lunes, 9 de agosto de 2010

De nuevo la plenitud del viaje y la epifanía de la literatura. Repaso las notas escritas en el cuaderno que me ha acompañado durante estas semanas e, incrédulo, no creo haberlas escrito nunca. Pienso que estoy leyendo indiscretamente las anotaciones de otro viajero que ha pasado una temporada en Perugia, en Roma o en Florencia. Londres es estación del alma, todavía. Las tomo así porque el viaje es la transformación que anega la pluralidad que nos acoge.
Somos intrínsecos y plurales, individuos larvados por un filo múltiple y unívoco al mismo tiempo. Pertenecemos a todo y no nos sabemos deudores de nada. Nos ignoramos por completo aun perteneciendo a una categoría. Somos humanos porque existe la humanidad.


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He tenido la oportunidad de concluir la lectura del Infierno y del Purgatorio de Dante entre la Toscana y la Umbría. En Arezzo, por ejemplo, donde nació Petrarca, terminé de recitar en alto los últimos versos del Infierno. Y fue entre Gubbio y Orbieto cuando comencé a deleitarme con el Purgatorio. Justo cuando me disponía a viajar a Londres, dejé la lectura. Con una tromenta enrabietada, resguardado en Rávena, di al viento algunos pasajes de la obra de Dante. Anhelo todo de no se sabe qué razones.

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Los cipreses habitan los campos de La Toscana hiératicos, como pinturas del trecento. Al fondo del paisaje, entre algunas higueras y olivos, se vislumbra una casa, una villa sometida al zumbido candente del verano. Se diría que la tranquilidad y el sosiego se recogen en ella. Voy camino de Perugia, todavía, en la distancia, en una ciudad, en otra, en un café, con un libro, con un poema de Dante, con la vida de Samuel Johnson, con mis pasos persiguiéndose alrededor de la memoria.

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En Londres, mientras leía una frase del doctor Johnson agarraba en la mano un libro de Pessoa. Lo llevaba como un amuleto, como el objeto adecuado para que mis sensaciones nunca perdieran el tácito razonamiento de las ciudades. Londres ha imantado, desde el comienzo, con una potencia prodigiosa no sé que estado de gracia que me dejó ágrafo total. No pude escribir en Londres como tampoco lo pude hacer en París. Paseando por Warwick Square, cerca del hotel, mientras M. terminaba de mordisquear una manzana, sentí que en Londres debía dejarme de una vez, diluirme, desaparecer. Londres me devolvió la invisibilidad, el deseo mayor.

sábado, 31 de julio de 2010

La uva es un diamante gastado por la albariza, que surge de una madera avejentada y retorcida que se hospeda en los campos. Su encarnadura es melosa y acuática y soprta la presencia de varias semillas que, al moderlas, se vuelven ásperas. La uva, en septiembre, se recolecta y entonces nos otorga, en Sanlúcar, el aroma prodigioso del joven mosto que espera engalanarse con manzanilla en la solera. En las criadreas me imagino la orgía de las antiguas madres esperando la frescura y la húmeda presencia de los nuevos.

jueves, 29 de julio de 2010

Las olas del mar son como pétalos que abrigan el viento, como airadas respuestas en aritméticas lenguas. Las olas, las embravecidas crestas del mar, asoman de repente y lo trasnmutan todo, hasta la luz que se persigue.

miércoles, 28 de julio de 2010

domingo, 25 de julio de 2010

Este verano no he descansado lo suficiente. No lo he hecho por diversos motivos que debería alejar de inmediato de mi vida. Motivos sin esencia, cuyas horas son inadvertidas para la escritura y la lectura. Por eso, cuando todos comiencen a proponer esto y lo otro, llevaré anotadas en mi libreta, las prioridades que deben fortalecer mi existencia: el amor, la lectura y la escritura. Todo lo que venga después, tendrá que sublevarse a esta tríada capitolina que debo defender como un coloso en Rodas. Si no es así, no será nada.

viernes, 23 de julio de 2010

Con J., en Rávena, delante de la tumba de Dante. Dos volúmenes de la Comedia, uno es verso, en tercetos, traducido; otro, en prosa, con texto original. Dos hombres, dos lectores, atraidos a este lugar lítico por una obra literaria. La peregrinación ha sido efectuada. No sé qué cumplo con este gesto, pero la conciencia me ha conducido hasta aquí, hasta esta tumba en que reposa un cuerpo en un lugar que aún desconozco, que sólo intuyo.

jueves, 22 de julio de 2010

¿Qué vendrá a decirme estas aguas tiberianas que han humedecido la historia del hombre en la tierra? ¿Qué significa su presencia, con qué boceto debo responder a sus cantos?Un río, ¿agua estancada o fugitiva sentencia?

miércoles, 21 de julio de 2010

Refulge la belleza en la piedra con las ansias opacas de los siglos. Y en ella se retiene y en ella sus cantos son romos sacrilegios al tiempo.

martes, 20 de julio de 2010

lunes, 19 de julio de 2010

Cuando lo deseó todo no pudo nombrar nada, pero debió nombrarlo entenderlo. Así la palabra es un raciocinio indebido, pero nefastamente necesario.

domingo, 18 de julio de 2010

sábado, 17 de julio de 2010

viernes, 16 de julio de 2010

Tienen gracia esos personajes que revolotean junto a ciertos escritores con poder en editoriales y premios. Escribo esta nota, porque dentro de unos años, a lo mejor, el panorama cambia y todo este entramado se disuelve. Quisiera que alguien, un lector futuro, leyera qué sucedía en este año y por estas fechas con la poesía y la literatura en general. A lo mejor la situación es todavía más deprimente, pero también valdrían estas líneas para contraponerlas a lo que haya. Lo cierto es que la literatura está en las garras de los que se han creído en posesión de una verdad política y social que han trasladado a las letras.Se menosprecia el trabajo hercúleo del pensamiento, la palabra bien macerada, las constantes visitas inteligentes a la tradición, tanto en la lengua materna como en lenguas extranjeras, y se menosprecia, en definitiva, y a causa de la ignorancia, el verbo que rige y vertebra la tarea del poeta.

jueves, 15 de julio de 2010

Cadogan Guides.

La última vez que estuve en Siena, donde la catedral es el mausoleo del viento en la Toscana, encontré, dejada sobre un muro de piedra que asomaba a un recinto ajardinado, una guía de la Toscana en inglés. La guía pertenece a la colección Cadogan Guies y está centrada en Tuscany. Fue editada en el 2002 y propone una serie de rutas por las ciudades de esta región italiana.
No sé si su dueño la había dejado allí a conciencia, con la intención de que algún curioso como yo terminara abriendo sus páginas y leyendo algo sobre aquel lugar que tanto le había fascinado o que tanto lo había fastidiado. Porque en el momento en que comencé a proyectar todas las variantes posibles que habían llevado al libro a aquel lugar, comenzó a surgir la literatura. Lo vi, en su momento, como un acto de entrega, un acto amatorio al prójimo en que no se sabe quién será el destinatario porque poco importa esa cuestión. Lo cierto es que imaginé al señor, quizás con su mujer y el resto de su familia o quizás sólo, merodeando por Siena o acompañado de una amistad pasajera que le había llevado a aquel rincón recóndito. Porque el lugar en que estaba la guía era como un recodo de una calle que hay que conocer para saber que, al final de la misma, se ofrece una panorámica espectacular del entorno de la ciudad. Por eso pienso que alguna dama había llevado allí al viajero despistado para enseñarle la visión. El viajero, en un acto de compromiso, dejó allí la marca, la huella de aquel acto que tanto lo había sobrecogido. O quizás no, sólo hubiera dejado allí, el señor con su familia, la guía por un descuido.
Entonces, cuando me disponía a seguir leyendo entre sus páginas, saltó un papel que estaba plegado y que vertebraba el volumen fatigado. Era un recorte de una revista que ofrecía una ruta por Roma. Encabezaba la página las siguientes palabras: “Guide to Rome” y el señor había escrito con bolígrafo delante de ellas “The best…” con una caligrafía que parecía sostener toda la emoción del viajero anónimo. Su anonimato dejó de ser una incógnita, ya que al lado de este título, se mostraba su nombre: James Marin.
A continuación, después de unos mapas pequeños que recorrían imaginariamente los alrededores del Trastevere, había una anotación: “Hotel Jolly Villa Carpegna, Via Pio IV, ****” y, seguidamente, Hotel Meditt…eraneo, Via Cavour, 15, near train station. Very Nice”.

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Al cabo de unos días en Florencia, el siguiente destino fue Roma. Desde el momento en que esa guía cayó en mis manos, no pude dejar de condicionar todo el viaje a aquella circunstancia pasajera. Por momentos, me creía el dueño primogénito de aquel libro en inglés y, por otra, como un usurpador de los bienes de otro. De cualquier forma, tenía una cosa muy clara, en cuanto llegara a Roma, iría a dar un paseo por la Via Cavour y por la Via Pio IV en busca de esos hoteles. Así ocurrió mientras M. descansaba en la habitación del hotel debido al sofocante clima del ferragosto. Habíamos estado en los mercados de Trajano y en el Coliseo por la mañana y la calima nos había tumbado. Pero mientras M. dormía, no pude contener los ímpetus de explorador del abismo que me recorrieron en esos momentos. Llegué a Via Cavour, 15 y efectivamente allí estaba el Hotel Mediterráneo. Entré y pregunté por la cafetería. Allí sentado, tomándome una tónica, comencé a leer la guía. Sólo quise evidenciar que hubiera hecho el señor con ella en ese lugar o, a lo mejor, sentirme atrapado en una ficción en el acto y de la que yo era el que iba evolucionándola únicamente en mi cabeza.
Al cabo de unas horas, una pareja de americanos entró demasiado efusiva. Rubia, ella, con las carnes enrojecidas; rubio, él, con una bolsa de recuerdos de la ciudad de Siena.

miércoles, 14 de julio de 2010

Creo que poseemos una pieza escondida en un lugar remoto de nuestra fisiología. Una pieza que bien pudiera considerar un lugar en que descansamos sin conocernos, en que nuestro ser mantiene en consonancia sus esencias. Cuando ese espacio es tornasolado por las artes y el raciocionio, el hombre comienza a desprenderse de sus instintos más primarios y se separa de la tribu. Hurga, palpa, surge el insomnio. Si muriésemos en ese instante, tendríamos los ojos abiertos por la cegadora estancia que nos recorre.
Es un espacio indescriptible, más bien una utopía en su sentido recto. Un línea cuyo inicio y fin son desconocidos y que, acaso como el universo, nos trasciende la inteligencia.


