jueves, 18 de septiembre de 2014


LA VIDA azota de esa forma, con esas encrespadas presencias que parecieran desmembrar lo que pensábamos unidad. Sin embargo, en esos golpes, zarandeos, virajes, la vida va figurándose tal y como es, con sus fauces y sus paradojas. 


Mi admirado Paul Valéry prefería ejercitar su mente, "hacer" su mente. No deseaba construir libros de ficción, sino explorar su propia condición humana en una permanente lucha entre lenguaje y pensamiento. Colosal tarea que, desde joven, Paul tomó como el único sentido de su vida. Fruto de ello son los Cahiers, quizás la ficción más humana de la literatura moderna tras los ensayos de Montaigne. Tan solo Zibaldone di pensieri de Leopardi comparte la naturaleza humanística de estos escritos, también Novalis y algunos escritos de Rilke se acercan a la magnitud de la prosa de Valèry.  En cualquiera de los casos, nos encontramos ante el fenómeno literario y artístico por antonomasia, upe son libros que elevan (convierten, metamorfosean, conjuran) el yo de un individuo al yo plural y universal.  
Esta misma respuesta tuve que haberle dictado a J. cuando paseábamos por París y cuando me puso por delante esta disyuntiva, a de hacer una obra narrativa de ficción, una novela, un cuento, un artefacto de cualquier pelaje. Debí decirle a las claras que no poseo la capacidad de crear ficción entendida como la edificación de un mundo como si uno fuera un demiurgo con todo previsto y con las técnicas necesarias para que la maquinaria funcione con sus engaños y sus retoricismos.  Aunque, como advertía Valèry, ¿qué son estas notas si no huellas de una sombra, ecos de un figurante en el teatro del mundo? Palabras con referentes escurridizos, acaso inexistentes, tan solo proyecciones en la caverna. ¿Qué es la literatura después de todo?