martes, 5 de mayo de 2009

Un insecto enclaustrado en ámbar.

1 de enero de 1985. A principios de 1985, aún persiste en la sesera de Márai la idea de su finitud. Esa sensación que percute su sensibilidad, lo lleva a meditar con unas palabras kafkianas que sorprenden por la lejanía con la que se disecciona él mismo su alma. Estas palabras no se refieren al Márai vivo y pensante, sino al postergado y difunto escritor que solo será, -es-, los libros que dejó escritos: “Soy un espantapájaros, un cachivache destinado a los estantes de un museo, un insecto enclaustrado en ámbar”.
Precisamente, busca en las lecturas de Aristóteles un encuentro con la definición de alma, ¿quizás estuviera acariciándola? Lee a un filósofo coetáneo, llamado Dewey que escribió sobre los griegos. ¿Por qué será que en los griegos y gracias a ellos se han producido todas las revoluciones filosóficas y personales? Ese filósofo americano, que murió en los años ochenta, dejó una sentencia de la que se apropia Márai para calmar las ansias de infinito que lo presionan: “el alma es verbo”. Y al igual que el verbo, que se acaba con la muerte, el alma, según Aristóteles, muere. Lo que queda es el espíritu. El espíritu entintado de un diario.

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Un diario es el secreto de una vida a voces, las voces del alma.

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Estoy en la mitad de la fáustica novela, El Doktor Faustus, de Thomas Mann, y ya puedo decir sin miedo a equivocarme que jamás había leído una cosa parecida. Si escribir una novela, si la cumbre de la narrativa consiste en alcanzar esas alturas, debo renunciar a todo intento. La escritura de Mann es tan poderosa, son tan perfectos los personajes, su psicología y el contenido que las convoca… Una obra consagrada a la reflexión de la genialidad a través de la música y del pacto cainita hacia el ser humano era lo que necesitaba leer. Y en esta obra está todo: el hombre, el arte, la filosofía, la narración. Leer esta obra de Mann es asistir a un concierto de Corelli, a las sonatas de Beethoven o a la nocturnidad de Chopin. Silencio, belleza, contemplación, irracionalismo, lenguaje indescifrable para los hombres.

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A lo mejor Márai se estaba aproximando a lo que Pessoa llama en el Libro del desasosiego (154): “El sentimiento apocalíptico de la vida”. Y en ese apocalipsis, las trompetas son los latigazos de la escritura. Una escritura abigarrada a la miseria que se dignifica bajo el telón de una armonía que se propone muerta. Perplejidad, inocencia consumida, hacinamiento de las formas, perenne discurrir de los días, igualación a la muerte, danza ternaria sobre el cieno fúnebre de la noche, taxidérmica vinculación de los opuestos.

lunes, 4 de mayo de 2009

Cartas de amor de la monja portuguesa y Rilke.

Es una suerte y una peculiaridad contar con el consejo de un buen librero. Juan Carlos Palma no sólo es escritor, avenido a las bitácoras, free lance, crítico de cine o de literatura -entre otros secretos inconfesables-, sino que además es un maravilloso librero. Esta mañana quise darme una vuelta por las librerías, iba pensando en comprar Las máscaras del héore, de Juan Manuel de Prada en la nueva edición de Seix Barral; también llevaba en la mollera a Atxaga, Marzal, Zweig, Nietzsche, Julián Ríos o Gilson. Al final, las elogiosas palabras de Juan Carlos me convencieron para que comprara Anatomía de un instante, de Javier Cercas, el libro que toma el golpe de Estado del 23-F como cuerpo en cuarentena que necesita la penetración del bisturí.¡ Claro, con un librero así, qué fácil...!

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A finales de 1984, diezmado por los males que lo achacan, Márai determina seleccionar sus lecturas. Cree que se ha establecido ese tiempo apocalíptico en que la mortalidad se hace definitiva y todo adquiere ese lastimoso verdor que la muerte transmuta. Lee y escribe como un muerto, pero aún mantiene con dignidad su vida. A pesar de ello, se siente distraído de todo, excepto de sus libros.
Corrige, en esos días de diciembre, las galeradas de su Diario 1976-1983. Al llevarlas a la oficina de correos y mientras el funcionario le coloca el sello de marras, Márai asiste a un rito funerario de su obra. Ese sello, ese envío, lo percibe como la última acción de su vida como escritor, como un arañazo al hades que lo posee. Uno, que lee los diarios de años siguientes, no puede más que tragar saliva y dejarse llevar con ese nudo en la garganta y escribir, escribir precisamente lo que lee. El testamento de Márai en su Dario es una de las mayores lecciones que estoy recibiendo de escritura y de moral, de compromiso y de sabiduría.
Decía al inicio de este texto que Márai selecciona en esos meses las lecturascon ahínco; se sabe muerto a pesar de que después vivirá algunos años más. ¿Qué libros lee? Lee La Odisea, de Homero y la obra, espigada, de Aristóteles. Después de estas lecturas, de otros poemas e historias de la literatura húngara, Márai cierra el año con una reflexión sobre el cuerpo y el alma. Y al concluir este párrafo noto un efervescente levantamiento de espíritu que no sé si identificarlo con el alma, pero, desde luego, es lo mas parecido a la physis.


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Hoy he descubierto que Rilke tradujo Cartas de amor de la monja portuguesa, de Mariana Alcoforado (1640-1723). La obra es citada por Márai y, en cuanto leí la referencia, salí al encuentro de ese misterioso personaje que llamó la atención de Rilke. Mariana Alcoforado fue una monja portuguesa que nació en Beja, en pleno siglo XVII. Las cartas de amor están dirigidas a Noel Buton, Marqués de Chamilly y Conde St. Leger. Las cartas fueron publicadas como anónimas en Francia por Claude Barbin y, a su vez, adaptadas al francés por Gabriel de Lavergne, Conde Guilleragues. Estas cartas son el testimonio del amor vehemente de esta monja por el militar francés que mantuvo relaciones esporádicas con ella.
Algunos investigadores creen que fue el Conde Guilleragues quien escribió realmente las cartas y que tomó el nombre de la monja como pseudónimo. De cualquier forma, la obra, escrita por una o por otro, no deja de ser sorprendente. Si fueron escritas por la monja, qué delicia observar el pecado en la letra de una religiosa; si fue el Conde, debemos tomarlo como una genialidad de desdoblamiento, de otredad y empatía.
Rilke tradujo las cartas y Márai leyó la traducción de Rilke. ¿Qué vio el duino escritor en ellas, la violencia de un amor truncado por la religiosidad o la pérfida obsesión de la monja por un amor imposible? ¿Un ángel endemoniado que vive entre la pasión incólume hacia el militar o divinizado por la palabra amatoria?

domingo, 3 de mayo de 2009

La noche no tiene paredes, Caballero Bonald.

