con las fotos que me envía este querido compañero me sucede lo mismo que con el sendero de Rilke. Allí estoy, aún, esperando una palabra muda, un silencio sonoro. Todavía recorro sus derroteros intrincados, repletos de ramajes y piedras. Igual que una imagen, el recuerdo es un instante. Y en este martín se condensan las horas, la tácita cuadratura de la luz hilvanada en sus manos.

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La escritura semeja una lucha constante en que los combatientes terminan vencidos y mermados. En esa progresión del espíritu, la palabra establece los ritmos de la contienda. Hay quien no puede más que levantar las banderas y proclamarse a pesar de la insuficiencia. Otros abandonan al poco del trabajo. Ahora bien, los que jamás comenzaron la lucha en la tierra batida por el sufrimiento de escribir, no saben de la fuerza de la palabra. Cioran dotó su vida de algunas cualidades que me resultan indispensables. Sobre todas ellas, la de negar la existencia. El enemigo está en casa, somos nosotros mismos. En otras palabras, las de Cioran: “Así he empezado la lucha: o la existencia o yo. Y ambos hemos salido vencidos y mermados".

miércoles, 30 de septiembre de 2009

La posibilidad de no haber sido.

No seré yo quien se baste a sí mismo. No seré yo quien reduzca esta persona que escribe a una colección de cotidianas estampas. Seré, más bien, una confesión, el trasiego que ocupa un lugar, el lugar, entre la vida y la escritura. Tú eres alguien que, dentro de ti, traza el silencio y el infinito. El hombre es la síntesis de la posibilidad de no haber sido, aun siendo.

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Quizás para entendernos tendríamos que advertir que sólo somos nuestro límite. Un límite colinda entre la espesura de la sustancia y la nadería del abismo. El límite es zona fronteriza, cuajo de sinrazones, adelantada contradicción. ¿Y qué, en tal caso, somos? Cioran: “ser es ser tu propio límite”, y en él nos conjugamos con la vida. Aunque esta ilusa sentencia no se achica y contrae ante tamaña afirmación: “¿Qué soy sino una ocasión en medio de las infinitas probabilidades de no haber sido?".
En esa liminaridad, la música es dadora de realidades incandescentes que brillan y acaloran, pero que despojan del alma.

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Esta tarde he podido ver de nuevo el vídeo en que Glen Gould interpreta las Variaciones Goldberg. La actuación hay que verla porque Gould aspiraba a convertirse en la música misma y pensaba que había que eliminar el piano, la barrera material, entre la partitura y su interpretación. Algo parecido a la prosa de Thomas Bernhard, una sucesión, un bucle de insinuadas cadencias que penetran hasta esa zona desprovista de asideros, pero que desprende placer, el placer de leer conmovido por la palabra en su más limitado lugar.
En esa grabación ocurre que Gould parece tararear las notas al tiempo que las acomete. Ese tarareo, unido a su encorvada posición sobre una silla con porte casero, hacen de la interpretación una peculiar manera de arrastrar la inmensidad de la música. Esta tarde, al escuchar las Variaciones en manos de Gould, he sentido cómo esos versos de Rilke que exaltan a la música han tomado cuerpo. Dice Rilke: “Si yo supiese, ay, para quién sueno/ podría murmurar siempre como lo hace el arroyo”. Gould murmuraba como el arroyo ante esa partitura y por eso no dejó de interpretarla nunca; sus manos eran manantiales claros, líquidos, sucesión de fábula de fuentes.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Dejo que el fraseo de Rimsky-Korsakov establezca las pautas de esta tarde. Quiero decir, que disponga la sintaxis de estos minutos. En cualquier caso, que deshaga este día. Es más, me importa poco este día y esta tarde y su fraseo. Por pocos minutos, me he sentido capaz de dejar de escribir. Terror absoluto.
Junto a Cioran observo el claroscuro de Rembrandt como una disposicón del hombre. Esa es nuestra perspectiva en la vida, un claroscuro, una contradicción, la escasez de lo luminoso. Dice Cioran: "Rembrandt me ha enseñado qué poca luz existe en el hombre". En pocos días, leo referencias a Rembrandt en dos autores distintos, Sebald y Cioran. Ambos destacan esa condición sinuosa del pintor: extraer de la oscuridad el aliento de infinito.


