sábado, 11 de diciembre de 2010

Este cuaderno, que tengo abierto sobre la mesa, con sus páginas garabateadas, trenzadas por sílabas inconexas, por pensamientos fútiles y por no pocas yoerías. Este cuaderno sin verbo, sin activa oración que lo reanime. Son páginas yermas sin ser leídas, mutaciones informes e insonoras. Sólo el lector produce la encarnadura de lo leído, sólo el lector. Y el autor es siempre el primer lector de sus obras. Escritor y lector, sístole y diástole, alumbramiento y defunción, luz y sombras, umbral fugitivo de las palabras, llama doble, luz de luz.
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Mientras el cuaderno reposa en su blancura, leo El libro de las mutaciones. Cuando lo hago, recuerdo el poema que le dedicó Borges, "Para una versión del I King": ”No hay cosa/ que no sea una letra silenciosa./ […]”Nuestra vida/ es la senda futura y recorrida”.
Una senda futura pero retraída, que se convoca con la memoria de la experiencia. La realidad condensada en la letra, porque la realidad siempre es silenciosa y sublime, porque pronunciarla es verter los sonidos de lo fugitivo en ella, donde no caben las palabras porque ella es palabra.