miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cumplen las ciudades con sus ritos más allá de los tiempos y de los ciudadanos. Me he levantado temprano y he dejado a M. en el hotel mientras paseo por los alrededores de la Villa Médici. Es temprano y no hay ningún transeúnte. Paseo con lentitud, arropado por un abrigo negro, larguísimo, que me resguarda de frío. parezco una presencia sonambula en este escenario.
En esta tranquilidad, consigo sentarme en un banco que soporta un rastro del rocío de la mañana. Como ella, lo hago sin permiso, aposentándome en sus maderas antiguas. Hay unas vistas únicas desde aquí arriba, sobre todo cuando son acompañadas por el canto de un puñado de pájaros que juguetean a mi alrededor. El sol muestra su cuerpo cada vez con más consistencia y las colinas de la ciudad, -esos pechos desparramados por la tierra-, van impregnándose de su cadencia.
Al tiempo que la luz baña la silueta de esta ciudad, pienso que no soy más que un holograma de un sueño cualquiera de M. Una presencia vaporosa, que apenas gesticula y que no sabe conducir sus ideas si no es con la ayuda y el beneplácito de lo que amo.
Cuando termino de escribir todo esto en mi moleskine y de reparar un par de versos que andan sueltos por algunas páginas, cierro el cuaderno como quien espera la aurora. Y esa aurora contenida, lentamente vigorosa, está ya dentro de mí mismo, aun sin saberlo. Dentro de mí, como yo estoy dentro del sueño de M. que, dormitando, ha levantado el mundo esta mañana para que yo lo habite.