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Llevo unos meses pensando que Vila-Matas decidió escribir una página para colocarla en cada uno de sus libros. De este modo, esa página se ha convertido en el talismán que atraviesa su narrativa. Una página que cifra su literatura, la clave de bóveda que, al ser descubierta, provoca que su literatura se rebele transparente. En esa transparencia está disuelto Vila-Matas desde Bartleby y compañía. Bartleby, Montano, Pasavento, la materia voluble de su Diario o las exploraciones en el abismo son variaciones de la misma idea, de la misma página. Hoy, por ejemplo, alguien me ha preguntado por qué me atrae la literatura de Vila-Matas. Le he contestado que su potencia ficcional reside en la sensación de escribir como si fuera la última. Pienso que el autor se sienta cada tarde con Montaigne, que se aísla en su castillo para observarlo detenidamente. De la misma forma que, cuando pasea por París, Vila-Matas hace de Pérec y entonces deja que la vida le dé instrucciones de uso, que la vida se deletree ella misma.
No sé si esa página existe o no, si la he leído y ya forma parte del olvido, pero tengo la certeza de que existe. Es, en cualquier caso, un juego que acabo de establecer y que, en resumidas cuentas, es como darle cuerda a un reloj, como fijar las horas en un reloj según Cortázar.
He leído los libros de Vila-Matas en París, en Roma, en Cuba, en Marraquech, en Portugal, en Dublín, en Parma, al aire libre, junto al mar, en cualquier lugar en que he sido lector. Esa página persistirá allí, en ese territorio de la evanescencia.
En Dublinesca aparecerá de nuevo esa página, con las mismas oraciones, con el mismo e idéntico suceder de sus palabras. Una a una irán remozando en mi memoria el eco de la prístina escritura. Y recobraré la lucidez y querré escribir para entonces y leer lo que es imposible leer como humano. Cuando eso ocurra seré incapaz de marcarla, de dejarle marca alguna con un lápiz, acaso de realizarle un tatuaje. Será voluble su materia, correrá con el viento ligero en Parma, como un mal en el abismo, como una abreviatura, portátil, que concede la felicidad que la literatura pueda ofrecer.

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Es imposible decir del silencio sus hechuras.

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Un contrapunto, como un contrapunto me veo entre la gente, sucediéndome sin orden, en concierto con nada, en desacuerdo con todo. Con todo excepto con la escritura. La literatura no salva la vida, el arte no salva vida. Jamás una persona que ha entregado sus horas y sus días a una disciplina artística ha logrado salvarse. Sin embargo, la muerte en esas vidas es un punto y aparte, no un punto final. No acaba el tiempo con la muerte de un escritor, antes al contrario, ha vencido la literatura el desafío de saberse finita. Para esa empresa, el hombre ha de olvidarse de todo lo demás, de las peregrinaciones a la fama, de las sinuosas ofertas de los que no conocen el trasunto de las letras. Como dice Claudio Magris: “La literatura no salva la vida, pero puede darle sentido”. Y el sentido se ofrece y jamás se interpreta. Efectivamente, la literatura carga de sentido a la vida. Aunque ese sentido sea un contrapunto a la vida, un silencio anclado en el bullicio del tiempo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Fragmentos.

El hombre es un fragmento de un libro futuro. Mi imagen dejó de reflejarse en aquella parte del canal. Se había disuelto en el vaivén del pequeño oleaje que golpea sobre la piedra. Sobre la piedra de los siglos, sobre la anatomía de una ciudad. En ese momento comprendí que mi rostro formaría parte de un futuro reflejo, que mi rostro sería fragmento de un libro futuro.
Pienso todo esto después de unas décadas. He vuelto al mismo puente en que arrojé mi rictus al pausado movimiento de la laguna. Contemplé mi rostro. Tal vez la literatura no sea más que ese reencuentro.

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Con Cioran he aprendido a no escribir un hombre, a no decir este sentimiento que atrapa, a escribir con la indeterminación que es connatural al ser humano. Cioran escribe sobre la desolación, también sobre las quimeras. Jamás encontrará nadie en Cioran su desolación, jamás su absurdo. Por ejemplo, escribe: “Cuanto más se conoce a un hombre, más cerca se está de una fatal separación de él”.
El estado más humano en que puede entenderse un hombre es escuchando música. Tal y como se muestra Cioran en todo el libro, en cualesquiera de sus páginas. Cioran es un fragmento de un libro futuro, es materia de un libro futuro que suena y sentencia, que enciende y resucita las intrínsecas sentencias del olvido.

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Fue el primer libro que compré del poeta José Ángel Valente, Fragmentos de un libro futuro. Ahora lo leo como una biografía. Hay un lector nuevo en cada momento, hay un lector que se impone tácitamente sobre cualquier otro que nos habite. Un lector es, en realidad, el perímetro del ser que se concede.
Cuando Valente escribe: “Estás/ en tu luz no visible, no engendrado,/único, el único”, me vuelvo a mi luz no visible en busca de el único, que allí me espera. Por eso vuelvo a Venecia, a aquel rincón que suspende a cualquier olvido, al mismo rincón en que las aguas dejan ver la luz no engendrada, la única que hace estar.
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Fijo mi atención en un cuadro de Magritte. me veo allí reflejado, entre otros cristales que vidrian la realidadd, entre otros fragmentos, algunos paisajes. Por cierto, suena una música. Allí se encuentra el que soy.

jueves, 24 de septiembre de 2009

A pesar de uno mismo.

