lunes, 27 de diciembre de 2010

Somos una veladura sobre los días que impide verlos con claridad, con la claridad que se asienta en la belleza. Cuando un escritor o un pensador se cerciora de que su existencia es veladura externa, acaso superficie inhabitada, se entrega a su tarea atlántica: dejar rastro del hombre que fue, arañar en las aguas con su ser.


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Toda la mañana pensando en nada. Me ha ocurrido pocas veces, pero hoy lo he sentido con profundidad. Nada. Imposibilidad de escribir. Ágrafo total. Será que ayer, cuando volvíamos a casa, le dije a M.C. que si tuviera que rescatar algo de esta vida, algo que no fuese personal, me llevaría la música.

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El comienzo de Tristán, de Wagner… el mundo se ha hecho ceniza de raíces hundidas.


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Sigo escuchando a Scelsi y después a Palestrina. Media un siglo de evolución en las formas, pero noto la misma sustancia en la música de estos dos creadores. No sucede lo mismo con la literatura, no soporto las obras contemporáneas, ya no puedo sostenerlas, son cirios pesados de miseria moral y desistimientos de la inteligencia.
La magnanimidad de la literatura ha desaparecido. ya no se escribe para responder al espíritu ni al hombre, se hace para celebrar las miserias personales. Es un baile nefasto, patético. Los escritores se han convertido en contadores de historias, en manipuladores de la música en la poesía. Éstamos en la crisis, en la luz de vísperas de una trasnsición cultural que debe comenzar por restablecer los modelos morales perdidos y jamás entendidos desde finales del XX.
Ante los manipuladores y vacuos sentenciadores de la conducta, habría que instigarles a que escriban, creen, indagen y muestren esos resultados. Más allá del bien y del mal, en la aurora de la voluntad, entre los discursos de la motaña, hay que buscar las esencias perdidas que han sido las de siempre para continuar esta construcción del ser que nos habita.