domingo, 19 de octubre de 2008

DIÁLOGO CON LOS MUERTOS.

Me preguntan, sin miramientos ningunos, si entiendo qué pretende hacer Garzón con el franquismo. Argumentan que se trata de un episodio que terminó con la Transición y que remover ahora esos vientos del pueblo no es más que levantar a los muertos, con los que no se puede hablar. Ante esta complicada cuestión, medito por unos segundos, me sostengo en un silencio con la mirada perdida, sin encontrar una satisfactoria respuesta. Digo en voz alta que la justicia debe impartirse fuera de los márgenes del tiempo, porque la justicia es atemporal y rematadamente lenta. Llega sólo con la evidencia y con estos casos bélicos la evidencia se engatilló entre metrallas y pistoleros.
No estoy en absoluto de acuerdo con lo que acabo de decir, la justicia debía ser inmediata y no dejarse sobornar por la incompetencia de los hombres y los criterios partidistas. Pero no quiero caer en la cuestión de siempre, en las garras de los políticos. Por eso intento recordar a mi abuelo Juan, a quien no conocí y a mi abuelo Cristóbal, a quien conocí demasiado bien. Porque para la gente de mi edad, la guerra es cuestión de abuelos. Mi abuelo Juan fue un sindicalista que defendió el derecho de los trabajadores a pesar de la amenaza que se cernía sobre estos líderes eminentemente campesinos. En alguna ocasión me han contado episodios verdaderamente crueles: palizas, encarcelamientos y demás comportamientos de instintos animalescos. Por otra parte, recuerdo a mi abuelo Cristóbal; él fue un capataz de obras públicas que trazó buena parte de las carreteras por las que transitamos ahora. Claro, conoció las cunetas, las levantó, construyó las carreteras de la provincia, los caminos y estoy seguro de que en ellas aún quedaban restos de los fusilamientos, de esqueletos trenzados por la penuria del olvido. Así que mi respuesta es un diálogo con los muertos, con dos muertos que se llevaron parte de la verdad a sus tumbas.

jueves, 16 de octubre de 2008

ENTERRAR A LOS MUERTOS, IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN.

El libro me lo regaló Fernando Iwasaki en uno de nuestros encuentros cuando él trabajaba en la calle Fabiola, en Sevilla. Recuerdo bien que, en un arrebato espontáneo, se levantó de su pequeño sofá y sacó de una estantería el libro y me lo puso en las manos. Le pregunté si el volumen merecía la pena, “está bueno”, asintió como de costumbre. Hablo de la primavera de 2005. Hasta hace dos tardes no lo he leído, pero tengo la impresión de que la suerte de la obra de Ignacio Martínez de Pisón me esperaba para el momento en que la maduración sobre el tema, la guerra civil, me alcanzara en sazón, como la fruta.
Me ha parecido fascinante y de bella factura. Ignacio Martínez de Pisón desarrolla en estas páginas un encuentro con el destino de un personaje que sufrió el mal endémico de la guerra civil española, en esta ocasión, el que se perpetró en el bando republicano. El devenir de la vida de Pepe Robles Pazos y la consecutiva investigación de John Dos Passos sirven de vías ciegas para intervenir, con las pinzas del literato y las intuiciones del investigador, en las entrañas de las actitudes más mezquinas que una guerra siempre depara en cualquier bando que se precie. En este sentido, la obra posee un aliento de doble filo; por un lado la obsesiva tentativa de Dos Passos por averiguar quiénes y por qué se asesinó a Robles dentro de su mismo bando, el republicano; por otro, la investigación que desarrolla el propio Ignacio Martínez de Pisón, quien actúa de demiurgo poniéndole en claro a Dos Passos, ochenta años después, lo que le ocurrió al amigo que conoció en un viaje en tren y que fue su primer traductor a nuestra lengua.
Escribía hace poco que los libros llevan a los libros y que la vida, cuando se hace desde la literatura, también. Y es precisamente esto lo que le ocurrió al autor para comenzar a escribir este volumen titulado Enterrar a los muertos. Un libro, John Dos passos: Rocinante pierde el camino, supuso el disparadero para que estas páginas terminasen aunadas en este formato.
Las vidas de Robles y de Dos Passos se cruzan allá por 1937. Robles fue el primer traductor de la obra del americano en lengua española. Tenía, por lo demás, una sección, “Libros yankis”, en la revista de Giménez Caballero, La Gaceta Literaria, en la que ponía al día las últimas tendencias de la narrativa estadounidense. Las primeras obras que reseña son Manhattan Transfer, de Dos Passos, y Fiesta, de Hemingway, en lo que supone “las primeras noticias que en España se publicaron sobre la obra de ambos escritores”. No olvidemos, por ejemplo, que la filiación de La Colmena, de Cela, con la obra de Dos Passos es evidente.
La desgracia agarró la vida de Robles en 1937 cuando “Pepe se disponía a leer un libro de relatos de Edgar Allan Poe, llamaron a la puerta de la vivienda. Un grupo de hombres vestidos de paisanos entró en el salón. Sin dar más explicaciones ni atendiendo a sus ruegos, le ordenaron que se arreglara y les acompañara”. La suerte de Robles es la muerte, lo asesinaron. A partir del asesinato de Robles, Dos Passos sufre una evolución ideológica que lo lleva a desvincularse de la causa republicana ya que no comprende cómo su amigo pudo ser asesinado por los de su propio bando. Llega el estadounidense a enemistarse con Hemingway y con buena parte de la pléyade de poetas republicanos entre los que se encontraban Alberti o Bergamín. En unas declaraciones recogidas en el libro manifiesta Alberti, “decían que estaba probado que José Robles era un espía y lo fusilaron”. Unas palabras terribles a pesar de que nunca se demostró nada; el espionaje inventivo se configuró como una manera de justificar el asesinato cuando las fuerzas militares soviéticas llegan a España de la mano de Stalin. En cualquier caso, ningún espionaje justifica un fusilamiento. Las causas que más se aproximan al razonamiento de esta ejecución son las conclusiones a las que llega Ignacio Martínez de Pisón. No las defiende como definitivas, sólo las deja encima de la mesa.
Evidentemente, el caso se desarrolla en uno de los episodios más controvertidos de la historia de este país y eso lleva al autor a otras aguas enturbiadas como las que generó el enfrentamiento del POUM y el asesinato de Andreu Nin, la intervención soviética en las fuerzas militares republicanas, los campos de concentración franquistas, Gorev, los servicios secretos de espionaje, etc. Destaco el trato que se le ofrece a un episodio que se me viene cruzando en la bibliografía sobre la guerra civil que últimamente utilizo. Se trata del libro de Max Rieger (hombre de dudosa existencia) titulado Espionaje en España. El caso es que el prólogo lo escribe José Bergamín y todos los estudiosos que he consultado (Trapiello, Martínez de Pisón, Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo…) piensan, entre otras teorías que hablan de Georges Soria, que la autoría es de Wenceslao Roces, amigo de Robles y subsecretario del Ministerio de Instrucciones Públicas en el momento del asesinato de Robles Pazos. El mismo pájaro en aguas enfangadas.
Este libro, Espionaje en España, justifica en teoría las acusaciones que pesan sobre el POUM de espionaje y apoyo al bando franquista. En resumidas cuentas, la cruel venganza sobre un disidente llamado Andreu Nin.
Por último, vinculo este libro de Martínez de Pisón con Tu rostro mañana, de Javier Marías. Marías hace una introspección, durante los tres tomos de Tu rostro mañana, en la condición humana vista desde la lejanía temporal de los hechos. Uno de los episodios sobre el que más reflexiona es precisamente el de Nin, y una de las fuerzas que vehicula el progreso de las páginas de la novela es, igualmente, la fuerza proteica del espionaje durante la guerra civil y el miedo endémico que suponía sentirse en continua espiación. No en vano tanto Tupra como sir Peter Wheeler son dos antiguos hombres del espionaje internacional.
Dos obras que afrontan de forma distinta una misma encrucijada moral que devino de la inoportuna y desgraciada guerra que azotó y que dejó nuestro rostro enterrando a los muertos.