Puedo decir, a pesar de mí mismo, que no es el mío, este tiempo. Con el verso de Gil de Biedma, con esa seriedad recoleta, surtida de cotidiana veracidad, escribo hoy a pesar de mí mismo. Uno debe hacer la vida a escondidas, debe ser una vertiente secreta y silenciosa de aquel que nos acompaña y nutre de cotidianas sublevaciones o míseros trabajos o innecesarias reuniones. A veces, pienso que, si no tuviera que atender al cabo del día tantas y tantas cuestiones efímeras e insignificantes, podría verter todo el tiempo en leer y escribir. Entonces no sé si alcanzaría la felicidad, pero estaría dejando mi vida a un lado. Ese es el comienzo del arte.
Para un escritor, el sufrimiento es la propia vida, porque concentra la lucha y la disputa con el tiempo recobrado. Se dice que, en cada página, va un pedazo de la vida del escritor, al menos, una sustancia del tiempo invertido en perfilarla. Yo creo, más bien, que lo que se concentra es un olvido.
Desde no hace mucho, me trato como si no quisiera vivir en mí mismo, antes al contrario, toda mi vida es una práctica de aquel vivir sin estar viviendo de la época áurea. En Sanlúcar, he soñado demasiadas veces con el manuscrito de san Juan de la Cruz. Y he visto en esos sueños la proclive necesidad de concertar una huida. Un pacto entre uno mismo. Adiós, esto fue todo, diría a mi rostro quedo y mudo.
San Juan provoca en su poesía una huida continua de sí mismo, un cántico a la fuga, un necesidad de montes claros, de silbos, de valles sonorosos, es decir, de una consagración con la primavera. Y así me proyecto mañana, así me recojo ayer. Como un arpegio desubicado que busca la desconcertante nota de su armonía. Porque, a decir verdad, la vida efectiva, la que se desdibuja en compromisos sociales, es un rotundo lastre para el arte, por lo tanto para la verdadera vida, quiero decir, para el arte.

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Movido por estas aspiraciones a la desunión, me apetece recorrer algunas tumbas. Un diálogo con un muerto es una doble conversación. Por un lado, le hablamos a nadie, a un fue. Por otro, tenemos por delante su obra, corriente infinita.
De la mano de Nooteboom, me acerco a la lápida de Valéry. En ella, el blanco resplandece sobresaliente por entre las tumbas de sus familiares y de su esposa. No puedo dejar de preguntar por el trabajo hercúleo de sus Cahiers, esa magna obra de lectura imposible. A falta de estos Cuadernos en su tumba, me pregunto cuántas vidas harían falta para leerlas en profundidad, para al menos, saber recordar la obra de un escritor de este calibre. Nooteboom me mira cabizbajo, con los ojos puestos en la lápida sita en el Cimetière Marin. Vámonos, me dijo. Debo empezar a escribir. Para colmo, me deja en el aire: "Escribir es otorgar resplandor a nuestra lápida".

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No es este tiempo para mí, más bien para el otro que me habita y escribe, para el otro que lee y que reflexiona, en cada minuto, por los artificios de la sintaxis, por la prolija creatividad de la mente humana. A pesar de la ficción, el hombre es un ser inexplorado, un ser que necesita desersirse para comprobar hasta dónde las artes. La convicción de que el arte es un método de dilatación de la vida, la convicción de que escribir no alarga mis días, sino que los proyecta a otro momento que jamás percibiré, se aposenta, como un reinado inamovible, en cada sílaba, en cada silabeo. A pesar de mí mismo.


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Con todo, leo a Cioran. Es la cima de la desolación y la negación del ser. Pero ese allanamiento totalizador del ser me emociona y brinco como un loco con sus sentencias y río como un loco con sus quimeras librescas y me tiro al suelo, como un loco, para mirar al mundo desde abajo y arranco las páginas del libro y las repito en voz alta para que las escuchen los vecinos, el mundo, como un loco. Cioran hablando de la música mientras suena un concierto de Vivaldi para dos violines -músico de estaciones- y me pienso uno de esos violines violando el espacio y me pienso como uno de esos arpegios que tensionan la vida y la desalman. Así desalmado concluyo con la música, y vivo sin vivir en mí, sin estar viviendo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Significar lo invisible.