Para los que hemos leído la obra de José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) y conocemos su apasionada servidumbre a la escritura, no nos cabe ningún recodo de sorpresa cuando leemos asombrados su último libro de poesía. Y escribo servidumbre, porque Caballero Bonald sólo publica o saca a la luz aquello que le palpita entre las manos, es decir, que si se lleva varios años (como le ocurrió) sin publicar nada, no le preocupan otros motivos que no sea la palabra. Esa relación con la palabra hace que de su poesía brote el verso puro, sin desvelos de otro tipo ni propósitos funestos.
Publica ahora, con 83 años, un libro de poemas que desprende una frescura, un tono, un conocimiento de la poesía y una unidad que muchos quisieran alcanzar en la plenitud de su creación. La noche no tiene paredes (Seix-Barral, 2009) llega después de la publicación de Manual de infractores (Seix Barral, 2006) y de haber recogido toda su obra en un volumen intitulado Somos el tiempo que nos queda (Seix Barral, 2006).
La noche no tiene paredes (Seix Barral 2009) está dividido en cinco partes y está compuesto por ciento tres poemas, es decir, estamos ante uno de los libros con mayor número de poemas de los que ha escrito el jerezano. Eso se debe, en mi opinión, a que la escritura, en esta ocasión, viene jalonada por la inconmensurable necesidad de rendirle cuentas a todos los temas que lo han obsesionado. Hay en el libro un tono declamatorio, de parada y fonda, de recuento en la última estación, de cercanía a la armonía elegíaca.
Abren el libro dos citas, una de Claudio Rodríguez y otra de Rimbaud. Sendas citas alaban las virtudes de la noche. La noche no tiene paredes es una cifra de la circunstancia personal y poética del autor. A sabiendas de su vejez, la vida se convierte en un tránsito en el que las puertas están abiertas y nada es una sorpresa más que estar vivo. Un carrusel de luces son estos poemas en medio de la noche. Luces repletas de vida y literatura: “La mar nocturna tiene/ palpitación de pubis y un lento imán de cueva/ en la mirada […]” ("De las figuraciones nocturnas de la mar"). A pesar de esta recolección de temas antiguos, no están cargados sus versos de moralina alguna ni siquiera se prodiga en el apotegma. Sólo se ofrece el testimonio de haber estado vivo y lo escribe como si todo ya hubiera ocurrido.
Su identidad ha quedado diluida en la condición humana: “Me llamo Nadie, como Ulises./ ¿Y quién responde?/ Nadie: / una pared vacía, una página en blanco” ("Nadie").
El tiempo, el amor, la mar, la Mitología, el Coto de Doñana, Colombia, la Palabra, la Belleza, el recuerdo, la memoria y la noche son el grueso de los temas que vertebran el libro. Poemas como “Tiempo de antídotos”, “Cuerpo desnudo, ya no te conozco”, “Vengo de una palabra”, “Euménide”, “Sustancia del recuerdo”, “Anticristo en Bogotá”, "Bordes del silencio”, “Botticelliana”, “La llamé belleza”, “Falta la vida, asiste lo vivido”, etc. son poemas que contienen, en buena medida, esos temas que subrayo.
A pesar de la prolijidad de temas que aborda hay uno que recibe, por primera vez, tratamiento literario. Es el tema de la mística. No se ha prodigado Caballero Bonald en el cultivo de este tipo de poesía rayana en el misticismo y que se revuelve en los versos de san Juan, de fray Luis y de la mística sufí. Sin embargo, en este poemario sí aparecen decididamente algunos poemas directamente envestidos desde esa perspectiva. Me refiero a “Vida de sufí”, “Mística poética”, en que rinde homenaje a Miguel de Molinos, “Sinergia”, en que hace lo propio con Ibn Arabí o “Llega sin ser notada”. Los guiños, los ecos del Cántico espiritual, de algunas Odas, de fray Luis y de la imaginería sufí (vino, bodega, amado...) mechan algunos poemas del libro.
A este homenaje nocturno de sus temas y la incorporación de la mística, señalamos la recurrencia a los poetas que han marcado su escritura, a saber, J.R. Jiménez, Luis Cernuda, César Vallejo, Baudelaire y, en especial, Quevedo. Ya desde uno de los primeros poemas, la sombra de Quevedo sobrevuela por todo el libro: “Me están llamando/ ¿Y quién me responde” ("Nadie"); “Lo perpetuo consiste en la contemplación/ de la ceniza[…] ("Elogio de la Locura").
¿Qué cauce formal elige el poeta? La noche no tiene paredes está configurado por una mezcolanza métrica. A los versos alejandrinos y endecasílabos y a su alternancia con heptasílabos, eneasílabos o pentasílabos, se une el cultivo de versículos que responden, más bien, a un ritmo léxico o sintáctico que silábico. Por este motivo, Caballero Bonald adecua a la perfección la selección métrica con respecto a los temas y ello habla de la versatilidad y del conocimiento del ritmo. Desde el ritmo endecasilábico de “Cuerpo desnudo, ya no te conozco” o de “Mala Hora” hasta los versículos de "Mística poética" o “Aversión al grito”, el libro es una galería del buen hacer rítmico y métrico.
El empleo de figuras retóricas y tropos también responde a su acervo poético. Se prodigan las sentencias y los aforismos al final de los poemas: “La exclusión de la luz no me impide ver claro”, “Nada es tan real como una fábula”, “Ni el recuerdo se cura ni es nunca todavía”. La paradoja: “Soy a la vez quien ama y aquello que amo”; la abstracción y la pregunta retórica: “[…] ¿con qué herida/ coincidirán por fin los bordes del silencio?”. Amén de las imágenes que se deslizan a través de conseguidas metáforas y comparaciones: “El pasado gravita como un despeñadero[…]”. Sumamos los ecos, las sinestesias, las aliteraciones y los encabalgamientos suaves o abruptos que tanto gustan al poeta.
Un libro de poesía que es celebración de la poesía, de la palabra. Literatura que brota de la geografía avejentada de un autor que parece haber cumplido las obligadas estaciones de penitencias y que se desenmascara y se hace más claro y menos pendenciero con la realidad. Porque “Vivir es ir dejando atrás la vida”, Caballero Bonald parece que no la ha dejado atrás sino que la manosea y la doma con las riendas de la palabra. Y nosotros agradecemos y gozamos con estos versos que percuten en la belleza con la daga de la poesía y que se suman a "Esa insistencia/ soberana/ en la celebración de estar vivo".

sábado, 2 de mayo de 2009

Molinos, lecturas y desmanes.

En estos días de vacaciones de primavera y de lecturas continuadas, no hago más que indexar los temas que sobrevienen a la calorina y al desencanto. Como un sarmiento cabezudo, los temas antiguos de mi escritura se repiten y constatan cada vez que vuelvo la mirada en negro sobre blanco. Un puñado de libros descansa sobre la mesa y los observo como un ser ajeno a todo ello, como alguien para quien la literatura es poca cosa, un mal menor, una distracción aburguesada e inútil. A fin de cuentas, cuando dialogo con los que no poseen esta manía de la lectura y de la escritura, me siento como ese ser que merodea por el salón con la mirada ajena.

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Hace poco, en una reunión en el trabajo, alguien habló de los libros que leía. El resto de compañeros se vanagloriaba de haber leído a Ruiz Zafón, Dan Brown, Julia Navarro, La Catedral del mar y otros títulos y autores que son inexistentes para mis baldas y para mi fondo de lecturas. Ante tal paisaje, me sentí un extranjero, un holograma que presencia su muerte aún sin creerlo. Sólo se me ocurrió preguntarles si leían algo de poesía, anteponiendo “algo” para amortiguar la respuesta. “Poesía… eso es mucho para mí”, afirmó el más diletante. “¿Y tú que lees, Tomás?” Con la inevitable sensación de ahogo, sólo se me ocurrió recordar el episodio que narra Vila-Matas en una de sus novelas, en un taxi. El taxista le pregunta a qué se dedica y para qué sirve eso de la literatura. El personaje de Vila-Matas –él mismo, creo yo- contesta desaforadamente al taxista un desplante de este tipo: “Me gusta leer, sí, ¿pasa algo? Leo a Kafka, Walser, Cervantes, Musil o Juan Ramón Jiménez”. El taxista se quedó igual, no le sonaban los nombres, pero el personaje se despachó a gusto y defendió, al menos, lo que pensaba: qué era literatura y, por lo tanto, qué era su vida.
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En medio de esa reflexión, que era silencio para el resto, alguien quiso adelantarse a mi respuesta. “Sí, él lee a autores de culto y poesía…”, y lo dijo como quien afirma que Dios bajaría del cielo y se sentaría con nosotros a charlar del infierno. No tenía ganas de responder ni como Vila-Matas (eran compañeros de trabajo y los volvería a ver al día siguiente) ni como un patán que evita defender sus gustos y preferencias. Pensé, igualmente, en un aforismo, una sentencia que desvencijara aquella encerrona que el azar había procurado.
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Al final del episodio, respondí: “Yo leo lo que necesito y escribo, porque no sabría vivir sin ello. Cuando abro un libro de esos autores que nombráis, me aburro, y por eso leo a otros autores que me parecen más interesantes y con los que me deleito más. Así que la discusión está cerrada…”. Al acabar la reunión, y con esa diplomacia de por medio, algún compañero avisado, quiso preguntarme en privado qué autores y qué libros podía leer que no fueran “esa basura comercial”. Yo, como buenamente pude, dejé mi costumbre de hacer listas -que viene desde la Facultad- y me limité a recomendarle El Quijote. Al salir del centro me invadió una mínima y soleada sensación de haber vencido a los molinos.
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13 de noviembre. Si los límites existen, están en el ser humano. Si lo que deseamos hablar un día es posible, lo será con nuestra inteligencia. Si lo que amamos, lo que recibimos como la bondad del otro es necesario, lo es por la voluntad de los hombres. Si somos terribles e indesebales, lo es porque nacimos indesebales y terribles. Si acostumbramos la miarad a la zafiedad, es por cualidad del ser. Dice Márai, pocos meses antes de morir: "No existen límites, excepto el propio ser humano". Después de leer esta entrada del Diario, el día amanece con una luz no usada, con los vítores enmarcados en el cielo de un funeral, el de la finitud de la lectura. No hay muerte mayor que dejar de leer y escribir.

