lunes, 6 de diciembre de 2010

Escucha el círculo de los astros como si estuviesen quietos. Mantén atentos los ojos en lo invisible. Vuelca tu mano en el vacío de tus células. Armoniza tus palabras como la luz al mundo. En la silenciosa permanencia del mundo se esconde el fulgor poético.


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A veces recurro al diario para volcar en él alguna confesión íntima con la intención de que se trasluzca como si le hubiera ocurrido a otro, para que se acrisole en las trenzas de la ficción y se diluya en la vida de otro que las escribe. Cuando sucede eso, leo el texto al cabo de unos días con la distancia necesaria para obviar que no fue en ningún caso como pensaba por entonces, que las luces de antaño eran claroscuros de ahora.
Esta reflexión me ha llevado esta tarde a pensar qué hay al fin en un diario, qué queda a la postre en las páginas cansinas y monótonas de un diario cualquiera. Porque todos los diarios son literarios, más incluso los que pretenden ser fieles a lo que sucede. Escandir versos es pelar una manzana con suavidad; escribir un diario es hincar el azadón en la tierra cotidiana.
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Me persigue el anhelo de la cultura europea... Sin poseer los registros necesarios, tengo la percepción de que la cultura europea, la que ingenió esto que somos y que vivimos, va diluyéndose poco a poco. Estas ideas hacen que mis lecturas sean, cada vez, más selectivas, y que se dirijan hacia autores como Tólstoi o Dante. En estos autores, la cultura es interminable materia; en la literatura de ahora, raro es el caso que no sea putrefacta palabra.
Falta la admiración por los héroes caídos, la dignidad del fracaso de ser humanos, idealistas que pronuncian imposibles a pesar de su conciencia. Ahora sólo pervive el triunfo de lo inmediato, el triunfo en la vida, que es lo liviano y detestable y una teoría política que quiere hacernos creer que todos somos lo mismos. Por eso rehúyo de las capillas culturales, de los saraos literarios, de las comilonas que se preparan en los trabajos para celebrar la indecencia. No me digan más, que vuelvo al ser; no me digan más, que no hay par en los hombres de ahora.