Hoy he mencionado a Mario Praz y todo sucedió desde entonces como una reminiscencia. Mauricio Wiesenthal dedica unas páginas a la figura del profesor romano y al halo de misterio y malditismo que lo acompañaba. Praz ha dejado un par de libros de visita inexcusable y que han sido felizmente reeditados, La carne, la muerte y el diablo en la Literatura romántica (Acantilado) y Mnemosyne (Taurus). El paralelismo entre la literatura y las artes visuales. Sobre este último he hablado en otras ocasiones en este trópico, pero no es motivo para dejarlo en el olvido. Su relectura es grata y nos depara caudalosas sorpresas, sobre todo cuando el profesor indaga, con signos irracionales y lógicas ambiguas, sobre la significación de la palabra. Tal es así que, cuando se refiere a Rilke dice lo siguiente: “En el arte abstracto de Paul Klee encontró Rilke la solución del problema que requería toda su atención: el de la relación entre los sentidos y el espíritu, entre lo externo y lo interno. En resumidas cuentas, Praz viene a decirnos que el paralelismo existente entre la pintura de Klee y la poesía de Rilke, especialmente Las elegías del Duino, estriba en que el simbolismo no se desarrolla a partir de elementos de la realidad, sino que constituyen un lenguaje cifrado.
A continuación, como si todo esto no fuera motivo suficiente para enarbolarse en profundas meditaciones o en una perpleja admiración poético-pictórica, recuerda unas palabras que escribió Rilke a Sophy Giauque en la que se refería a la poesía japonesa:
“Se toma lo visible con mano firme, se lo coge como un fruto maduro, pero su peso es nulo, porque apenas colocado se lo obliga a significar lo invisible”.
Aún recuerdo el silencio de los muros en Duino, la invisible escansión de la realidad desde aquel balcón que divisa las aguas del Adriático. Incluso la minúscula caligrafía del poeta parecía que rer concetrar en ella una realida misteriosa, reservada al encuentro de una verdad que espera ser recorrida como un sendero. Nunca lo dije, pero tuve un encuentro con Rilke en su sendero. Desde entonces escuho en la noche sus semblanzas. Jamás un ser humano vovlerá a repetirlas.

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La poesía es el significado de la invisible. Acaso la pintura, la mención colora de la invisibilidad. La música es la materia, la transparencia. Con todo, la poesía de Rilke está asentada en esa zona limítrofe en que nada se aposenta en ningún lado, en que nada es susceptible de enjuiciamiento. Así entendida, la poesía es la expresión magnánima de la realidad a la que aspiramos pero no sabemos nombrarla ni habitarla.

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Con Cioran hay una anulación total del ser. En esa anulación, Cioran prescribe los males del hombre, las viciadas costumbres que nos han conducido a un derrumbe moral.
Cada vez, con más ahínco, creo en la desaparición de la cultura europea y, por tanto, en la existencia de un espíritu europeo. Sístole y diástole. En esa cultura europea, como aboga Curtius, puede uno levantar los velos de la creación literaria de un acervo cultural que nos prefiguró. En estos tiempo, las cualidades de la cultura grecolatina han ido desapareciendo a favor de una globalización demasiado hinchada de vacío. A veces, cuando visito una ciudad como Roma o París, algo se despabila en mis adentros: una proclama interna e indecible. Lo único de lo que estoy seguro es de que en esas calles, en los trayectos que recorro por los bulevares o las plazas, hay algo que concierta con mi sensibilidad. No sé si una reminiscencia de un espíritu perdido que, a pesar de todo, vaga y deambula por donde alguien lo sueña.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Reminiscencia y transformación.

La realidad es reminiscencia y transformación. De ella debieran aprender los escritores su intermitente consenso con la razón. De ella, de sus desvíos e intrincados recorridos, los escritores debieran extraer esa sustancia indisoluble y manifiesta, la palabra. Hay que robarle las palabras a la realidad, aunque para esa tarea, el escritor tenga que pensarlas y hacinarlas con la transmutación del estilo.
Otorgar a la sintaxis existente un brío nuevo, un ritmo incandescente, pero silencioso; una disposición analfabeta y desbordante, digo, en ese camino, me sitúo como si anduviera por una ciudad en ruinas, una Pompeya tácita, en que verter las secuelas de la vida equivale a pasear por sus piedras lancinantes. El tiempo es un Vesubio iracundo que atemoriza con su magma.

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La realidad es reminiscencia y transformación. Cuando W.G. Sebald procura una disección de sus recuerdos proyectados en un cuadro de Rembrandt, ocurre la reminiscencia. Justo cuando incorpora su ficción, esto es, las palabras que forman su texto, Los anillos de Saturno, sucede la transformación. Ambos actos, el de Rembrandt y el de Sebald, se acoplan en una misma dirección. Como un anillo, las dos propuestas parten de un recuerdo, de una reminiscencia cada cual independiente.
Con esta propuesta Sebald integra en la literatura las cualidades pictóricas a través de la palabra. Todo ello, además, lanzando, inexorable, el látigo de la ficción: Thomas Browne fue uno de los espectadores de esa disección.