viernes, 1 de mayo de 2009

A LARRA, SIN VIOLETAS.

Ahora que se celebra en esta primavera los doscientos años del nacimiento de Mariano José de Larra (1809- 1837), he vuelto a releer algunos de sus artículos más difundidos. Lo he hecho por varios motivos, pero el principal es para comprobar cómo hay temas que no dejan de ser actuales nunca: educación, cultura, la lengua, las costumbre sociales. También recuerdo que lo primero que leí de José de Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, fue precisamente la Elegía que escribió para la muerte de Larra. Todavía creo que esos versos son los más valiosos de Zorilla, al menos, eso les digo a mis alumnos mientras les explico que Larra se suicidó a los veintitantos años de edad, la misma que tengo yo ahora, y quedan embobados ante tal osadía. Tan lejos les queda el pensamiento de Larra… Se suicidó de un disparo en la sien derecha, les digo con énfasis, Y ellos responden con el mutismo o con algún disparate que no viene a cuento en estas líneas.
Larra era un liberal y eso fue un problema para enterrarlo “en sagrado”, es decir, que la Iglesia no sabía dónde debía enterrar a ese muerto que solicitaba en voz alta la implantación de una educación moderna y laica. A pesar de todo, -y de que se enterrara en el cementerio del norte, en Madrid-, al poco tiempo, sus restos fueron trasladados a la Sacramental de San Nicolás. Su suicidio fue tomado por un acto de locura y los locos eran enterrados “en sagrado”. Larra fue un caso más entre miles. Quien quiera merodear por estas cuestiones con profundidad y claridad de análisis debe acudir al libro de José Jiménez Lozano, Los cementerios civiles.
Lo cierto es que cuando leía a otro poeta, gran poeta, Luis Cernuda, uno de los poemas que más me emocionaron fue “A Larra, con unas violetas”. Cernuda, el poeta sevillano, habla de unas frescas violetas sobre la tumba, unas violetas que incitan a la espesa niebla de su muerte. Y con ese signo, rescató al escritor romántico que se hizo un pobrecito hablador o un Fígaro, un rebelde de su época, tal que el poeta.
Queda su voz, sus artículos, los pseudónimos que abreviaban las múltiples aristas de su opinión. Y así debemos leerlo hoy, dándoselo a los jóvenes como una golosina ética que bien vale su aprendizaje. Y es que en los antiguos se guardan los secretos de los modernos.
Artículo publicado en Información Sanlúcar
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Ya no hay vuelta atrás y las setecientas páginas de Doktor Faustus, de Thomas Mann, me parecen, más bien, un puñado escaso de narrativa de primera calidad. Es dcir, se me stá haciendo corta su lectura. Ni na sola página de esta novela merece un dispendio ni un arrebato de prepotencia para desmerecerla. Novela redonda, cargada de pesonajes fascinantes: Adrian Leverkhün, Wendell Kretzschmar, ... La música vertebra el contenido de sus páginas y eso aviva aún más mi deleite. De vez en cuando, como un contrapunto barroco, leo alguna página de la correspondencia que mantuvo con Adorno por aquel entonces; de este escarceo entiendo, con más frescura, la propuesta estética de esta novela. Porque si algo hay de manifiesto en ella es una indagación estética del arte desprendida de la palabra. Música y literatura imbricadas con la condición humana. ¿Es la creación artística la condición de Fausto?
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M. sigue leyendo El esnobismo de las golondrinas con el mismo entusiasmo de siempre. Me lee pasajes en voz alta, me profiere reflexiones sobre los viajes: sus significados, sus etapas, la relación con el ciclo de la naturaleza. de la misma manera, subraya párrafos enteros en los que deslumbra la prosa del autor, sus metáforas, su cuidada selección léxica.
Por momentos, nos creemos en una de las habitaciones de esos hoteles en lo que Wiesenthal suele quedarse. Hoteles con historias fascinantes de escritores y personajes de la cultura. Un café en Roma, otro en Venecia, rodeado de la geometría pétrea de sus plazas; otrora ensoñados con las maravillas del Orient Express y sus excesos de la nobleza. Trieste, fronetriza; Viena, colmada de músicos... cada día, me anuncia un lugar por el que piensa viajar de la mano de esas páginas, miles, que tanto le fascinan. Hoy, me dice, pienso ir a Marraquech, pero en invierno. Y a mí, que medito en el silencio en mi salón-biblioteca, se me ocurre cargar con Makbara, de Juan Goytisolo, por si acaso, le digo mientras ella sonríe.
Algunas veces, cuando caigo rendido en las pieles del sofá, un libro se mantiene erguido sobre mi pecho. Entonces, mis pulmones se cargan de literatura y me siento más fresco, indómito y Fausto que nunca. Ayer, precisamente, dormí al mediodía y lo hice con un libro en el pecho, de su centro brotaban las páginas de El Quijote. A lo mejor por eso hoy me siento la sesera seca, enjuto y deliberadamente lector y las setencientas páginas de Mann un asueto esporádico pero maravilloso.

jueves, 30 de abril de 2009

Un cacharro vetusto, un dato obsoleto.

De la prosa de Trapiello ya he hablado en demasía. Magnética, profunda, rayana en una serenidad clásica advertida de actualidad, sincera, meticulosa, rescatadora de giros sintácticos perdidos y puestos a la luz. Lo que no conocía era su poesía. Para ese propósito compré El volador de cometas (Renacimiento, 2006), una selección a cargo de Eloy Sánchez Rosillo. Rosillo conoce a la perfección la poesía de Trapiello y es por eso –y por otros tantos motivos- por lo que me está agradando sumamente la poesía de este volador de cometas. Un verso sereno, templado, enroscado en estampas de la tarde, en fiestas populares, en homenajes a poetas: la naturaleza contemplada. Si su prosa nos ofrece la introspección sintáctica de la realidad a lo largo de un salón de pasos perdidos, su poesía es escueta, compuesta de pocos versos, nada prolija. Esa síntesis de la palabra es una virtud poco encontrada en la actualidad, en esta época de cibernéticas aspiraciones y megáfonos en mano, de teatros absurdos y patéticos como un carrusel de monigotes que cantan las verdades del barquero. Me ocurre lo mismo con La noche no tiene paredes, de Caballero Bonald, Ánima mía, de Carlos Marzal u Oír la luz, de Sánchez Rosillo. Poetas dispares, distantes, de diferente concepción poética, pero que comparten el talento de escribir poesía. No me cabe duda de que leo poesía y eso, en ocasiones y con ciertos poetas, lo dudo demasiado.
Una poesía cercana al silencio, al susurro, a la aspiración juanramoniana de la belleza y la plenitud.