martes, 14 de octubre de 2008

LEYENDO ESCRIBIENDO, JULIEN GRACQ.

Los libros llevan a los libros, ¿a qué lleva la vida? Cuando decidí iniciar una serie de anotaciones titulada “Escribir la lectura”, pensaba incendiar con el verbo aquellas inquietudes que surgían al leer. Venía influido por la lectura –qué si no- de varios diarios y de varias obras recopilatorias que tenían el común denominador de existir gracias a la lectura suelta y discontinua y no a una tremenda ansia de “novelización”, si así puede nominarse a las novelas de ahora. En definitiva, intento con ello darle pábulo literario a los apuntes que mueren en los márgenes de los libros, a las anotaciones desmayadas en el moleskine, en fin, rescatar lo que quedará en eso que Javier Marías llamó, y tan bien, la negra espalda del tiempo.
Por este motivo, cuando en el último libro de Vila-Matas se subrayaba la elegancia y la inteligencia de varios lectores, rápidamente anoté los títulos a fin de comprar los libros. Uno de ellos es Julián Gracq y su libro Leyendo escribiendo (Fuentetaja, 2005). Un título perfecto. El título que puede resumir la obra de Borges, un título en marcha, que gerundiza el mecanismo de la lectura como aquél que jamás se interrumpe y cesa, como un movimento de noria que no desfallece y que necesita, a su vez, de ese movimiento perpetuo, diría Monterroso, de leer para escribir.
Julián Gracq recogió para este libro las anotaciones más interesantes que había dejado en sus cuadernos durante los años setenta con la intención de darle unidad a unos apuntes dispersos. El resultado es magnífico. Un libro que está escrito sin idea inicial, sólo bajo los efectos de la literatura. Cada uno de sus apartados es capaz de abrir nuevos horizontes e interpretaciones, sobre todo en autores franceses y en especial de Stendhal y Proust.
Julián Gracq es el pseudónimo de Louis Poirier (1910) y es uno de los pocos escritores franceses que han publicado en vida en la Biblioteca de la Pléiade. Gracq fue profesor de Historia en un Instituto, pero actualmente vive retirado en una casa en la isla de Batailleuse. En ese retiro se dedica a leer y escribir, leyendo escribiendo, en pocas palabras. Esto fue lo que llamó la atención de Vila-Matas, la extraña forma de vida de un autor francés que jamás se ha sentido tentado por las vanaglorias que envuelven a la literatura.
Llegué a la lectura de este solitario gracias a un libro que habla sobre su obra. Una obra con la que me identifico a la luz de esta sección titulada "Escribir la lectura". Los arañazos de Gracq a la conciencia y su mayestático ejercicio justifican la escritura de este tipo de páginas. No sé si con ello se consigue deturpar las características del sueño en otros siglos, pero uno se apega más a las ensoñaciones irradiadas desde la disolución de la historia que a las antiguas maneras de la novela, esas que pretenden seguir distrayendo sin deleitar. Al menos el deleite pesa en mi conciencia junto a la satisfacción estética y ética de la literatura, no arropada en los cantos modernos y pasajeros de las tendencias que nacen muertas.
“¿Al margen de las diferencias individuales, hay una manera de soñar propia de cada época?¿El estilo onírico característico de una época se modifica al mismo ritmo que el estilo de sus realizaciones calculadas y concretas?”.

sábado, 11 de octubre de 2008

EL MALOGRADO, THOMAS BERNHARD.