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La primera frase de una novela es reminiscencia y transformación. En ese momento de la lectura, comenzamos a adentrarnos en los mecanismos de la ficción. El uso de los mismos depende del escritor, nunca son idénticos. Con la lectura, nos alejamos, al tiempo, de la realidad circundante a favor de una realidad basada en el sonio hueco de las palabras en la mente. García Márquez sabe de la importancia del arranque de las narraciones y por ello considera, en El olor de la guayaba, que en el inicio de una novela puede uno calibrara la longitud, el tono, el estilo y hasta la estructura de un libro.


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Así entendida, una quimera es una reminiscencia transformada. Dice Cioran: “No basemos nuestra vida en certezas. Que la vida sea un impulso irracional”. Una certeza es una disposición racional de lo que no ha venido. Tengo la certeza, estoy en lo cierto son expresiones que denotan la falta de perspectiva y suspicacia. Tajantes agarraderas de la realidad, las páginas de un libro sopesan los momentos de la lectura como frutos maduros e irrepetibles. Nunca dejamos de leer como nunca la tierra dejará de brotar. Leer es un acto mineral.


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Las certezas son utópicas sentencias del amanecer

domingo, 20 de septiembre de 2009

Lágrimas de celulosa.

Con la poesía no decimos nada, lo sugerimos todo.


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El escritor convierte un ejercicio, una cotidiana acción, en una necesidad. Un día sin escribir es una paramera sensación de vacío. Cuando eso ocurre, cuando otras empresas merman el tiempo y lo reducen a nada, el escritor se siente saqueado. Entonces el hastío puede ser tan mortal como un veneno, más fuerte aún, porque no escribir un día es una traición a uno mismo. No escribir un día es dejar de ser por una vida. Eso supone anularnos, disolvernos en el magma pútrido de las aspiracione sociales.
Algo parecdio ocurre cuando las preocupaciones están más allá de la palabra, del compromiso diario. Las publicaciones se han asentado al norte de las brújulas con que los nuevos poetas o narradores, dramaturgos o ensayistas ensamblan sus obras. Más aún, las publicaciones con reconocimiento social, es decir, la publicación en una editorial que le augure presentaciones, recitales o cualesquiera de esas comparsas festivas en que se mencionan palabras tan prostituidas como “genialidad”, “prematuro”, “voz personal”, “estilo único” o “imprescindible”.
Luego de este carrusel de memeces, la obra queda arrinconada, como es su sino, arrinconada de la algarabía y la felicidad impostada. De nuevo, pasados los festejos, el escritor prosigue con su trabajo, como esa curva praxiteliana que se desliza inevitable. El escritor, en ese estado natural de soledad, en ese estado en que sólo se vive y no se convive, no tiene mas remedio que escribir para seguir viviendo. Y ahí algunos se ahogan y se mueren.



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Cuando hablo de poesía con algunos amigos, pocos, es cierto, muy pocos, a decir verdad, sostengo que la poesía es aleatoria y que uno no es poeta para siempre, como puede ser otra cosa. La poesía es una suerte de aparición sintética, de aglomeración de intuiciones que tenemos que convertir con las proteicas técnicas poéticas. La música, el ritmo, el silencio, la palabra ajustada a una forma. Cuando eso sucede, no tenemos más remedio que advertir la aparición de una sostenida sensación poética. En ella no cabe la dilatació extrema en el tiempo.
Paul Valéry, en sus Cuadernos (1894-1945): “El comienzo verdadero de un poema debe venirle al autor como una fórmula mágica de la que ignora todavía todo lo que se abrirá”. La poesía es una fisura en la realidad por la que colamos la palabra como un canto mineral. Con ella no sabemos a dónde nos dirigimos, ni siquiera la forma que contendrá nuestro pensamiento. En todo esto hay una cosa obvia, el poeta piensa y disecciona con la virtualidad de los pensamientos. Que ellos le sean cognoscibles es otro cantar del que no sabemos nada.


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Hace unos días, salí de la librería cargado de libros, de muchos libros, libros de todas las disciplinas, descatalogados, manuales, novelas, poesía, antropología. Los llevaba como un fuego robado, abrigándolos con demasiada fuerza, casi sin poder transportarlos hasta la casa. Cuando el librero me cobró, se quedó meditabundo por unos momentos, pero no me dijo nada. Al día siguiente volví a realizar la misma operación, llevándome los otros títulos con que no pude cargar el día anterior. Compré, incluso, diccionarios bilingües de todos los idiomas. El librero sonreía, creo que pensaba que compraba unos regalos o que me iba a dar la vuelta al mundo o que, simplemente, me había vuelto loco. No me dijo nada, sólo entregó una sonrisa.Una sonrisa agridulce.
Sin embargo, al entrar esta mañana, el librero me llamó desde uno de los extremos del local. Me dijo que quería hablar conmigo, -“pase por aquí, señor”-. Lo seguí con cierta fruición. “Mire, sé lo que le ocurre. Usted quiere tener los libros en papel, ¿verdad?, no quiere leer en pantallas digitales”. Le contesté al librero que quería comprar todos los libros para tener la cultura embalsamada, para demostrarme a mí mismo que, cuando pase unos años, viví en una época en que leer era oler, tocar, escribir. Al poco, los dos nos echamos a llorar.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Que nada es.

