lunes, 6 de diciembre de 2010

Quisiera estar ahora en Londres a pesar del frío. Quisiera poder recorrer las calles desde el anonimato y sentarme en St. James´ Park a tomarme un bocadillo mientras voy pergeñando un poema que se aparece de pronto en una lengua ajena, la de la conciencia.
Merodear por Bloomsbury y en sus librerías, que son arterias de la ciudad, proteicas vibraciones para el lector. Luego, dejar mi cuerpo en la barra de una taberna, por ejemplo, en Belgrave donde, entre pintas, llegué a prometerte las encansiones del tiempo.
Desposeerme y abandonarme en las calles que rodean Westminster y rodar por ellas como un eco perdido. Desglosar las ilusiones que en el cielo gris se pronuncian con cada paso de la piedra. Pronunciar la lengua extraña de los vencejos por los parques y dibujar, acaso con la maleable sustancia de mis retinas, la sombra proyectada de este sujeto que escribe y que silabea el dulce son de ser humano. Coger en Victoria Station un tren sin destino y sentarme en ese vagón que sujetas sólo con tu mirada.