¿Es la genialidad una pulsión nihilista?, me pregunto tras leer El malogrado, de Thomas Bernhard. Mientras tanto, lanzo una mirada al fondo de la biblioteca y prefiguro a un señor con bufanda, sentado en una silla maltrecha, de poca altura para un pianista, que interpreta Las variaciones Goldberg, de Bach, bajo el hechizo de la absoluta conversión en música. Porque la figura de Glenn Gould y la de los otros personajes de la novela, Wertheimer y el narrador, aspiran a convertirse en música, en instrumento directo sin la mediación de las teclas del piano. Es una aspiración al absoluto, comparable al silencio en la literatura, la que recorre cada resquicio de esta obra.
El narrador llega, casi treinta años después, a la casa del amigo que había estudiado con él en el Mozateum, con el maestro Horowitz. Estos dos pianistas de gran nivel interpretativo quedan eclipsados por la figura revolucionaria e inigualable de Glenn Gould. Su genialidad y obsesión por las obras de Bach conduce a los dos pianistas a una reflexión profunda acerca de la incapacidad de aprehender la perfección interpretativa frente a ese torbellino. Las respuestas son dispares. Los dos abandonan la interpretación, pero mientras el narrador acepta, con alegato epicureísta incluido, su destino de desapego a la música, su compañero, Wertheimer concluye no sólo con su carrera musical sino con su propia vida. Se suicida días después de conocer la muerte natural de Gould. Es a esa casa a donde va el narrador en busca de las últimas referencias de ese mundo de aspiraciones espirituales que la música propone y que, igualmente, hace desaparecer.
Esta trama, en manos de un narrador mediocre, quedaría en anécdota e historia sin un logro que fuera más allá de la técnica narrativa. Sin embargo, en manos de Bernhard, cualquier historia desvirtúa su naturaleza y se posiciona en esa órbita de lo puramente literario. Tanto es así que parece que el lector escucha, durante el tiempo de lectura, las variaciones Goldberg cada vez que comenzamos a leer cada una de las páginas como si fueran partituras tejidas en el envés de las sílabas. El virtuosismo de Bernhard reside en su capacidad para encarnar en verbo las desilusiones y los dramas interiores de los personajes. Músicos que se sienten fuera del pentagrama, como unas notas que no encajan en el armónico silbido de la vida.
Toda la obra de Bernhard gira en torno a esa confabulación interior que los artistas delinean en sus aspiraciones. Ese es el malogrado, el personaje que nunca ha sido capaz de insertarse en el orden primario de los días. Descubre su incapacidad de igualar la potencia creativa de Gould y eso le lleva primero al abandono de la interpretación, segundo, al suicidio: “Sólo a partir del pensamiento desarrollaba su discurso. Aborrecía a los hombres que decían lo que no habían pensado hasta el fin, es decir, aborrecía a casi toda la humanidad”, dice el narrador sobre Gould. Mientras, Wertheimer se había recluido en una casa en Tarich para leer únicamente a Schopenhauer, Kant, Spinoza. El narrador estaba escribiendo un libro titulado Sobre Glenn Gould, pero jamás logró terminarlo.
De esta forma, se produce un solapamiento narrativo entre lo que piensa el personaje (marcado con esos interminables “pensé” que aparecen al final de cada párrafo), lo que estaba escribiendo en ese ensayo y lo que recordaba al llegar a la casa del amigo suicidado. Entre tanto se deslizan reflexiones sobre la vida apegada a la aspiración artística, la infelicidad vital, el desgarro por el tiempo perdido, la pérdida de grandes mentalidades por la falta de pensamiento, etc.: “El ser humano es la infelicidad, decía una y otra vez, pensé, sólo un imbécil pretende lo contrario. Nacer es una infelicidad, decía, y, mientras vivimos, prolongamos esa infelicidad, sólo la muerte la interrumpe”.
Hay, igualmente, un acercamiento al proceso de la creación artística apegada a la locura. Una relación que se deja leer gracias al vínculo extraño y obsesivo de los músicos con sus instrumentos: “El pianista ideal es el que quiere ser piano, y la verdad es que todos los días me digo, al despertar, quiero ser el Steinway, no el ser humano que toca el Steinway, el Steinway mismo quiero ser. A veces nos acercamos a ese ideal, decía, nos acercamos mucho, cuando creemos estar ya locos, casi en la vía de la demencia, que tememos más que a nada. Odiaba la idea de estar entre Bach y Steinway solo como mediador musical”.
Entre líneas interpretamos la crítica ácida que hace el autor a la sociedad de su país, una crítica que viene desde El origen , el primer tomo de su autobiografía, y que diluye por el resto de su obra. Una crítica sobre las dos enfermedades que lo contagian desde pequeño, el nacionalsocialismo y el catolicismo.
No es de extrañar que Javier Marías tenga a Thomas Bernhard entre sus autores de culto. Creo que su admiración va más allá y que muchas de sus señas narrativas, las repeticiones, el aliento de sus desarrollos narrativos, la perfección de los párrafos, la intrusión de los pensamientos en el discurso, la dilación de los momentos en digresiones, tienen un origen claro y preciso en la obra de este autor mayor de las letras europeas. Una delicia, El malogrado, una pieza camerística dentro de un corpus, el de Bernhard, que nos conviene leer a aquellos que buscamos el deleite de la literatura en estado puro, en esencia, con todas las variaciones de la genialidad.

viernes, 10 de octubre de 2008

LOS GIRASOLES EN MAYO.

No sabe uno ni debería saber lo que le va ocurrir desde el momento en que abre los ojos y comienza su tránsito por el mundo. En el pasado los sueños, las pesadillas olvidadas que han surtido de emociones la noche en que dormitamos y rendimos culto al inconsciente; los aires que traspasan la nariz y que se adentran por los conductos más torcidos de la noche. Por eso no sabe uno ni debería saber cómo ejercitará el azar sus mecanismos, ni cómo lo fortuito se terminará acoplando en el devenir, triste y melancólico, de los días que nos devoran.
Nada más terminar el café, decidimos ir al cine con la intención de cobijarnos en una sala en la que la crisis y otras piruetas bursátiles quedaran a un lado. Teníamos en la cabeza ir a ver la película de José Luis Cuerda, Los girasoles ciegos. La película tiene como base el texto de Alberto Méndez. Lo cierto es que salimos de la casa con poco tiempo de margen, con toda la prisa de dos desesperados, como si la película se fuera a terminar con nuestra ausencia. Cierto es que Kafka decía que el cine no terminaba de gustarle porque el cine es una mirada obligada sobre la realidad, el cine escoge la mirada sobre esa realidad por nosotros. Kafka, el cine, la desesperación.
Ya en la taquilla, se nos colaron dos jóvenes que querían entradas para Sangre de Mayo, la película de Garci. Para colmo de males, la joven era conocida de la cajera, y eso agudizó nuestros nervios. Le pedimos dos entradas para Los girasoles ciegos para las 18.40; la cajera nos preguntó si queríamos a la 18.45. De inmediato pensamos que el horario estaba equivocado, pero ya estábamos entrando.
Sentados, prácticamente solos en la sala, los compases de Bocherinni comenzaron a brotar con la fuerza de la época dieciochesca. Se iniciaba Sangre de mayo.
La cajera nos había dado las entradas equivocadas y M.C. me miró con la sonrisa de saberse presa, deliciosamente presa, del azar, de las redes invisibles y delicuescentes que traza en nuestros pasos esa palabra que en una suerte de palímdromo viene a decir raza. La raza del azar.

martes, 7 de octubre de 2008

UNA EDUCACIÓN SENSORIAL.

En ocasiones creo que educo mis sentidos a través de los libros. Tanto es así que ya no me interesa el mundo, el mundo de realidades sensoriales, el que se muestra a sí mismo como un repertorio de avances indescifrables. Ya se acabó, abandono la vida, o, en mejor decir, me retiro de vivir la vida. Odio, además, esa expresión, "vivir la vida", como si la vida ofreciera más opciones que vivirla. Sí, a lo mejor la opción oculta es la que muestra la literatura: renuncia a la vida, la tendrás en tus manos.

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“El libro es la educación de los sentidos a través del lenguaje”, escribe Carlos Fuentes en En esto creo. ¿Podemos educar a los sentidos a través del lenguaje? Si entendemos lenguaje en un sentido amplio, por supuesto. Aunque prefiero pensar que los sentidos recopilan el corpus de realidad al que luego le damos nombre, le damos vida.

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Cuando me despido de algunos compañeros de trabajo o de unos acompañantes de viaje siempre me surgen las ganas -unas tremendas ganas hay que decir- de despedirme con la siguiente frase: “Adiós, adiós, recuérdame”. Esta es la frase que utiliza el fantasma del padre de Hamlet cada vez que aparece y desaparece. Es la cifra del poder de la memoria. Recuérdame, exhorta el viejo, no dejes de otorgarme la vida en el recuerdo. En ese gusanillo que se enreda por un hueco y por otro y que recorre las cenizas de nuestra imagen.

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Al leer estas notas me digo “el yo es detestable”. Se las he robado a Rimbaud. Rimbaud no quiso darle más cobijo a su yo, dejó de escribir para ello. Quizás ande por ahí el misterio de los Bartlebys; se me antojan personajes que han decapitado a su yo desde el principio. No vivir conmigo, sólo fuera de mí.

lunes, 6 de octubre de 2008

¿QUÉ CRISIS?