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Se acerca el día en que tomaré un avión hasta Pisa. Allí me esperará un poeta de altura que amenaza con llevarme a algunas librerías que ha expurgado en la ciudad de los círculos de fuego y de la piedra ensoñadora. Los veranos no cobran sentido sin estas estancias de verano en Italia, a pesar del calor y el sofoco. Esta costumbre se ha constituido en un rito de paso, por el que debo encauzarme cuando llega el estío. En el estío me espera la renovada palabra que me advierte de que los días están contados.

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El viaje posee el magnetismo de la invocación a lo vertical.

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Cómo vendrán estas notas de diario dentro de unos días es una cuestión que no me preocupa, porque son ellas las que aparecen y lo revolotean todo y me desalman. Son ellas las que establecen sus cuerpos morenos sobre el huerto blanco que las recoge. Me limito a observarlas, a comprobar cómo el mundo está en ellas y surge con ellas. Que la escritura no pertenece a la vanidad de un escritor sino a su sensible estancia en el mundo y a la observación de la naturaleza. Porque observar un árbol es ejercer de humano. Ver su decrepitud y su renacimiento, comprender la mortalidad. Querer sostener todo eso con palabras, ser escritor.

martes, 13 de julio de 2010

En la propia vida hay situaciones tan diversas que parecen que no nos pertenecen, que ellas mismas no forman una unidad vital o que se esparcen sin criterio; que son acciones humanas que bien pudieron ser ejecutadas por cualquier otro o que pudieron aparecer en cualquier otra vida. Así, mantiene uno una conversación efusiva sobre este tema o el otro, sobre esta circunstancia o aquella y al final, las palabras brotan en la memoria desbocadas y desnutridas, porque ya no queremos mantenerlas por más tiempo.
Me sucede esto con mucha frecuencia y con una asiduidad que no me agrada. Será por esto, por lo que cada vez que veo que quieren emboscarme en una conversación ni siquiera introduzco mis criterios o mis argumentos formados. No creo conveniente que uno vaya despilfarrando palabras por ahí, palabras dejadas a la intemperie de un receptor que las interpretará con sus bazas intelectuales.
Porque las palabra son la morfología de las ideas, o a la inversa, no es tiempo de discusión, debe uno cuidarlas y atesorarlas hasta que les llegue el momento idóneo en que tienen que ser pronunciadas o escritas. Este ejercicio, que no es de respeto extremo al verbo, ni de cautela, ni de solipsismo, es sobre todo un acto de compromiso con la conciencia y con el ser que seremos una vez que la hayamos verbalizado.

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¿Qué valía mayor posee la palabra de un hombre frente a la de otro?

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Creo que la literatura, en el momento en que para ser leída, sobrepasó el tiempo que vive un hombre, también sobrepasó la realidad. La literatura ha modelado el imaginario de la humanidad aun habiendo sufrido una evolución en el pensamiento. Ningún sistema filosófico ni ningún filósofo avezado, ha podido evadirse de la literatura, de los mecanismos de la ficción.

lunes, 12 de julio de 2010

Roma es el sueño mundano contenido en la piedra. No hay una ciudad más terrenal que Roma: ella es gredosa y de arcilla. Contiene la medida exacta del hombre, de sus sueños convertidos. Habrá otras bellezas en otros lugares, pero ninguna tan humana, real y mortal como la que atraviesa Roma.

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Desde pequeño he jugado al fútbol continuamente y nunca he dejado de practicarlo. Incluso un equipo ilustre, como era el Cádiz, cuando estaba en épocas más brillantes, habló con mi padre para ficharme: decían que era bravo y que jugaba con rapidez y fuerza. Lo cierto es que todos mis amigos de la niñez, todos, han sido con el tiempo futbolistas profesionales. Algunos han debutado en primera división, otros se han quedado en segunda y los más numerosos lo hacen en tercera división. Siempre he sido, de ese grupo, el que tenía que marcharse, el que fue dejando, algunas tardes, el ir a jugar porque estaba preocupado por los estudios, la lectura o la música. Aun así, intentaba, cuando podía, imitar los regates de "Mágico" González, inigualable futbolista.
Sin embargo, en verano, nos reunimos para jugar algún partido que rememore aquellos años en que soltábamos la pelota de madrugada y en que el regalo de un Tango Adidas era un sueño.
Imaginé, por unos momentos, que éramos nosotros, los niños que jugábamos cuando bajaba la marea en la playa y nos hacíamos ampollas y rozaduras, los que levantábamos la copa de campeones del mundo.
Cuando abandonaba o no asistía a algunos partidos, sobre todo cuando me fui a estudiar a Sevilla, no fue porque mis padres me obligaran. Antes al contrario, mi padre es un futbolero enfervorizado, pero siempre me ha mantenido con cautela ante los logros efímeros y circunstanciales de los futbolistas.
Esta idea fue la primera que me rondó la cabeza cuando terminó el partido de ayer, mi padre atenuando los logros futbolísticos, los elogios de moda a pesar de ser el primero en cantar el gol. Es una lección de mortalidad que nunca olvido cuando estoy frente a una alegría momentánea. Como los héroes antiguos, como Héctor batallando con Aquiles a pesar de su insuficiente valía, me veo, en ocasiones, ofreciéndome al furor momentáneo de una victoria que no irá más allá del recuerdo impávido de un hombre.

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Tramontana, esta voz se debilita, como una estatua contenida en los ojos.


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Recoge Dante una leyenda sobre Florencia que me deja pensativo: “Yo soy de la ciudad que en el Bautista/ cambió el primer patrón…”. Exactamente, se refiere a la leyenda en la que se dice que Florencia estaba bajo el patronato de Marte. Aéste se le había dedicado un templo que fue, a la postre, transformado en el Baptisterio de San Juan. Por este desagravio, Marte no cesa de enviar a la ciudad castigos y desdichas, aunque sería la ira mayor si no se hubiese recogido del fondo del río los restos de una estatua en su honor. Aunque, como aclara el editor, en realidad, esa estatua estaba dedicada a Teodorico. Cuando pasee dentro de unos días por el por el Ponte Vecchio no tendré más remedio que imaginar todas estas líneas y releerlas. Acaso comprobaré la ficción que somos y los sueños que portamos a cada paso.

domingo, 11 de julio de 2010

En estas semanas de estío, en cuanto pongo un pie en el mármol templado que me aguarda, lo primero es leer un canto de la Comedia. Lo leo, sin lápiz en la mano, con los ojos entrecerrados y como acogido todavía por la vigilia, casi abstraído por el sueño. Cuando termino de hacerlo, la luz del día es otra, una implacable jerarquización de la materia. Bajo las escaleras para tomar un café pero ya, el descenso es otro, porque he sido invadido por la alegoría de Dante.
Releo algunos subrayados del Canto XI en que se cita explícitamente algunas obras de Aristóteles, Ética y Física. Tengo a esta última como la magna obra aristotélica. De esta suerte, agarro el volumen de Aristóteles y comienzo a leer las páginas del inicio. La física, la phisis es el principio por el que debemos entonar la melodía dantesca. Suena la cafetera, como un tren en marcha que quiere despedirse y salgo, por unos momentos, de este camino selvático.
El ingenio con que en estas décadas se conjugan las enseñanzas de los grandes filósofos con toda teocracia incipiente y en lucha con las monarquías me embelesa, pero más aún, cómo demuestra San Agustín que la lectura es un objeto de quien la lee y la entiende con su experiencia lectora.

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En el Canto XII nos encontramos ya en el séptimo círculo, el dedicado a los violentos. En este pasaje, en que se nombra a Jesús y al Minotauro, lo que más me sorprende es la referencia a Empédocles: “alguno cree que el mundo/ muchas veces en caos vuelve a trocarse”. La discordia de los elementos, para Empédocles, que gracias al amor volverían a convocarse en un caos primigenio. Y esa es la sensación de la lectura de la obra de Dante, todo lo anterior vuelve a establecerse como una anécdota caótica, insignificante, porque cada verso que se va escalando desaparece y cada estrofa desaparece. Y al final de los cantos sólo queda una sombra sin lumbre que la guíe y desconcertada. Y esa sombra es uno mismo sin saber qué pronunciar ni a dónde dirigirse. Cuando miro los pies veo que “remuevo lo que piso”, esto es, lo que “no suelen hacer los pies que han muerto”.

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M. en Perugia sigue estudiando no sólo la lengua sino la cultura italiana, incluida una buena dosis de literatura. Parece que se está haciendo poco a poco con la dinámica de la ciudad de la que siempre me habla entusiasmada y con fervor.
Dentro de unos días, volveré a Italia para reencontrarme con M., aunque antes tenga establecida una cita en Florencia con un poeta y virgiliano escritor. Florencia es ocre, casi lirio grisáceo, acumulación de la inteligencia humana, del alcance previsto para los ojos; Venecia, sin embargo, es mística y prístina, carece, ante todo, de la mano del hombre.
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En estos viajes de vuelta sucede lo que a Ulises, regresar es conmover la conciencia.

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Escribe Ramón Gaya en Tropiezo y contrariedad de la belleza (Tramontano romano): “Porque la belleza nos envuelve siempre en un abrazo demasiado apretado […] A una cierta profundidad de la belleza topamos, invariablemente, más que con un obstáculo suyo, con un impedimento nuestro, con una miseria nuestra; es como una incapacidad nuestra, casi física, de abarcar, de aprehender, de poseer su cuerpo entero presente”. Estas líneas trasladan de forma excelente las sensaciones que arrastra uno con ciertas obras literarias, con algunas ciudades, algunas personas cercanas y no pocas manías de la luz.
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En ocasiones, cuando observo una pintura de Tiziano, tengo la sensación de que interrumpo a los personajes; sin embargo, cuando me sitúo enfrente de una pintura de Velázquez, me siento mancha, trazo, fugaz presencia soñada y enmudecida. Realidad toda.

viernes, 9 de julio de 2010

De un poeta más avejentado y que ha publicado un puñado de libros siempre espera uno alguna lección. Las lecciones de los escritores más experimentados pueden ser diversas y de distinta índole: personales, estrictamente literarias, circunstanciales, pero otras pueden que no lleguen nunca, bien por la incapacidad del señor o por la absoluta falta de entendimiento del joven.
Ayer fui a la presentación de un libro de poemas con la esperanza de que fuera a terminar anotando alguna sentencia, algún libro o alguna reflexión que sólo puede vislumbrarse desde las almenas de la edad. Antes al contrario, todo fue una incomodidad en aumento, pues el poeta no hizo ninguna construcción venerable con sus palabras y pensamientos según creo.
Todo el discurso se mantuvo por una fuerte impronta anticapitalista y de aspiraciones pseudocomunistas que nada nuevo trajeron al lugar en que se celebraba el acto. Más bien parecía que estábamos en un pequeño mitin, en una pequeña reunión clandestina de subversivos en que un periodista nos relataba algunos de sus artículos en voz alta. Porque esa fue la sensación del recital, un recital de prensa que ajustaba cuentas con la sociedad que le ha tocado vivir y un recital de puesta en escena de algunos pensamientos antireligiosos que pocas luces contenían.
Por este motivo, cuando uno asiste a una presentación de un libro y desde el comienzo el poeta y el presentador están ajustados a la actividad literaria con luces, con deseos de inflamar la escena de literatura, saca uno su nuevo moleskine y comienza a notar como un profano, como un allegado a las letras. Eso no ocurrió ayer, mas espero que suceda pronto, porque escasean los que saben ejercer de maestros, de verdaderos maestros.

