viernes, 24 de diciembre de 2010

En estas páginas he ido dejando buena parte del lastre que me sobreviene como ser social, que tanto me incomoda y al que renuncio con más fuerza de un tiempo a esta parte. No profeso la asistencia a capillas de ningún pelaje, ni literarias ni religiosas, ni de caza o de carnaval.
Con el paso del tiempo, selecciona uno con más vehemencia los días que corren y las horas de asueto para poder darle trabajo a la mollera con un libro por delante o, lo que es aún más intenso, con una página por delante sin palabras. Por estos motivos, no puedo seguir manteniendo por mucho más mi educación cuando me pronuncio sobre estas fiestas o cualesquiera que tanto unen a los miembros de una comunidad, ya sea esta del trabajo, del vecindario o de la familia.
Es una falacia absoluta, rotunda, nefasta. Enmascara las miserias y nos relega a la más mínima dignidad. Nos anula, nos somete, nos arrastra al adocenamiento. Está en el lado contrario del mensaje que anunica. Así lo creo abiertamente, a pesar de que tenga que justificar (como un acusado) por qué dejo de ir a una comida o a una reunión de amiguetes cada año. El año que viene, en lugar de escribir un villancico, lo que haré será una tarjeta con un poema jocoso excusando porque prefiero el excusado que andarme ahogado entre los vivos.