Estos aires de crisis huelen a rancio, a tiempos antiguos. Ya sabemos la historia y volverá a repetirse: unos pocos especulan con el dinero de los ciudadanos y cuando traspasan las reglas del juego, resulta que ellos terminan ganando y los trabajadores de medio pelo pagando la muerte de las finanzas. Los ricos se quejan de la crisis cuando dejan de ganar lo que ganaban, pero jamás pierden. Así que cuando hablan de crisis económica me pregunto hasta cuándo vamos a dejar que el capitalismo exacerbado nos abrigue y envilezca, porque, cada cual en sus posibilidades, estamos sometidos al capitalismo en crudo. Con esta afirmación no estoy defendiendo que la práctica de un socialismo desnortado sea la solución, antes al contrario, estoy diagnosticando, según mi criterio, lo que acontece en esta sociedad de coco y huevo.
Estos aires de crisis debieran llevarnos a otras reflexiones que fueran más allá de la caída de los bancos; porque la crisis, esta crisis imperialista y monetaria, es nada al lado de la que se vive en otros países que cuentan la caída de su bolsa a ritmo de muertes por segundos. Mea culpa, ante todo y con descaro. ¡Qué hipócritas somos! Dejemos de una vez de sorprendernos ante lo evidente: nada nos pertenece, ni el piso que el banco te ha dejado, ni el coche, ni siquiera la ropa que atesta tu armario. La crisis, repito, está en la mollera de los ciudadanos, los que dejamos que la ignorancia supina nos dirija y nos aconseje cómo utilizar nuestras inversiones. ¿Quién se pregunta para qué compra algo, por qué necesito esto? Las preguntas se las hacen los niños y los ancianos. Los unos por inocentes, los otros por veteranos de guerra. La crisis es la falta de pensamiento, la destrucción de la inteligencia, el aplastamiento de los ideales.
La crisis económica nos azotará con cara de dólar y euro. La historia vuelve a ser la de siempre, el dinero público socorre la inversión descerebrada de las privadas. Capitalismo ambidiestro. ¿Quién intervendrá, de una puñetera vez, en la formación de los ciudadanos? Por este motivo cuando hablan de crisis deben matizar bien que se trata de la meramente financiera, ya que la crisis intelectual viene sofocándonos desde antiguo.

sábado, 4 de octubre de 2008

EL POZO, PARA ESTA NOCHE.

Eran las cuatro de la mañana y no tuve más remedio que despertarme. Me acomodé en el salón, con la cabeza sobre uno de los extremos del sofá, con la intención de que mi asfixia cesara cuanto antes. Un agobio nocturno, pensé.
Decidieron los bronquios alargar la escena y retenerme allí durante toda la noche. Para entonces M.C. ya había acudido con urgencia.
En esa negrura quise acordarme de algunas novelas con las que pudiera identificarme. La poesía es siempre un rasguño a la noche, lo di por descontado. Sin embargo, no hacía mucho que andaba detrás de una novela de Onetti titulada El Pozo. En ese título creí ver la luz de esa noche, para esta noche, me dije. En la edición de las Obras Completas (Galaxia/Gutenberg) se añade un prólogo de Dolly Onetti, una introducción de Hortensia Campanella y un exquisito prólogo de Juan Villoro. Espigué por esas páginas, pero rápidamente me adentré en la nouvelle. Eran ya las cinco de la madrugada.
El Pozo (1939), de J.C. Onetti. Una pieza maestra, ese pozo. Llevaba años hacinando en la cabeza el inicio de la obra; muchas veces lo había leído como quien escucha una obertura que anticipa todos los temas. En ese párrafo inicial me parecía encontrar toda la literatura de Onetti, al menos, la que había leído hasta entonces. Toda su literatura, eso me parece el párrafo que principia El Pozo. No es casualidad que lo primero que hace el personaje es imaginarse de pronto que nunca ha visto el mundo, que la casa en la que vive es un lugar desconocido para él. Por eso comienza con una descripción, nombrando los elementos que lo rodea con ánimo de darles vida. Una escueta descripción que crea un mundo narrativo que se completará no en las acciones, ni en la trama, sino en las ensoñaciones del protagonista, es decir, literatura y ensoñación al mismo nivel de la realidad.
Muchos manuales de literatura hispanoamericana sitúan el inicio de la nueva narrativa hispanoamericana en esta obra del uruguayo. Lo cierto es que si comparamos esta opera prima de Onetti con lo que se estaba haciendo en Hispanoamérica e, incluso, en España, la obra adquiere más valor aún. Volvamos a ella sin perífrasis.
Qué inicio. El personaje se encuentra en un cuarto, un espacio en que no ocurre nada aparentemente, un lugar oxidado -como luego será Santa María y el propio astillero- que recobra vida gracias a las tribulaciones mentales del protagonista, del narrador. En medio de esos delirios, se levantan una prosa y una cosmovisión literarias que anuncian lo que vino después, una de las obras narrativas más sugerentes escrita en español.
Terminé de leer la nouvelle de Onetti entre suspiros y mocosidades, entre lamentos y respiraciones forzadas. Como en un pozo, quise aventajar a la noche, para esa noche, con las palabras del uruguayo. No aspiraba a encontrar verdad alguna, solo a leer y a dejar que la oscuridad desapareciese sin más preámbulos: “Se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”.
Todavía, cuando la mañana se ha presentado con la fuerza matutina de la albariza, resuena el comienzo de la obra. Después de un tiempo paseándome por el cuarto, de golpe, se me ocurre que lo veo por primera vez. Una mesa, libros amontonados, cuatro sillas, un catre.

martes, 30 de septiembre de 2008

UN PALIMPSESTO.

Últimamente escribo demasiado en mi cuaderno de notas, en mi moleskine. Todas las mañanas salgo con ella en la maleta para el trabajo y cuando, por alguna razón, se me olvida, siento un inconexo desasosiego y todas las ganas de escribir que hasta entonces no poseía. Por eso viene conmigo siempre, porque la escritura es repentina y caprichosa y porque las ideas surgen cuando menos parece que deben surgir.
Cuando regreso a casa, cambio el formato de la libreta por el de la bitácora que lees ahora; en ella vuelco la resaca literaria que resulta de las lecturas, los subrayados, las frases que han auspiciado algún pensamiento fugitivo y nómada.
Hoy quiero que ambas, la libreta y la bitácora, convivan en una suerte de palimpsesto.
26 de septiembre de 2008
“Como un personaje de novela (cada vez creo más en ello, en que nuestros actos poseen rasgos de la literatura y que es por ello por lo que siempre surgirá al rescoldo de la vida) he dirigido mis pasos a la biblioteca del centro en que trabajo. Está sola, cargada de libros abandonados, jamás leídos. De repente pienso en un cementerio, en la soledad que se agolpa en los lugares en que el hombre no invade con su sonido. El hombre es sonido en esencia. En ese lugar sólo acontece el mundo y eso me despierta un sentimiento de intrusión ante un espectáculo al que no pertenezco. Un espectáculo, el del mundo, que Hölderlin descifró en Tubinga. A eso lo llamaron locura.
Viene conmigo el moleskine y un libro de Vila-Matas. Escribo en él como si con ello desvencijara el orden natural del edificio, como si un conspirador intentara adentrarse en las entrañas del abismo. Entonces comienzo a leer: “Voy caminando por Piere-Lachaise hacia un cementerio laico”. Me sorprende que Vila-Matas comience el 2008 en París a la busca del cementerio de Nerval. En esos momentos entendí la imagen. Buscaba esa extraña forma de vida que consiste en apartarse del todo para descubrir que nuestro sonido es el silencio”.

lunes, 29 de septiembre de 2008

EL RÍO Y EL PASEO.