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Al llegar a la librería, lo vi y pensé que era el título que mejor se ajustaba a la situación. Agarré el volumen, que alguien había escondido detrás de otros (yo mismo lo he hecho en demasiadas ocasiones que luego no han terminado como debieran, pero cambiar el orden de los libros es como cambiar el orden del universo), y lo compré. Me decidí porque el libro lo principia una cita de Heráclito.
Antes de llegar a casa ya había leído lo siguiente: “Un día hay vida. […] No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad”. Esta frase bien pudiéramos atribuírsela a un filósofo, pongo por caso a Kierkeegard. Pero pertenece a un novelista y en las novelas no existen sistemas filosóficos cerrados ni propuestas de pensamiento hermético.
El primer párrafo es de una profundidad talentosa y debería anotarlo en este cuaderno para que pueda leerlo cuando me venga en gana, debería cimentarlo en esta celdilla para que la larva vaya apropiándose de vida. Es una reflexión de la muerte cuando llega sin señales, cuando provoca esa confusión tan difícil de aprehender para el ser humano. Cuando la vida se transustancia en muerte sin más ni más. Este párrafo de Auster, en La invención de la soledad, es un prodigio.



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Las abejas lo han hecho rápidamente, sin aspavientos, en silencio, como si hubieran estado preparadas para ello durante estos meses anteriores. Lo han construido en un rincón de la pared del exterior de la casa. Me acerco, con cuidado, y observo cómo están arremolinadas a la vez que siguen, sin cesura, trabajando en el hogar. Están revueltas y parece que han notado mi presencia, que se han visto perturbada por un observador indecente. Todo se para, sus alas, sus cuerpecillos delineados, sus vibrantes jugueteos, sus caricias. Una sale en volandas de la reunión avisando al invasor de la defensa preparada. Gira alrededor de mí en varias ocasiones y se vuelve al panal. Las celdillas, pocas y endebles, me recuerdan a los versos del libro que estoy corrigiendo. Quizás he salido a la calle como esa abeja asustadiza, para decirle a alguien, a no se sabe qué invasor, qué bárbaro de lengua impía, que estoy en construcción, en creativa postura ante el viento.

miércoles, 7 de julio de 2010

Los girasoles
son difuntos destellos
sobre los campos.


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A pesar de que algunos eruditos posteriores han criticado las directrices del libro, La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt, es un compendio de sabiduría de esos que serán difíciles de escribir en la era tecnológica. porque cuando un investigador antiguo se sometía a la disciplina de la biblioteca y de la memoria había un espacio para que el señor de marras pudiera, por unos momentos, vaticinar imaginar o dar rienda suelta a la imaginación en algunas páginas. Creo que eso sucede en est libro que está escrito por una admirador de ese periodo histórico. Espigo por sus páginas, leo algunos pasajes realmente hermosos, en los que se combinan el conocimiento de varias disciplinas. Me quedo sorprendido por unas páginas que relatan algunos asesinatos en las iglesias. Durante la misa mayor, por ejemplo, asesinaron a los Chiavelli, en Florencia, cuando estaban recitando las palabras del credo: "et incarnatus est". También en Milán, en la famosa iglesia de Sant´Ambrogio. Cuando leo esas líneas repaso la tarde en que junto a M. merodeamos por los alredores de aquel lugar. hacía un calor demasiado sofocante y las calles estaban desiertas. excepto nosostros, no había nadie en la Iglesia y recuerdo cómo estuvimos allí, durante algunas horas, en absoluta soledad pero saboreando el rumor histórico que recorre el paraje.
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Después de varios meses escribiendo poesía todo se fue como vino, sin saber por qué ni qué provocó su presencia. Incluso tras corregir, pulir algunos versos y releer incansablemente, incluso en ese ejercicio de segunda mano, me siento abatido, incapaz, usurpando la escritura de otro que fui y que sometió su vida al rtmo de la música y el concepto que devienen de las palabras.

martes, 6 de julio de 2010

De vuelta a la ciudad.

A esta calorina se unen siempre algunos ritos de la infancia. Porque vuelvo con más asiduidad al lugar en que la luz es prodigio. Sin embargo, con el paso del tiempo, noto ciertas variaciones que van minando la límpida y circular presencia de esos ritos. Mis padres van haciéndose mayores y, ello, aunque pretendan ocultarlo, influye en la manera en que nos tratamos y nos despedimos.
La propia ciudad ha ido engalanándose de algunas nefastas propiedades. Es ruidosa, es estrépita y en algunos lugares es indecente. A todo esto, habría que sumar, sobre todo, la falta de pureza que se ha ido diluyendo de un tiempo a esta parte.
En Sanlúcar, cerca del Jardín de las Piletas, allá por la Jara, había unas zonas, capitaneadas por jaras y cañaverales, que evocaban las hechuras del verano. En esa dilatación que profería el tiempo estival, cuando correteaba por la playa y las tardes eran de río y arena, intuía uno la hermosa presencia de esa naturaleza veraniega, recalcitrante, dura y superviviente de cualquier viento o cualquier fuego. Sin embargo, la dejadez y el desinterés, han provocado que muchas de esas virtudes se hayan perdido para siempre excepto en la memoria y en la palabra, de ahí que, de vez en cuando, no sólo me dedico a deambular por esos parajes en los que ha quedado el alquitrán y la moderna urbanidad, también las escribo, para sobrevivirlas.

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Después de la playa iba uno a darse un paseo por el centro. El centro de Sanlúcar es una mina histórica, pues no pocos acontecimientos, sobre todo de la Edad Moderna, han pasado cerca de sus lares. Paseaba, repito, subiendo por la Cuesta de Belén impregnado ya de los erectos cañaverales, de la humedad de los navazos y del abismo iniciático que provoca tener enfrente el Coto de Doñana. Tal es así que, cuando estoy paseando por una playa distinta, M. siempre me advierte de que el paisaje está carente de la fauna y la flora del Coto. No en vano, los sanluqueños, llaman a esa otra orilla, la otra banda. Es una línea imaginaria, que la mayoría nunca ha conocido, pero que ha vertebrado buena parte del imaginario de esta ciudad y todavía, cuando observo la caída prodigiosa de la luz en el océano, vuelco la lectura mítica sobre su geografía.

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Estas pequeñas estampas vienen al hilo de las lecturas. Porque Dante conoció a Beatriz cuando tenía nueve años y nueve son los círculos del Infierno. Y en tres parte, que multiplicados son nueve, está dividida la Comedia. Está escrito en tercetos y cada una de las partes está dividida en treinta y tres cantos. Lo que quiero decir es que, si bien Dante se valió de la aritmética y la cábala, el recuerdo de la infancia es el que percute y sustancia como ningún otro las constantes de la escritura. escribimos los que fuimos aun sin saberlo.

lunes, 5 de julio de 2010

Réquiem de Mozart.

Después de tantos años, con Dante, le he puesto un escenario al Réquiem de Mozart.


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A la lectura de la Comedia le sucede lo que a los frutos ciertos: hay que dejarlos madurar algún tiempo. Por eso, llevo varias horas sin leer ni una línea de Dante.
He de decir que ha sido tal la imantación que me abriga con esta lectura, tal la sorpresa, que no puedo reprimir la vista y llevarla, al menos, de pasada, al siguiente lance de Virgilio y Dante.
Sería imposible e inacabable este escribir la lectura si quisiera ir glosando cada elemento que a mi juicio resulta significativo en esta obra. Por este motivo, aligeraré las notas y las centraré en cuestiones más generales, en pasajes más gruesos. Pero es tal la profundidad y la inestabilidad que siente el lector, que uno siempre está tentado a escribirlo todo, a leerlo todo a pesar de que las páginas expelan el hedor del infierno dantesco.

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No sé el motivo, pero me he llevado todo el día recordando a Sándor Márai. Será porque llevo varios días sin M. y los hábitos han cambiado bruscamente hacia mí mismo. Decía Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas y ese aserto se está cumpliendo con demasiado esmero por mi parte.
Debo salir de la casa. Respirar en la calle. Observar el color que se muestra en el cielo y agudizar el oído para aprender de los pájaros. Quizás obtener la sedosa melancolía del viento sobre la piel. Y dejarme en la casa, desasirme y levantarme a lengüetazos.

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He vuelto del paseo. He comprado pan, cervezas y agua, pero no he podido quitarme a Márai de la cabeza: esos días de latrocinio internos. Me apropié de la vida última de Márai a través de sus diarios y todavía hay quien me reprocha que vuelque las energías en escribir estas notas. ¿Qué escribo entonces?, pregunto siempre. ¿Si escribiera una novela, qué ganaría?. Esta escritura diaria es cuestión de musculatura mental, de higiénica manía para un lector. No he encontrado un espacio en el que expresarme mejor que en estas letras, ya amontonadas, ya desarraigas de ellas mismas.
Si las leemos de un tirón, ¿a quién rinden cuentas? Si alguna vez escribiera una novela o un relato largo quisiera que fueran, al menos, tan vibrantes y necesarias como lo son estas líneas.
Ahora lo recudo nítidamente, insistía poco en su labor literaria Márai. Él ya no era Márai, era un alter ego, un holograma que habitaba en su presencia. Algo parecido me sucede estos días de reclutamiento. Abro un libro, lo dejo. Vuelvo a Dante y de repente se me ocurre escuchar a Mozart y comprobar que, desde la primera vez que escuché el Réquiem supe que algún escenario le pertenecía. Y sin saber tampoco la causa, rompo a llorar, con énfasis, sin contemplaciones. Cuando todo termina abro las alas.

Presentación de Juan Carlos Palma.