Cuanto fuera posible
en un instante cabe,
como cabe la vida
en el verbo decir.


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Como bien dice Fernando Valls en su el prólogo a Todos los cuentos (Tusquets, 2009), de Cristina Fernández Cubas, la autora continúa el cuento de Poe “sin subvertir ni el estilo ni las propuestas estéticas del escritor norteamericano, transformándola y enriqueciéndola, hasta sacarle el máximo partido posible”. El cuento se titula “El faro” y fue dejado por Poe sin concluir. Su estructura obedece a las pautas del diario y, con esa misma estructura, lo continúa Fernández Cubas. El resultado es un ejercicio magistral de aquello que me gusta nombrar como Escribir la lectura y que tan pocos resultados a dado en nuestras letras recientes. Escribo esta nota sorprendido por la calidad del relato y por la inconfundible potencia de este tipo de escritura que deja las costuras de la ficción al aire libre, a la luz clara de la concienca del lector.
Fernández Cubas demuestra que al trasluz de una obra literaria de fuste, como la de Poe, el escritor puede encontrar oxígeno a través de una mimetización que, en definitiva, jamás lleva a consumirse. Quiero decir que el relato de Fernández Cubas, por mucho que haya sido escrito a la manera de Poe, es de Fernández Cubas. Y el aspecto loable está, precisamente, en esa virtud: haber hecho de la escritura una metamorfosis impecable de un autor ya muerto, que solo dejó su obra literaria.
Me interesa especialmente la profunda discordia interna que sufre el farero. En su soledad aparecen la razón y los sueños, la reducción del mundo al de un solo hombre. Y me ha recordado, como no, al poema de Cernuda, “Soliloquio del farero”: “Como llenarte, soledad,/sino contigo misma”. Por unos momentos he conjurado el farero de la escritora con el Cernuda y los he hecho vivir juntos, como si su soledad fuera la de un hombre solo, en definitiva, la de todos los hombres.


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Quisiera probar de ese vino que Jayyam pregona en sus versos, extasiarme súbito con las prendas dejadas al azar de las uvas melancólicas, alborotar la serena paciencia de la naturaleza, como un olvido desbocado, asistir al nacimiento del mundo. Todo lo que se puede decir en el mundo fue dicho en un día, todo, todo, fue dicho, en el mundo. Solitario, distraídamente humano, quisiera que mi rostro se tornara tulipán y dejara de serme, que mi voz se entregara a la tierra como los frutos prohibidos, que mi sangre brotara de la piedra y del viento hasta esparcirse como el canto de un sueño en la noche.
Quisiera trazar en el dolor un infinito laberinto de versos inaudibles, de senderos que se precipitan al abismo de la razón. Quisiera despojarme en un momento de todo y entregarme a la nada o decirme en la nada para evocar el todo. Reflejo, insinuación, polvo esparcido como ceniza húmeda, el hombre es un magma perenne que no encuentra estación para sus días. Un continuo verbo pronuncia nuestra sombras, sombras, en ellas asistimos al difunto espanto de la vida.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Llevaba toda la tarde retomando en los labios aquel verso de fray Luis. El agustino plantea en esa Oda a Francisco de Salinas una controversia que va más allá de las teorías filosóficas y teológicas: los sentidos, el conocimiento a través de los sentidos. Adelantándose a su tiempo y valiéndose de su profundo conocimiento del neoplatonismo, fray Luis desperdiga por la obra un par de versos demoledores que, en sí mismos, plantean una teoría de la realidad y, por ende, del conocimiento: “que todo lo visible es triste lloro”.
En este verso, pensaba mientras tanto, se concentran varios conceptos demasiado complejos e inabarcables para una tarde abrigando el otoño y ajustando las cuentas con los grisáceos amaneramientos de estos meses del año.
Anoté en un papel, que ahora tengo por delante, estos cuatro términos: “Todo”, “visible”, “es” y ”lloro”. En ellos se concentra la concepción poética de fray Luis. La realidad, como un todo, es captada a través de los sentidos y predica, retomando a Aristóteles, el sufrimiento, el lloro. La música, como disposición de un todo paralelo, sin vínculos, podemos imbricarla con la clasificación que hacen, por ejemplo, Platón o Shopenhauer.
Irremediablemente, el Libro de las quimeras, de Cioran, se apareció por mi memoria como un eco nítido. Por unos momentos, tuve la sensación de entender qué es la literatura, qué trama la literatura para un escritor. No hay definiciones en la literatura. Las palabras segregan la plácida manía de la música y ella anula al resto de sentidos, en ella la palabra anida en la conciencia. Y luego viene el talento, el trabajo, el conocimiento. Las mejores obras críticas de la literatura son literatura misma, los mejores juicios sobre la realidad pertenecen a la literatura. Poliédrica visión, aglutinadora de sapienciales ángulos, ella otorga perennidad y altura.