En una sobremesa, mientras defiendía con vehemencia que la literatura pertenece a unos pocos -escritores y lectores estos- pensaba en silencio en unas palabras que había leído en El ocaso del pensamiento, de E.M. Cioran: “Uno puede decir con toda la tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará”. Quise añadir a las palabras de Cioran que de la misma manera que el universo al completo carece de sentido, el hombre mismo vive sin él. Y fue entonces cuando regresé con nuevo brío para introducir en la conversación algo parecido a lo siguiente: “La literatura es un enigma del universo y por lo tanto carece de sentido que intentemos definirla. La literatura es una porción del infinito en letra impresa. Un infinito cuya materia es el hombre”. Cerré la boca, miré con qué desprecio aceptaron algunos que de repente saltara con esas divagaciones que no eran adecuadas mientras se habla de los libros que se han vendido, los autores más leídos y las próximas novedades. Me levanté de la mesa y fui a encenderme un cigarro; el humo desapareció con la corriente de frío que indicaba que una ventana o una puerta estaban próximas. En busca de esa ventana continué con las palabras de Cioran en la cabeza. "También dijo Cioran que debíamos hablarle al mundo como él nos habla a nosotros, con todos los sinsentidos posibles", pensé.
Al reincorporarme a la mesa, la discusión seguía en vilo. Los gritos y las disputas aumentaban porque alguien había dicho que Walser era, como suele decirse, “un escritor menor”. Pensé que Hölderlin, se pasaba horas y horas contemplando el Neckar sin abrir la boca en busca del universo. Allí en Tubinga, mientras hacía poco por vivir.
Siempre que termino una conversación me quedo meditativo y frustado por todas las barbaridades que termino diciendo. Aquel día decidí imitar a Hölderlin y a Walser; paseé como si fuera un enfermo mental en el sanatorio de San Bonifacio, un enfermo ficticio, como Walser, de arriba a abajo, sin trazar trayectoria alguna. Me quedé en la ventana buscando un río, un río que no existía, pero que aquella noche se hizo presente en cada una de las sílabas que pronuncié. Un río interminable, de corriente poderosa, de cristalina solidez que se llama literatura. Tan clara y, a veces, tan enturbiada por los hombres.
*Tubinga a orillas del Neckar.

sábado, 27 de septiembre de 2008

NOTAS PARA LISBOA.

Lo primero que hice al llegar a Lisboa fue comprarme un cuaderno de notas. Así que lo que vas a leer a continuación son algunas notas de ese cuaderno, unas notas personales. No aspiran a nada, es decir, no persiguen asimilar ninguna belleza literaria, sólo diluirse por la experiencia anotada, esa que envuelve al escritor con la vida.

“Iba buscando un moleskine que contuviera algo relacionado con la capital portuguesa, pero no lo encontré. Sólo pude ver en un escaparate, en el barrio de Chiado, una libreta que, según aparecía en sus lomos, era genuinamente portuguesa. Quise comprarla. La tienda estaba cerrada. Sin embargo, en la librería que está al lado del café A Brasileria pude hacerme con unos separadores dedicados a Pessoa por el 120º aniversario de su nacimiento”.
***
Sentado en el café A Brasileira, café que frecuentaba el ilustre Fernando Pessoa, acabo de abrir el nuevo cuaderno. En portugués leo lo siguiente: `Poeta plural como o universo. Sentia com a imaginaçao´. De esta manera, bajo el ataque amargo de una “bica”, apoyados M.C y yo sobre la mesa, dejamos que la imaginación nos sirva en frío sus tentáculos. Ella suspira, pausadamente, mientras rebusca con la mirada las huellas del poeta”.
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Sentados en la Plaza de Rossio, en la Pastelaria Suiça, decidimos contemplar la tarde, su derrumbe sobre la piedras. Porque Lisboa me lleva a la piedra. Lisboa es un xilófono deteriorado, pero de inigualable armonía. Es una predicación, Lisboa es una predicación inevitable”.
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Último día en Lisboa. Escapada a Sintra. Lugar que frecuentaba en verano el mismo Pessoa. Una vez sentado en Sintra, en el faro de Sintra, tuve la certeza de que me observaba alguien. Entonces entendí en sus ojos que allí se acumulaba el universo. Parecía poeta, un poeta plural como el universo”.
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"Lisboa es el mundo. Sus calles empedradas e irregulares son una silueta encaprichada que remeda los pasos de los que deambulan por ellas. Irregularidad. Asimetría. Dos alternancias parejas que sostienen a una ciudad de tez bronceada, de respiración artificial, tan artificial como un heterónimo, tan verdadero como un heterónimo".

jueves, 25 de septiembre de 2008

NOCHE DE GRAN PESIMISMO.

Sonreí al tiempo de terminar lo que Vila-Matas había escrito en su Dietario voluble a finales del 2007. Al levantar la mirada, un compañero de trabajo sostuvo su seriedad más allá de toda impudicia. Yo permanecí esbozando una sonrisa. Por momentos parecía un duelo. Poco importa, después de explorar el abismo, poco importa.

*
En RNE han hecho referencias a unas definiciones que en el DRAE están descuidadas. Entre ellas se encuentra ñu: “1. m. Antílope propio del África del Sur, que parece un caballo pequeño con cabeza de toro”. Un caballito pequeño, con cabeza de toro… ¿Qué realidad nombra el diccionario, bajo qué impropiedades?

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Leo en la Tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro (Seix-Barral, 2003) una entrada escrita en francés el 24 de febrero de 1958, perteneciente al Segundo Diario Limeño con interludio ayacuchiano (1958-1960). No sólo me llama la atención que esté escrito en francés, sino la frase que la inicia: “ Je ne conçois ma vie que comme un enchainement de morts succesives…”. Enredado en los anexos finales, aparece en la edición una versión libre que traduce estas misteriosas palabras del autor de La palabra del mudo: “No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilusiones, de todas mis vocaciones perdidas. Un abogado inconcluso, un profesor sin cátedra, un periodista mudo, un bohemio mediocre, un impresor oscuro y, casi, un escritor fracasado. Noche de gran pesimismo".


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A veces el fracaso es una tentación a la que debemos acudir necesariamente para asegurarnos de que es en él donde mejor nos entendemos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

DENEVI A LAS ONCE.