Gracias a Juan Carlos Palma por su magnífica e hiperbólica presentación de El Huerto deseado, en Jerez. Para los que no pudieron aisistir, os dejo el enlace en el que podéis leer, si os apetece, la presentación que escribió mi paisano. Desmesuradas e inmerecidas todas las palabras.

http://juancarlospalma.blogspot.com/2010/07/otras-diez-razones.html

domingo, 4 de julio de 2010


He imaginado que contemplo la Toscana desde una alta colina y que los árboles doblegaban el horizonte a la curvatura de sus ramas; que escuchado con la nitidez de una fuente peregrina, los pasajes interiores de mí mismo. He imaginado un paseo junto a M. a lo largo de la Villa Mèdici junto a la templanza de un albero en flor. He imaginado, quieto y moribundo de aliteraciones, el sonido de los versos sobre Florencia. Asomado a los senos de Venecia, he usurpado sus más candentes piedras y las he llevado a la memoria para fundirlas y poder contemplar, como un nuevo visitante, su belleza toda retenida y sin experiencias. Fui lobezno en Roma con garras de siglos.

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M. me escribe desde Perugia y noto en sus palabras la libérrima presencia que otorga una lengua nueva en el individuo. Una lengua es el mundo y descubrir un mundo que se levanta es un acontecimiento inefable.

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A veces tiene uno la sensación de haber llegado demasiado tarde a ciertas lecturas. No es el caso de La Divina Comedia, ni de El Quijote ni de La Odisea, por ejemplo. Son obras sin edades, que deben leerse más bien a una edad en la que uno haya adquirido algunas experiencias necesarias.
Escribo experiencia porque una de las cuestiones que sobrevuelan la obra de Dante, y que acabo de leer en el Canto IX, consiste en que Virgilio ya estuvo en el Infierno anteriormente y que se debe, a esa experiencia que Eritone provocó, su audacia y su condición de ilustre caminante de senderos escabrosos.
Virgilio es, por tanto, un guía experimentado al que Dante confía sus pasos por un lugar intransitable y del que asume toda la complejidad. “Verdad es que otra vez estuve aquí”, afirma Virgilio. De esta forma, cuando me estaba refiriendo a la lectura de ciertas obras capitales, me refería a la condición virgiliana del caminante experimentado.

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Creo que Virgilio encierra el mejor ejemplo de qué es ser un lector experimentado. Es aquel que, aun sabiendo del camino sus dificultades y trazos, elige lo trascendental, se ciñe a lo más importante. De esta forma, el discurso de Dante está plagado de elipsis: “Dijo algo más, pero no lo recuerdo”, sabe que, sean cuales sean las palabras del maestro, poco valen para la próxima estación si la memoria no es capaz de asumirlas como vida propia.

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De nuevo lo vivífico de Dante: “Vosotros que tenéis la mente sana,/observad la doctrina que se esconde/ bajo el velo de versos enigmáticos”. Estos son, sin lugar a dudas, los versos que mejor se adecuan a la lectura de este libro. Son una clave de bóveda, una cifra explícita que debe ser escrita por el lector.

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Han dejado a los herejes en el Canto IX y llegan al Sexto Círculo. En éste van a encontrarse con los heréticos. El primero que se señala es Epicuro y todos los que siguieron las enseñanzas epicúreas. Entre estos personajes, se encuentran algunos individuos florentinos. He ahí la sinuosa manera de Dante de advertir, en la corriente continua del hombre, los casos de sus contemporáneos. Esa habilidad es prodigiosa, envidiable hasta el exceso. Dante ve a Farinata degli Uberti, con quien dialoga por unos minutos. A esta escena se suma el padre de Cavalcanti, Cavalcante dei Cavalcanti, pertenecientes a los güelfos y epicúreo confeso. Por último, Federico II y sobre todo, Ottaviano degli Ubaldini, obispo de Bolonia y odiado por los güelfos. Todos, bajo la maestría de Dante, son uno, a pesar de su lejanía en el tiempo.
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Sobre la mesa los libros son mudas estatuas que ni siquiera puedan contemplarse. Meros objetos decaídos y líticos, que urgen de un lector que los reviva y reconduzca. En esa imposibilidad de atender a todos, me limito a airearlos, hojearlos, oxigenarlos. Con ese ejercicio, al menos, mantendrán sus musculaturas aliviadas. Lo siento, soy hombre.
*Ilustración, Dante y Virgilio en los infiernos, Delacroix.

sábado, 3 de julio de 2010

Dante nos hace Dante.


Hablo con M. desde Perugia una vez que se ha instalado allí y me quedo retraído y confuso a pesar de que me atraviese una alegría incontrolable. En Italia la luz que golpea en las piedras nos devuelven en limpio los siglos y esa apología del tiempo arrastra con la necesidad de volver allí continuamente.
Volveré pronto, aunque antes tenga concertada una visita con Virgilio que, dicho sea de paso, espero cargado de emoción. No siempre puede uno descender por las calles florentinas acompañado de un amigo excepcional y literato puro.
Sin embargo, hace poco presenté en Jerez de la Frontera, con la colaboración de la Fundación Caballero Bonald y la librería La luna nueva, El huerto deseado. A pesar de que M. ya estaba en Perugia y de que esa circunstancia me produjo una amnesia circunstancial, pude reconducirlo todo al frescor de los árboles que habitan en aquel jardín majestuoso. Además, de vez en cuando, se encuentra uno con un compañero, Juan Carlos Palma, que atina con sus palabras a describirnos como si estuviera utilizando un escarpelo. Entonces sucede que, por de dentro, las entrañas se revuelven y se convierten en estaciones del viento.
Esa edad de la luz que se transforma en Italia es la que habría que verter en los poemas, para que fueran uno y todo, para que fuesen tiempo acumulado en la palabra, destello sin pausa.

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Hace poco compre una edición excelente de Confesiones, de San Agustín, a cargo de Alfredo Encuentra Ortega (Gredos, 2010). Lo hice porque había leído que el único libro que acompañó a Petrarca durante toda su vida fue el escrito por San Agustín.
Petrarca nunca escondió la enorme influencia que ejercía en él los pasajes de aquel volumen que contiene la escalada y la profundización de un ser humano contada como pocas veces ha ocurrido. Sucedió que estando Petrarca en Mont Veroux, en 1336, maravillado por el paisaje que tenía enfrente, quiso recordar las palabras del de Hipona en el pasaje de X 8, 15 que reproduzco:
“Grande es este poder de la memoria, demasiado grande, Dios mío, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abraco todo lo que soy.” Estas palabras principian el pasaje y rinden cuenta de la importancia de la conciencia personal y de la memoria. Hay en ellas unas palabras memorables, (“Yo mismo no abarco lo que soy”), que, más allá de cualquier interpretación neoplatónica o de orden filosófica encierra un axioma insoslayable para todo aquel que convive con su yo en el mundo.

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Sin embargo, las palabras que tuvo en cuenta Petrarca fueron las siguientes: “Y va la gente a admirar las cumbres de los montes, y las olas enormes del mar, y los cauces amplísimos de los ríos, y el rodeo del Océano, y los giros de las estrellas, y se olvidan de sí mismos”. Tras leer el último aserto, que tan presente tuvo Petrarca, yo quisiera dejar escrita unas palabras que aúnen los deseos del santo con el mundo actual. ¿Qué sucede, me pregunto, cuando uno no se olvida de sí mismo y tanto se esculca que aprende a rodear los paisajes de la tierra como si fueran su alma toda, sin las que no pudiera contemplarse profundamente?

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En el canto VIII de la Comedia todo es palidez y miedo y fango. El rostro de Dante empalidece
cuando se aproximan a Dite (el Hades). Desde allí observan unas mezquitas prendidas como fraguas. El río enfangado que acaban de atravesar estaba repleto de perros, puercos y cieno, devolviendo, otra vez, la animalización a los malhechores.
Otro personaje florentino aparece en la obra: Filipo Argenti dei Adimari. Estos Adimari fueron los que se hospedaron en la casa de Dante tras su exilio. Y tampoco podemos perder de vista que los siete primeros cantos fueron escritos en Florencia, antes de su exilio, ya mencionado.
Cuando están próximos a la entrada, los allí presentes increpan a los nuevos visitantes: “¿Quién es este que sin muerte/ va por el reino de la gente muerta?”. Después de este pasaje se produce el prodigio: “Piensa, lector, el miedo que me entró/ al escuchar palabras tan malditas/que pensé que ya nunca volvería”. A Virgilio le dicen esos seres de ultratumba que no puede pasar quien no haya muerto, es decir, debe dejar sólo a Dante. En la conciencia del escritor siempre están presentes sus lectores, Dante nos hace Dante, como Cervantes nos hizo cervantinos. Siempre la conducta moral y ejemplar que transmite en su escrito: “Piensa, lector…”, increpa al lector que se convierta en ficción, en alegoría, materia propia del visitante del Infierno.

viernes, 2 de julio de 2010

En la Estigia se proclamó la única noche.




Avisado quedo, pero largo y escabroso es el camino que comienza en su medianía. Largas sombras las manos que escriben sobre palabras que escapan al entendimiento recto. No confíes en las palabras que se muestran como verdaderas, que los humanos arrullan como ciertas. Ninguna palabra contiene el mundo.

Escribí sobre las primeras líneas de esas obras, entre las que está, indiscutiblemente, La Divina Comedia, refiriéndome al prodigioso hallazgo que encontramos en ellas. Señalé la naturalidad, la verosimilitud enrevesada entre los artificios y la preponderancia de la plurisignificación.
Hoy, leyendo un texto de Borges, observo que el argentino lo explicó en Siete noches, en el texto que lleva por título "La Divina Comedia" (1980): “En el caso de Dante, todo es tan vivido que llegamos a suponer que creyó en su otro mundo”. Esa percuciente presencia del autor diluido en cada palabra, en las posibles interpretaciones, es la misma que me sacude cuando leo a Homero o a Cervantes.
Para reforzar esta teoría, voy a utilizar unas palabras de Paul Groussac que utiliza Borges. Groussac viene a decirnos que uno de los mayores aciertos de la obra es la narración en primera persona. A este motivo, Borges matiza con que la retórica de Dante no supone ningún impedimento para la lectura y el disfrute de su obra.
Es obvio que me refiero, desde principio, a esta circunstancia. La Divina Comedia es la transparencia más turbadora y neblinosa que se ha escrito hasta ahora.

