sábado, 4 de diciembre de 2010

Me detengo en las líneas y en los trazos de Angelus novus, de Paul Klee, después de leer las Elegías, de Hölderlin. Parece que el ángel está desafiando a la antigüedad que lo detiene en sí mismo y que lo incapacita para poder aprehender lo divino. Estas reflexiones surgen, acaso, de las palabras que el propio Hölderlin urdió en cierta ocasión: “ así, en soledad, no puede poseerse lo divino”. En la soledad no puede poseerse lo divino porque el hombre llega a comprenderse a sí mismo, desde lo lejano, desde la ausencia, desde la otredad. Comprender al hombre es evidenciar la imposibilidad del hombre ante el mundo de entenderlo.
Es lo que le sucede al ángel de Klee, que se encamina en sí mismo, alejándose de la imagen especular que durante tanto tiempo lo retuvo en la misma forma inevitable. Sólo la muerte es el límite contemplativo para la vida del hombre. Lo demás es silencio y claridad. Claridad que puede convertirse en luz. La luz caída del alma.

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La poesía es revelación, es tentativa por abrigar la otredad desde nosotros mismos. No hay categorías que a priori que lo poético pueda aprehender. La poesía es una revelación en la brillantez del presente, un presente continuo que se cierra con la lectura y que sólo se recupera con la memoria del verso. Es levitación sobre el raciocinio, superación imaginada de la naturaleza y a la vez naturaleza toda. La poesía es el estigma de la lengua.