Llegué a la obra de Marco Denevi por varios cauces que siempre terminaban en elogios. El primero de ellos fue la lectura de Alberto Manguel, Diario de lecturas (Alianza). En una de sus entradas hace una defensa de la magnífica novela policial Rosaura a las diez. Efectivamente, tiempo después pude comprarla a través de Internet y leerla con todo el placer que se vislumbraba en la referencia del autor de Una historia de la lectura.
En otra ocasión, al leer unas referencias del crítico José Miguel Oviedo, tuve la oportunidad de leer que Denevi dosificó en Rosaura a las diez las voces de la narración con tal maestría que supuso un anticipo de lo que poco después hizo su compatriota argentino, Manuel Puig, en El beso de la mujer araña, por ejemplo. Las voces de los personajes van construyendo la trama íntegramente sin la necesidad de un narrador, interno o externo, que lo realice.
Al tiempo, compré dos libros de Denevi en una librería de viejo de Sevilla. El primero de ellos es una edición agotada en Alianza, Ceremonias secretas; el otro se titula Falsificaciones y otros relatos, publicado por la colección gaditana Calembé.
Como si de una trama detectivesca se tratara, la edición de Ceremonias Secretas está realizada y prologada por Alberto Manguel. Es una recopilación de cuentos, de exquisitos cuentos. Tomo como ejemplos más destacados “Ceremonia secreta”, “Redención de la mujer caníbal”, "Hierba del cielo” o Un perro en el grabado de Durero…”. Sin embargo, prefiero el libro Falsificaciones y otros relatos, en él se concentran los mayores logros de Denevi, esto es, la dosificación no de una trama policial, sino de las lecturas que luego han sufrido una transformación literaria con su creación. Todo el libro está repleto de microrrelatos que distorsionan y remueven acontecimientos de la cultura europea, de personajes significativos en la historia y en la literatura universales. Muestra de ello son los relatos “Versión bárbara de Tristán e Isolda”, “El trabjo nº 13 de Hércules”, “Biografía secreta de Nerón”, "Romeo frente al cadáver de Julieta”, “El honor de Lucrecia” o el microrrelato que transcribo íntegro como demostración del deleite que sostiene la lectura de este autor argentino, nacido en 1922, ganador del Premio Kraft en 1955, el Life en castellano, en 1960 y el Premio Argentares en 1962.

LA CONTEMPORANEIDAD Y LA POSTERIDAD
En un hotel de mala muerte, calle Campagne Prèmiere, año de 1872, un académico espía por el ojo de la cerradura el cuarto contiguo al suyo. Ve, escandalizado, que un hombre y un jovencito están haciendo
el amor. Llama a la policía y los gendarmes se llevan presos a los dos viciosos. Entonces el académico vuelve a su habitación y, más tranquilo, prosigue escribiendo una tesis académica, erudita y laudatoria, sobre la poesía de Paul Verlaine y Arthur Rimbaud. Mientras tanto, en la comisaría, los dos viciosos, interrogados, dicen llamarse Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, respectivamente, y ser de profesión poetas. En el bolsillo del hombre es encontrado un poema que se titula Vers pour être calomnié.
Inmediatamente, movido por un afán deconstruccionista, localicé el precioso poema de Verlaine. Lo dejo aquí, al viento, como una calumnia concebida bajo el palio de la inocencia humana.
Ce soir je m'étais penché sur ton sommeil.
Tout ton corps dormait chaste sur l'humble lit,
Et j'ai vu, comme un qui s'applique et qui lit,
Ah ! j'ai vu que tout est vain sous le soleil !
Qu'on vive, ô quelle délicate merveille,
Tant notre appareil est une fleur qui plie !
O pensée aboutissant à la folie !
Va, pauvre, dors ! moi, l'effroi pour toi m'éveille.
Ah ! misère de t'aimer, mon frêle amour
Qui vas respirant comme on respire un jour !
O regard fermé que la mort fera tel !
O bouche qui ris en songe sur ma bouche,
En attendant l'autre rire plus farouche !
Vite, éveille-toi. Dis, l'âme est immortelle ?
( Esta noche yo había analizado su sueño. /Si bien su cuerpo dormido castamente sobre la humilde cama,/ Y vi, como una que se aplica y que dice así: /Vi que todo es inútil bajo el sol! /Vivimos, oh maravillas de lo delicado /Tanto nuestro dispositivo es una flor que se dobla! /Oh, el pensamiento conduce a la locura!/ Me temo que para usted se despierta./ Ah ! la miseria, te amo, mi amor frágil / ¿Quién tendrá la respiración como usted respira un día! / O los ojos cerrados al igual que la muerte! /O que la boca de RIS sueño en mi boca/!Mientras tanto, los demás se ríen más fuerte!/Rápido, despierta. ¿Decir, el alma es inmortal? ).
"Para ser calumniado". (2006, juin 25). Wikisource, . (2006, 25 de junio). Wikisource. Retrieved 14:20, septembre 24, 2008 from http://fr.wikisource.org/w/index.php?title=Vers_pour_%C3%AAtre_calomni%C3%A9&oldid=103162 .

martes, 23 de septiembre de 2008

LA NOVELA PERDIDA DE BORGES.

Hoy he releído los cuentos de Borges como si todos ellos fueran capítulos sueltos de una novela. Así lo creo. Borges tenía escrita una novela, una obra de enormes dimensiones en la que cada capítulo era un ajuste de cuentas con la tradición argentina y con la tradición europea que él había leído y que tan bien asimiló. No tengo la menor duda de que Borges empeñó varios años -algo así como los años perdidos de Jesús- en la redacción de esa magna eyaculación literaria que era su vida. Noveló su vida, que en definitiva eran los libros, pero al término de la escritura se dio cuenta de que todo cabía en un resumen, que la síntesis era la perfecta semblanza de todos sus renglones. De esta manera comenzó a reducir cada capítulo en una especie de macroestructura que los sostiene, un laberinto que no deja vislumbrar las dimensiones reales del trabajo: el tiempo circular, la novela policíaca, la literatura gauchesca, la filosofía de Shopenhauer, el sujeto moderno, los libros, las sagas, acaso la eternidad. “Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados he de rectificar y ampliar estas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil”, escribe al inicio de "El muerto", en El Aleph. Por más que lo interpretemos como un recurso narrativo, considero que este cuento pertenece a una larga narración, una narración de la que no tenemos conocimiento; sólo podemos reconstruirla gracias a la imaginación y a la sospecha. Por eso Borges nos desdibuja el resto, nos lo anula como lectores. Sólo aspiramos a ser un personaje de sus narraciones, un muerto, como Otálora, que adivina al final de sus días que Bandeira es “una tosca divinidad”.
Creo que Borges quiso narrar la eternidad. Prefirió aglutinarla con la descripción del aleph y secuenció los porcentajes de finitud que nos resume en cada uno de sus cuentos. Por supuesto, cuando lo leemos, la tosca divinidad que traza nuestros pasos, es el propio Borges.

domingo, 21 de septiembre de 2008

UN AGRADECIMIENTO

No busca uno con la escritura nada más que la excitación sostenida y en silencio, la circulación de pensamientos e ideas que abriguen, de la mejor forma posible, ciertas aspiraciones literarias que se fraguan en el silencio caramelizado de las grafías. Pero también, mediante la amistad y el aprecio, se siente uno bajo el hechizo de una euforia momentánea, sobre todo cuando un amigo reconoce a la luz pública los logros que jamás vislumbré. Hoy publica ABC de Sevilla un artículo (pincha aquí) de Fernando Iwasaki en que se nombra esta bitácora. Quede aquí mi agradecimiento, mi emocionada gratitud.

sábado, 20 de septiembre de 2008

TEORÍAS PARA UNA PLAZA PÚBLICA.