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En puridad, Dante persiguió aprehender el conocimiento total. Para esa empresa, se valió del lenguaje cuya semántica se ramifica. El propio Borges recuerda los cuatro tipos de lectura que Dante distinguió en el segundo tratado del Convivio, a saber, una lectura en el sentido literal (que proviene de la letra); en el sentido alegórico (escondida tras la narración); en el sentido moral (por lo que habría de estudiar otros textos de Dante de calado político y ético) y en el sentido anagórgico, es decir, en el supra sentido, en el espacio espiritual orientado a la vida eterna.
¿Cómo interpretar, por tanto, el comienzo del canto VII: “Papé Satán, Papé Satán aleppe”? Señala el editor de la obra que manejo que han sido muchas las interpretaciones que se han volcado acerca de esas palabras de Pluto. Yo me decanto por un adelanto de la jitanjáfora, he ahí el primer ejemplo del recurso en una obra clásica.

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A la pregunta de Dante por los personajes condenados, el maestro le explica que se encuentra frente a los derrochadores y avaros. En esa explicación, hay una delicada palabra que animaliza todo el texto y lo convierte en una pintura surrealista, típica del Bosco: “Bastante claro ládranlo sus voces”.
Los versos que van del 46 al 48 me han recordado la acidez de los versos de Juan Ruiz en Libro de buen amor. Los avaros frente a los derrochadores, la eterna disputa del poder intrínseco y social. Y, por supuesto, laten los versos de Manrique en cuanto la Fortuna toma presencia en las palabras de Virgilio: v. 88. “No tienen tregua sus mudanzas”.
Mudanza sin tregua, tiempo que se es ido, igualado círculo el de la muerte. Al poco de desplegar una teoría sobre la concepción de la Fortuna y de cómo estos individuos la han vejado, no puedo más que ir a las baldas y rescatar el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena. Quedo, con un verso de la comedia revoloteando en la cabeza (v.96 “mueve su esfera y alegre goza”) voy terminando el descenso por este Canto VII con la sensación de haber dado demasiados pasos en falso y de haber errado en la comprensión de las palabras leídas.

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En este Canto VII se produce el descenso al quinto círculo: los iracundos, los acidiosos, los soberbios, los envidiosos. Todos están sumergidos en las aguas enfangadas de la Estigia. Cuando Virgilio inquiere a su pupilo que bajen, lo hace porque como anota el editor, en el Infierno no se puede estar más que una noche. De esta forma, sigue la animalización de los allí recluidos: “No sólo con las manos se pegaban,[…]/trozo a trozo arrancando con los dientes”. Hasta que llegan al pie de una torre cercana a la Estigia, que media entre el mundo de los vivos y de los muertos, es uno de los lugares más escabrosos y tétricos: “mirando a quien del fango se atraganta”.
Si quisieres seguir el commento
del texto en que Virgilio guía a Dante,
son muchos los que dicen que han leído,
pocos con luces de este caminante.
*Ilustración, El paso de la laguna Estigia, Patinir.

jueves, 1 de julio de 2010

Ciacco, el guloso que cayó ciego.


En el Canto VI del Infierno aparece, por fin, la primera referencia a la ciudad que provocó no pocos disgustos a Dante. Hablamos de Florencia, ciudad que visitaré en breve y en donde encontraré, si los astros son propicios, un guía a la altura del mismo Virgilio. Ese guía, que expurga los versos de Dante al mismo tiempo que lo hago yo, me tiene deparado un descenso literario a los círculos de la estética dantesca. Así que quiero ir como ese personaje que ya ha adquirido la experiencia de la galería de círculos que nos depararán el resto de los años. No quisiera ser yo un leo que desembarca en la ciudad sin ninguna lectura de Dante o un zote que pretende entender la belleza petrea de Florencia sin atender a las profundas y fislosóficas cuetiones que la atravesaron.
Pasearemos los libros de Dante junto a las interpretaciones que vayamos extrayendo de las lecturas confrontadas. Intentaremos atisbar qué se esconde en esa sintaxis protoitaliana, enrevesada y nada fácil para la traducción, y que señala y sugiere un mundo completo y alegórico.

Estoy aprendiendo que el pacto ficcional de una obra literaria con el lector comienza desde las primeras sílabas. Si en esa propuesta, -como sucede en El Quijote, La metamorfosis, En busca del tiempo perdido o La Odisea, por ejemplo-, la obra ofrece la magnitud y las virtudes necesarias, se habrá convertido en un terreno circular, sobre el que se puede leer interminablemente. Si eso no sucede y la obra necesita de todo un corpus de líneas, capítulos y fragmentos para su construcción, la obra será mediocre en su sentido estricto.

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El ciudadano florentino es Ciacco (según la edición hay quien lo identifica con el poeta Ciacco dell´Anguilliaia) y está condenado por la gula que lo recorre. Dice Dante: “Ciacco, tu tormento/ tanto me pesa que a llorar me invita,”.
Por unos momentos, el propio Dante siente compasión por el condenado, ya que siente que su ciudad está sufriendo los hechos mal avenidos de los blancos y los negros. Estas guerras que acontecen en la ciudad florentina, y que terminan en 1302 con la victoria de los blancos gracias a la ayuda de Bonifacio VIII, provocaron el exilio de Dante.
Al hablar de exilio siempre recuerdo a Ovidio, el poeta exiliado por antonomasia de la antigüedad. El poeta que conminó al emperador a que no le quitara, como cita Guillén, el sol de los desterrados. El caso es que, si para Ovidio, el sol, la luz del cielo eran el paisanaje natural de su vida, Dante irá encontrando en el mundo de las sombras y de los hedores, la gracia de la suya en el mundo terreno. Es el mismo círculo, pero recorrido en dirección inversa.

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Cuando andan despidiéndose Dante y Ciacco, en un pasaje en que Virgilio parece mudo ciertamente y en que toma la iniciativa el alter ego de Dante, Ciacco le arroja un deseo: “te pido que a otras mentes me recuerdes”. Podríamos decir que, incluso en la tierra de las sombras y de la espera infinita al juicio, los hombres contienen deseos. Estos son los que hacen que se levante a tientas y que puedan articular las palabras con un sentido completo. El deseo, de nuevo, es el estado natural de las palabras.
La importancia de la memoria es uno de los temas fundamentales de esta obra que comienza, precisamente, advirtiendo de que se están preparando para entrar en un mundo en que no existe la memoria. La memoria, por tanto, para Dante y Virgilio es la plena conciencia de la mortalidad, la escansión que realizan los humanos del tiempo que los envuelve y perturba. No en vano, escribe Dante al inicio del Canto II: “Memoria que escribiste lo que vi/ aquí se advertirá tu gran nobleza!”, por lo que la memoria es el cedazo por el que recupera la experiencia.

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Borges fue un apasionado de Dante y de ahí sobrevinieron sus Nueve ensayos dantescos. Creo que Borges era un privilegiado para contemplar el universo dantesco, ese vasto imperio de las sombras. Por ese motivo, no me resisto a citar a quí una continua manía de Dante, enigmática pero sobrecogedora, y especialmente literaria. Al final del Canto VI, con Ciacco devuelto al fango, al hedor y a la ceguera, vuelve a decir Dante: “[…]seguimos nuestra ruta/ hablando de otras cosas que no cuento”. ¿Qué daríamos por conocer esas palabras innombradas?
*Ilustración, Dante y Bonifacio VIII.

martes, 29 de junio de 2010

Leíamos por deleite, Francesca y Paolo.

El canto V del Infierno de Dante merece varias relecturas. Así lo hago, detenidamente, pausando las retinas en cada verso, en cada concepto alegórico que muestra esta magna obra literaria. En este Canto ya ha descendido al segundo círculo, lugar en el que se encuentran los lujuriosos. Desde el principio, Dante quiere dar la impresión al lector de que los círculos van achicándose, por ello dice: “al segundo que menos lugar ciñe”.
Ese lugar que ciñe menos espacio está custodiado por Minos. Virgilio le pregunta por qué ha gritado tanto al nuevo visitante y, tras las imprecaciones del guardián, exhorta Virgilio: “así se quiso allí donde se puede/ lo que se quiere”. En esta contestación llevo varias horas enfrascado, meditando su alcance. Virgilio está confiriendo a la voluntad, al deseo, el volumen de las actuaciones. En definitiva, el lugar en el que se realizan los actos es el mismo en el que se pueden realizar esos actos. Porque, desde luego, en los círculos infernales, todo está acogido a la voluntad suprema y a la que nada puede hacer cambiar.

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Toda vez que abandonan las inclemencias de este guardián, comienzan a penetrar en el círculo. ¿Cuál es la descripción a la que se agarra Dante? Sorprende que la “mudez” sea siempre la primera impresión que tiene el visitante: “Llegué a un lugar de todas luces mudo”. Un lugar mudo sacudido, sin embargo, por personajes que gritan, blasfeman y maldicen su situación en ese espacio infernal e interminable al que seguirán ligados.
Mudo era Virgilio, casi sombra, mudos son los círculos en sí mismos. La palabra en ellos se diluye y transmuta en esencia, en acción. Porque siempre fue la palabra la acción primera, la que ejerce y transmite esa voluntad de la que comencé escribiendo.

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Por último, al final del canto, se reseña la historia famosísima de dos personajes conocidos por Dante. Anteriormente, se ha nombrado a Elena, Cleopatra, Paris o Semíramis junto a leyendas como Tristán. De todos estos personajes, Aquiles es el que menos comprendo que esté situado en este círculo de la lujuria. Dice Dante: “al gran Aquiles/ que por Amor al cabo combatiera”. Es decir, considera el autor de la Comedia que la cusa última del destino de Aquiles es el Amor. ¿El amor por Polixena, su amante?¿Por Patroclo, Briseida? ¿El amor por su propio destino inmortal? No llego a comprender esta cita de Aquiles en este lugar. Es del todo enigmática.