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He abandonado la manía de leer a los autores modernos. Esa actividad pertenecen a los críticos, los profesores, los escribidores de suplementos de periódicos. He llegado tarde a esa conclusión, ya que la tomé hace unos años. De un tiempo a esta parte, sólo leo literatura, sin más adjetivaciones vacuas. Y, realmente, son pocas las obras actuales que ofrecen literatura.
Uno tiene la sensación, cuando lee a Thomas Mann o a Rilke, de que todo lo demás no son más que balbuceos. Inventos del mercado.
Sin embargo, después de leer a Javier Gomá Lanzón, Aquiles en el gineceo (Pre-textos), debo decir que el ensayo goza de buena salud, aunque la salud se resuma en la vida de este joven pensador. Este es un ensayo moderno, escrito en el siglo XXI, pero con los minbres de un conocimiento duradero y anclado en la mejor tradición.


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Fray Luis y Cioran escribiendo la misma realidad: poesía y prosa en un acorde continuo. Escribe Cioran: "En el éxtasis musical estás lleno más allá de los límites del ser; en la angustia absoluta estás lleno de nada". La voluptuosa presencia de la música en la literatura de estos dos escritores es un concierto con trazos de infinito. La realidad en ellos se transmuta y las palabras dejan de ser palabras para aspirar, transparentes y aleladas, al magma órfico de la armonía. Escalar a él es tarea del lector.

jueves, 17 de septiembre de 2009

A sorbos con la realidad.

El lector viajero, visitante asiduo de los cafés emblemáticos y con tradición literaria; el lector que peregrina sin desmayo hasta los últimos cafés de los boulevares parisinos o los encomiables vieneses o los pútridos de Madrid o los más adecentados de Roma o los de Venecia -para morir de belleza-, se adentra en Poética del café como quien ha transitado por esos suelos de las tertulias. Este libro de Antoni Martí Monterde es una obra de fondo para lectores, igualmente para escritores que gustan de seguir los pasos desandados de sus escritores favoritos. El libro es una delicia y está escrito con solvencia. Se lee sorbo a sorbo, con el relajado sentir de una obra meditada y ajena a las acuciantes publicaciones.
Debo decir, a todo esto, que soy un entusiasta de este tipo de estudio a la francesa, de indagaciones que resulten una poética, del sueño, del agua, de las costumbres. Yo me quedé enredado en la poesía gracias a las poéticas de Huidobro, no a su poesía, sino a las poéticas.
En París no cenamos en un café, pero comimos en Polidor. En ese local, todavía aislado de la invasión turística, pude contemplar a Cortázar observando al personaje de 62, modelo para armar. Una novela armada en la cabeza de Morelli, con la poética de Morelli, pero escrita por Cortázar. Decía que esta historia, que a lo mejor no debe ser contada de esta forma y sí concediendo espacio a la ficción, no lo sé, tampoco es tiempo para ello, fue vivida en aquel local. Mientras degustábamos un pollo en salsa y accedíamos a los vinos franceses, pude notar que Morelli, Cortázar y el personaje estaban allí: "Je voudrais un un château saignant". Fue inconfundible.
Yo creo que un café es una reconcentración del allí. En un café no hay espacios sucesivos: todos los momentos son el mismo. Y esa paradoja ha sido aprovechada por los escritores europeos. No me extraña que Magris, un autor de actualidad, haya sentado la génesis y las bases de su comportamiento en un café, el San Marcos. Y que su libro Microcosmos comience elogiando las virtudes de los verdaderos cafés, como el San Marcos. Ciertamente, un café es un microcosmos.
Pienso en “Las babas del diablo” y en los cafés. Desde luego, una conversación puede tomarse como ese relato de Cortázar que abre la escritura para que se refleje en un espejo en que todos los planos son el mismo o pudieran ser el mismo. Cortázar, escribí ayer sentado en un café, rompía el cristal, igual que Magritte, y comenzaba a escribir cada uno de esos recuadros: el mismo, siempre la realidad desnaturalizada.
El mejor café, desde luego, que he probado, fue en Portugal, en el A Brasileira. Allí acudía Pessoa a aliviar su indumentaria de hombre social y de animal mitológico. Podríamos decir que Pessoa se dejaba allí. Por eso hago tanto hincapié en ese adverbio, un café es un espacio, un deíctico espacial que hace de sinécdoque para el escritor, sinécdoque de la palabra en la tribu.
En Barranquilla García Márquez se reunía para hablar, guiados por Ramón Vinyes, de los escritores que le sorprendía. Con ese grupo de escritores, entre los que destaca Álvaro Cepeda, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y el propio Gabo, una vez tomado el café, la Cueva venía a convertirse en una carnavalización reducida de los contornos sociales. Ahora pienso que la realidad de aquellas borracheras dialécticas estaban acuciadas por la impactante versión de la realidad que ofreció Faulkner.
No sé escribir en un café o más bien no sé darle a la sintaxis un orden unívoco. Las conversaciones me distraen, hacen que levante demasidas veces la cabeza de las páginas del moleskine. Aquí parece que la realidad se deshace en cada carcajada, que fuera de derrumbarse y a emanciparse definitivamente de uno mismo. Atender a ese derrumbe es tarea del recuerdo. Por eso Cortázar y el personaje gordo de su novel se pelean por descuartizar aquel castillo sangrante. Un castillo sangrante, sangrante de la piedra, es la literatura.