Cuando uno se sienta en una plaza con la intención de arrimarse a una copa de manzanilla y a unas buenas tapas, no es consciente de que en ese instante queda engullido por la mecánica expresión de los hombres, esa que lleva a la repetición eterna de los mimbres más arcaicos y al desafuero de los instintos primitivos. A no ser que la plaza esté vacía, entonces el proceso ocurre a la inversa: no deja de pensar uno en uno mismo, en sus preocupaciones, en sus ambiciones literarias, en los problemas que acechan de cerca. Quiero explicar bien este teorema de la excentricidad y de la introspección de uno mismo. Para ello considero oportuno dejar un par de ejemplos de los que puedo dar testimonio y con los que, al menos, puedo argumentar estas líneas que surgen tras un verano un tanto movido y desaforado.
En el pueblo, un pueblo costero, el mismo espacio puede convertirse en un recinto de vanidades melifluas y en una vacante para el pleno descanso. En verano, Sanlúcar transforma su plaza del Cabildo en un recinto de vanidades en que corren las tortillas de camarones de un lado a otro y en que las familias reservan los asientos con tres horas de antelación. La misión es comer donde come todo el mundo, comer lo que come todo el mundo y decir que “yo estuve allí, claro, en X”. Sentado yo en una mesa junto a M. disfrutábamos de la aparición de un poniente liviano, pero justo para refrescarnos la calorina que traíamos después de un paseo, un paseo a lo Robert Walser. A esa hora era muy poca la gente sentada en las mesas. De pronto se sentaron cuatro alemanes justo detrás de nosotros. Miraron la carta de arriba abajo. Creo que no entendían nada, además las cartas sólo están escritas en español. Con ánimo de ayudar a los alemanes, me levanté y pedí algo en la barra: unas patatas aliñadas, mero a la salsa tártara, ensalada de marisco… Quise que los alemanes lo viesen bien para que tuvieran una idea de lo que se puede comer y me di unos paseítos disimulados alrededor de su mesa. Pidieron exactamente lo mismo. Sus caras delataban la felicidad del alivio de haber elegido bien.
A partir de entonces llegó la avalancha de playeros quemados por el sol, repeinados tras la ducha y con los colmillos salientes y afilados, embadurnados en la saliva de la gula. Ahí nos fuimos. Comenzaba la función de la feria de las vanidades.
Cuando llegue el invierno y nos sentemos en la plaza tranquilos, sin ánimo de guardar una silla, entonces les contaré en qué consiste la introspección. Eso será cuando acabe el verano, es decir, la semana que viene.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

UNA CORRECCIÓN A LOS DÍAS

La única manera de proferir una corrección a los días es a través de la memoria. Todo intento que no se acople al recuerdo es en vano. Por eso no voy a pedir disculpas ni benevolencias al tiempo por no haber escrito durante casi un mes como venía haciéndolo diariamente. Mal que bien, la escritura es la única forma, para los que sentimos esa necesidad, de perpetuarnos en el tiempo, irresolutamente. Así lo creyó Shopenhauer en el prólogo a la segunda edición de su magna obra, El mundo como voluntad y representación: “ No a los contemporáneos ni a los compatriotas, sino a la humanidad entrego mi obra”.

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Después de una mudanza, la biblioteca termina por convertirse en la segunda piel que nos cubre, en el primer sucedáneo de la vida. Este verano he comprobado hasta qué punto los libros poseen un espacio (enorme, desmesurado) en este paso interino hacia la nada que es la vida. Porque nada nos pertenece, ni siquiera la escritura de un diario voluble o de unas lecciones cargadas de ilusión. Menos aún, ahí somos ilusos, los libros que amontonamos. Ni una sola página quedará entre nuestras manos, menos aún en la memoria de un muerto.

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Ordenando la biblioteca, ya Borges dijo que ordenar una biblioteca es ejercer de crítico literario, me he dado cuenta de la disparidad del universo. Juan Rulfo frente a Octavio Paz; Cervantes a la par que Proust; Juan Ramón Jiménez al unísono con Pérez Galdós y así hasta el infinito. Un puñado de páginas frente a un montículo de páginas, la síntesis frente al desarrollo inacabable; un aleph que dura cien años de soledad. Las grandes obras de la literatura pueden tener, como señalaba Aristóteles en cuanto a la verdad, todas las formas posibles.


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No he dejado de leer, aunque sí bajé el ritmo de lecturas. No en vano terminé con Jordi Gracia, con Renard, con Pessoa. También leí a Hölderlin y a Rilke. Nada más después de Rilke; cosa imposible.

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Haré una concesión a la nueva industria editorial (si cabe hablar de industria en estos tiempos de desboque económico), a sus aciertos. Compré una novela que ha resultado ser maravillosa, de las mejores que he leído en mucho tiempo; su propuesta narrativa, la estructura impresionante de la misma, la calidad en el uso del lenguaje (a pesar de alguna impropiedad semántica) y la fascinante propuesta temática. Lorenzo Bellini se va al sanatorio mental de St. Bonifaz, en el valle de Kremszell, en Baviera. Las setecientas páginas son una introspección virtuosa de la relación que existe entre el arte y la locura. Pablo d´ Ors orquesta cinco lecciones alrededor de un personaje, Bellini, que descubre las leyes silenciosas de la creación artística en un sanatorio en que cada enfermo representa a una mentalidad europea. Un acierto del editor, lo reconozco, aunque también he de reconocer que las setecientas páginas escogen a un perfil de lector, un lector que en todo caso quedará sustraído, bien alimentado por las referencias a Musil, Walser, Hölderlin o Beckett.