“[…] Un día llegará en que te preguntes:
¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?
Y de los ojos
ya no vendrán palabras.


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En una antología de la poesía de Pessoa, preparada por Ángel Crespo, leo lo siguiente: “Ser es para mí admirarme de estar siendo”. Y conduzco estas palabras de Pessoa a la consistencia de un Diario. Un Diario es un estar siendo, un encontrarse cotidiano con el misterio de la vida y de la muerte, de la palabra y el silencio. Es un reloj y su impotencia es tal como unas manillas que pretenden acoger el rotundo paso del infinito.
Todo lo que no se recoge en un Diario queda aparcado en los extremos del olvido, acaso existe, su muerte es prematura. Por esos motivos confiero que una escritura forjada día a día, sobre la impaciencia de un Diario es un reto al concurrir del tiempo en su huida. No hay mayor aprendizaje de la nadería que somos que leer unas notas sin más rumbo ni aviso que el de escribir para seguir viviendo.

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Un cacharro vetusto y un dato obsoleto, con estas palabras califica Márai, el 9 de octubre, las galeradas de sus anteriores Diarios. Los lee, el escritor, los reflexiona. Todo le suena a vigencia en el pasado. Nada le sirve, más bien le exaspera. Sabe, además, que poco a poco, a su ceguera se están uniendo otras dolencias: dolores de cabeza, sordera y, lo peor de todo, su mujer comienza a morirse. El testimonio posee la potencia de una teoría del estoicismo. ¿De ahí Marco Aurelio?
Desde hace un tiempo el concepto de mortalidad me distrae de mis reflexiones, necesito aclarar hasta dónde es uno mortal, qué significa ser mortal. En esa necesidad, la escritura me está dando pocas respuestas, es cierto, pero también me posibilita ordenar las reflexiones. Leo de nuevo a Márai antes de seguir con esta disertación algo ahuecada y me encuentro con lo que sigue el 22 de octubre: “Anoche sentí por primera vez, con absoluta certeza y sin más, que soy mortal; no la posibilidad, sino el hecho. No fue tan aterrador”. Recojo el bastón y me largo de la sala.

miércoles, 29 de abril de 2009

Agua de la fuente.

Al releer los últimos textos que componen esta bitácora he comprobado dos cosas. La primera, estoy escribiendo un Diario. La segunda, me estoy alejando de la opinión, la crítica literaria, de escribir sobre asuntos aledaños a mí mismo. Estas dos vetas me llevan a pensar que la escritura dibuja una espiral, unas líneas que van tejiendo un rostro. Además, como tema principal está la reflexión sobre la escritura y la lectura. Tanta insistencia me parece reiterativa, aunque es cierto que el escritor de la bitácora se esfuerza por traer a colación temas dispersos y convocarlos para un mismo destino.
Aparecen términos muy generales y abstractos que conducen a poco: belleza, condición, humano, nada, vida, escribir...que son trasnochados y de otro tiempo. Demasiados axiomas y aporías, predicaciones falsas del tipo: “la vida es…”, “Escribir se ha convertido…”. Los mismos nombres se suceden una y otra vez; a veces, las mismas palabras. ¿Para qué todo esto?
Al convertirme en lector ajeno, fuera de la fábula, me pregunto qué persigue el autor de este Diario, de esta escritura de tamaño embelesamiento que sólo pretende atestiguar qué hace un hombre por estos derroteros.

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No puedo remediarlo y me da lástima azuzar así al que ejecuta estas entradas. Y pienso que al menos, la Nada, para él, es ese rictus níveo del folio en blanco.

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6 de junio. “Ahora, medio ciego, tambaleándome, pero sin mayor protesta, sólo espero el final”. El final de Márai es un pespunte a la vida caduca, para Jorge Guillén un poemario inmenso como un océano. En junio, este Diario, de Márai, es un testamento de la vida en declive, de la explicación última de uno mismo. Tanto es así, que la inferencia valleinclanesca se adelanta como un fuego en el mar: “No cabe duda de que no sólo somos lo que somos, sino cómo nos ven los demás, y sobre todo lo que parece en el espejo deformante”.
Sospecho de estas palabras en boca de Márai, quizás la presencia de Vallé-Inclán sólo sea un trampantojo que ha proyectado mi memoria, esa que se activa con términos disecados.

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Al hablar de reiteraciones Márai me ha demostrado que la vida es una riteración de varias estaciones iguales. Sigue leyendo poesía por las noches y, además, añade alguna cata filosófica. Paz a los hombres, violencia en la noche, sosegado adormecer de los sentidos. Lee a Marco Aurelio, Libro IV: “Nada viene de la nada, como tampoco nada desemboca en lo que no es”, por lo que todo termina siendo un círculo, una esfera mimética que gira al ritmo de la noche. Vida, muerte, libros, amor. Ahora comprendo algo mejor al escritor de esta bitácora y sé que, en buena medida, escribir es un contrapunto sobre la vida y la vida es una. Agua de la fuente.

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Escribir es tornear la vida en el sucedáneo pigmento de la escritura.

martes, 28 de abril de 2009

Un ir y venir.

Hoy solo me quedo con dos reflexiones de Márai entreveradas. Schopenhauer y Rilke. El Filósofo dijo que solo leía libros publicados hacía más de cincuenta años. El segundo, el Poeta, afirmó: "He entendido que nunca te he amado, solo he querido mi propia pasión". Hay algo que las une, alguna presencia delicuescente que ha llevado a Márai a citarlos tan próximos en sus Diarios. Inlcuso imagino que los dos fragmentos son partes de un diálogo posible, un debate intenso sobre las premuras de la pasión individual y la extenuación social.
S. "Yo solo leo libros una vez que han pasado cincuenta años desde su publicación. Mi voluntad no es otra que enriquecer mi espíritu y cargarlo de deseo. Nada nuevo es entendible a mi espíritu. No hay mayor gozo que la solemne antigüedad".
R. "Yo sólo he entendido que nunca he amado lo ajeno y que sólo he mimado mi propia pasión".

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Para entonces, desde el 6 de marzo, comienza a tener presencia un glaucoma. Esta gran molestia en el ojo lo turba y le hace sentirse un Polifemo cansado, atávico, consumido. Y con él deviene la introspección en la música: Bartók, Berg, Schoenberg,... y luego la muerte, como coda final:
"Tengo miedo de no aceptar la muerte cuando llegue la hora". Es la primera vez que observo el derrumbe de Márai y ello ha acontecido tras un problema físico. Entonces pienso que con la edad, ya en la vejez, el cuerpo es un estratagema de la muerte para ir preparándonos a ella, a su concepción. La enfermedad es un tatuaje, un aviso de naviero. Borges, lectura de cabecera.


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Siempre he pensado que el yo que fui no sobrevivió más que las palabras que escribí. Ni siquiera las imágenes rescatan el hálito templado de nuestra vida. En ese rescate, que produce náuseas y placebo conjuntamente, las secuelas pueden ser demoledoras, algo así como un bombardeo sobre un edificio ya derruido que se mantiene a pesar de la decrepitud de sus materiales, un ensañamiento ponzoñoso: "Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona".

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8 de mayo. Márai, luego de su glaucoma y de su derrumbe, de su asilo en la poesía y en la literatura, vuelve al nacimiento y a la muerte como sístole y diástole de un proceso al que le ve su fin. Y ahí veo de nuevo al Filósofo y al Poeta, ¿qué son, si no trasuntos de la muerte y de la vida? Sus palabras son tan rotundas, de una sinceridad tan ecuánime, que me provocan la irresistible visita al silencio: "Nacer no es una experiencia, porque es accidental: nos pasa, sin más, involuntariamente. La muerte sí constituye una experiencia, puesto que nos sobreviene contra nuestra voluntad".

lunes, 27 de abril de 2009

Trémulo verbaje.