Antes de terminar con su descripción, se ciñe Dante a dos personajes conocidos: Francesca y Paolo Malatesta. Estos dos personajes, asesinados por el marido de ella, relatan a Dante sus acciones. En un pasaje, en el que cuentan cómo estaban leyendo una novela famosa del siglo XII, dicen lo siguiente: “Leíamos un día por deleite”.
La lectura como ejercicio deleitoso, en pareja, en ayuntamiento que desata las pasiones toda vez que están leyendo un pasaje de amor del caballero Lanzarote. La lectura, en la obra de Dante, como un impulso a la lujuria, como un terreno potencial para las fisuras de aquellos que deleitan sus días con letras y sueños de otros tiempos.

lunes, 28 de junio de 2010

En el autobús, sofocado por una calorina intensa, leo el libro que acabo de comprar. Voy solo acompañado, únicamente, del viento que penetra las ventanas abiertas y que lo alborotn todo, como si el ha´bitáculo fuera una de las escenas de Juan Rulfo: áridas y desanimadas.
Llevaba algunos meses al acecho y, de un tiempo a esta parte, medito, como un felino, qué presa voy a cazar. Comprar libros se ha convertido en un ejercicio detectivesco, ya que expurga uno todas las ediciones que se han realizado hasta el momento y lleva a cabo una collatio de las distintas versiones que algunos textos ofrecen. Obviamente, esta acción conlleva semanas, a veces, meses, pero la recompensa es fenomenal: se queda uno con la pieza más justa.
Confesiones, de San Agustín no es un texto que merezca menos atención, antes al contrario. Así luce sobre la mesa una espléndida edición, actual, del texto agustino.
Reconfortado por haber dado a la caza alcance, me quedo sorprendido por una coincidencia del libro agustino con el Tristam Shandy, de L. Sterne. Ambos libros, en sus páginas iniciales, se remontan a un estado prenatal. Al preguntarse por un estado anterior al de su nacimiento se refiere a su estancia en las entrañas de la madre: “Es acaso aquella que yo pasé en las entrañas de mi madre? Pues también de ésta me han sido narradas no pocas cosas”. Sterne se agarra a su ácida palabra para reprochar su nacimiento a la voluntad de sus padres; el de Hipona, sin embargo, menciona el estado prenatal como una conciencia de la dulzura y de la existencia divinizada.

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¿Letras, letras, a dónde se dirigen con sus cesuras? ¿Qué hay entre ellas más allá del silencio blanco? ¿Qué las ampara para morder la retina del otro?

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Algún día dirán más de mí que todas las imágenes. Y serán marinas y de piedra a un tiempo. Como un girasol desnudo y taciturno, se mostrará una corona de amarillos solemnes en la que, por poco tiempo, refulgirán las virtudes de lo humano.
Una raíz brota de mis manos cada vez que escribo en este cuaderno, cada vez que asumo que predico la voluntad de alguien desconocido pero deseado. Este deseante anónimo, porque no somos más que prédicas del ser, dejará de mostrar las covachas de su sumisión a la vida.

domingo, 27 de junio de 2010

R.W. Emerson solía leer los Diálogos, de Platón, metido en la cama y arropado por unas mantas que le llegaban hasta la barbilla. Cuando abandonaba las obras platónicas, atendía a los Pensamientos, de Pascal, texto que tenía clasificado como sagrado, entre otros tantos títulos. Sin embargo, no quiero centrarme en el canon que el propio Emerson quiso establecer, sino al criterio que vertebra esa selección. Emerson decía: “esos textos son la expresión sublime de la conciencia universal y que tienen que ver más con nuestras ocupaciones diarias que el almanaque del año o el periódico de hoy”.
Estas palabras luminosas del filósofo celebrado por Borges, ilustran, tajantemente, la importancia de la literatura más allá de cualquier anclaje temporal. Habla de conciencia, ocupaciones universales, aquellas que no nos abandonan como seres humanos y deja a un lado la manía de entender que una obra literaria tiene que mencionar los elementos más próximos para ser actual y verdadera.
Viene estas palabras al caso que me tiene distraído estos días y que me ha hecho escribir algunos textos en este diario, a saber, ¿es posible crear una obra de arte con los mimbres de la actualidad pero con la virtud de la atemporalidad? La respuesta a esta pregunta lleva percutiendo demasiado tiempo en mi mollera porque cada vez que muestro atención por una pintura o una obra musical o un poema de esos autores que frecuento, hallo un equilibrio entre todos estos elementos que esconden, precisamente, cualquier enseñanza preclara.
Quiero decir que la idea de la realidad mágica que nutrió al Renacimiento, la disposición y el estudio matemático y científico de la obra, frente a la consideración de una sustancia suprasensible, es la que más mejor se adecua a todas estas pesquisas estéticas. Y claro, la música, por encima de todas las disciplinas, es la que desmonta toda la aritmética.

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Con el poeta turco Y. Êtneciv tiene uno la sensación de estar leyendo a un Borges camuflado en otro nombre, porque todos los versos que escribió siempre remiten a una realidad que nos circunda y acaso nos somete sin que tengamos conciencia de ello. Versos como caídos del alma, que delatan la identidad enmascarada que toda persona ejerce en el fondo: “Cuando te abandones, siendo, te habrás creado”.

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Siempre llevo conmigo una libreta pequeña, encuadernada en piel, que me regaló M. En ella, anoto, de vez en cuando, algunas palabras e ideas que surgen al albur de unas palabras ajenas, una situación absurda o tras la lectura de algún pasaje memorable. Sin embargo, encuentro una anotación del diez de junio de este año a la que no soy capaz de otorgar continuidad: “Triste vida la inmanente”. Misteriosas palabras de alguien que fui.

sábado, 26 de junio de 2010

La reflexión sobre la realidad es la reflexión sobre el lenguaje. Son procesos indisociables. Sístole y diástole.


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A escondidas, se recogen en estas páginas las más recelosas de las manías. La lecturas, el amor, las ciudades, el campo, los prodigiosos escritores, los gestos antagónicos y alguna que otra displicencia a trucos de prestidigitador.
Después de varios años calibrando el tono y la medida de estas páginas, me he visto incitado a devolverlas a lo más íntimo, a desgajarlas del foro público.
Esta disyuntiva me ha conducido, igualmente, a reflexionar sobre lo público en esta sociedad moderna e, incluso, a leer alguna bibliografía al uso que me aclarara los usos propios de las civilizaciones antiguas. Por ejemplo, he leído decenas de páginas que abordan el problema de lo público en la sociedad romana; o he ojeado cientos de páginas acerca de lo público en la sociedad del XIX parisina. En cualquier caso, lo público ha sido el territorio en que los ritos de paso y de iniciación han manejado sus cauces.
Todo esto, aunque muy simplificado, me lleva, cómo no, a pensar en la literatura como un fenómeno que ha adquirido el desprestigio de lo público a través de Internet. Desprestigio porque cualquiera, sea o no escritor en todas sus consecuencias, termina por escribir en una página algún verso moribundo, alguna reflexión paupérrima, alguna secuencia de lo que hizo su hija hace unos meses o el relato de la última feria que vivió a pesar del albero. Esta dimensión pública y social es la que me ha provocado profundas reflexiones acerca de mantener en vivo estas líneas casi a diario. No es lo mismo para la sociedad mantener un diario, un cuaderno íntimo que una bitácora en Internet. No entiendo las distinciones formales, no las comprendo. la escritura es una y es toda, sea cual sea su forma de transmitirse.
Por eso no entiendo que algunos escritores digan que, una vez llegado el verano, abandonan sus bitácoras. Para mí sería algo impensable. La escritura y la lectura no entienden de estaciones.

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El lector de hoy es un lector mudo y ciego que sólo atiende a las páginas que tiene por delante. Ha conseguido reconcentrarse en sí mismo, a pesar del ruido eterno del gentío. Lee uno en el tren, en la plaza, en un café donde se citan las más diversas conversaciones y lo hace teniendo en cuenta la circunstancia. Hay quien lee mientras camina. A pesar de todo, hay que leer. Mientras se camina o mientras se almuerza. Por ejemplo, no puedo almorzar sin leer, sin tener a la vista alguna página o alguna noticia de periódico. Ayer, por ejemplo, mientras me enfrentaba a un plato de remolachas con cebolla, lechuga y aceite de oliva, leía algunos pasajes de Dante. Cuando me di cuenta, tenía la camisa repleta de sangre, de la sangre que salía de mi rictus boquiabierto por el canto III. La remolacha fue, sin duda, la experiencia del infierno más placentero.

viernes, 25 de junio de 2010

Nunca antes fuimos tan serviles a la inutilidad en todo. Esa tendencia de la sociedad actual que ilustra la cadencia hacia la utilidad práctica es una consecuencia de la hipertecnologización del momento.
Italo Calvino lo ilustra adecuadamente cuando habla de Leopardi, de su biblioteca y de su culto inalterable a la antigüedad griega y romana. Dice Calvino que Leopardi sólo leía a los autores clásicos como Lucrecio, Ovidio o Virgilio y que los novísimos de su época, las novedades editoriales quedaban al margen.
Utilizo este ejemplo porque nos encontramos en un estadio opuesto al que propugnaban autores como Leopardi. En la actualidad, hay escritores que sólo conocen a los escritores de ahora y profesores de universidad que, sin haber leído ni a Lucrecio ni a Ovidio ni a Virgilio ni a Leopardi viene a llamarse catedráticos de Literatura, cuando lo que han estudiado son las migajas de un puñado de escritores de medio pelo de no se sabe qué región o que han ganado algún premio literario.
Cuando un poeta le pregunta a otro sobre la utilidad de la poesía, siempre recuerdo unas palabras de Ciorán que no necesitan más glosas: “Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. `¿De qué te va a servir?´, le preguntaron. `Para saberla antes de morir`”.

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Como un arcano voy tocando los lomos de los libros que posan en la biblioteca. Lo hago como si estuviera manipulando un muro compuesto de desvencijadas palabras.
Llevo pensando varios días sobre la pregunta que me dirigió J.S.M hace unos días acerca de la dirección que están tomando estas notas del trópico y sigo sin respuesta clara. No sé si a estas alturas aún sigo descendiendo con Dante y junto a Virgilio hacia un círculo del que no tengo siquiera la medida de su circunferencia.


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He comenzado a escribir dejando sobre la página en blanco tres o cuatro palabras. He querido hacer un ejercicio de metamorfosis. A partir de esas cuatro palabras, he comenzado a urdir un texto más extenso, hasta el punto de que ya no recuerdo ninguna de las palabras primigenias. ¿No será ese el destino de la poesía, agarrarse a una verdad que fue evidente pero que, con las palabras, resulta emboscada?
Pienso en los poemas que hace unos años me deleitaban y no encuentro más que vaguedades y juegos de artificio que no conducen a ninguna aseveración necesaria. Sólo vacuos recursos que se terminan en sí mismos; sólo serpentinas al aire, al aire ligero de la ingravidez. ¿Significa que existe la superación? Nunca un término fue tan inapropiado en literatura.