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De ninguna manera podía dejar sin leer a mi admirado Vila-Matas, Dietario voluble. Mientras, y ahora que ya tengo acceso a Internet, corrijo algunas entradas de esta bitácora. Las he leído como si no las hubiera escrito. Realmente, había mucho que corregir, no sólo aspectos gramaticales y de estilo, sino de concepción literaria. Y es que ningún escritor es bueno hasta que aprende a corregir. Pero atención, escribe Vila-Matas: “Tampoco corregir es tan fácil como a primera vista pueda pensarse. Recuerdo que el pintor Delacroix solía decir que hay dos cosas que la experiencia debe aprender: la primera es que hay que corregir mucho; la segunda es que no hay que corregir demasiado”. Para los entusiastas de las obras de Vila-Matas, entre los que me quiero colar, este Dietario supone una continuación en ese abismo inexplorable de la literatura.
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Con el verano llegó la película dedicada a Ernesto Guevara, Che, el argentino. La protagoniza Benicio del Toro. Su actuación me parece sobresaliente, no así algunas escenas rodadas con cierta parsimonia innecesaria. A pesar de todo, la película despertó en mí cierta brasa revolucionaria que sosegué con la lectura de un libro que me regalaron hace muchos años y que me sirve de manual de la revolución cubana, Los guerilleros en el poder, de K.S. Karol. Después de todo, de las repentinas vicisitudes que surgieron hasta que nos hemos instalado en Jerez de la Frontera (Cádiz), he de decir que es cuando escribo el momento en que comienzo a ver lo que quiero decir, lo que me persigue y aturde. En palabras de Vila-Matas: “ Uno no empieza por tener algo de lo que escribir y entonces escribe sobre ello. Es el proceso de escribir propiamente dicho el que permite al autor descubrir lo que quiere decir”

jueves, 28 de agosto de 2008

LA RESISTENCIA SILENCIOSA

Estaba en la playa leyendo un ensayo escrito por Jordi Gracia sobre fascismo y cultura en España que se titula La resistencia silenciosa cuando, a un metro de nuestra silla, un niño le dijo al padre que se estaba haciendo caca. El padre, que se había tomado varias cervezas, le dijo en tono mayor: “Dale ahí fuerte y suelta el piñonate”. Efectivamente, el zagal soltó un piñonate más rotundo que una sombrilla. Rezagado detrás de la madre, se llevó un buen rato apretando. Tanto apretó que se le salieron los mocos varias veces. Para entonces, y así fue, dejé de leer y me limité a observar la maravillosa escena veraniega que tenía ante mis ojos. Aunque para decir toda la verdad, por varios minutos, buena parte de los que rodeaban al niño cagón mantuvieron un silencio verde, como el Coto. Una verdadera resistencia silenciosa la que se produjo mientras el niño expulsaba el mojón y lo enterraba en la arena.
Acto seguido, la madre cogió un pañuelo y lo envolvió como si fuese una delicadeza de gourmet. Lo metió en una bolsa de plástico y lo tiró al cubo de la basura. Antes lo paseó por todos los ojos de los que observamos el delito menor de jiñar en la playa. El tufo que expelía la pieza era considerable, así que el aroma se mantuvo constante varios minutos hasta que los olores marinos engulleron el hedor vespertino.
Una vez que la escena parecía llegar a su fin, intenté reanudar la lectura. Las páginas que leía estaban centradas en la figura de Juan Ramón Jiménez. Después de interpretaciones muy lúcidas sobre su obra y sobre su postura en la guerra civil y la posguerra, Jordi Gracia dejó caer una anécdota que me hizo de nuevo levantar la cabeza del libro. Hablaba de unas afirmaciones sobre “la influencia letal del mito moscovita” sobre la República y sobre el miedo que atesoraba el poeta simplemente al pasear por la calle. Sin ir más lejos, un día que paseaba por el centro de Madrid, un grupo de milicianos obligó a Juan Ramón Jiménez a sonreír porque estaban buscando a uno que tenía un diente de oro. El hiperestésico y sensible poeta quedó aterrorizado hasta el resto de su vida. Me imagino a J.R.J sonriendo en medio de la calle, quién sabe si a punta de pistola, para enseñar su dentadura. Una escena surreal. Ni los milicianos sabían quién era J.R.J, ni tenían reparo en parar a cualquiera por la calle para requerirles cualquier cosa, como por ejemplo que les enseñase la dentadura. Si por casualidad el creador de “Espacio” hubiera tenido un diente de oro, no sé qué desgracia hubiera ocurrido.
Al término de esas páginas esbocé una sonrisa. Me levanté, recogí y dejé al niño corriendo por la playa. Otro día les contaré qué me ocurrió.

sábado, 16 de agosto de 2008

MUDANZAS

Me encuentro con una postal que me envió un amigo desde Bruselas. La foto recoge el magnífico aspecto de la Grand Place con una alfombra de flores. Era el año de 2005. La he encontrado resguardada entre unos papeles y he comenzado a leerla con la emoción que me invadió hace tres años: “Queridos, aquí seguimos…”. Ese “aquí” me ha recordado un poema de Ángel González: “Aquí, Madrid, mil novecientos/cincuenta y cuatro: un hombre solo”. Las diferencias son notorias, la posguerra por un lado, la experiencia próxima, por otro. Sin embargo, me interesa rescatar ese adverbio ya que escribe siempre uno intentando dejar bien atado el aquí y el ahora, el espacio y el tiempo concretos, a sabiendas de que la mudanza de lo cotidiano llegará a trastocarlo. Ahora me doy cuenta de que he escrito una estulticia, el aquí y el ahora nunca pueden ser concretados más que en la memoria, es decir, cuando supuestamente han pasado. Por eso mudo mi discurso y lo enredo con lo que venía diciendo.
Las mudanzas dan náuseas porque son abismales. Es una recolecta de papeles, libros o artilugios con los que uno ha vivido de un tiempo a esta parte. Ahora que me enfrento con una, después de tres años, he comprobado que siempre está uno acompañado casi de los mismos elementos. Las mismas compras, idénticas manías, procedimientos mensuales íntegramente repetidos. Una espiral, esta vida, que nos envuelve en la arácnida tesela de lo ingrávido.
Esta semana, un hombre negro, africano, de los que se colocan en Sevilla a más de cuarenta grados en los semáforos para vender pañuelos, se ha encontrado con una cartera cargada de dinero. Dos mil setecientos euros y un cheque de ochocientos cuarenta euros. Lo he imaginado emocionado al soñar cuántas situaciones nuevas surgieron con los billetes en la mano: comidas, ropas, familia. Lo vi sentado en un banco, emocionado por el hallazgo mientras sostenía con el puño cerrado su rostro tizón y ébano. Comenzó a surgir, forzosamente, alguna lágrima. Con ese dinero pudo haber vivido durante meses alejado del exultante calor y de la mediocre situación de pedir dinero a conductores que cierran la ventanilla porque piensan con el maniqueísmo católico de los occidentales. En esos momentos apareció un coche oficial de la policía y este señor le entregó la cartera con todo lo que esta soportaba en su billetera.
Llegó la mudanza con su guante transparente. Lo devolvió a su lugar de trabajo, junto a un semáforo que se enciende una y otra vez en rojo, ámbar y verde. Una plaza en Bruselas, una postal, el sueño de una vida. Mudanza constante, perpetua distancia a la nada. Rojo, ámbar, verde.

martes, 12 de agosto de 2008

SASTRERÍAS

No voy a sobrepasar las cinco líneas para escribir algo que pretenda situar en la órbita de la verdad. Si tú, lector, ves que sobrepaso la quinta línea y que sigo sin remiendos, sin ninguna señal de vuelta atrás, debes pensar en ese momento si merece la pena seguir leyendo y mantenerte envuelto en un traje que se cosió y zurció con las medidas mal tomadas. Renard: “En cuanto una verdad pasa de las cinco líneas es novela”. De la misma forma que no nos colocamos un traje que no esté cosido a nuestra hechura, ¿por qué no debemos darle al pensamiento su traje a medida, rigurosamente a medida?