10 de febrero. Márai cita a Wilson, sigue con su lectura. Wilson aporta, en Hommage à Pushkin, una lista de poetas que murieron alrededor de la misma edad: los treinta. Eso me asusta y aturde y me hace escribir el nombre de los poetas como una oración salvífica: Pushkin, Byron, Shelley, Keats o Poe. También se nombran a otros escritores que murieron ahogados en una depresión: Coleridge y Wordsworth.
Wilson lanza una tesis que defiende que estos poetas fueron incapaces de asimilar los cambios sociales de la burguesía. Yo me resisto a pensar en esa menudez o, al menos, me parece difícil esa actuación tan rotunda de la sociedad sobre los poetas. Aunque, pensando en claro, uno vive en una cronología y el tiempo establece sus sentencias. Según sentencia del tiempo, moriremos en la plenitud o en el menoscabo de nuestras células. Sin duda, a estos les bastó unas pocas décadas.

17 de febrero. "El hombre no es la camada del infierno, sino quien lo genera". Esta afirmación se cruza en mis lecturas, en los Diarios, cuando completo el capítulo X de Doktor Faustus, de Thomas Mann (sublime). Con estos mimbres, mi creencia en los hombres queda difuminada en trazos grises e indecentes.

20 de febrero. Márai comparte manía o, en mejor decir, comparto la manía de Márai de leer por la noche algún poema, preferentemente del XVI, justo antes de apagar la luz. Es una manera de birlarle a la noche su prodigio, su hegemonía. Antes de apagar la luz y de que la noche establezca sus paredes, el verso se diluye en la oscuridad con la luz de su palabra, hunde sus raíces en la profundidad acuática de una garganta húmeda. La noche en poesía es un tránsito perpetuo.

29 de febrero. Wilde: "La vida imita al arte...". Sólo en ocasiones relumbra esta paradoja sobre un folio con soberana claridad. Así pues, la ficción es quien inventa a la realidad y nosotros, actantes, personajes... en busca de un autor, un tiempo, un mundo perdido. Un mundo en que las leyes están regidas por la ficción y en que lo posible es un baño de verosimilitud.

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La proximidad de la muerte me recuerda a Cervantes, san Juan de la Cruz y a otros tantos que tenían conciencia plena de la proximidad de la muerte. Esa conciencia, en última instancia, de la mortalidad la considero un estado de privilegio para la escritura. Escribir, en esos casos, es rayar en el tiempo nuestra presencia y ese surco resultante se confunde en la materia que nos condiciona como humanos. El resto, ribeteo, tremolar del verbo.

domingo, 26 de abril de 2009

Continuadores y secuaces.

2 de febrero. El escritor predica las traiciones de los húngaros rendidos a los cantos comunistas. Todo esto lo trae a su diario porque se habían publicado las memorias de István Vas y éste contaba quiénes eran sus camaradas antes de que el comunismo llegara al poder. Es cierto que, al final, como afirma Márai, nadie recuerda a estos parásitos del poder y que, de todas formas, hacen que los escritores notables terminen en el mismo olvido ponzoñoso que los mediocres. Me acuerdo aquí de Foxá, Panero, Bergamín o Emilio Prados entremezclados con la genialidad de Cernuda o de Lorca, de Machado o J.R.Jiménez. Así escogidos, al azar, no hay comparación posible. Unos, autores de antologías imposibles. Otros, voces de la poesía en la posteridad. Unos, antores de islas tremebundas; otros, hacedores de belleza en la maleza del hombre. ¿Qué se hicieron, no es la ideología beligerante de los fanatismos, un axioma impermeable para la poesía?
Como una ducha purificadora lee Márai libros de poesía durante media hora por las noches. Todos los poetas que nombra me son desconocidos: Czuczor, Bajza, Batsányi… Y me invade una sensación de ignorancia supina que me lleva a dejar de escribir.

5 de febrero. Describe el escritor su obsesión con el manuscrito de una novela policíaca que tiene aparcada en un cajón. Eso le lleva a reflexionar sobre la utilidad de la literatura. Y es ahí cuando comienza una ristra de metáforas y comparaciones que culminan equiparando al escritor con un médico que ausculta la barriga de una mujer embarazada. Los latidos del feto son los de la
novela. Después de esto, me imagino que tengo escrita una novela que descansa en un cajón la imagino pulcra, casi corregida, con toda el talento volcada en ella, ¿y qué?, termino por preguntarme, ¿qué canto a la posteridad estoy precipitando a costa de este presente que huye? ¿Y qué si no se publica, no habré dado respuesta a mi presnecia en el mundo con sólo haberla escrito?

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Rosa Navarro Durán, filóloga de fuste y largo recorrido, autora de un libro singular y atrevido, Alfonso de Valdés, autor del lazarillo (Gredos), acaba de editar una de las continuaciones de La Celestina. Se trata ni más ni menos que de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (1542), de Sancho de Muñón. El autor quiso continuar la historia de Celestina pero en boca de su sobrina, Elicia, que demuestra haber aprendido las artes y truhanerías de la vieja puta. Una obra que se suma a la lucha entre los continuadores de la magna obra de Rojas y que merece, por tanto, nuestra atención.

sábado, 25 de abril de 2009

Condiciones patrióticas.

La patria es una cuestión de verticalidad o de horizontalidad. En última instancia, una estancia en un verso, periodo de literatura que engulle las dos posibilidades. La horizontalidad es un devenir del espacio, un sucederse uno mismo aquí o allí cuando la conciencia y la sociedad lo permiten. Tener una patria horizontal es defender el anonimato al que nos sometemos enmascarados y perpetuos por ideas primitivas de un colectivo, “somos esto y no lo otro”.
La verticalidad es sólida, perenne, individual y colmada de la otredad con que nos dota el no pertenecer a ningún colectivo definido. Su estado es, en términos antropológicos, la liminaridad. Un deseo incumplido, pues, una sandalia de Ulises olvidada en un rincón irreconocible. Márai, 27 de enero: “La patria horizontal se desmorona, se altera. La patria vertical es sólida, más perenne que el bronce”.
Al final de estos senderos existe una posibilidad remota e indefinible. La poesía puede desvirtuar la concepción de la patria. Un verso puede ser una patria como un islote desprendido de una península. Su terreno es la espiritualidad proyectada desde la existencia concreta. Un decir universal desde la posición finita de los hombres. En esa patria sobran las banderas, los himnos; su alimento es la condición humana. La condició humana se concreta en cada hombre, no exitiría sin ellos, pero lo que nos mantiene como humanidad es un colectivo, no importa que mueran muchos, sigue subsistiendo. Por eso un poeta es Prometeo, es un rebelde, es Orfeo enlos infiernos, con Baudelaire, un ángel caído que reprende a los hombres aun siéndolo.

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Lee Márai por la noche a un poeta llamado Benedek Virág. Dice de él que sus versos desprenden un patriotismo malhumorado y refunfuñón. La curiosidad me corroe y busco un poema del poeta de marras. Lo leo y me siento la noche misma, una oscura búsqueda.

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Leer un diario es dormir en la cama de otro escritor. Tener su entendimiento, su mirada hacia los objetos simples. Aprender a establecer las extrañas relaciones entre la realidad y la lengua, si es que la realidad no es la lengua. Oler sus entrañas, husmear en su mollera. ¿Hay alguna literatura más cercana y pura de la plenitud que un diario con pretensiones estilísticas?

viernes, 24 de abril de 2009

El diario con Sándor Márai.



