martes, 21 de diciembre de 2010

Caen los días con la cadencia de una góndola arrumbada en la laguna. Desde la ventana de este palacio véneto, la belleza pronuncia las hechuras de lo posible. Ya es la tarde, la tarde toda y moribunda, porque en Venecia los albores de lo decible es la levedad. Aquí la luz es el dircurso de lo frágil. Allí donde ella reside soy por completo y en esta ciudad, que aúna el mar y la piedra, me deshago de mí mismo hasta ser alga pasajera. Nunca fui tan ajeno a la vida como en Venecia. me ontemplo asomado al palacete en que morí un día.

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Hay días en que uno escribe como si el mundo se fuera a terminar mañana. Y no debería el escritor hacerlo de vez en cuando, intermitentemente. Deberá escribir siempre como si las palabras estuviesen avocadas a la finitud más próxima. No caben concesiones a otras veleidades, sólo el vacío propio, el vertical intento de asirnos por de dentro para extraerse las tripas y ponerlas sobre la mesa.