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En el canto IV de Divina Comedia, cuando Dante ha detallado el nombre de algunos personajes heroicos como Héctor, Eneas o Bruto, comienza con algunos filósofos. De todas las menciones, me llama la atención lo que dice de Demócrito: “[…] que el mundo pone en duda”. Será esta negación la leyenda que Diógenes Laercio recoge en su Vidas de Filósofos ilustres y que insiste en que Demócrito se arrancó los ojos para poder contemplar el mundo sin resquicios sensitivos.

jueves, 24 de junio de 2010

Dentro de pocos días, M. se marchará a Perugia. Antes de llegar a la ciudad de marras, lo hará a Roma. Allí, donde el amor es angulosa piedra y mudez de siglos, volveremos al final de la estancia en Italia. Mientras tanto, la lectura y la escritura ocuparán los primeros días de julio con toda intensidad, pues un nuevo libro de poemas ha brotado de todo este trasiego primaveral. He comprendido que el trabajo artesanal del poema requiere templanza, musicalidad y decisión. Sin embargo, aún no he sabido conducir estas líneas diarias, este diario que escribe alguien que se siente yo.
Volver a Italia es como una renovada peregrinación, pues en esas tierras encontré, junto a M., la topografía de la palabra en sucesión. La lengua italiana ha ido inundando con su sonora presencia las tardes de esta casa. Con ella, un profuso deseo de encontrar la verdad nombrada con las palabras nuevas. Aunque, a pesar de todo este universo lingüístico, cae uno en la cuenta de que sobre el papel el hombre sólo muestra lo indecible una y otra vez, de una y otra forma.


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La lectura de los cuadernos de Valéry revela algunas cuestiones que se me antojan deslumbrantes. Por un lado, la incesante escritura del autor francés durante décadas sin desfallecer en un punto. Por otro, la calidad y la profundidad de sus textos: “El despertar comienza como otro sueño”.
Como otro sueño comienza el despertar en los meses de julio, porque las noches son inalterables y convierten la luz en la plenitud de las estatuas. En julio, en Italia, el despertar será como un sueño que comience desvaído, anhelante de lecturas y complicidades. Sobre el puente de piedra recogeré los atardeceres.

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Al final de la redacción de un libro tiene uno la sensación de haber aclarado lo que hasta el momento era oscuro, imperceptible. Dice Valéry: “Si una obra es clara, y si además es maravillosa, es oscura en la medida de que es maravillosa. Lo admirable es inexplicable”. Con el paso de los días y con la música viciada, comienza a desconfiar del trabajo y lo que parecía claridad en la espesura se torna oscura presencia calamitosa.
Quisiera para mí los girasoles que amanecen de repente entre las lomas, como címbalos nocturnos y pétreos que muestran sus orígenes y su muerte. Cada palabra como el amarillo tornasolado de su planta. Su tallo, la conciencia entera y toda. Erección de la inteligencia. Los girasoles son címbalos prófugos de la tierra.

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Al fin todo es sueño, como los versos de Dante en el canto II de la Divina Comedia: “Memoria que escribiste lo que vi”. Dante otorga el privilegio de la mirada a la memoria y ésta, la plenitud del tiempo a que aspiramos, ofrece la palabra verdadera.
Pero Dante no se conforma con invocar a las musas y al alto ingenio para que sostengan su travesía del horizonte. Pocos versos más adelante, toda recuerda a Virgilio las aventuras y las acciones de Eneas, como fundador de Roma, escribe un verso hipnótico: “eres sabio; ya entiendes lo que callo”. El conocimiento y la sabiduría en la época de Dante viene a convertirse en sinónimos de la gracia y del silencio. La contemplación, de raigambre religiosa, se hace fértil y dota al sabio de las virtudes del pájaro solitario. No sólo comprende el silencio de Dante ante algunos episodios famosos sino que entiende los silbos del silencio pronunciado.

martes, 22 de junio de 2010


La mortalidad no es algo connatural al hombre. El hombre debe aprender, por tanto, a apropiarse de ella. Cabalmente. La mortalidad es una cuestión individual, del sujeto, pero, igualmente, social, plural. Como afirma Javier Gomá Lanzón, consiste en conjugar Emilio, de Rousseau con Ser y Tiempo, de Heidegger.
Ese aprendizaje no deja nunca de brotar en los ojos de quien atisba, desde joven, qué es ser. En esa pregunta se encierra un aserto continuo, indescifrable e inefable. En cualquier caso, incognoscible. Es un proceso sin origen que deviene de la inteligencia y la razón y que se tiene que ejecutar cada día, sin dilaciones, sin concesiones, porque uno comienza en esa estancia sin saber a dónde ni cómo ni al fin.

La mitología es la plegaría a la disolución de la mortalidad. Por ejemplo, Aquiles. Este héroe está poseído por la trascendencia y deja su estado, su ser mortal, por la permanente presencia en la memoria humana. Fíjense que digo memoria humana, ya que la memoria es un ejercicio especular: es una y es múltiple. Con que un solo hombre recuerde el hecho de otro, trascenderá la mortalidad. En este sentido, el poema de Borges es paradigmático, al final del poema de los dones leemos: “¿Cuál de los dos escribe este poema/ de un yo plural y de una sola sombra?”.
Desde esta perspectiva, la palabra, como medio de comunicación que aúna la condición biológica y cultural, es el soporte de estas disquisiciones. El lenguaje entendido como un sistema de comunicaciones proteico.
Ahora bien, la palabra poética, la literatura, posee recursos de la música, derivaciones de la música, espectros que comparte con la música. Porque la palabra supo de su mortalidad y se abrigó en la trascendencia de la música, como el hombre aprendió su condición. La música es la aritmética de la mortalidad, porque ella, mejor que ninguna otro elemento de la tierra, comparte la materia del mortal y su condición plural.
Hoy, por unos momentos, mientras escuchaba en el trabajo un cuarteto de cuerda de Beethoven, mientras rugía el foro y las palabras se diluían en el cliché, anoté estas palabras en mi cuaderno, en esas hojas que, una vez terminada la jornada, me advierten, de forma preclara, sobre la condición que jamás debemos dejar en el olvido.

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Lo más sorprendente son los colores y el plácido rictus de San Jerónimo en la pintura de Jan Van Eyck. Aparece con el capelo o galero cardenalicio y acompañado en la composición de muchos de sus símbolos: un león manso, unos libros, materiales para la escritura, etc., La pose delicada y ensimismada del personaje se complementa con la sublime mano que empuja unas páginas del libro que descansa sobre el atril. En ese mundo del hombre se encierran muchas lecturas y la disposición de la obra puede mostrarnos rasgos del hombre que las protagoniza. Bien es cierto que desde una idealización, la lectura es el fenómeno capital de este tipo de secuencias pictóricas. La lectura como fundamento del conocimiento. La lectura como un ejercicio individual que termina siendo compartido con el resto de la sociedad. De nuevo lo uno y lo diverso.
Hay una nobleza y una humanidad que traspasan las connotaciones religiosas. Es un hombre, un hombre solo apoltronado y atendiendo al dictado profundo de un libro. El ejercicio más rotundo en estos tiempos de mareas y modas pasajeras, de tanta rotundidad en los criterios y tantos sabiondos de tristes guerras personales.

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En el canto I de la Divina Comedia, realiza Dante algunas descripciones que merecen una atención más pausada. Justo cuando vislumbra la figura de Virgilio dice lo siguiente: “Apiádate de mí –yo le grité-/ seas quien seas, sombra y hombre vivo”.
Qué magnífica forma de comenzar una apreciación sobre un poeta: sombra u hombre vivo, ¿equivalentes, acaso, en su concepto? Por último, y no poe llo menos importante, escribe: “se me mostró delante de los ojos/alguien que, en su silencio, creí mudo”. Por tanto, Virgilio es para Dante un ser del silencio, un holograma, una sombra que fue hombre y que convive en ese terreno intermedio en que la palabra se achica y enmudece.

lunes, 21 de junio de 2010

Hoy, cuando he comenzado a escribir en el diario, lo hice desasosegado, con la conciencia perdida, como aquel árbol que perdió su copa y se mantiene erecto, pero sin la esbeltez de la inteligencia, de la verdura que lo atraviesa como un haz de luz limpia y perenne. He llegado demasiado reticente a las páginas del diario, sin el empuje de otros días, de otras tardes, de otras músicas.
Ha sucedido todo de un golpe, con la palabra empozoñada. Ha sucedido como una batida de ángeles desnudos y poderosamente humanizados. Y he recordado los versos iniciales de T.S. Eliot en sus Cuatro cuartetos: “Están presentes y pasado presentes/ tal vez en el futuro, y el futuro/ en el pasado contenido”.
El futuro está contenido en el pasado y el pasado es un presente en sucesión. Con los versos de Eliot todo se clarifica. Hoy ha sido la posibilidad perpetua que se establece en el pasado la que ha querido asentarse en estas letras.
La posibilidad perpetua es el territorio de la poesía, porque ella nombra nuevo a lo que vivía desasido, usurpado por la tribu emparentada con la tierra.

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Llevaba mucho tiempo detrás de una novela de V.S.Naipul titulada El enigma de la llegada. Al fin, hace dos días, me hice con ella.
La llegada es el limbo de la huida, ni es origen ni es fin. Nadie es su habitante eterno. Y esta novela de V.S. Naipul se adentra en esos vericuetos en que se armonizan el desconcierto con el hallazgo prodigioso.
He comenzado a leer la novela, las páginas iniciales. El joven hindú que las protagoniza llega a una metrópoli y debe enfrentarse a un mundo nuevo. Ese es el eterno ejercicio del viajero: el aprendizaje y el descubrimiento.
La llegada presupone una ruptura, una dejada, un desgarro. En ese movimiento interior, -por muy lejano que sea el destino-, debe sangrar la conciencia de nuestra naturaleza. El ser debe convocarse en la máxima plenitud.

Dejo el libro de Naipul y vuelvo al de Stendhal por unos momentos: “Pasé todo el día de ayer sumido en una especie de preocupación sombría e histórica”. Exactamente la misma lasitud con la que comencé a escribir estas líneas. Una preocupación sin origen cierto, histórica, de todo el yo que soporto y un talante sombrío ante el hecho.

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Todo el día levantando una interpretación a unas palabras de Umberto Eco que se refieren a la belleza entendida en el siglo XV: “… la belleza se entiende al mismo tiempo como imitación de la naturaleza según reglas científicamente verificadas y como contemplación de un grado de perfección sobrenatural, no perceptible visualmente”. De esta forma, el artista es un creador de novedades y un imitador de la naturaleza, en cualquier caso, la imitación no supone una repetición pasiva de las formas, sino una recreación que parte de esos anclajes precisos, científicamente estudiados.
Releo, interpreto, me ruborizo. Recuerdo pocos poemas que hayan conseguido esa idónea y eterna manera de estar del verbo acogido a una forma y a un concepto científicamente bello.

domingo, 20 de junio de 2010

Preparar un viaje conlleva estudiar qué lecturas formarán parte del mismo. Así, este ejercicio homérico, en que literatura y viajes confluyen al unísono, me sirve para revisar qué traducciones y qué biblioteca poseo y qué desconocimiento absoluto posee uno de la historia de otras zonas del mundo. Lo primero que hago es comprobar qué hay en las baldas en relación a Dante y me quedo con la sensación de que no cuento con una excelente traducción de las obras del autor de la comedia. A continuación repaso Petrarca, Castiglione y alguna que otra antología de poetas renacentistas. Así, de continuo, revuelvo por otros autores, otras lenguas, otras latitudes.
Viajar es convocar en una biblioteca las lenguas ajenas, los autores que concurren en otros países y que son desconocidos. Viajar es un ejercicio de conocimiento profundo, de interiorización de la lectura y la escritura. Porque, cuando uno escribe en un país extraño o llevado por la fuerza natural y cívica de un lugar, parte del sujeto queda enredado en aquellas piedras. Como un eco liviano y desnutrido, pero existente.