A lo que me condujo Jules Renard fue a una sensación mimética que jamás me había invadido. Mimética porque dedicaba todos los días del año pasado, una entrada a Renard tras haber leído una entrada de su Diario. El resultado fue tan gustoso por mi parte -pienso lo contrario en su resultado- que lo abandoné por peligroso. Siempre que me veo imantado por un autor o un estilo, una obra o una concepción literaria, la exprimo hasta el máximo y luego la abandono, como un león muerto de Hemingway. Sin embargo, la manía ha vuelto a despertarse tras haber leído las primeras líneas de Diario 1984-1989, de Sándor Márai. Un prodigio.


Por estos motivos -que no hacen falta justificar, pero que convengo en explicitarlos para mi conciencia- hoy comienzo otra aventura diarística, camaleónica y metamorfoseadora: la escritura al calor de la lectura de Márai.




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Su Diario comienza cuando ya era un anciano, un viajero del exilio que se acercaba a su fin. Los sueños, en su cabeza, precedían a la conciencia. Ulises bien pudo atestiguar en sus carnes la desavenencias de los tiempos modernos. En ese año, 1984, yo tenía tres años y la vida era un horizonte tan extenso como incomprensible. Ahora la extensión se ha reducido, me acerco a la treintena, pero la inexpugnable incomprensión ha ido en aumento. Dice Márai: "¿Fue mejor el siglo pasado?", y compruebo, no con tristeza, que en un tiempo me podré hacer esa pregunta.




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El 9 de enero, Edmun Wilson. Extraños vínculos entre la obra de Wilson y otras, en especial de su análisis de La cabaña del tío Tom. El ascenso social de la población negra también es destacado por Márai y, de repente, aparece esa rémora nazi que le aprieta con la soga invisible de la memoria: "Algo similar a lo que ocurría en las perreras nazis", al tiempo que añade: " sigue sucediendo en los gulags tal como lo describieron Solzhenitsyn y otros".
Sólo dos días y Márai saca a relucir el atosigado desgarro de la masacre nazi y comunista. ¿Los está igualando? Un archipiélago. Abandono el libro y comienzo a leer Archipiélago Gulag.
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El 15 de enero su preocupación es el conocimiento. El conocimiento es una búsqueda del conocimiento, un sacrificio perturbado por la imprenta y, ahora, añado, por Internet. En estos tiempos, saber no es una tarea ardua. Lo difícil es crear. Para el verbo crear "algo nuevo" es un pleonasmo. Dice Márai: " Antes de Gutenberg, había que buscar incansablemente la materia que se deseaba aprender".

El género literario es la fisonomía de un interior que sólo se tienta, se vislumbra, se intuye. Diario: "Todos los géneros literarios tienen una forma interior propia". El 18 de enero todo queda al respaldo de una tesis: Hungría es la base de la estrategia soviética.

Para el 20 de enero, sigo pensando en este diálogo que he comenzado hoy. Puer, senex. Un hombre mayor, Márai, que escribe en el exilio, en San Diego, azotado por la vejez y transitando el calvario de su mujer enferma, moribunda, para ser excatos. Consecuencias de la edad o la verdad de la edad. Me tumban las palabras que leo, me parecen sencillas, plenas, cimas de la identidad: "Cansancio, languidez, fragilidad".

Sabe Márai que las certezas van tomando la figura del desasosiego, por eso piensa en las plas bíblicas y en la ira del dios judío. Toma unas palabras de Lincoln, "cumplido los cuarenta cada hombre es responsable de su cara". Por lo que, extrapolado a la existencia, el nacimiento deja de ser del hombre, el nacimiento nos deja, el hombre se hace hasta la vejez y en la vejez comienza. La vejez es la plenitud de un sentido que se mantiene vivo, que nos mantiene vivos, y uno ya no es responsable ni mediador de su cara. Las fuerzas se desunen, desacompasan. La fuerza del músculo atiende a otras necesidades. "La personalidad y la conciencia discurren ajenas..." y nacen, entonces, apunto de morir.


jueves, 23 de abril de 2009

Libertad bajo palabra.

Tienen razón los que dicen que los que escriben en una bitácora siempre están lanzándose halagos y elogios. ¿Qué tiene esto que ver con escribir? Si escribir es el ejercicio de la soledad y del silencio, ¿a qué tanta pleitesía virtual? Esta virtud del homo bitacorensis es, en definitiva, una manía que nos delata, porque algo de vanidad y de individualismo nos tiene atosigados. Un instinto que se ha desarrollado en el escribidor que deposita su miseria diaria entre unos renglones torcidos, torcidos por las sombras.
Los que no tienen una bitácora, pero las leen, siempre se están mofando de esa especie de cofradía o grupo que se ha montado en la Internet y que tiene, además, la correcta costumbre de dejar un comentario siempre que lee una entrada. Entonces, pienso al releer esto, soy un comentarista nato de la celulosa, porque siempre he escrito en los libros que he leído. Sinceramente, lo prefiero, a pesar de que nadie nunca pueda leerlos.

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Ya hablé aquí de la grandeza de La voluntad, de Azorín. En ella tengo subrayado el siguiente párrafo: “El periodismo ha sido el causante de esta contaminación de la literatura. Ya casi no hay literatura. […]. Es el tipo que detestaba Nietzsche: el tipo que no es nada, pero que lo representa todo. […]. Dentro de treinta años todos seremos periodistas, es decir, nadie sabrá nada de nada. Nos limitaremos a sospechar las cosas”. Todas estas reflexiones, puestas en el pensamiento de Antonio Azorín, me dejan perplejo. Treinta años no, más de un siglo, y seguimos invadidos por el afán peridístico del conocimiento sin causa, para salir del paso, de la escritura repentina y deslavazada, colmada por una sensación de ingravidez que se aparta del escritor. El escritor turba y se perturba.

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Gonzalo Sobejano estudió al dedillo la influencia de Nietzsche en los escritores de la nueva centuria. Nietzsche en España, reeditado por Gredos no hace tanto, establece, con mucho acierto, las conexiones entre las obras de los noventayochistas y el pensamiento del alemán bigotudo. A la de Nietzsche habría que sumar, como no, la de Shopenhauer y, en menos medida, la de Swedenborg. No deja de ser curiosa la lectura que hace Juan Ramón Jiménez de Swedenborg, así como la del propio Unamuno. Pero, ¿no eran novelistas? Acaso pensadores novelados o novelas del pensamiento o yo qué sé. Puestos a tabular somos capaces de establecer imposibles y, por tanto, a inventar.

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Alguien decía hace un tiempo que era un formalista y que la trama o el argumento de una novela no le importaba. Y yo, que entendí su afirmación, recurrí a Cervantes. No sé si El Quijote está pasado de moda o si san Juan de la Cruz es un antiguo, pero encuentro más belleza en los versos del carmelita que en los nuevos versadores. Libres, dicen que hacen los versos, y yo digo que para ser libre hay que desear la libertad. Y la libertad en poesía se llama belleza.

miércoles, 22 de abril de 2009

Melodía en el pentagrama.

Este mediodía canturreaba yo algún pentagrama de Corelli. Debe de ser por aquello de esa predisposición al orden clásico que va fermentando en mis criterios. Me he alejado de aquello que se impregna de las modas sin fundamentos, de aquello que predica una destrucción sin la concepción clarividente de la obra de arte.
No sé, realmente, lo que quieren los posmodernos, si teorizar sin obra u obrar sin teoría. Mal que bien, cada vez creo más en la emoción y en la provocación de sentimientos primitivos al leer o contemplar una obra de arte. En buena medida, la explicación del deleite y del regocijo siempre queda al margen de lo métodos o, por el contrario, son motivos centrales y denostados por subjetivos. Aunque una cosa sí es segura, fray Luis, Cervantes, Garcilaso, san Juan y tantos otros no son en ningún momento final de una etapa, más bien inicio de la modernidad. Y en ellos está reconcentrado lo moderno, es decir, en la lectura de sus textos y en la interpretación que hagamos de sus obras en su tiempo. Diálogo atemporal, medida de lo inasible y perpetuo.
No voy a destapar la antigua discusión entre clásicos y modernos, porque viene de antiguo y no es asunto moderno ni necesario. Por eso digo que interpretar la modernidad siempre es cosa del pasado.

