jueves, 2 de diciembre de 2010

La llama de un hacha en un espejo es una de las imágenes que Dante utiliza en el Paraíso para hablar de la fugacidad y de la especular visión humana sobre los conceptos trascendentales. Llegado a las cercanías del Empíreo, el texto se desbroza; las palabras y los conceptos consiguen iluminarse de continuo y, cada vez, el magno texto de Dante se va convirtiendo en un artefacto cristalino, límpido, puro, indefectable.
El texto se precipita hacia una recelosa luz amanecida. Ya en el Canto XXX podemos leer todavía un verso de incalculable valor: “y este mundo/ horizontal reclina ya la sombra”. La horizontalidad del mundo frente a la verticalidad del individuo, humanidad frente a concreción, la categoría encontrada con la anécdota. En esa introspección individual, ocurre la luz primera, la que convoca los astros de nuestro universo interior, la que arroja la realidad incomprensible e indecible, la que pronuncia asilábica las fragancias del ser. La luz entendida y entendiente.

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La misma que recorre los versos de Leopardi: “l´estremo albor della fuggente luce”, cuando Giacomo describe el ocaso de la luna desde sus ojos, el ocaso de la luz de las sombras. Es el momento en que palidece el mundo en las frondosas iluminaciones del ser. Poco después, dirá: “tal si dilegua, e tale/ lascia l´età mortale/ la giovinezza”. Eso es, así se esfuma e igual deja la edad mortal la juventud.

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De la misma naturaleza son los versos de Wen fu en Prosopoema del arte de la escritura. En el poema V, titualdo "Infinitud y medida", escribe al final: “Porque el discurso sólo alcanza/ su fin cuando trasciende”. Y digo ahora, porque el discurso sólo alcanza su plenitud en la tarscendencia que es donde se desdice el mudno.

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Cuando uno emprende la tarea del ser, es decir, reconocer su mortalidad, tiene la sensación de que esta condición es un castigo o un retroceso. Un alejamiento de la luz, que es la plenitud de la belleza y de lo inefable. Así Schiller en Lírica del pensamiento: “Cuando expulsó el creador al hombre/ de su presencia a la mortalidad/ y un tardío retorno hacia la luz/ le ordenó hallar […]”.
El mismo Schiller balancea su razonamiento estético cuando unos versos antes escribía: “Lo que como belleza acá sentimos,/ un día a nuestro encuentro vendrá como verdad”. El camino de la belleza como el cauce hacia la verdad...
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Paul Valéry, en Cahiers, dejó algunas sentencias perladas de ingenio: “Cuando una obra alcanza la Belleza pierde a su autor”. La obra, por tanto, como una lanzadera en búsqueda que se desprende de su autor, de toda individualidad, del lastre de la finitud que es el hombre y que comienza a ser aprehendida por todos los hombres predispuestos. Con esta anulación del individuo se produce la luz y con la luz la Verdad. Verdad y belleza, haz y envés de la misma condición deseante del hombre.