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Vuelve uno a las quimeras, a las tierras yermas de lo cotidiano. La literatura vincula exaltadamente este estado ulterior de ánimo que deshace, por de dentro, las humilladas garras de la ficción. Escribir es dejarse escribir, leer es arrumbarse al siniestro sin fin de lo festivo. La lectura es un festín de Esopo, como diría Octavio Paz; la escritura, el desgarrón inmoral de dejar la vida apartada, desasida. ¿Qué destino mejor para esta carne de tatuajes indescifrables? Cioran comprendió y evidenció en su libro que desvincularse del sufrimiento era una tarea inmortal. Una franja queda por habitar, la literatura. En ella la realidad es todavía decible.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cante de ida y vuelta.

En una conversación, en Cádiz, me dicen que los palos del flamenco no pueden definirse sin los cantaores. Está la soleá de un fulano y las alegrías de un cetano. Esa afirmación, que tiene hechura de perogrullada, desplaza mi atención hacia los contertulios. Vienen a decirme, pronuncio para mis adentros, que una bulería existe como tal gracias a las voces que han ido configurándola.
Esta tarde, antes de coger el tren para Sevilla, como un trance prístino, he escuchado una bulería en Jerez. Espontánea, salida de una faringe anónima. Esa voz arrancó de cuajo el concepto que anidaba en mi cabeza de ese palo. Asistí a una ejecución que se ha instalado ya como otro concepto inamovible; como el que tengo de los viajes, de la poesía, de la música.
Con estas letras me acuerdo de Borges. No de su fervor por las milongas, sino de su avispado ingenio. El argentino promulgaba que la idea, el recuerdo que mantenemos de la realidad o de algún aspecto de la misma es, siempre, el último. Por tanto, según Borges, el primer recuerdo es como la primera palabra: trigo segado, realidad a la deriva de la inexistencia.
Unas líneas sobre un papel son una lucha contra ese recuerdo fugitivo. Una terapia lingüísica, una afonía del alma que procura mantener en claro, íntmamente, la fisonomía de una realidad. Cuando ésta no es posible, es inventada. Ocurre la ficción.
Y la ficción es un artificio necesario, porque ahondar en el pasado es un trabajo hercúleo, quizás el único trabajo. Nunca el hombre tendrá palabras para decirlo todo ni para adjetivar a la nada.
Mucho menos para decirse a sí mismo.

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Julio Cortázar escribía cogiendo de improviso a la realidad. Pienso que Cortázar estudiaba, meditaba y contolaba la realidad que pretendía escribir. Luego la invadía. ¡Su táctica ha sido única, vaya ejecución! La invadía en la montura de la ficción y la desmontaba, la saqueaba y la reducía a un absurdo concierto de armónicas palabras. La armonía en Cortázar es la teoría de la escritura. Nunca el verbo hizo presencia en la ficción tan desaforadamente.

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Comento con un compañero las demoledoras tendencias de Cioran. Cuando llego a casa, leo las páginas de su Libro de las Quimeras intentando rasgar alguna lasca de ironía, alguna templada condescendencia o, siquiera, algún atisbo de gratitud hacia la vida. Antes al contrario, leo siguiente: “El hombre es una nada que se vuelve ser. Entonces habría que preguntarle si el mundo fue creado o si todavía no lo ha sido”. Imagino que Cioran considera que el mundo aún no ha sido creado, que pretende enviarnos una condensada visión de la trasparencia de lo fugitivo. Yo le digo a Cioran que el mundo nunca se hizo, nunca se terminó de hacer y que todvía podemos decir y escribir todavía. Es el axioma de la literatura.