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En ese canturreo de Corelli, recordé unas palabras de Marco Aurelio. Rescaté el libro de las colmadas baldas y localicé el pasaje, Libro VII, 56, de Meditaciones: "Como hombre que ha muerto ya y que no ha vivido hasta hoy, debes pasar el resto de tu vida de acuerdo con la naturaleza". Y lo clásico, así tomado, puede verse como el pacto tácito entre la naturaleza y el hombre, entre la condición humana y su adecuación al mundo. Un estarse muerto, una fugaz clarividencia, una mismidad impregnada de arena, de cielo, de lamento. ¿Una intuición, con Amado Alonso?



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En Materia y Forma en poesía, de Amado Alonso, aparece un erudito pero emotivo ensayo sobre clásicos, románticos y superrealistas, titulado tal cual: "Forma clásica es, pues, un equilibrio estable de perfecciones". Sin menoscabo de los logros modernos, entiendo clásico como aquella obra que participa de lo clásico, sea cual sea su temporalidad. Porque clásico indica atemporalidad. Con ello, cualquier obra, escrita en cualquier periodo participa, entona, armoniza rasgos de la clasicidad. ¿Cómo reconocerlo? ¿Es posible reconocer un organismo que vive de continuo y que nos sobrepasará? Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir, apostilló Italo Calvino. Y, por lo tanto, nunca se convierte en la pieza que puede entenderse como un enigma irresoluble. ¿Qué es la literatura? Nunca. Una disposición de las formas, en un momento cronológico que amortigua la cronología, la sobrepasa, un equilibrio de las perfecciones que nunca deja de decir en ningún tiempo ni espacio. ¿La vanguardia, arte? Sí, por supuesto, además de melodrama con el espacio y la perspectiva.

martes, 21 de abril de 2009

Ciclos y escrituras.


En la poesía se concentra apocalipsis: ella termina y acaba otro mundo. “Y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado”. Pasar, destino de la poesía, aun manteniéndose. La creación poética es lealtad y traición, sueño y realidad, belleza y desvelo de lo afeado. Antes de su ocultamiento, se anuncia con los trámites del ritmo, luego es sombra, eco, surco. La poesía es el estado de una visión imperecedera que muere al cerrar de los ojos y al término de su música. Órfica perfidia, símbolo de lo inhabitado, edificante murmullo de una melancolía de otro tiempo.

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Nos basta saber que gozamos de la existencia en nuestro cuerpo. De no ser así, la existencia es una falacia que nos conduce al nihilismo. El último tramo es la misantropía. Y tras ella, la muerte a solas. Como otra cualquiera.

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Estoy deseando atrapar el libro de Javier Cercas sobre el 23F, Anatomía de un instante (Mondadori, 2009). He leído varias reseñas y todas colocan la obra como una magistral obra que mezcla la historia con la ficción. Lo que se llama una historia novelada, vamos. Claro, ahora Cercas habrá renovado el género y entonces un batallón de críticos saldrán al encuentro de la vanagloria. Habrá que leer para juzgar. desde lego las críticas han dejado de orientar la trayectoria de la literatura, ahora sólo meditan cuánto van a glorificar o a reprender dependiendo de la editorial y de otras cuestiones, aledañs de la literatura.
Lo que sí puedo ir juzgando es la excelencia en la obra de Caballero Bonald. Su último libro de poemas, La noche no tiene paredes, (Barcelona, Seix Barral, 2009), mantiene la altura de sus anteriores libros. La cuestión es que el octogenario jerezano ha cultivado la prosa y la poesía con igual suerte. Sus novelas de la memoria, Tiempos de guerras perdidas y La costumbre de vivir son sublimes. esta trayectiria más su prosa dispersa y junto a su poesía configuran un corpus digno de un escritor ejemplar. Su manejo del idioma es difícil de encontrar en otros escritores. Y eso es un reseña escrita sola.


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Juan Filloy, en La Purga (Argentina, El cuenco de Plata, 2009): “Delacroix sostenía que la naturaleza es un diccionario en el cual hay que ir a buscar las palabras”. Y durante este fin de semana pasado, mientras paseaba por las pétreas calles de Úbeda y de Baeza, me he estad acordando de esta afirmación del pintor francés. Hay ciudades que dotan al paseo de una secuela, no poder desprenderse de la retina que nos persigue. La mirada se extravía hacia las virtudes del Cielo, de ese estado de antañó en que convivían los muertos, los vivios y los que estaban expectantes ante la muerte. Úbeda, Baeza, piedra y cielo.

lunes, 20 de abril de 2009

Silencios, plenitudes y otros anacolutos del alma.

El profesor de música, Wendell Kretzschmar, al piano. Es el profesor de música de Adrian Leverkühn, el protagonista de El Doctor Faustus, de Thomas Mann. Una de las secuencias más singulares y prodigiosas de esta novela consiste en una conferencia del mencionado profesor titulada: “¿Por qué Beethoven no escribió un tercer movimiento a la sonata op.111?".
Los asistentes participantes en la conferencia quedan atónitos porque el profesor explica su tesis mientras toca cada una de las piezas de la sonata: habla, explica, retoma, reincide, pregunta al público y muchas cosas más, mientras interpreta la obra. Realiza todo este trabajo para no llegar a ninguna conclusión y sí al mosqueo de los personajes.
Sin embargo, la lección es magistral. El profesor de música ha dejado en los oídos de los estudiantes la armonía beethoveniana. Son ellos los que deben inventar el tercer movimiento, pero sólo para ser escuchado en sus adentros.

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El catedrático de música de la Universidad de Salamanca, ciego pero genial, interpreta a solas, en la plenitud extática de la Universidad salmantina, unas piezas que intentan profundizar en las ideas del De musica libri septem. Al otro lado de la sala, su admirado y compañero, fray Luis de León, se extasía con la maravilla rotunda que despliega el ciego sobre la piedra del edificio al ritmo de sus dedos báquicos y casi pitagóricos. El fraile se sienta y acomoda buscando el ángulo justo para no distorsionar la acústica y para que, por lo tanto, el ciego no note su presencia.
La música estremada, el origen primero y esclarecido, la luz no usada.

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El aire todo llega a la esfera más alta y allí se renueva, resucita a imagen y semejanza de la esfera perfecta. Goethe utilizó el símbolo del círculo como la imagen de la aspiración máxima de la sabiduría y el conocimiento.
En nuestras letras, Bécquer dijo que era el invisible anillo que une el mundo de la forma al mundo de la idea, tal que una nota en el laúd. Juan Ramón Jiménez, en Estética y ética estética, escribe: “El silencio es la unidad”. Un anillo insonoro, un círculo de música, un ángulo en silencio y retraído, el tiento a la medida y el espanto de saberse resumido en una nota, una llama, un apolíneo sacro coro.

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Hay que interpretar en alto el silencio para desgarrarlo de su unidad.

domingo, 19 de abril de 2009

Una tirada de dados.

La luz es la morada de la noche.

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Ahuyan en lo blanco estas palabras, estos remedos de los días, tantos, estas ascuas perdidas de la luz, estos racimos...que vuelcan el juego de tu boca entre mis labios.
Porque al decir del viento en los ramales que buscan el enredo entre tu cuerpo
y que aspiran, -amortajadas-, a pronunciar tu nombre entre las llamas, entre los arenales del olvido, aún le falta una grafía, una leve primavera en los arrabales de ese tiempo desnudo y taciturno, plebeyo y arcano, que se llama amor y de otra vida, de otra melancolía, otra altura en la bajeza.

viernes, 17 de abril de 2009

BREVERÍAS

El lápiz es gris por la melancolía de su tinta.

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La escritura termina donde todo comienza.

