martes, 28 de diciembre de 2010

Serena latitud de la emoción. Tierno lamento del jilguero sobre la rama verde de este olivo. Instante púrpura, fría estación y atardecer. Nebulosa inquieta en Roma, en esta calle sinuosa de piedras y rosarios perdidos.

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Lo decidimos sin más miramientos. Llegamos a Roma esta mañana. Nos alojamos en el hotel de siempre, tan cerca del Mercado de Adriano que parece que dormitamos dentro del sueño de la plebe.
Al llegar, la piedra arroja el saludo informe de los siglos. Ella es la ciudad más terrenal de todas, la más prostituida a la intemperie de los siglos y de los caprichos. Nuestros pasos por sus calles milenarias, desembocan en el Trastevere, donde resuenan los ecos bohemios de hace un siglo.
Después de un almuerzo copioso, optamos por un café cerca de Giordano Bruno, donde una vez dije amor y se abrieron unos pájaros sus lenguas.