jueves, 30 de diciembre de 2010

La tarde va declinándose como esos morfemas inefables que sólo podemos observar mas no describir. Pienso que la observación es una cualidad muda, taciturna de la naturaleza, que va descubriendo la geografía interna de uno mismo. Así, en esas escaladas en solitario, va pergeñándose un espíritu individual que necesita de la transformación. Somos un símbolo y, como tal, necesitamos del enguaje suprasensibe para reafirmarnos en lo sensible.
Para la transformación es posible que el ser humano tienda, desde su inteligencia, varios cauces. Dos de esos cauces más potente son la religión y el arte. No en vano, ambas condiciones van trenzadas y presentan virtudes muy similares. En cualquier caso, cuanto más se ahonda en esa providencia de la transformación, más va cayendo uno en ciertas clarividencias. La primera es que todo lo inefable es bello. La segunda, -no tan clara-, la naturaleza de lo bello es inefable.