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Un sueño es un bostezo de la imaginación: se abre, lentamente, y se cierra hasta nunca.


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La muerte es un don de la vida, esa es su naturaleza. Ser mortal es asumir la muerte; escritor, narrar la vida que llevarás cuando mueras.

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Hay algo de necrológico en la escritura, será tu identidad para siempre.

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El crítico disecciona; el lingüista establece sus características como ser; el escritor conmueve.

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Decir al límite sin que exista el límite.

jueves, 16 de abril de 2009

Morder la raíz.

La mañana tañida por un pájaro, estos campos meditan el trasiego, un blanco que golpea iracundo, un ácimo latido del futuro, el verde recorrido de tu pubis, una tribu que busca sin presencia.
Para esta tarde guardo una condena que suscita, por fin, algún prodigio; una sentencia triste y mayestática, quizás, un tiento innecesario, torpe, procaz manera del deseo.
Una raíz, el pájaro trae una raíz entre sus alas, sus alas se debilitan con el tiento de los aires que lo impulsan y entonces cae, cae y pierde su vuelo su raíz su firmamento. Un pájaro sin firmamento es la defunción de un sueño cruzado por el infinito. Su vuelo jalona entre la siembra el estupor de un cuerpo desnudamente entintado.
Prematuro acontecer de la memoria es la caída, la caída a mis pies de este milano, este milano, este milano. Ya soy raíz, ya siento la proteica mecida de los minerales, ya soy raíz y me precipito hasta la siembra que venga a restaurarme y a escribirme. Y entonces la escritura es un decir con los pájaros, con la tierra, con el viento, quizás, viento, tierra o pájaro.

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Desde que comencé a leer algunos libros de Andrés Trapiello, siempre lo alzo como uno de los mejores prosistas de la actualidad. Algunos me señalan sus preferencias políticas por encima de sus notables (y sobresalientes en demasía) maneras de escribir sin bajar un punto la calidad literaria. Es tarea difícil, pero hacerlo durante ochocientas páginas, como en los tomos de Salón de pasos perdidos, es un prodigio en estos tiempos de labilidad prosística. A todo esto debemos añadir las magníficas ediciones a que nos tiene acostumbrado Trapiello y este libro es, en cualquier caso, de una ejecución y maneras impecables. Las ilustraciones las elaboró Javier Pagola y, en su conjunto, el libro es merecedor del sustantivo que lo titula.
El último libro por el que libo de un sitio a otro es El arca de las palabras, Fundación José Manuel Lara, 2006. Este libro está compuesto por los ejercicios que se propuso hacer el autor desde el 2001. El compromiso fue el de leer cinco páginas diarias de su diccionario personal, en este caso, una edición de Calleja de principios de siglo. En esas cinco páginas, marcó las palabras que más le llamaban la atención: las anotaba, las glosaba, las usaba con su pluma. con ello se convirtió, a la postre, en un compilador de palabras revisadas: “a partir de ahora voy a ser un palabrista de viejo, como los buhoneros y los aljabibes, como los zarracatines que comercian con ropas viejas.”
Abro al azar este arca, sin más pretensiones que descubrir un reflejo, una especulación, porque las palabras ya son de segunda mano, de lance. “La voz de una viola es la de un violín recién levantado de la cama”.


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Raíces y palabras, conjunción del abismo. Arcano símbolo solitario.

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Con cara de dieciochesco personaje, leo en Materia y Forma en poesía, de Amado Alonso (Madrid, Gredos, 1955): "Los poetas clásicos, pues, son los únicos que llevan por igual la perfección a todos los apectos del poema. Ellos ostentan la sazón de la forma en el sentimiento, en la intuición, en la realidad representada, en el pensamiento racional, en la construcció sintáctica, en la significación y poder sugeidos de las palabras y en el gobierno del material sonoro".
Me quedo embobado, haciendo una revolución a ese gobierno del material sonoro. Una tontuna que me retrae, pero de la que logro sobresalir -algo tocado, confuso- y medito cómo se puede dar por entendidos en la poesía la intuición, la forma del sentimiento, la realidad representada junto al pensamiento racional, todo ello engranado en una construcción sintáctica que marcha al ritmo de un gobierno omnipotente. Y yo mismo me levanto de la silla y en casi un atisbo militar, embriagado por la memez y la imposibilidad que estoy redactando, me pongo a andar a ritmo de endecasílabo mientras proyecto la realidad, sus aristas, su razón y su construcción. Al final, el sueño levantará las ascuas. No sé si los sueños yámbicos son más satisfactorios que los trocaicos, un espondeo, un dactílico encuentro con la ficción.

miércoles, 15 de abril de 2009

Descenso al ascenso.

Hay días en los que escribir es una imagen desfigurada en el mar, un tanteo en no sé qué medida de la inconsistencia. Aun cuando no tenemos nada que decir, aun cuando pensamos que no tenemos nada que escribir, la escritura se sobrepone a esa mutilación de las ideas y el canto se hace otro y atraviesa la transparencia de los objetos en sí.
Como un eco de aquellos versos de José Hierro (…el todo…la nada…), la escritura comienza a pendular sin discreción y a urdir una trama que no tiene previsto nada más que el ritmo cadencioso de las palabras. Un arca de palabras que devienen del más remoto de los instintos, como un lenguaje primitivo que descifra la existencia de espacios inenarrables. Y este comienzo de la historia, este arrancarse de la prosa en medio de las sílabas y de las palabras, este ritmo que entronca con la eufonía emotiva de lo posible, hace que escribir se convierta en un pasaje a no sabemos qué laguna, qué desierto o qué volcán, sólo conocemos del lenguaje de los hombres esta ínfima manera de escribir y este puñado de grafías y letras y sílabas y palabras que se unen y desunen al antojo de un demiurgo que nos convoca. Entonces pienso en la imagen de Aquiles, en el Gineceo, situado en la encrucijada de la mortalidad y de la inmortalidad. Y todo acaba, con una coda repentina, en el filo de esa espada escondida, esa espada que jamás mataría a un hombre, sólo su destino.

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Siempre me he preguntado, ¿de qué es causa la poesía?


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Hay días en los que escribir es una imagen en el mar, sin figura, un no sé qué de la inconsistencia. Así vista, la nada es un trayecto y todo suena a piedra en sus retinas. Ya no quiero la voz de los que gritan,
exaltan y traicionan al silencio. La callada lentitud, el sueño de los sauces, un oculto rumor que precipita las sílabas de un canto agasajado entre la suave noche de los pájaros. Entre el confín silente de lo eterno, de la imagen que deletrea tu memoria. Un tiempo de otro tiempo me sucede. La vida de otra vida me convoca.


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Escribió E. Sapir que no hay una virtud más arrebatadora del lenguaje que su universalidad. La literatura es una forma, una transparencia, una revelación, un decir a la nada, un lenguaje, un desvirgo de los sentidos, un usurpador uso de la lengua cotidiana, un atajo a la belleza, una cualidad a la que aspiran las lenguas, en definitiva, una universal manera de comunicarnos. ¿Cuáles son los universales que la componen?
A lo mejor hay que buscar la aparición de la literatura en la ficción y ése es su rasgo más distintivo. Ayer, dijo José María Merino que su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua iba a titularse La ficción de verdad, ya que él tiene la seguridad de que antes de que se inventase la escritura, la ficción era la encargada de estar presente en la comunicación.
No pude acordarme más que del profesor Fouto y quiero enlazar su teoría con algunos pasajes de su obra, un minicuento o nanocuento que tiene al profesor Fouto como protagonista y que resume la intervención de Merino el próximo domingo:

3. Paradoja fundacional.

No fue el ser humano quien inventó la ficción, fue la ficción quien inventó al ser humano, pensó el profesor Souto, y se sintió más cuerdo que nunca.

(La glorieta de los fugitivos, Madrid, Páginas de Espuma, 2007, p. 197 )