miércoles, 1 de diciembre de 2010

Esta mañana, a las seis y cincuenta y dos minutos, me encontraba en la estación de tren leyendo a Virgilio. Tenía abierto el volumen de Bucólicas y Geórgicas, cuando me asomé al andén que está cercano al campo. Desprendía la reciente humedad una zozobra virgiliana que me apabulló a pesar de que estuviera levantando, a esas hiras, el vuelo de la mente. Durante unos minutos, respiré con profundidad y quise que la respiración se convirtiera en un ejercicio literario, tal que los consejos de Rilke. Respiraba, respiraba, una y otra vez, respiraba. Hasta que memoricé el inicio de Geórgicas: “Qué hace fértiles las tierras, bajo qué constelación conviene alzar los campos y ayuntar las vides a los olmos”.

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Leo, mientras tanto, El legado de Homero, de Alberto Manguel. El autor argentino recupera unos oportunos versos de Heine que quiero trasladar a la respiración de esta mañana, porque lo que penetró desde la humedad fue la lucha entre los sentidos y lo imaginado, entre la ficción y la oxigenación de lo material. Heine, en un intento de conciliar la mitología clásica con la religión cristiana, escribió: “La discusión nunca terminará./ La Verdad siempre disputará con la Belleza./”. Exactamente. Respiración, Belleza, Verdad confundidas.

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Y, con todo, cada día anhelo más la potencia vital y estética de la Divina Comedia, de Dante. Recuerdo enfervorecido que algunos pasajes, rayanos en la plenitud poética, han quedado en la memoria establecidos con tal fuerza y desmembramiento que todavía siento el arranque de principios que supuso. Me imagino leyendo cuando subía por la Via San Ercolano, en Perugia,
la obra de Dante. La calle era una empinada cuesta que se emparentaba con la dificultad de algunos pasajes de la obra. Aunque, sobre todo, recuerdo las sesiones en la Biblioteca Nacional de Florencia acompañado de la Enciclopedia dantesca abierta sobre la mesa. Homero, Virgilio. Dante. Nombres para toda la vida, nombres para la literatura toda.