lunes, 20 de diciembre de 2010

Los cuerpos disputándose la noche, la aurora como lira tañida por Orfeo, los cantos de la tierra recibiendo la luz, el baño sonrojado de un pubis La lluvia percutiendo sobre el sueño escondido que perfora y asienta la orgía perpetua de un álamo en la ribera.


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Toda la tarde observando la caída enfurecida de las aguas frente al mar. Las aguas turbulentas que se arrojaban sobre la lluvia acechante. Parecía todo una pintura de Turner o un olvido de un demiurgo recién nacido.


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No se escribe poesía para niños como no se escribe diarios para adultos. A pesar de esta creencia, sí he defendido el valor eufónico de la poesía en los niños, la sustancia fónica, la destreza musical, el ritmo embriagado como indiscutibles alimentos para las almas de los infantes.


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Abre los ojos, niño, que quiero ver las encinas.