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Me acuerdo de un libro de Stendhal titulado Roma, Nápoles y Florencia editado recientemente en Pre-textos. El traductor y encargado de la edición, Jorge Bergua, nos aclara en el prólogo que el viaje de Stendhal por Italia es totalmente ficticio y que ninguna de las fechas se corresponden con su biografía. Este dato, más que sorprenderme, me hace reír, reír desmesuradamente, porque mantengo, desde hace un tiempo, que el viaje sustancia la ficción en otro grado, porque dimensiona la ficción más allá de las particularidades de la vida del escritor.
Stendhal se inventó su viaje por Italia y ni siquiera dedica más de veinte páginas a Roma. Se centra en Bolonia y en Milán. Sin embargo, abro el volumen al azar y lo primero que leo son unas apreciaciones sobre Roma. "Aquella mañana, después de las voces en la calle, decidí..."

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Frente al Coto de Doñana, ayer por la tarde, la luz iba entregándose, mansamente, al contorno de los árboles. Quería agazaparse en las líneas del horizonte, donde el río se matrimonia con el océano. El cielo, cruzado por el vuelo de las aves, se presentó tamizado por una amarillo anaranjado y melancólico de branquias. A lo lejos, casi sin percibirse, las nubes desalojaban el horizonte claro y diáfano. De pronto, el fresco del poniente. La noche entera seduciendo los lagares del alma.

viernes, 18 de junio de 2010

De la espesura del silencio hay que extraer la palabra como el cuerno de un fauno.


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Como el seno de los girasoles, como el rugido piadoso de la mañana crepitando entre las lomas. Esta mañana he parado el coche y me he puesto a observar los girasoles. Buscando la luz, hacia otra luz.

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Toda la tarde insatisfecho con la escritura. Un sustantivo, un adjetivo. Las gráciles presencias de los verbos. Empezar de nuevo. El abandono. La música intempestiva de la tarde diluyéndose. Una palabra, dos. Un sustantivo nuevo asoma. Una coma, un punto. Final. Trabajo sinsentido.

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Algunos días me despierto y me creo en una tragedia griega. Lo noto en cuanto pronuncio la primera palabra del día: no me pertenece, es una impostura. Voy desarrollando la representación –oh, pez sin escamas, hipogrifo violento- y aprendo de esa ficción que me atrapa. Se cumple el fatum.
Las partes que más me agradan son los monólogos: el aleph del sujeto. Llegan las palabras frescas, recién traídas y arrancadas de la mente de un demiurgo. Y quiero vivir, vivir, vivir a pulso, airadamente morir.
Estas palabras son siempre anotaciones volanderas en un diario, el diario de un personaje en busca de sí mismo, del otro, del que lo configura en la maleza.

miércoles, 16 de junio de 2010

Sin conocer su origen, ni atender a su procedencia, sin atisbar hasta cuándo cesará en su empeño, escribo como un hipnotismo nauseabundo que no distingue la felicidad de la genética.

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Ya están los girasoles tornados hacia la luz. Han surgido del oscuro peregrinaje de la tierra. En silencio, sin estridencias ni vacuas melodías. Como los elementos de la tierra, la palabra debe hacerse de barro, de viento, de misterio. Y sucederse ella misma. En sí, suficiente. Tornasolada hacia la luz. Arrojando luz.

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Algún día estas palabras serán más yo que yo mismo.

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Sigo reflexionando sobre la mujer de E. Hopper. Me detengo en la composición de la pintura. Pienso en todas las líneas que trazan la obra. Y las traslado a la vida, como si la vida fuera ese tapiz incandescente que se pliega y esconde en el colorido. Es algo parecido al tiempo, a su rugido interno, siempre está sesgado y retraído en un minutero y en unas semanas. Creo que el cuadro de Hopper transmite precisamente esa lasitud de la soledad: esa mujer es la soledad misma.

martes, 15 de junio de 2010

La mujer de E. Hopper.


La belleza, el aroma, la verdad. El cielo, las ortigas, el silencio. La sangre, las aguas, un niño. Todo es la vida es pasajero. Sin embargo, en el arte, la condición es la perpetuidad.


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Hasta donde lleguen las raíces, donde todo se prodiga en los albores del silencio; hasta los vientos se hagan blancas colinas, donde el sueño se prodigue y entregue sus entrañas desvencijadas. Hasta donde las palabras no sean más que orificios y fisuras y delirios que acerquen la armonía de los objetos invisibles.

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Cada mañana, debo esforzarme por comprender a qué me dedico durante tanto tiempo. Es por esta incomprensión, por la que, en muchas ocasiones, me desobedezco. Esta repulsa provoca que tenga que alejarme y que, por el contrario, deba recluirme en solitario. Eremita trágico.
Durante esa estación en solitario observo los intereses comunes que me rodean y no encuentro ningún subterfugio por el que poderme impulsar. Falta una melodía de Debussy que lo atraviese todo, una pintura de Tiziano, acaso un verso de Rilke. Por más que someta a la templanza al otro que me ocupa en la mañana, veo cómo la luz prodigiosa del amanecer es desaprovechada por mis ojos, por mis ojos veré la muerte.
Estos ojos que reclaman una melodía, un pintura la sucesión de unos versos son los mismos que manejan la imagen de un mundo que ilusamente se prodiga a diario y que detesto con demasiado énfasis. Estos ojos y estos oídos me han hecho apartarme de esa especie que se prodiga en minucias, en aguachirles, pasto de las llamas. Porque una palabra en la mañana, con la luz declinándose por las lomas, construye un mundo a pesar de sus habitantes incapaces.
Llegar en la mañana a la vida como esa mujer en la habitación de un hotel del cuadro de E. Hopper y que tiene las maletas sin abrir, los zapatos por el suelo, la ropa en un sillón y sólo su cuerpo blanquecino y mustio por la soledad soportando entre las manos un vivífico objeto.

lunes, 14 de junio de 2010

Cuanto más fecundo la realidad circundante y próxima, más alejado me sitúo de mí mismo. No tengo otro instrumento de usurpación que la palabra y solo en ella hay plenitud y dinámica.
La posesión por los nombres es un ejercicio de arcaica melodía, de tácita transparencia; porque todo en ella es natural. Brota el verbo con el verde callado de la tarde. La calidez es la usura del viento azucenado. Sobre el olfato se despierta una elegancia de aritmético despliegue. El fuego es interno y, por tano, horada las estancias más vivas. Precisamente, las que no pueden ser instauradas en ningún lenguaje, ni siquiera en el lenguaje de los alcornoques moribundos.

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Múnich resplandecía…y en ese esplendor, las plazas, los paseos de los jóvenes lectores, los burgueses, los escaparates repletos de libros sobre el Renacimiento eran apoyaturas de la belleza insertad en la sociedad. Con estas descripciones comienza el relato de Thomas Mann titulado Gladius Dei (1902). Hieronymus es el protagonista de este obra y en él ya comienzan a concentrarse algunas de las propiedades que Mann inserta en sus personajes más redondos. Pero poco importa esa circunstancia. Desearía horadar por esa sociedad en que “el arte florece, el arte lo gobierna todo”.

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Todo produce desorientación, incluso el sueño de las encinas. Como una balaustrada de mármol impoluto se acerca la noche. Como un verso desvestido y con bemoles de jazmín. Como un triángulo inserto en otro que aspira a la línea infinita, troquelada en la ansias y el aliento de una espiga del sueño.



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Rumor, suceso, latido.

domingo, 13 de junio de 2010

Un fauno.


De nuevo la lluvia zozobrante sobre los cristales. El gris de Turner en las ventanas.
Una incapacidad para leer debido al cansancio que me aturde. Y un puñado de
nuevos poetas o poetas del siglo XXI mostrándose como especies de museo o de pasarela de moda.
Si eso es ser poeta, en estos tiempos es una deshonra serlo. Si eso es lo que quieren ofrecer a la sociedad, que no piensen que uno es un zote, un mindundi o un gilipollas.


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Todo esto se parece demasiado a lo que uno lee en Las armas y las letras, de Trapiello, -salvando las distancias abisales-. Cuando se comentan esas reuniones y esos rifirrafes entre unos y otros, esas tertulias auspiciadas por Giménez Caballero junto a Alberti o Bergamín. En el fondo, lo único que interesa (y seigue interesando) es participar del embelesamiento social aun sin atender a la tarea principal.
Como abundan estas mamarrachadas, lo que hago es agarrar un libro de Juan Ramón Jiménez y ponerme a leer. Ahí acaba toda porfía y todo desencuentro.


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Imagino la tarde declinada por los acordes de Debussy, Prélude à “L´après-midi d´un faune”. En esa obra no evoluciona la melodía. La instrumentación se renueva prodigiosamente. Es el acompañamiento el que va incorporando variaciones y extendiendo, como un organismo, las resonancias, ramificando su ser. Las formas del fondo musical se van difuminando y así la visión del fauno, que trata de recordar el sueño de dos ninfas, nos pertenece y embriaga.

Es una composición orquestal a partir de un poema de Mallarmé. No me agrada hablar de poema sinfónico, me resulta chirriante y ripioso en su semántica. No hay imitación, hay sugerencia; no hay clasificación del tiempo. El tiempo es todo, en conjunto. Está siendo.
La luz entre la lluvia se dilata con la melodía que invade la casa. La atmósfera se envuelve de la ensoñación de esta composición con la que Debussy trató de aventajar al romanticismo decadente.
Debussy fue, poco a poco, desvinculándose de sus aspiraciones vanguardistas y ocultistas en favor de la claridad, la elegancia y la sencillez. Creo que, Debussy, junto a Satie, entendieron, después de sus escarceos en la orden de la rosacruz y otras actividades parisinas, que había que empezar de cero.


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El comienzo está en la compleja claridad, está en la impenetrable transparencia.